viernes, 29 de octubre de 2010

La muerte de Néstor Kirchner: el corazón y la política. Por Daniel V. González


Probablemente haya que buscar más en la política que en la Ciencia Médica las razones de la muerte súbita del ex presidente Néstor Kirchner.
Hombre de temperamento atrabiliario, Kirchner entendía el poder como un ejercicio personal, indelegable y cotidiano. Lejos de descansar en la delegación de funciones, distante de reposar y confiar en los juegos naturales de las instituciones democráticas, Kirchner vivía el poder como algo personal y, en consecuencia, de dimensiones absolutas. Intensidad y obsesión eran dos presencias cotidianas en su modo de ejercer el poder.


Ese modo de entender la política –y la vida- lo llevó a la muerte prematura.
Pero fue la propia dinámica de sus actos la que, además, fue construyendo un contexto que con el paso del tiempo se le había tornado hostil. Cada batalla –grande o pequeña- era una apuesta a todo o nada. Cada debate, una lucha a muerte. Cada diferencia de opinión, un intento de golpe de estado.
Asumió el poder en condiciones excepcionalmente favorables para el país y, en general, para el mundo emergente. Los formidables precios de los commodities, gracias al aumento de la demanda promovido por China e India, hizo que la Argentina gozara de una ventaja estimable, basada en su producción agropecuaria, potenciada tras el silencioso proceso de transformación del agro nacional durante las últimas décadas.
Los precios excepcionales permitían mantener un alto nivel del gasto público, a la vez que un superávit comercial desacostumbrado. Vivíamos en un mundo perfecto. Todo comenzó a complicarse hacia marzo de 2008, con la crisis del campo. Las razones de la crisis hay que buscarlas más en la política que en la economía. Una discusión por el volumen de las retenciones derivó en un duro enfrentamiento con un sector integrado por muchos de sus propios votantes.
Y a partir de ahí, todo su gobierno entró en una pendiente de la que nunca pudo recuperarse pese a los datos que reflejaban las encuestas que cada día le acercaban sus consultores amigos. Las elecciones de 2009, imprevistamente, lo tuvieron como perdedor aunque su apuesta había sido la máxima posible: él mismo había encabezado la lista de diputados nacionales para la Provincia de Buenos Aires. Pero fue derrotado.
Desde ese día abrigaba una sola obsesión: destruir al Grupo Clarín, al que responsabilizó por su derrota electoral. Era su máxima ambición al momento de morir. Pensaba que su destino político estaba atado a esa batalla previa. Por esa ley, pero no sólo por ella, comenzó a enfrentarse con la Justicia, incluso en sus máximas instancias. Su concepto del poder no se detenía ni ante una resolución de la Corte Suprema. Todo aquél que no estaba de su lado era descalificado, maldecido y demonizado.
Pero ya todo había comenzado a complicársele inexorablemente. Su visión acerca de la naturaleza de las dificultades que enfrentaba su gobierno era de una elemental y engañosa simpleza. Los tiempos del crecimiento amable y sencillo habían pasado. Se avecinaban tormentas y esta situación era percibida con claridad por todas las encuestas de opinión que le anunciaban con claridad el final de su ciclo. Y esos problemas también eran registrados por el propio cuerpo de Néstor Kirchner.
Lentamente pero con una velocidad que iría creciendo, comenzó a desarticularse su frente interno. Varios intendentes del conurbano bonaerense, sumamente prácticos y acomodaticios, comenzaron a buscar nuevos horizontes ante la perspectiva cierta de que Kirchner fuera derrotado en las elecciones de octubre de 2011. Pensaba que Daniel Scioli estaba detrás de esa fuga y lo increpó duramente en público un mes atrás.
Su enfermedad coronaria no es ajena a este horizonte de dificultades crecientes. Todas las observaciones realizadas por la prensa y los políticos opositores acerca de la fragilidad de su salud, fueron tomadas como una ofensa que buscaba pintar con trazos de debilidad la personalidad del hombre fuerte de la Argentina. La realidad inmediata demostró que, otra vez, Kirchner estaba equivocado.
Lo que puede venir
¿Sobrevivirá el kirchnerismo a la muerte de Néstor Kirchner? No está escrito. El kirchnerismo ha sido, en cierto modo, un revival de los años setenta, una extensión en el tiempo de los días en que Cámpora, con los votos de Perón, habitó brevemente la Casa Rosada. El núcleo duro del kirchnerismo eran los hombres de aquel tiempo, con el discurso de aquel tiempo, con las obsesiones y odios de esos años pero en un mundo que ya había cambiado en lo sustancial.
Kirchner chocó con las dificultades propias de su estilo confrontativo y visceral, colisionó con los enemigos que él mismo, prolijamente, había decidido construir. Pero –y quizá esto sea lo más importante- Kirchner se desmoronó en su empeño de leer y vivir como en los setenta un mundo en el que ya no quedan casi rastros de ese tiempo también incierto. O, dicho de otro modo, lo que queda de él es una supervivencia ideológica cada vez más divorciada de una realidad que se desplaza en un sentido distinto y que demanda, también, ideas distintas.
Es cierto que el partido del poder recibirá un impacto inmediato con la desaparición de su máximo líder, el hombre que concentraba todo el poder real y que lo ejercía cada día. Se abre para su esposa, nuestra Presidenta, un tiempo cuya incertidumbre dependerá de sus propios actos, de lo que Cristina Fernández haga de ahora en adelante.
El kirchnerismo se había transformado, con la vestimenta del peronismo y el uso de la sigla partidaria, en un gran partido de izquierda. Ahí confluyeron distintos sectores de la izquierda tradicional (socialistas, comunistas), sectores del peronismo de izquierda que reivindican a las organizaciones armadas y el terrorismo y sectores del nacionalismo popular de izquierda. Coexisten con ellos, franjas moderadas de las clases medias urbanas y de los trabajadores sindicalizados.
De este polo político se habían desprendido personajes tales como Pino Solanas (que sin embargo apoyó parlamentariamente a Kirchner en temas fundamentales), Sabatella y otros menores, distanciados, sobre todo, por cuestiones de estilo y de espacios de poder, más que por diferencias ideológicas o políticas.
¿Podrá mantener Cristina Fernández el liderazgo de este polo del progresismo y la izquierda? No lo sabemos. Lo cierto es que desde la crisis entre los Kirchner y el campo se está abriendo paso en la política argentina, más allá de los partidos, la demanda de un nuevo estilo político en el que la crispación y los enfrentamientos cotidianos cedan el paso a la elaboración de un programa de objetivos concretos de coincidencias que subordinen las acciones de los próximos gobernantes a una grilla de prioridades nacionales consensuada entre las fuerzas de una nueva dirigencia y una nueva mayoría.
El nuevo tiempo político supone también tomar nota de un contexto mundial en el que no tienen cabida políticas locales que han probado reiteradamente su fracaso. Es país debe actualizar sus puntos de vista y sus políticas respecto de los principales problemas de la economía mundial. De este modo podrá aprovechar mejor estos años dorados en los que nuestros productos son demandados y pagados a precios sin precedentes.
La muerte de Kirchner acelera, probablemente, la llegada de un nuevo tiempo, que demandará nuevas ideas.
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miércoles, 27 de octubre de 2010

La muerte de Kirchner priva al gobierno de su viga maestra. Por Jorge Raventos

El síncope que abatió a Néstor Kirchner provocó en simultáneo, si se quiere, una implosión política.Aunque él a veces jugueteaba con la denominación de “primer caballero”, la desaparición de Kirchner tiene una significación que excede largamente ese rol protocolar, el de diputado nacional o el de secretario general de Unasur. Con su muerte se disuelve abruptamente el eje ordenador y conductor del sistema de poder vigente. Ese sistema de poder estuvo siempre concentrado, centralizado y articulado por Néstor Kirchner, tanto mientras ejerció personalmente la presidencia como durante el tiempo en el que ese cargo ha estado ocupado por su esposa. Como señaló Rosendo Fraga en La Nación: “ La falta de Kirchner deja la sensación política de que falta el Presidente”.

Su desaparición corta de un tajo los hilos de todas las redes –políticas, partidarias, sindicales, empresariales- que llegaban a esa terminal única que Kirchner representaba.Un cortocircuito de semejante magnitud no puede sino someter a grave riesgo la gobernabilidad y sobre este punto reflexionan e intercambian ideas por estas horas, atravesando las jornadas de duelo, hombres de la política, la economía y las empresas.Es que en la Argentina la dinámica política prevalece sobre lo institucional y lo que colapsó esta mañana en Calafate con el corazón de Kirchner fue el motor central del poder político. Un motor que ya se observaba averiado pero que seguía funcionando y todavía contenía, aunque cada vez con mayor esfuerzo, las fuerzas centrífugas de su sistema.Las instituciones, por otra parte, venían ofreciendo un cuadro de anemia y una suerte de empatre en la inmovilidad. Ya era una anomalía que la figura central del ordenamiento constitucional, el Poder Ejecutivo, se viera empalidecida por la fuerza real del poder de Kirchner, a quien se atribuía –con cierto realismo- capacidad para hacer y deshacer. En cualquier caso, el poder del Ejecutivo venía debilitándose, hasta el punto que, a un año de haber impuesto una ley que estima vital para sus intereses, como la Ley de Medio, no ha conseguido aún ponerla en ejecución. El Congreso, cuando consigue aprobar leyes, choca con el veto del ejecutivo, como ocurrió con la del 82 por ciento para los jubilados. En cuanto a la Corte Suprema, puede dictar un fallo como el de la reposición del Procurador de Santa Cruz para resignarse luego ante la resistencia del gobierno provincial a darle cumplimiento.Si la dinámica política es la que prevalece, es de allí de donde deberían surgir las respuestas al riesgo que se cierne sobre la gobernabilidad.La historia argentina muestra que en situaciones críticas, las provincias-anteriores y constituyentes de la Nación- son los pilares que pueden sostener el proceso político democrático y la gobernabilidad. Los gobernadores unidos (incluyendo, obvio, al jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), más allá de su pertenencia partidaria, encarnan poderes territoriales efectivos y un valor institucional fundante, como es el federalismo. La súbita desaparición de Néstor Kirchner, al retirar de improviso la viga principal que sostenía la administración de su esposa y dejar al país en peligro de ingobernabilidad, impulsa al centro de la escena a los jefes territoriales.Las circunstancias distinguen particularmente la figura del gobernador bonaerense: no sólo porque está al frente de la provincia más grande (en población, en capacidad productiva), sino porque se ha caracterizado por una actitud de respeto y diálogo que el contexto ayuda a valorizar. A esos atributos se suma ahora, desde la muerte de Kirchner, la presidencia del Partido Justicialista. Los partidos pueden aportar al espíritu de concordia y pacificación de los espíritus que requiere la empresa de la gobernabilidad.El escenario por un instante está en penumbras pero se intuyen los ajetreo que preceden el inicio del próximo acto. Leer más...

