viernes, 4 de noviembre de 2011

Recuperar la escuela pública. Por Alieto Guadagni

En el mensaje del Poder Ejecutivo al Congreso que presenta el Presupuesto 2012, se anuncia una buena noticia: "La matrícula escolar en 2010 aumentó un 15% en el nivel inicial, 10% en la primaria y 19% la secundaria". Eso, lamentablemente, no es cierto.
Según el Ministerio de Educación, la realidad es otra. Mientras las escuelas primarias estatales registraban el año pasado 25.000 alumnos menos que en 2009, las escuelas privadas registraban 19.000 alumnos más. En tanto, ingresaron a primer grado estatal 7262 alumnos menos que en 2009, mientras que en las escuelas privadas ingresaban 2561 alumnos más.


La matrícula primaria estatal sigue así en retroceso, fenómeno nuevo en nuestra historia. Esta declinación se inicia en 2003, primer año desde el siglo XIX en que disminuyen los alumnos en las escuelas primarias estatales. Desde entonces hasta 2010, en las escuelas estatales hay 273.000 alumnos menos y en las privadas, 191.000 alumnos más. La matrícula inicial y la secundaria sí crecen, pero apenas 2,2%, o sea mucho menos del 15 y 19% que erróneamente se informó al Congreso.

La Asignación Universal por Hijo no ha generado un incremento significativo en la escolaridad. Es un dato preocupante, que merece una reflexión de la sociedad y sus dirigentes políticos. Si, al mismo tiempo, la escuela estatal retrocede en su cobertura, parece hora de que las autoridades y los gremios docentes asuman su responsabilidad para revertir esta decadencia. En este sentido, lo mínimo que se puede hacer es cumplir el calendario escolar, que es de los más exiguos del mundo.

Mientras que en 2002 apenas uno de cada cinco alumnos de nivel primario asistía a escuelas privadas, en 2010 esta proporción trepó a uno de cada cuatro. Esto ocurrió no sólo porque la matrícula en las escuelas privadas aumentó entre 2002 y 2010 (20%), sino porque, como hemos dicho, por vez primera en nuestra historia se reducía la cantidad de alumnos en escuelas estatales. En esta declinación de la matrícula estatal es importante el comportamiento de las familias al inicio del ciclo. El año pasado ingresaron a primer grado en la escuela estatal 87.000 alumnos menos que en 2002, en tanto que en la privada lo hicieron 37.000 alumnos más.

Son muchas las familias pobres o de recursos limitados que están preocupadas por el futuro de sus hijos y afrontan los costos de escuelas privadas. Si queremos la igualdad de oportunidades es imperioso fortalecer la escuela estatal, y para lograrlo es esencial asegurar un calendario escolar de 190 días de clase y jornada extendida, como marca la ley.

La Unesco indica la necesidad de un mínimo de 830 a 1000 horas de clase anuales. Nuestras escuelas están lejos de esta meta, en tanto que el promedio en los países industrializados se ubica en 187 días y 803 horas anuales. Son muchas las naciones que se toman en serio la inclusión de los niños en la escuela, comenzando por el calendario de clases: 205 días en Costa Rica; 200 en México, Brasil, Perú, Ecuador y Bolivia; luego Chile, con 190, y Uruguay, con 185. Nuestro calendario es pobre: 180 días que además no se cumplen, con apenas 4 horas diarias de clase (720 horas anuales).

En Chile casi todos los niños asisten a escuelas con jornada extendida, mientras que entre nosotros menos de 6 de cada 100 alumnos de las escuelas estatales tienen ese beneficio; en el conurbano no llegan a dos. Esto implica que un niño chileno reciba, con respecto a uno argentino, horas adicionales de clase durante el ciclo primario equivalentes a tres años de nuestro corto calendario con jornada simple. También es lamentable que no se haya cumplido la ley 26.075, de 2005, que establecía que para 2010 por lo menos el 30% de los niños debía asistir a escuelas con doble jornada. Según esta ley, la jornada escolar extendida debería ya incluir a 1,4 millones de niños, pero había apenas 282.000 favorecidos el año pasado.

Esta realidad condena a nuestros niños a enfrentar con desventaja los desafíos del siglo XXI.

Por otra parte, hemos avanzado poco en escolarización secundaria, ya que la deserción en los núcleos más humildes es muy alta; menos del 30% de los adolescentes que asisten a escuelas secundarias estatales concluyen sus estudios. En las privadas, sin embargo, esta proporción se duplica. Según la Unesco, nuestra graduación secundaria es inferior a la de Ecuador, Paraguay, Bolivia, Colombia, Chile y Perú.

Por su parte México, Brasil y Chile avanzan en calidad, con programas que evalúan el rendimiento escolar para poder identificar las deficiencias y superarlas incluso reconociendo estímulos a los docentes que se esfuerzan por mejorar la enseñanza. Estos programas tienen en común la difusión de sus resultados por escuela, y el reconocimiento del derecho a la información de los padres y asociaciones interesadas en las escuelas de su barrio o ciudad.

Los resultados de los exámenes que se toman en Chile y Brasil al finalizar el secundario, y que son obligatorios (como también en Cuba) para poder ingresar a la universidad, son públicamente difundidos en Internet y medios de prensa escrita, que informan el puntaje de cada escuela secundaria. En México existe el programa de evaluación de cada escuela, conocido como Enlace. Cualquier padre puede conocer, vía Internet, no sólo el resultado del examen de su hijo en materias como historia, lenguaje y matemáticas, sino también el resultado promedio del grado, de su escuela, de su barrio, de su ciudad, de su provincia y de todo México.

El gobierno de Lula puso también en marcha el programa IDEB, que mide la calidad de cada escuela. Su objetivo es "alcanzar hacia 2022 el nivel educativo de los países desarrollados". Con el IDEB se puede verificar el avance de cada escuela, orientando los fondos presupuestarios para estimular el mejoramiento.

Nada de esto es posible en la Argentina, ya que el artículo 97 de la ley 26.206 (2006) prohíbe la difusión de este tipo de resultados por escuela. Pero si ocultamos las deficiencias, ¿cómo haremos para superarlas? Los discursos enuncian la necesidad de mejorar la educación, pero la verdad es que no hay tiempo que perder, porque nuestra sociedad ya fue informada acerca del retroceso cuando se publicaron los resultados de la Prueba Pisa, que abarcó a 65 naciones.

En la prueba de lenguaje ocupamos el lugar 58, por detrás de cinco naciones latinoamericanas (participaron ocho). El puntaje de nuestros adolescentes de 15 años de edad está un 20% por debajo no de los mejores países, sino del promedio de todas las naciones. Nuestro promedio es muy bajo, pero además existe una gran variabilidad entre las escuelas privadas y las estatales, lo que indica que además tenemos una desigualdad debida a razones socioeconómicas, que -atención- es la mayor de América latina, región no caracterizada por su equidad distributiva.

Son muchas las razones del deterioro, pero una de ellas es que los alumnos (principalmente en las escuelas estatales) tienen pocas horas de clase, porque nunca se cumplió el calendario de 180 días y porque tampoco se avanzó en la ampliación de la jornada escolar tal como dispone la ley.

Las leyes están, sólo se trata de cumplirlas. El cumplimiento de más horas de clase de por sí no asegura la recuperación de la escuela, pero es una condición necesaria para comenzar a mejorar.

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