Primeros apuntes sobre la muerte de N.K. Por Javier Marín

Muchos argentinos estarán hoy devastados, hundidos en la mayor desolación; no serán tantos quizás como los que rogaron, fantasearon y desearon que este día llegara; hoy queda ver hasta qué punto esta muerte puede beneficiar o perjudicar a quienes quisieron que esto sucediera. Los efectos sobre el futuro del país no serán neutros; al contrario, podríamos decir que a partir de hoy nace un nuevo mapa político que por ahora se asemeja a un rompecabezas de dibujo incierto. Personalmente no me gusta que el azar intervenga en los procesos políticos, no al menos de manera tan determinante. Preferiría que la misma democracia hubiera sido la que le marcara al ex presidente su destino político. Con certeza hoy acabó el sueño o la pesadilla de quienes imaginaban que habría una larga alternancia en el poder entre Néstor y Cristina. Pero no puedo olvidarme de esa frase de Santa Teresa citada con dolor por Truman Capote: "Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desoídas"

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martes, 26 de octubre de 2010

Vargas LLosa y el error de la izquierda. Por Javier Cercas (El País)


Ahora que han pasado unos días desde la concesión del Nobel a Mario Vargas Llosa, ya podemos decir lo obvio: el premio tiene la importancia que tiene, pero nada más. Nada más, claro está, para la obra de Vargas Llosa, a la que ni quita ni añade una coma, no quizá para sus lectores ni para la Academia Sueca, que a juicio de muchos lo necesitaba con urgencia: al fin y al cabo, desde el punto de vista estrictamente literario este premio sólo es, como ha dicho Rodrigo Fresán, un retorno a la cordura.


Así que, aunque el Nobel no cambie en nada lo esencial, al menos hay que celebrar ese retorno; un retorno que, además, ha provocado interesantes efectos secundarios. Por ejemplo, la alegría indisimulable de los lectores corrientes de Vargas Llosa, muchos de los cuales parecían recién salidos del armario tras un largo encierro: de hecho, a ratos daba la impresión de que a todos les hubieran dado el premio, y de que para ellos sí era importante. No es algo tan frecuente, desde luego; no es algo que yo notara, por ejemplo, cuando se le concedió el Nobel a Cela, cosa que puede deberse sólo a que los méritos literarios de Cela no son equiparables a los de Vargas Llosa, y no necesariamente a que esos lectores sintieran que Cela era un hombre opuesto a Vargas Llosa en casi todo, pero sobre todo en esto: aunque casi siempre pareció nadar contra la corriente, Cela siempre o casi siempre nadó a favor de la corriente. Ese es otro de los efectos secundarios que ha tenido el premio: ha mostrado de nuevo que, aunque a algunos les parezca que nada a favor de la corriente, Vargas Llosa siempre o casi siempre ha nadado contra la corriente.
Uno de los comentarios que más hemos leído hasta estos días en los periódicos a propósito del nuevo Nobel ha sido el siguiente: "Admiro sus obras, pero no siempre comparto sus ideas". Dicha así, la frase es extraña, o a mí me lo parece: si ni siquiera comparto siempre mis propias ideas, ¿cómo voy a compartir siempre las de otra persona? Pero en el fondo todos sabemos que la salvedad alude a algo distinto: al hecho de que Vargas Llosa es considerado, en tanto que intelectual -es decir, en tanto que escritor que interviene con sus escritos en la cosa pública-, un conservador, un hombre de derecha, si no un reaccionario o un autoritario. La prueba es que los matices a su premio siempre los ha puesto la izquierda, mientras que la derecha lo ha recibido como un premio a uno de los suyos; mejor prueba aún es el hecho de que esa reputación es la causa más probable de que la Academia Sueca sólo le haya dado este año un premio que merecía desde hace 30.
Pues bien, lo que habría que decir de entrada sobre este asunto es que, sea o no un intelectual de derecha, Vargas Llosa es un intelectual singular. Primero, porque siempre ha servido a las causas que defiende y nunca se ha servido de ellas. Segundo, porque siempre está dispuesto a contrastar sus ideas con la realidad y, si la realidad lo exige, a rectificarlas. Tercero, porque en su evolución política desde las simpatías revolucionarias de su juventud hasta el liberalismo actual hay una coherencia profunda, como comprobará quien se dé el gusto de leer los volúmenes sucesivos de Contra viento y marea , donde entre otras cosas hallará una descripción razonada de esa trayectoria y, por ahí, un instrumento indispensable para entender la vida intelectual de los últimos años. Y cuarto -esto es un corolario de lo anterior y quizá también lo más importante-, por una cuestión, digamos, de estilo. Como pensador, como polemista, Vargas Llosa es un liberal de verdad: nunca confunde, según diría Alejandro Rossi, un error intelectual con un error moral; es decir, nunca ataca a las personas, sino las ideas de las personas (nunca considera que un hombre equivocado es un hombre inmoral). Y cuando ataca las ideas, nunca lo hace caricaturizándolas, es decir, debilitándolas, lo que en un pensador es síntoma de intolerancia y de impotencia, cuando no de vileza, sino exponiéndolas con la máxima fuerza, rigor y nitidez para luego lanzarse a refutarlas en buena lid y en campo abierto. Esto no es de derecha ni de izquierda, ni reaccionario ni progresista: esto es algo que está mucho antes que todo eso y se llama honestidad y coraje.
Pero hay más. El mejor artículo sobre Vargas Llosa que he leído tras la concesión del Nobel apareció en el diario El País y lo firmó Juan Gabriel Vásquez, que no en vano es un heredero legítimo de Vargas Llosa (háganse un favor y compruébenlo leyendo su novela Los informantes ). El artículo se titula "El malentendido Vargas Llosa" y, como corre el riesgo de haber quedado enterrado entre la hojarasca que hemos publicado otros, me permitiré recordar su contenido.
Vásquez sostiene que sólo quien no ha leído a Vargas Llosa o lo ha leído con anteojeras puede afirmar que es un intelectual de derecha o conservador, no digamos reaccionario o autoritario, porque la verdad es que "pocos como Vargas Llosa han defendido las ideas que la mejor izquierda ha reclamado tradicionalmente para sí". No sólo lo ha hecho en sus novelas, furiosos alegatos contra el fanatismo, contra el autoritarismo, contra el militarismo, sobre todo contra los abusos del poder; también lo ha hecho en sus ensayos y artículos, donde ha defendido la libertad individual, el derecho al aborto, la igualdad para los homosexuales, la legalización de la droga y donde ha atacado el nacionalismo de cualquier especie.
Por supuesto, no todas las ideas de Vargas Llosa -y en particular su liberalismo económico, por cierto menos radical y desde luego mucho menos ingenuo y más elaborado que como lo pintan sus detractores- parecen inmediatamente útiles o aceptables para la izquierda; pero lo que me parece seguro es que es imposible que la izquierda salga del atasco ideológico y la consiguiente parálisis práctica en que lleva mucho tiempo metida si no es capaz de discutir con seriedad ideas como las de Vargas Llosa, si no deja de demonizarlas sin esforzarse en entenderlas, si no olvida sus nostalgias autoritarias y su complacencia con tiranías y nacionalismos, si no acepta sin resignación que no hay justicia sin libertad y no entiende con entusiasmo que la democracia debe conseguir que libertad y justicia, esas dos verdades contradictorias -por usar la expresión de Isaiah Berlin que aprendimos en Vargas Llosa-, acaben conviviendo con armonía.
Regalar a Vargas Llosa a la derecha es un pésimo negocio para la izquierda, igual que fue un pésimo negocio regalar a Orwell y a Camus, que nunca quisieron saber nada de la derecha. De ahí, me parece, vienen muchos de los males del pensamiento de la izquierda: de su sectarismo, de su rigidez, de su miedo a salirse del camino trillado, de su miedo a afrontar la realidad como es para cambiarla, de su miedo a la izquierda autoritaria, obsoleta, fracasada y cerril que parece la mala conciencia de la mejor izquierda.
En cuanto a mí, sólo diré que si la izquierda no es capaz de atender las razones de Vargas Llosa y hacer suyo lo que tiene de izquierdista -igual que si no es capaz de hacer suyo lo que tienen de izquierdistas Orwell y Camus-, que empiece a pensar en borrarme de la lista.
El autor, español, es escritor. Su última novela es Anatomista de un instante

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lunes, 18 de octubre de 2010

El riesgo de la abundancia. Por Juan J. LLach


El nuevo siglo llegó a América del Sur con las alforjas llenas. El veloz crecimiento de los países emergentes liderados por Asia desató una creciente demanda de los productos básicos de la región, que irá alcanzando también a otros rubros con mayor valor agregado a las materias primas. Hay analogías con la gran oportunidad que Europa le abrió al continente hace más de un siglo y, como entonces, lo más probable es que el fenómeno persista varios lustros. El tamaño de los mercados potenciales es ahora mucho mayor, porque hay 5000 millones de personas que están mejorando sus niveles de vida, una de cuyas consecuencias es una impresionante valorización de las tierras sudamericanas. Todas ellas, las del petróleo y del gas, las mineras, las agropecuarias, las pesqueras y las forestales, y también las urbanas.


Se observan también mayores diferencias que en el pasado en los caminos elegidos por los distintos países para aprovechar la oportunidad. Al caleidoscopio de proyectos de integración comercial se agregan el rompecabezas de respuestas políticas, analizado aquí por Natalio Botana, y también marcadas diferencias en las políticas económicas y sociales. Concentrándonos en las dos últimas y mirando a América latina en su conjunto, encontramos cuatro respuestas distintas.
La mayoría de los países ha optado por economías mixtas con fuerte participación privada y políticas macro y microeconómicas amigables con el crecimiento sostenido, la baja inflación y el logro gradual de una mayor integración social, las mismas políticas que están permitiendo a la mayoría de los países emergentes transformarse en las estrellas del siglo. Vemos en este grupo a Brasil, Chile, Colombia, Perú, Uruguay, quizás Paraguay, México y varios países de América Central y el Caribe. Un segundo conjunto lo integran Bolivia, Ecuador y Nicaragua -países pobrísimos y con marcada exclusión social-, con una macroeconomía similar a la anterior, pero con clara prioridad de la propiedad pública de las empresas por sobre la privada. La tercera opción muestra en soledad a Venezuela, que a un avance más marcado de la propiedad estatal agrega políticas macroeconómicas insostenibles, la inflación más alta del mundo, gruesas distorsiones de precios y desabastecimiento. Una cuarta y borrosa opción es la de la Argentina, hasta hace unos años ubicada en el primer grupo, aun con matices, pero sumida ahora en la segunda inflación más alta del mundo, fuertes distorsiones de precios relativos y desaliento de la inversión privada.
Estos distintos rumbos marcarán diferencias importantes en la capacidad de aprovechar sostenidamente la inigualable oportunidad que se nos ofrece. Por muchas razones, pero, sobre todo, porque la abundancia de recursos naturales puede terminar siendo una maldición si no se la maneja bien. La Argentina y Venezuela son los países de mayor contraste entre las grandezas pasadas que se añoran y el retraso posterior. El caso venezolano es el más impresionante porque en 1950 tenía el séptimo producto (PIB) por habitante del mundo y hoy muestra exactamente el mismo nivel de vida que hace ¡cincuenta años! Comparte esta desventura con algunos países petroleros y, por ello, se la considera un ejemplo de la teoría de la maldición de los recursos naturales, que sostiene que los países que los poseen en abundancia, sobre todo los mineros o petroleros, tienden a despreocuparse por el futuro, generando malas instituciones políticas y sociales, mucha corrupción y un fuerte desaliento a actividades alternativas como las manufacturas.
La recuperación de Venezuela durante la presidencia de Hugo Chávez ha sido magra, ya que el crecimiento de su PIB por habitante, 1% anual, superó sólo al de Haití entre los países latinoamericanos. Un rasgo notorio de su baja calidad institucional es la carencia de un genuino sistema impositivo. Fiscalmente, depende en un 50% de la renta petrolera. El país todo, no sólo su economía, sino también su sociedad y su política, seguirá flameando así al ritmo casquivano del precio del petróleo. Venezuela es también, paradójicamente, uno de los países de la región que más invierte, pero lo hace con tal ineficiencia que debe insumir casi un 24% del producto anual para lograr un aumento de sólo 1% en el PIB por habitante, un cociente mucho mayor que el que necesitan América latina (9,5%) o la Argentina (5,8%).
La "maldición de los recursos" está lejos de ser universal. Países muy dotados como Australia, Canadá o Noruega supieron transformarla en bendición y ostentan hoy los primeros puestos en desarrollo humano ( http:/blogs.lanacion.com.ar/ciencia-maldita/ ).
Coincide la literatura en señalar que hay dos claves para aprovechar la abundancia de recursos naturales. Una es desarrollar buenas instituciones de distribución de la renta, como impuestos efectivos a las ganancias de las personas y las empresas y clara prioridad de las políticas de creación de empleos formales de calidad, educación y capacitación laboral, desarrollo infantil y salud. Ellas no sólo mejoran efectivamente la distribución, sino que permiten lograr la otra clave, la de desarrollar otros sectores productivos. América del Sur también debería aprender las lecciones de lo ocurrido hace un siglo, cuando la interrupción del crecimiento orientado hacia fuera a partir de 1930 dio inicio a un largo ciclo de decadencia por no haberse desarrollado en la medida necesaria políticas como las mencionadas. Una de las consecuencias de esta omisión fue afianzar al continente como el de mayor desigualdad en el mundo, rasgo que sigue vigente pese a la mejora observada en lo que va del siglo y que invita una y otra vez a tomar el atajo del populismo que tantas veces fracasó en el pasado.
La mejora de las políticas económicas y sociales observada en el primer grupo de países, que frecuentemente son políticas de Estado, les facilitará acceder gradualmente a las claves mencionadas, aunque todavía se esté lejos del objetivo. Por ejemplo, no hay aún respuestas claras para evitar, moderar o compensar la tendencia a la excesiva apreciación de las monedas nacionales resultante de la abundancia de divisas por la valorización de los recursos naturales, tendencia que se observa ya en varios países de la región y se acentúa en el presente contexto de "guerras cambiarias" en las que casi todo el mundo quiere devaluar sus monedas.
Para el segundo grupo de países, pero sobre todo para la Argentina y Venezuela, el desafío es aún mayor. No sólo sus políticas económicas muestran mayores deficiencias, sino que están acompañadas desde el poder por la lógica de la confrontación como eje de la construcción de poder. Estas políticas divisivas, tantas veces eficaces para sentar a todos los comensales a la mesa, rarísima vez han logrado mejorar sostenidamente la vida de los más necesitados, o lo han hecho nivelando fuerte hacia abajo. Ello ocurre porque la escasez o inexistencia de políticas de Estado da lugar a bruscos cambios de rumbo que restan eficacia y desalientan la inversión, y porque su frecuente reemplazo por el clientelismo deja de lado o reduce el impacto de las políticas estructuralmente capaces de reducir la pobreza y mejorar la distribución del ingreso. Todo indica que, explícitamente o no, las principales opciones que ejercerá la ciudadanía argentina en 2011 serán la de elegir hacia cuál de los cuadrantes sudamericanos se orientará el país y si se lo hará mediante los acuerdos o la confrontación.

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domingo, 17 de octubre de 2010

Sobrevivir a la Argentina. Por Abel Posse


Chabacanería, politiquería cobarde, personalismo electoral, patanería de Estado, torpeza internacional; todos los días algo. El silente desgaste del miedo. La vida reducida, achicada, por el miedo. Asesinatos impunes, carencias de registro actuante de reincidentes, violadores irredentos y la pesadilla de la mujer sin que de la inseguridad específica de la mujer hablen los profesionales de la defensa de género. Y las páginas de corrupción impune. La humillación de ser un país en la cola de los más corruptos. Y de vez en cuando un maradonazo o la arenga esencialmente jurídica aunque insultiva y sediciosa de la Bonafini en la escalinata del Palacio de Tribunales.


Vivíamos ya sin esperar nada del Gobierno, bastan sus voceros, pero lo sorprendente es la conducta de esa heteróclita (llamada) oposición que la gente votó en junio de 2009 con esperanza de una básica unidad y coherencia y sintiendo que superar la enfermedad de la Argentina era el sentimiento básico unánime y no las ambiciones personales de los políticos, hoy en entusiasta dispersión centrífuga. De modo que todo el sector político, Gobierno y los otros, se mueven al margen de lo que sufre y desea la ciudadanía, aunque la palabra democracia no se les caiga de la boca. Declaman por un Estado de Derecho. Sin embargo, lo único que nos queda de sus cotidianas violencias es esa especie de ejercicio notarial de registrar cada día horrores que en dos o tres días cubrirán nuevas violencias y exacciones. Los que afirman la vida como los padres de familia, los estudiantes, los profesionales, los trabajadores carecen de voz y voto efectivo en esta democracia cobarde. En suma: la dirigencia argentina no se hace cargo del dolor argentino en esta mala hora nacional con tenues esperanzas de transición a partir de 2011. Sólo el mal gobierno está en la calle. ¡El Estado es inexistente después de décadas de estatismo! Luego de un largo año desde la última ilusión electoral, el centro del ring lo conservan los K, que mantienen sus pasiones de poder, aunque con magulladuras. Esta es la realidad, a los otros les queda la esperanza y la televisión por cable (por ahora). No toman posiciones dramáticas, de acción, pese al alentador momento en el espacio parlamentario. Pero no van al pueblo, “a las cosas”, como les repetiría Ortega.
Dos temas sacados del cajón de calamidades reiteradas: en la reciente toma de colegios de la Capital, delito al que se fueron plegando otras instituciones nacionales y provinciales, nuestra politiquería no se asoció para enfrentar un problema gravísimo que el país tendrá que superar inexorablemente. Fingieron que era un problema de Macri. Todos saben que hay una minoría actuante que se impone con prepotencia y que cuarenta alumnos pueden impedir asistir y educarse a trescientos. Ante el trabajo práctico de violación del derecho en los edificios tomados y la insolencia de discutirle al ministro las prioridades de reparaciones y arreglos, todos disimulan que permitir eso a los “chicos” podría no repararse ni con años de educación cívica y constitucional. Los políticos, con poder, y la docena de alegres presidenciables callan junto con los “papas”, “mamás”, “abuelos” y “chicos” condenados a ver la atroz televisión en vez de ir a clases. No vimos en las puertas de los colegios a los políticos distinguiendo entre derecho y desmán. Tampoco los vemos en las casas enlutadas de nuestros asesinados de cada día. Ni los jueces de la Corte se acercan al hogar de los fusilados. Esta es nuestra lamentable realidad. Tanto el Gobierno cínico como la oposición hipócrita se alejan de la mirada del “otro”, que para una democracia es todo el pueblo. Volvió a la Argentina después de cinco años mi amigo J.W. Kilkenny, que vivió esta maravillosa ciudad de Buenos Aires en tiempos mejores. Después del largo diálogo me pregunta: —¿Cómo se soporta esta Argentina? ¿Qué esperanza queda? Le digo: —La esperanza sería una dimensión psicológica. Todo se soporta porque todo se superará. Estamos en una desgracia surreal en la que hasta destruimos nuestra riqueza desde el Gobierno. Este país tiene la potencia de un tigre enjaulado por un idiota. Sólo espera saltar y correr, libre, fuerte, más allá de la runfla política.

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El gran desafío de América Latina. Por Marcos Aguinis


Una investigación prolija y seria desnuda el mayor reto de nuestro continente. Fue elaborada durante años con viajes, reportajes, estadísticas, debates, confesiones, estudios comparativos, hasta llegar a objetivas conclusiones. Esta investigación es ofrecida en un libro que debería leerse y releerse con mucha atención, llamado ¡Basta d e historias!. Su autor, Andrés Oppenheimer, asesta un golpe de luz.


En efecto, demuestra que se debe girar la mirada desde el pasado hacia el futuro. Y el futuro, a partir de nuestro siglo, juega sus piezas decisivas en el campo de la educación. Hace tiempo que insisto en la paradoja de que la educación es "un tema cacareado pero marginal", tanto para argentinos como para muchos latinoamericanos. Pero, por ejemplo, una serie de economistas ya llegan a la convicción de que el crecimiento económico por sí solo nunca va a erradicar la pobreza, a menos que marche acompañado por una sustancial mejora en la calidad educativa. Tampoco habrá desarrollo ni bienestar sin este ingrediente. Tanto se ha devaluado la educación que suele ser un tema aburrido, limitado a consignas inoperantes o reivindicaciones de bajo vuelo. No se tiene conciencia de que es el motor esencial del progreso. Ni se sabe cómo hacerlo rendir.
Los contrastes de América latina con Singapur, China, la India, Israel, Corea del Sur y otros países de crecimiento acelerado son abismales. La mayoría de esos países estaban al final de la cola y en pocas décadas, mediante la revolución educativa, alcanzaron y sobrepasaron a los demás. Son ejemplos que marean. Una pintura ecuánime sobre éxitos y fracasos, experimentos y consistencias, funciona como un catálogo del que pueden obtenerse conocimiento e inspiración. América latina va quedándose muy atrás. Algunos países como Chile, Brasil, Colombia y Uruguay empezaron a dar pasos importantes. Pero no suficientes. La Argentina es la muestra más dolorosa, porque revela una monstruosa degradación desde la cúspide que había alcanzado en la primera mitad del siglo XX. Y los más atrasados son ahora Venezuela, Bolivia y Nicaragua. Algunos, como México, sufren el bloqueo de un sindicalismo enorme y fósil.
Oppenheimer reivindica el impulso que en esta materia genera la paranoia. Bill Gates asegura que "lo mejor que le pasó a los Estados Unidos fue que, en los años 80, todos creían que los japoneses nos iban a superar. Era una idea estúpida, errónea, una tontería. Pero fue ese sentimiento de humildad lo que hizo al país ponerse las pilas". En la Argentina, en cambio, creemos que nuestro aplazo en los rankings internacionales se debe a defectos de los rankings. Confundimos calidad educativa con buenos edificios o un trato amistoso de los docentes, más algunos pobres ajustes en los salarios.
En contraste con los países que se han instalado a la cabeza del mundo, en las universidades latinoamericanas predominan las carreras humanísticas con poca salida laboral y divorciadas de la explosión científica y económica del siglo XXI. Es un atraso cultural que debería ser revertido. Para sólo dar un ejemplo, en China ingresan cada año en la universidad un millón doscientos mil estudiantes a ingeniería y sólo unos pocos miles a historia y filosofía. En la India ocurre lo mismo. América latina y Africa comparten el estigma de ser las regiones del planeta con menos investigación, desarrollo de nuevos productos y carencia de patentes. Sólo el dos por ciento de la inversión mundial en investigación y desarrollo tiene lugar en América latina. No hay suficientes incentivos económicos y de prestigio para que profesores e investigadores se apliquen a concebir nuevos productos, y esto genera el escándalo de las diferencias.
Oppenheimer ofrece cataratas de datos, imposibles de comprimir en un artículo. Algunos son elocuentes y a ellos me limito. Aquí van.
En América latina tenemos las vacaciones más largas del mundo. En la Argentina, a duras penas se quiere llegar a los 180 días de clase. En Japón, el año escolar se extiende a 243 días; en Corea del Sur, a 220; en Israel, a 216; en Holanda, a 200, y lo mismo en Tailandia. Además, ¡los cumplen a rajatabla! En China, los niños estudian 12 horas por día, y no mucho menos los niños de los demás países en pleno ascenso.
Otro factor que se destaca en el mundo desarrollado es que toda la familia se involucra en los esfuerzos del estudiante, tanto para pagar sus gastos como para brindarle apoyos de tutoría cuando flaquean en alguna materia. No conciben quedarse al margen de esa responsabilidad. Ni pedir menos exigencias. En esas sociedades se ha fortalecido un consenso sobre la importancia ineludible de una eficaz educación. Los argentinos que tienen el privilegio de contar con abuelos y bisabuelos que narran su infancia pueden enterarse de que también en esta patria hubo décadas en que las familias de todos los niveles se afanaban por brindar buena educación a sus hijos: no sólo garantizaban su futuro, sino que lo elevaban en el estatus social. Y convirtieron a la Argentina en un país pujante, al que llegaban millones de inmigrantes esperanzados.
En cuanto al ayer, en las sociedades avanzadas lo estudian, por supuesto, pero no lo convierten en el centro de las preocupaciones o de los debates. En América latina circulan actitudes que pretenden volver a lo que ya no existe. Un dirigente boliviano voceó el absurdo de que "¡nuestro futuro es el pasado!". Los libros de texto en China comunista, inversamente, enfatizan el crecimiento, la innovación y la temida globalización, no el pasado. En los nuevos textos escolares de Shanghai la historia del comunismo chino antes de las reformas capitalistas de 1978 se reduce a un párrafo. Mao Tsé-tung es mencionado sólo una vez. Además, los latinoamericanos ya tenemos suficientes pruebas sobre la utilización distorsionada del pasado, que hace una buena cosecha gracias a la baja cultura general. Chávez invoca las porciones de los discursos pronunciados por Bolívar que les son favorables y excluye las que significarían una condena. Bolívar, en su alocución de Angostura el 15 de febrero de 1819 -citado a menudo por el jefe populista-, afirmó algo que calla: "La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos? Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo, de donde se origina la usurpación y la tiranía". Pero Bolívar mismo luego se contradijo en los hechos. Por esta razón conviene dejarlo descansar en paz.
Otra diferencia con los países exitosos en calidad educativa reside en la ruptura del aislamiento. Los dos colosos asiáticos invitan a las universidades más destacadas de Occidente para que abran sucursales en sus territorios y compitan -¡sí, compitan!- con las locales. Los países latinoamericanos manifiestan un miedo cerval a esa competencia y ponen trabas de cualquier orden para impedirlo. China comunista, que hasta hace unas décadas era un país cerrado, tiene más de mil programas de intercambio universitario; ¡170 universidades extranjeras han radicado sucursales en varias ciudades y extienden diplomas tan válidos como las casas chinas! Esta internacionalización, además de incentivar el esfuerzo para destacarse, tiene el objetivo de obtener una inserción más eficiente en la economía global. En América latina, por el contrario, se desea mantener el aislamiento académico, como un modo de ocultar los trapos sucios y no afrontar las descalificaciones. Es notable la diferencia, porque el contacto con el exterior se ha tornado obsesivo en las sociedades de punta; una manifestación extrema la ofrece Singapur, donde las escuelas primarias deben conseguir que un tercio de sus alumnos realice por lo menos una visita guiada al extranjero.
Por otra parte, el aprendizaje del inglés tiene carácter obligatorio desde el comienzo de la etapa escolar, y debe no sólo ser enseñado como idioma, sino que en ese idioma se imparten varias materias, en especial las técnicas. En la Argentina, el inglés no es obligatorio ni siquiera en la universidad.
El grave problema de la inseguridad está ligado de modo profundo a la ignorancia. La ignorancia genera impotencia, frustración y resentimiento. Nunca alcanzarán las medidas represivas, ni las cárceles, ni los encierros de la ciudadanía en guetos que también son atacados. La solución de fondo va ligada con la buena educación, que es responsabilidad de los gobiernos y de toda la sociedad. Es obligación del Estado que ningún niño deje de asistir a la escuela, y si no concurre, es su deber ir a buscarlo donde se refugie.
El libroconcluye con doce claves para el progreso. Forman un programa sensato y plausible. Pero conviene no quedarse sólo con ellas, sino enterarse de la información que las precede. Allí se encontrarán problemas serios y ejemplares soluciones en varios países desarrollados y algunos de América latina. Esas claves ayudarán a tomar conciencia de que la calidad educativa no es un asunto aburrido ni marginal.
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martes, 12 de octubre de 2010

Las muchas caras del peronismo. Por Beatriz Sarlo


En aquella época lejana, algunas fracciones del peronismo, ruidosas en las manifestaciones y muchas veces inclinadas a la violencia, gritaban: "Ni yankis ni marxistas, peronistas". Puedo recordar la noche del 19 de junio de 1973, víspera del regreso de Perón; como una descarga, la tensión electrizaba los bosques alrededor de Ezeiza. Desdibujadas por la niebla, avanzaban las columnas FAR-Montoneros y las de la Juventud Trabajadora Peronista, que se pechaban para ganar espacio con el Comando de Organización y la Juventud Sindical de remeras verdes, cuyos contingentes odiaban a los peronistas revolucionarios porque, fueran o no marxistas, eran "bichos colorados" o infiltrados


Todo el mundo sabe que esa llegada de Perón terminó con un enfrentamiento armado y una masacre. Desde el palco, encabezados por el siniestro Osinde, secuaz de López Rega, disparaba una facción que se reivindicaba verdaderamente peronista y que, como las columnas de la Juventud Sindical, no deseaba bichos colorados en el movimiento. El "zurdaje" siempre fue un insulto ortodoxo. Eva lo había odiado.
En aquel entonces, a la izquierda del peronismo radicalizado no estaba la pared (como hoy pretende el kirchnerismo), sino una franja muy variada de organizaciones marxistas, leninistas, trotskistas, guevaristas, maoístas, clasistas. Por programas, por tácticas y por ideología, esas organizaciones discutían entre ellas y criticaban a las muy distintas fracciones del peronismo, tan distintas que terminaron a los tiros. A lo sumo, el peronismo radicalizado competía con esos izquierdistas. Pero no quería confundirse ni fundirse con ellos. La identidad peronista, cuando era nacionalista revolucionaria, no se autodesignaba con la palabra "izquierda". En Ezeiza, mientras se esperaba a Perón en los fogones y las guitarreadas de esa noche premonitoria, los "bichos colorados" eran el objeto de un común apriete por parte de las organizaciones allí presentes, aunque los sindicales pensaran que los montoneros eran "bichos colorados" con camuflaje. Horacio Verbitsky ha dicho que el 20 de junio estallaron treinta años de contradicciones del peronismo.
No sé si los Kirchner llegaron con la columna Sur de FAR-Montoneros a Ezeiza. Yo estuve allí y cuando empezaron los tiros me saqué de un manotazo la boina roja con escarapela argentina que hasta ese momento había sido una especie de juvenil desafío, pero en la balacera me convertía en un blanco fácil.
Esa noche también volaba por los aires una nueva puesta en escena de un mito político convertido en tradición ideológica. La versión era la siguiente: la izquierda no había entendido al peronismo histórico (es decir, el del primer gobierno) por varias razones: era una elite intelectual extranjerizante e incapaz de captar la naturaleza misma de la cuestión nacional; su ideología era un reflejo de otras condiciones sociales e históricas; su origen de clase era culturalmente ajeno al pueblo y, sobre todo, extraño a las experiencias de esas oleadas que, desde la década del treinta, llegaban desde el interior a Buenos Aires.
Miembros de esa izquierda marxista, como Roberto Quieto o Marcos Osatinsky, cuando comprendieron su error abandonaron el Partido Comunista para confluir con las masas que, en cualquier momento, podían transformarse en revolucionarias. Los nacionalistas que provenían de la derecha no necesitaban exorcizar ningún pasado: simplemente se trataba de entender que el nacionalismo revolucionario peronista era la forma argentina de las revoluciones tercermundistas.
Esa noche en Ezeiza nadie podía adivinar el futuro. Nadie tampoco podía prever ni a Menem ni a los Kirchner. El menemismo habría sido descartado como una broma siniestra: ¿acaso un justicialista carismático podía convertirse en el jefe de una revolución reaccionaria que iba a mandar al tacho las conquistas del peronismo histórico y revocar su ideología? En esa noche de 1973, los problemas del peronismo eran cómo radicalizar a su líder, borrar a López Rega y sus siniestras extravagancias y hacer de Cámpora, apoyado por la "juventud maravillosa", el sucesor. Por su parte, la izquierda revolucionaria tenía otros problemas: evitar que el peronismo sedujera otra vez a las masas que, en algunos lugares, como Córdoba, había logrado dirigir en luchas obreras y movilizaciones.
Más de treinta años después sucedió lo que no se esperaba. El peronismo tiene dirigentes que arreglan un nuevo tablero. Aunque Aníbal Fernández diga en las tertulias organizadas por el ministro Boudou que él no es un progresista sino un peronista y la muchachada numerosa aplauda, el justicialismo alla Kirchner puede ser definido sin causar escándalo como "una suerte de peronismo socialdemócrata, una renovación peronista sucediendo". Lo afirma un distinguido sociólogo. Como tomo la cita del anticipo publicado en Internet de un libro que aparecerá en estos días, me excuso de citarlo y el lector disculpará mi precaución.
En 1983, Italo Luder, el candidato justicialista a presidente, aceptó la autoamnistía de los militares. Y todos los peronistas que conozco votaron a ese candidato. Después, el peronismo debió examinar y desinfectar las heridas de su derrota electoral ante Raúl Alfonsín. Si hubo una palabra maldita en el vocabulario peronista de los años 80 esa fue "socialdemócrata". A Alfonsín se lo acusaba de socialdemócrata. La revista Unidos (escrita por intelectuales que hoy militan en Carta Abierta, como Horacio González; políticos reaproximados al peronismo por la vía K, como Chacho Alvarez; periodistas de Página 12 como Mario Weinfeld) consideraba que la socialdemocracia era una maldición o una inepcia del reformismo pequeñoburgués. Cafiero, en ese entonces el dirigente máximo de la renovación peronista, no es un socialdemócrata sino un social cristiano o, en todo caso, un peronista instruido por la doctrina social de la Iglesia.
Evidentemente, en treinta años han pasado muchas cosas con nuestro vocabulario. Pero no tantas como para equivocarse y pensar que, por primera vez, el peronismo atrae a sectores salidos de la tradición progresista. Eso también sucedió en 1973, cuando esos sectores progresistas, por lo menos en parte, votaron por Cámpora. La Plaza de Mayo de 1973, el día en que Cámpora asumió el gobierno, estaba llena de ellos, gente muy parecida a la que hoy confluye en Carta Abierta, ilusionados entonces en la vía morganática al socialismo.
Hoy, el escenario muestra otra disputa por la palabra. En una importante plataforma televisiva del kirchnerismo (el programa 6, 7, 8, que se emite por Canal 7), el hiperoficialismo monta un mecanismo para cortar el campo ideológico entre derecha e izquierda. Es una laboriosa tarea de "desmitificación" que presupone que todo enunciado político oculta su verdad y transmite una distorsión. Esto, naturalmente, no vale para los enunciados del Gobierno, cuya verdad, en cambio, estaría distorsionada por conspiraciones interpretativas opositoras. El sujeto político de izquierda debe entrenarse en esta tarea desmitificadora por la cual caen los velos del encubrimiento y reluce lo que está debajo: intereses materiales inconfesables. Para eso está la pedagogía de 6, 7, 8 , cuyo teorema enseña que se es de "izquierda" porque se es kirchnerista y se es kirchnerista porque allí está la izquierda: un impecable círculo de autolegitimación. Así, las cosas son fáciles.
Como sea, se reabrió un debate que, durante dos décadas, transcurrió en sordina o fue desacreditado. No sé cuánto trasciende ese debate más allá de sectores movilizados de capas medias. Quienes quisimos mantenerlo abierto durante el menemismo no encontramos interlocutores peronistas excepto cuando esos peronistas dejaban de serlo y se separaban del movimiento. No eran muchos. No recuerdo a los peronistas discutiendo el libro de Norberto Bobbio Derecha e izquierda . No parecía un problema que les importara. Bueno, nunca es tarde.
Hoy, los voceros ideológicos del Gobierno administran el matasellos de la izquierda y colocan inexorablemente a cualquier opositor en la derecha. Absorben a gente como Sabbatella y tratan de destruir la competencia de base, sindical o parlamentaria. Para el Gobierno, derecha e izquierda son lugares respecto de sí mismo.

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lunes, 11 de octubre de 2010

Algo personal. Por David Trueba


Soñé que Mario Vargas Llosa soñaba que al recoger el Premio Nobel de Literatura descubría que el ganador era Alberto Fujimori. Vargas Llosa ya perdió las elecciones de Perú frente a Fujimori. Una vez más la inteligencia y el prestigio fueron factores sospechosos, virtudes que descuentan. La experiencia traumática, que llevó a Vargas Llosa desde los mítines masivos a la soledad de la mesa de escritura, fue contada por él en un libro amargo y clarividente. Y pasado el exorcismo, pudimos recuperar al escritor, en lo que ha resultado ser para la historia de la literatura en castellano una dulcísima derrota.


Hace poco comentábamos la sencilla manera que tiene la derrota de transformarse en victoria, y viceversa. La Academia Sueca proporcionó un ejemplo delicioso. Los esfuerzos de estos días por tirar del premiado hacia una orilla o la otra eran divertidos. Para los medios conservadores era casi la consagración del thatcherismo y la guerra preventiva. Para el progresismo era la demostración de que aún hay vida inteligente al margen del sectarismo ideológico, donde todo es de derechas o de izquierdas antes de ser cualquier otra cosa.
Hay que celebrar que el mundo creativo e intelectual escapa al delirio de la democratización de todos los aspectos humanos. La literatura y el pensamiento no se juzgan en referéndum. Como creer en Dios no se decide por mayoría o el nombre de tus hijos no se escoge en votación de la escalera de vecinos. Necesitábamos una urgente reivindicación de la independencia. Que el criterio, la exigencia, el riesgo puedan enfrentarse a los designios mayoritarios sin rubor. Deben hacerlo. Que la mejor manera que hemos inventado para elegir un Gobierno sea la votación popular no significa que las ventas o la audiencia o la unanimidad prescriban lo fundamental. Vargas Llosa representa la discordia con talento, el criterio individual bien escrito. Me temo que su premio es suyo, y lo sano es que la alegría colectiva celebre el mérito personal.

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Un premio. Por Almudena Grandes


Recuerdo perfectamente mi primera vez. Ya no me acuerdo del primer pitillo que me fumé, de la primera copa que me bebí, de la cara de mi primer novio. Pero recuerdo, igual que si los hubiera visto ayer, unos pies blancos y dorados, mullidos, ondulantes, que se movían como peces desnudos ante los ojos desarmados, enamorados, absortos, de un adolescente peruano. Recuerdo mi propio asombro desarmado, enamorado, adolescente, y la idea fija, obsesiva, que instaló entre mis cejas. Si yo pudiera, si yo supiera, si algún día yo fuera capaz de escribir algo parecido al inmortal baile de estos pies dorados que jamás se marchitarán... Nunca me atrevía a concluir esa frase.


La literatura es vida y tiene que ver con la vida. La mía habría sido distinta, y peor, sin unas cuantas docenas de libros inolvidables y, después de La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa siguió escribiendo, como si lo hiciera solo para mí, novelas sólidas como rocas, Conversación en La Catedral, sutiles como pétalos, ¿Quién mató a Palomino Molero?, luminosas, La Fiesta del Chivo, como el destello de un faro en una noche de tormenta. También artículos radicalmente opuestos a los que yo suelo escribir, aunque hasta en ellos se adivinan las virtudes que le han hecho tan grande, la exigencia, el rigor, la búsqueda permanente de la perfección. Y el fervor de la juventud, porque Mario es el escritor más joven que conozco, el único de su tamaño capaz de arriesgarlo todo, de inventarse de nuevo en cada libro.
Los maestros son las personas que dan lecciones. Las que yo he recibido de Vargas Llosa son tantas, y tan buenas, que el Nobel me parece poco para él. Lo celebro, sin embargo, porque dará a los adolescentes de hoy la oportunidad de descubrir unos pies blancos, dorados, capaces de nadar ante sus ojos como peces desnudos. Y eso sí que será un premio.
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domingo, 10 de octubre de 2010

Catorce minutos de reflexión. Por Mario Vargas LLosa


Ese día, como todos los días desde que, hace tres semanas, llegamos a Nueva York, me levanté a las cinco de la mañana y, procurando no despertar a Patricia, me fui a la salita a leer. Era noche cerrada todavía y las luces de los rascacielos del contorno tenían la apariencia inquietante de una gigantesca bandada de cocuyos invadiendo la ciudad. Dentro de una hora más o menos comenzaría a amanecer y, si estaba despejado el cielo, las primeras luces irían iluminando el río Hudson y la esquina de Central Park con sus árboles que el otoño comienza a dorar, un lindo espectáculo que me regalan cada mañana las ventanas del departamento (vivimos en el piso cuarenta y seis).


Tenía el día planificado con toda precisión. Trabajaría un par de horas preparando la clase del próximo lunes en Princeton, en la que ilustraría el tema del punto de vista con ejemplos tomados de El reino de este mundo de Alejo Carpentier, media hora de ejercicios para la espalda, una hora de caminata en Central Park, periódicos, desayuno, ducha, y a la Public Library de New York, donde escribiría mi Piedra de Toque para EL PAÍS sobre el suicidio, tirándose del puente George Washington, en la Universidad de Rutgers, de Tylor Clementi, violinista y joven estudiante al que dos compañeros homófobos habían denunciado como gay, difundiendo en la Red un vídeo en el que aparecía besándose con un hombre.
Inmediatamente fui absorbido por la magia de El reino de este mundo y la transfiguración mítica que la prosa de Carpentier hace de los primeros intentos independentistas en Haití. El narrador omnisciente de la historia es una astuta ausencia erudita, libresca, barroca y rebuscada que narra desde muy cerca de la sensibilidad del esclavo Ti Noel, quien cree en los Grandes Loas del vodú y que los hechiceros del culto, como Mackandal, gozan del don de la licantropía, es decir, pueden transformarse en animales a voluntad. Hacía por lo menos veinte años que no la releía y su poder de persuasión seguía siendo irresistible.
De pronto advertí la presencia de Patricia en la salita. Se acercaba con el teléfono en la mano y una cara que me asustó. "Una tragedia en la familia", pensé. Cogí el aparato y escuché, entre silbidos, ecos y eructos eléctricos, una voz que hablaba en inglés. En el instante en que alcancé a distinguir las palabras Swedish Academy la comunicación se cortó. Estuvimos callados, mirándonos sin decir nada, hasta que el teléfono repicó otra vez. Ahora sí se oía bien. El caballero me dijo que era el secretario de la Academia Sueca, que me habían concedido el Premio Nobel de Literatura y que la noticia se haría pública dentro de catorce minutos. Que podía escucharla en la televisión, la radio y el Internet.
-Hay que avisar a Álvaro, Gonzalo y Morgana -dijo Patricia.
-Mejor esperemos que sea oficial -le contesté.
Y le recordé que, hacía muchos años, en Roma, nos habían contado la broma pesada que le jugaron unos amigos (o más bien enemigos) a Alberto Moravia, haciéndose pasar por funcionarios de la Academia Sueca y felicitándolo por el galardón. Él alertó a la prensa y la noticia resultó un embrollo de mal gusto.
-Si es cierto, esta casa se va a volver un loquerío -dijo Patricia-. Mejor dúchate de una vez.
Pero, en vez de hacerlo, me quedé en la salita, viendo asomar entre los rascacielos las primeras luces de la mañana neoyorquina. Pensé en la casa de la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba, donde pasé mi infancia, y en el libro de Neruda Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que mi madre me había prohibido leer y que tenía escondido en su velador (el primer libro prohibido que leí). Pensé en lo mucho que le hubiera alegrado la noticia, si era cierta. Pensé en la gran nariz y la calva reluciente del abuelo Pedro, que escribía versos festivos y explicaba a la familia, cuando yo me negaba a comer: "Para el poeta la comida es prosa". Pensé en el tío Lucho, que, en ese año feliz que pasé en su casa de Piura, el último del colegio, escribiendo artículos, cuentecitos y poemas que publicaba a veces en La Industria, me animaba incansablemente a perseverar y ser un escritor, porque, acaso hablando de sí mismo, me aseguraba que no seguir la propia vocación es traicionarse y condenarse a la infelicidad. Pensé en el estreno, ese mismo año, en el Teatro Variedades de Piura, de mi obrita La huida del Inca, que mi amigo Javier Silva publicitaba a voz en cuello por las calles con una gran bocina, desde el techo de un camión, y en la bella Ruth Rojas, la Vestal de la obra, de la que yo estaba enamorado en secreto.
-Es una tontería pensar que esto puede ser una broma -dijo Patricia-. Llamemos a Álvaro, Gonzalo y Morgana de una vez.
Llamamos a Álvaro a Washington, a Gonzalo a Santo Domingo y a Morgana a Lima, y todavía faltaban siete u ocho minutos para la hora señalada. Yo pensé en Lucho Loayza y Abelardo Oquendo, los amigos de adolescencia y en la revista Literatura, de la que sacamos apenas tres números, de nuestro manifiesto contra la pena de muerte, del homenaje a César Moro, y de las feroces discusiones que a veces teníamos sobre si Borges era más importante que Sartre o éste que aquél. Yo sostenía lo último y ellos lo primero y eran ellos, por supuesto, quienes llevaban la razón. Fue entonces cuando me pusieron el apodo (que a mí me encantaba): "El sartrecillo valiente".
Pensé en el concurso de La Revue Francaise que gané el año 1957, con mi cuento El desafío, que me deparó un viaje a París, donde pasé un mes de total felicidad, viviendo en el Hotel Napoleón, en las cuatro palabras que cambié con Albert Camus y María Casares en las puertas de un teatro de los Grandes Bulevares, y mis desesperados y estériles esfuerzos para ser recibido por Sartre aunque fuera sólo un minuto para verle la cara y estrecharle la mano. Recordé mi primer año en Madrid y las dudas que tuve antes de decidirme a enviar los cuentos de Los jefes al Premio Leopoldo Alas, creado por un grupo de médicos de Barcelona, encabezado por el doctor Rocas y asesorado por el poeta Enrique Badosa, gracias a los cuales tuve la enorme alegría de ver mi primer libro impreso.
Pensé que, si la noticia era cierta, tenía que agradecer públicamente a España lo mucho que le debía, pues, sin el extraordinario apoyo de personas como Carlos Barral, Carmen Balcells y tantas otras, editores, críticos, lectores, jamás hubieran alcanzado mis libros la difusión que han tenido.
Y pensé lo increíblemente afortunado que yo he sido en la vida por seguir el consejo del tío Lucho y haber decidido, a mis veintidós años, en aquella pensión madrileña de la calle del Doctor Castelo, en algún momento de agosto de 1958, que no sería abogado sino escritor, y que, desde entonces, aunque tuviera que vivir a tres dobles y un repique, organizaría mi vida de tal manera que la mayor parte de mi tiempo y energía se volcaran en la literatura, y que sólo buscaría trabajos que me dejaran tiempo libre para escribir. Fue una decisión algo quimérica, pero me ayudó mucho, por lo menos psicológicamente, y creo que, en sus grandes rasgos, la cumplí en mis años de París, pues los trabajos en la Escuela Berlitz, la Agence France Presse y la Radio Televisión Francesa, me dejaron siempre algunas horitas del día para leer y escribir.
Y pensé en la extraña paradoja de haber recibido tantos reconocimientos, como éste (si la noticia no era una broma de mal gusto), por dedicar mi vida a un quehacer que me ha hecho gozar infinitamente, en la que cada libro ha sido una aventura llena de sorpresas, de descubrimientos, de ilusiones y de exaltación, que compensaban siempre con creces las dificultades, dolores de cabeza, depresiones y estreñimientos. Y pensé en lo maravillosa que es la vida que los hombres y las mujeres inventamos, cuando todavía andábamos en taparrabos y comiéndonos los unos a los otros, para romper las fronteras tan estrechas de la vida verdadera, y trasladarnos a otra, más rica, más intensa, más libre, a través de la ficción.
A las seis en punto de la mañana las radios, la televisión y el Internet confirmaron que la noticia era cierta. Como predijo Patricia, la casa se volvió un loquerío y desde entonces yo dejé de pensar y, casi casi, hasta de respirar.
New York, octubre de 2010

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viernes, 8 de octubre de 2010

Vargas LLosa: un Nobel largamente postergado. Por Yoani Sánchez


La literatura de Mario Vargas Llosa ha causado varios giros esenciales en mi vida. El primero fue hace 17 años, en un verano con apagones y crisis económica. Bajo el pretexto de conseguir “La guerra del fin del mundo”, me acerqué a un periodista expulsado de su profesión por problemas ideológicos con el que todavía comparto mis días. Conservo aquel ejemplar de carátula deshecha y páginas amarillentas, pues decenas de lectores descubrieron con él a ese autor peruano censurado en las librerías oficiales.

Después vino la universidad y mientras preparaba mi tesis sobre la literatura de la dictadura en Latinoamérica, apareció su novela “La fiesta del chivo”. La inclusión en mi análisis de aquel texto sobre Trujillo no fue del agrado del tribunal que me evaluaba. Tampoco les gustó que entre las características de los caudillos americanos yo resaltara justo aquellas que también ostentaba “nuestro” Máximo Líder. De ahí que por segunda vez un libro del hoy Premio Nobel de Literatura marcó mi existencia, pues me hizo darme cuenta de lo frustrante que resultaba ser filóloga en Cuba. Para qué necesito un título –me dije– donde se anuncia que soy una especialista en el idioma y las palabras, cuando ni siquiera puedo unir frases libremente.
Así que Vargas Llosa y su literatura son responsables, de una manera directa y “alevosa”, de mucho de lo que soy ahora: de mi felicidad matrimonial y de mi aversión a los totalitarismos, de haber renegado de la filología y de acercarme al periodismo.
Me estoy preparando desde ahora, pues temo que la próxima vez que un libro suyo caiga en mis manos su efecto durará otros 17 años o volverá a significar el portazo a una profesión.
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"Morochos" y clase media. Por Vicente Palermo


Un comentario de la presidenta argentina, Fernández de Kirchner, me resulta útil para comenzar a desarrollar el tema del ensayo. Refiriéndose a la clase media, deslizó la idea de que ésta “cree que separándose de los laburantes, de los morochos” mantiene su estatus social. ¿La clase media no trabaja, no labura? Este comentario es más llamativo porque parte de alguien que en su práctica gubernamental mantiene una relación bastante aceitada con los trabajadores organizados y propone la revalorización del trabajo argentino. Sin embargo, la cita dicha al pasar revela un inconsciente colectivo sobre el trabajo y sobre los trabajadores confuso que predomina en el progresismo de las más diversas fuerzas políticas y que parece encontrar algún sentido en pasados ya superados por el paso implacable del tiempo y de los cambios históricos que lo acompañaron. Este mismo relato evoca una situación cultural con relación al trabajo y a los trabajadores, común al progresismo occidental que une complejamente relaciones de poder encontradas y contradictorias nunca resueltas. Los progresistas occidentales somos, por un lado, burgueses e individualistas hasta los tuétanos, y por el otro, anticapitalistas.


Por lo menos decimos desear, o esperar, la “superación del capitalismo”, en la lógica de la dialéctica histórica diseñada de Hegel a Marx. En ese enfoque se da la perspectiva extrema que enfrenta al capital con el trabajo, dándole el nombre de trabajador casi exclusivamente al obrero, entendido en el siglo XIX como la clase baja, el proletariado, que era la que realizaba el auténtico esfuerzo, el sector verdaderamente laburante. Ha pasado mucho tiempo y las transformaciones de esa inicial relación paradigmática entre el capital y el trabajo han suscitado mutaciones, proliferaciones, cambios. Las cuales se han ido extendiendo por todos los países y por todas las culturas de la tierra, mundializándose o globalizándose, según el término que cada cual quiera elegir. En su extensa y documentada biografía de Karl Marx, Jacques Attali anota, por ejemplo, lo siguiente: “Ya no es posible hoy definir las clases sociales” en compartimientos fijos. Igualmente agrega: “Burguesía y proletariado no son ya dos grupos sociales en oposición absoluta. Los propios asalariados están divididos en grupos cada vez más matizados; algunos de ellos son ahora accionistas; los cuadros profesionales administran empresas sin ser sus propietarios y se apropian de una parte de las ganancias; los innovadores, los artistas y los deportistas adquieren importancia financiera”. La complejidad ha invadido el mundo y las culturas del trabajo. Attali agrega en la citada obra que “al lado del dinero, el saber (y sus también laboriosos trabajadores) se convierte en un capital determinante del mundo global; una parte importante de las ganancias pasa por él y es imposible medir el costo de producción de un objeto por las horas de trabajo necesarias para producirlo”.Dos polémicos textos nos ayudan a profundizar en esta complejidad que une a la antigua noción de trabajo con las casi infinitas formas de trabajar actuales. Uno es La sociedad poscapitalista, de Peter Drucker; el otro, El trabajo de las naciones, de Robert Reich. El primero advierte los cambios que se han producido hacia fines del siglo XX y que han ido mutando a los factores de la producción de la economía clásica o inglesa. Fondos de pensiones privados o públicos abastecen y controlan en parte la provisión y la asignación del dinero. Los recursos aquí provienen de anónimos y desconocidos asalariados. El capital ha dejado de ser el factor predominante de la producción. El “giro hacia la sociedad del saber y la información” lo ha desplazado. Si es necesario hablar de clases, dice Drucker, la dupla burgueses y proletarios ha sido reemplazada por la de “trabajadores del saber y trabajadores de los servicios”. Robert Reich, a su vez, estudia en forma conjunta los cambios organizacionales y las estratificaciones que éstos ofrecen a la figura del trabajador universal. Contrapone los modelos clásicos del Estado y de las empresas nacionales, de carácter piramidal, con sedes fijas y burocracias estables, con el avance de los modelos globales hoy en auge en el mundo multipolar. “En lugar de una pirámide –escribe–, la estructura de una empresa de alto valor global se parece más a una telaraña. Los intermediarios estratégicos están en el centro de la misma, pero existe todo tipo de conexiones que no los incluyen directamente, y además nada es fijo y se van formando nuevos nexos todo el tiempo.” Reich, que ha sido ministro de Trabajo del gobierno de Bill Clinton, utiliza el nombre del libro de manera analógica con el clásico de Adam Smith La riqueza de las naciones. La forma en que una nación pueda organizar la inteligencia, la educación, la libertad creativa y la laboriosidad de sus ciudadanos en los parámetros de la nueva sociedad global le dará un mayor protagonismo histórico, y ello, posiblemente, otorgue una mayor felicidad a sus habitantes. Se retrasarán los países que sigan atrapados por nociones ya envejecidas, aunque míticas, del pasado industrial nacional, cuyo eje conceptual fue el enfrentamiento entre el capital y el trabajo. (En juego aparecen aquí también las concepciones tradicionales y burocráticas de la educación. Se vuelve necesario intentar nuevas formas de enseñanza abarcativas de todos los núcleos diferentes que conforman hoy una verdadera cultura del trabajo.)La oposición maniquea entre capital y trabajo comienza a ceder después de la Segunda Guerra Mundial. En el primer gobierno peronista, donde alguno de estos inconscientes colectivos de tipo más ideológico que estratégico se nutren, Perón tuvo en claro que esta oposición sólo tenía sentido cuando el “capital pretende erigirse en un instrumento de dominación” (discurso de septiembre de 1944), pero el capítulo “Los fundamentos de la economía” de la Doctrina Peronista está presidido por esta frase del líder justicialista: “La riqueza nacional nace de la producción; y el desenvolvimiento de la producción siente la influencia de los capitales disponibles, de ahí que para la prosperidad de un país sea de vital importancia desarrollar la formación de capitales con una utilización juiciosa por parte tanto de los particulares como de los poderes públicos. Juzgo, en consecuencia, que debe estimularse el capital privado, por cuanto constituye un elemento activo de la producción y contribuye al bienestar general”. Ya en los discursos tempranos de Perón encontramos conceptos que semejan a los planteados por Reich acerca de la adecuada organización de los diversos trabajos, productivamente referidos a una época, como la de aquellos años, dominada todavía por el desarrollo industrialista nacional. El 18 de enero de 1945 dice: “La organización de la riqueza argentina es el imperativo de la hora. No hablamos de economía dirigida; hablamos de organización de la riqueza, que no es lo mismo. Hay que empezar por organizar al propio Estado [para esta tarea], y hay que organizar el trabajo para evitar la lucha que destruye valores pero que jamás los crea”. Un discurso del 23 de julio de 1947 resulta hasta risueño, porque refleja las dificultades que el líder político encontraba para organizar productivamente las distintas esferas públicas y privadas del trabajo. Decía: “Para consolidar la independencia necesitamos que el país produzca más (...) Pero, desgraciadamente, de los dieciséis millones de argentinos hay diez que gastan y consumen sin producir, como los zánganos de la colmena, y solamente hay seis millones que fabrican la miel. Estamos empeñados en que esos diez millones de perezosos comiencen a producir”. (Aclaramos que esa producción no puede ser vista como exclusivamente material. La producción de educación, por ejemplo, es psíquico-ético-espiritual, como el arte mismo.) En los discursos del Día del Trabajo también hallamos, de distintas maneras, una lógica distinta a la de la economía inglesa, sobre los factores de la producción. En la de 1948 dice, por ejemplo, “brazos, cerebros, capitales”. Brazos: trabajadores que ayuden a fabricar manufacturas, que construyan edificios y caminos; cerebros, inteligencias que sirvan para educar técnico-prácticamente a los brazos, que sirvan para organizar la gestión del Estado y para coordinarla con las inteligencias de las empresas privadas y con las de las proveedoras de capital. Los distintos trabajos y los distintos trabajadores adquieren mayor valor cuando se los utiliza coordinada y orgánicamente. Para una comunidad organizada, el trabajo del pueblo es siempre uno, aun cuando se muestre de las formas más matizadas y diversas. La cultura del trabajo peronista es una cultura que no terminó de hacer escuela a veces por incomprensibles contingencias histórico-políticas a las que el mismo Perón no fue ajeno, y que dejaron, a mi juicio, inconscientes colectivos y pseudoideologías más cercanas a un progresismo occidental de cuño marxista, hoy poco prácticas (no las practican ni siquiera las que aún se presentan como naciones socialistas o comunistas). Pero la época, accionada por un nuevo orden multipolar todavía en formación, ofrece posibilidades nuevas a nuestro país, como a todas las naciones del Cono Sur, en particular las que pueden producir alimentos y productos industriales y minerales para las nuevas potencias emergentes. The Economist ha reconocido recientemente que para la América del Sur ha terminado la época de ser identificada como “el patio trasero” de los Estados Unidos. Los términos de intercambio vuelven a favorecer desenvolvimientos estratégicos propios, como ocurriera para la Argentina y para el Brasil al final de la Segunda Guerra Mundial en los primeros años posteriores. Una época así llama de nuevo a revalorizar el Estado, pero no con conceptos totalitarios anticuados y antiglobales, y a reorganizar lo industrial propio –incluso tecnológicamente– pero sin chauvinismos anacrónicos que nos podrían hacer perder todas nuestras ventajas comparativas, manteniendo en exceso empresas no competitivas con ingresos básicamente fiscales. Una situación temporalmente tan favorable requerirá audacia estratégica para adquirir una nueva cultura del trabajo que vuelva a dar sentido a este aspecto esencial de la vida humana. Hay que avanzar en este requerimiento de la época, aun reconociendo que la tarea no es fácil ni pequeña y que va más allá de un gobierno, de un partido e, incluso, de una generación.

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La malversación kirchnerista del progresismo. Por Luis Gregorich


(Publicado en La Nación. Viernes 08 de octubre de 2010)

Qué es para el Gobierno y quienes lo acompañan ser progresista? ¿Qué significa en la Argentina de hoy considerarse, tácita o explícitamente, de izquierda? Antes de intentar unas (difíciles) respuestas, vale la pena una mención de hechos que están sucediendo ahora mismo. Como se sabe, nuestro país está participando como invitado especial en la Feria del Libro de Fráncfort con una importante delegación de escritores que, el primer día, fueron encabezados por la presidenta de la República, y, entre ellos, felizmente, figuras jóvenes y representativas de nuestras letras. Se han cerrado múltiples negocios de edición y se ha comprometido la traducción a diversas lenguas de nuestros creadores. Lo aplaudimos.




Eso sí: resultó inútil mi búsqueda, en la delegación oficial, de algunos nombres prestigiosos que también siguen publicando libros, que igualmente expresan a nuestra sociedad y que habrían podido enriquecer la muestra. Quizá no supe buscarlos bien, quizás estén entre los que anduvieron por Fráncfort prefiriendo ser invitados por universidades o empresas editoras, pero no pude encontrar, en el listado del Gobierno, a Santiago Kovadloff, a Beatriz Sarlo, a Juan José Sebreli, a Natalio Botana, a Luis Alberto Romero, a Marcos Aguinis, a Martín Caparrós, a Tomás Abraham, a Alvaro Abós y a unos cuantos más que no voy a citar para no enturbiar mi primera impresión positiva del contingente nacional.
¿Qué es lo que une a todos los invisibles? ¿Que no son progresistas o -peor aún para la lupa ideológica oficial- que pertenecen a la "derecha"?
Usted, lector, ya está contestando en su interior: más bien sí son progresistas, cada uno a su manera, pero confluyen en una vertiente común: la oposición intelectual al gobierno que financia esta presencia en Europa, y que no ha tenido la grandeza de invitarlos para que compartiesen las mesas con los escritores oficialistas, entre ellos unos cuantos del grupo Carta Abierta. Oposición intelectual no quiere decir, por supuesto, saña destituyente, sino libre y no necesariamente belicosa confrontación de ideas, sostenida en todos los escenarios posibles. Es obvio que ninguno de los excluidos del panteón oficial hubiese aprovechado su participación para denigrar a las autoridades.
¿Con estas actitudes el gobierno nacional consolida una cultura progresista o de izquierda? Parece ocurrir exactamente lo contrario. Véase el tema desde otra perspectiva: el proceso que sufren los organismos de derechos humanos, genuinas instituciones del progresismo que podrían quedar debilitadas al cerrarse el ciclo kirchnerista. Las Madres y Abuelas, sobre todo, al adoptar una postura partidista, distante de la independencia política que mantuvieron desde el advenimiento de la democracia, permiten que se resquebraje su eventual función mediadora. Más inquietantes que el discurso crispado de Hebe de Bonafini frente a Tribunales, por demás previsible, son las palabras de Estela de Carlotto en el mismo acto, no tanto por su significado directo como por su implícito compromiso político.
La Central de Trabajadores que podría calificarse de progresista, la CTA, ha experimentado asimismo el intento de cooptación por parte del kirchnerismo, con resultados nada alentadores. La primera elección interna seria de la Central terminó con una derrota de los prooficialistas y con una severa amenaza de división, sembrada de denuncias de irregularidades y fraude. Todo eso refuerza, de una u otra manera, el poder de la Central oficial, encabezada por Hugo Moyano, cuya ideología no puede describirse como progresista. Hay que decir, de todas formas, que tampoco Moyano las tiene todas consigo, tal vez por ampliar excesivamente su poder y generar pequeñas -por ahora- rebeliones en su proximidad.
La singular alianza que construye, casi sin darse cuenta, la oposición fragmentada en cuatro o cinco expresiones partidarias tiende a reunir a anchos sectores de las clases medias urbanas y a sectores transversales del campo, además de conglomerados obreros, más reducidos. No hay todavía liderazgos definidos (sólo hay postulantes a ganarlos) en ese inestable espacio. A su vez, el oficialismo kirchnerista opone a este conjunto un equipo más compacto, aunque cada vez más propenso al adelgazamiento, que suma a trabajadores de los conurbanos, diversas clientelas provinciales y -lo que más nos interesa aquí- capas medias, de menor cuantía, que podrían ser denominadas de "izquierda" o progresistas. Forman este núcleo la disciplinada militancia del Partido (o ex Partido) Comunista, con sus profesionales y cooperativistas, y los grupos ya maduros de universitarios, entre los cuales están los que en los años 70 coquetearon con la guerrilla y el "entrismo" hacia adentro del movimiento peronista.
Es francamente extraña la atracción que estos últimos sectores sienten frente a la concepción del poder kirchnerista, fuertemente concentrado y poco dispuesto a una distribución horizontal. Tampoco la personalidad y la historia personal del nuevo líder llegado del Sur autorizan sueños liberacionistas. Probablemente los inspiren las notas épicas y refundadoras del discurso del matrimonio presidencial. Hay que volver al acto frente a Tribunales y citar las delirantes referencias de varios oradores (como Julio Piumato, dirigente de los judiciales) acerca de la democracia formal y la democracia real: de esta última sólo habríamos disfrutado en el país a partir de la presidencia de Kirchner.
En cuanto a los aspectos prosaicos de la gestión, notablemente favorecida por el viento de cola de la economía internacional (es decir, para nosotros, por la apertura comercial de China), hay un debe y un haber, aunque los Kirchner parecen especializarse en borrar con una rústica mano lo que escribieron amablemente con la otra, como con el actual hostigamiento a la Corte Suprema designada, con positivo espíritu y efectos, por ellos mismos.
¿Cómo definir, entonces, al progresismo, que los Kirchner están malversando, y a la izquierda posible, a la que muchos confunden con el populismo autoritario y, en el fondo, conservador? Acude en nuestro auxilio Norberto Bobbio, un ejemplar pensador italiano que ha sido protagonista de las batallas ideológicas de su patria en la segunda mitad del siglo XX. En su ensayo Derecha e izquierda, traza los significados y los límites de cada una de estas palabras, que siguen gozando de buena salud, simbólica y política, a pesar de haberse decretado su muerte hace tiempo.
Una vez que hemos descartado como soluciones plausibles la extrema derecha y la extrema izquierda, nos quedan todavía derechas e izquierdas (en forma de liberalismo republicano y socialdemocracia o socialismo parlamentario) que -dice Bobbio- se necesitan la una a la otra y que justifican un régimen rotativo, según la preeminencia electoral en el tiempo de los valores que defienden respectivamente. Para la derecha liberal, esos valores se organizan en torno a la pareja libertad/autoridad, y para la izquierda socialdemocrática, en torno a igualdad/desigualdad. En ningún caso esos valores pueden ser absolutos: cuando se habla de libertad, por ejemplo, debe aclararse de qué libertad se trata (libertad de actuar, libertad de querer), y cuando se habla de igualdad está claro que no se trata del ideal inalcanzable de que todos los hombres sean absolutamente iguales, sino de las políticas de Estado que procuran que esos mismos hombres sean cada vez menos desiguales. Bobbio cita a Luigi Einaudi, uno de sus maestros y destacado constructor de las instituciones italianas de la segunda posguerra, que después de describir los rasgos esenciales del hombre liberal y del hombre socialista anota: "Los dos hombres, aunque adversarios, no son enemigos, porque los dos respetan la opinión de los demás y saben que existe un límite para la realización del propio principio? El optimum no se alcanza en la paz forzada de la tiranía totalitaria; se toca en la lucha continua entre los dos ideales, ninguno de los cuales puede ser vencido sin daño común".
Idealismo ingenuo, se dirá, y preferencia por esquemas político-sociales que se adaptan al orden y las tradiciones de la Europa Occidental y que chocan inevitablemente contra la prepotencia genética de los populismos latinoamericanos, custodiados celosamente por laureados académicos como Ernesto Laclau. ¡Cómo podría soportar una nación de América latina un régimen cuasi parlamentario, con pacífica alternancia de partidos o coaliciones, sin el picante condimento de los golpes de Estado, la reelección indefinida o la corrupción en boca de todos! Y, sin embargo, tres países, al menos, lo llevan a cabo con éxito y con modalidad propia: Brasil, Uruguay y Chile.
Lo único seguro es que el progresismo no se ejerce estimulando la toma del Palacio de Tribunales ni fantaseando sobre las diferencias entre democracia formal y democracia real, ni mucho menos omitiendo deliberadamente la presencia de escritores e intelectuales opositores en la presentación oficial de una feria del libro internacional consagrada a la Argentina.


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martes, 5 de octubre de 2010

Maradona como metáfora argentina. Por John Carlin y Carlos Pierini


(Publicado en El País de Madrid. Martes 5 de octubre de 2010)

Se dice con frecuencia que la solución a los problemas de la África subsahariana es la educación; que los recursos naturales abundan y si solo se pudiera proporcionar un buen nivel educativo a la gente el continente despegaría. No necesariamente. Miren el caso de Argentina. Todos los recursos naturales que quieran, una bajísima densidad de población y, a lo largo de la mayor parte del siglo XX, índices escolares que no han tenido nada que envidiar a Europa occidental. Pero hoy, en un país que hace 100 años era uno de los 10 más ricos del mundo, la tercera parte de los recién nacidos están condenados a crecer en la pobreza, si es que logran crecer. Ocho niños menores de cinco años mueren al día debido a la desnutrición en un país que debería ser, como hace tiempo fue, el granero del mundo. Semejante aberración florece en un contexto político en el que a lo largo de más de medio siglo juntas militares han alternado el poder con Gobiernos populistas, corruptos o incompetentes. El actual Gobierno peronista de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (como el anterior, de su marido Néstor Kirchner) es más afín al de Hugo Chávez en Venezuela o al de Daniel Ortega en Nicaragua que a los Gobiernos pragmáticos y serios de Brasil, Chile o el vecino Uruguay donde, por cierto, hoy se consume más carne per cápita que en Argentina. ¿Dónde ha quedado la famosa Justicia Social proclamada hasta el cansancio por el peronismo que ha gobernado la mayor parte del período democrático instaurado en 1983? ¿Cuál es el problema?

El problema es Diego Maradona. O, para ser más precisos, lo encarna, como símbolo, Maradona, el "Diez", "el Dios Argentino", el ídolo nacional por goleada. La idolatría a los líderes redentores, el culto a la viveza y (su hermano gemelo) el desprecio por la ética del trabajo, el narcisismo, la fe en las soluciones mágicas, el impulso a exculparse achacando los males a otros, el fantochismo son características que no definen a todos los argentinos, pero que Maradona representa en caricatura payasesca y que la mayoría de la población, aquella misma incapaz de perder la fe en el peronismo, aplaude no con risas sino con perversa seriedad. El punto de partida es la negación de la realidad. Este es el terreno en el que opera Maradona y en el que su legión de devotos se adentra -como por ejemplo los 20.000 que fueron al aeropuerto de Ezeiza para darle las gracias tras la desastrosa actuación en el Mundial de Sudáfrica- para adorarle.
Esos mismos que disfrutaban como locos con las grotescas actitudes y dichos del ídolo -"¡que la chupen!"- fueron en manada a vitorearlo al llegar a Buenos Aires después de la goleada de 4-0 que Alemania le propinó, expulsando a su selección del Mundial. Presos de la nostalgia, no olvidan nunca que "ÉL" hizo el famoso gol con la "mano de Dios"; o sea que su mano y la mano de Dios son la misma mano. "EL" es uno con "DIOS". La manada entonces, mientras grita para adentro, "¡Si estamos unidos a Dios Maradona compartiremos toda su gloria!", grita para afuera: Maradooooooona, Maradooooooona. Y no olvidemos el dicho nacional, al mismo tiempo jocoso y lleno de convicción, "¡Dios es argentino!".
Diego Maradona fue un monumental jugador de fútbol. Pero la fama justificada no da títulos, ni derechos, ni conocimientos para opinar con absoluta certeza acerca de casi todo y al mismo tiempo desautorizar a todo aquel que no esté de acuerdo con sus ideas. En Argentina, mientras avergonzaba a algunos, hacía gritar de entusiasmo a muchos más. Creían, orgullosos, que unidos al " ídolo" todo el mundo "se la chupaba". En realidad el que se ha chupado todo, desde alcohol hasta cocaína, ha sido Maradona. Nadie lo acusa ni lo maltrata por su triste enfermedad. Solo se trata de señalar su soberbia desconsiderada, de carácter profundamente narcisista, base de sus penosas afecciones del alma, metáfora de la patología crónica de un país.
Hace 15 días Maradona dio su primera entrevista desde la debacle de Sudáfrica. El ex director técnico de la selección argentina, al que se le oyó diciendo minutos antes de aquel partido que su equipo iba a dar una lección de fútbol a los alemanes, no ofreció ni análisis, ni explicación por la derrota, salvo decir que el portero alemán estuvo "muy seguro" y después del 2-0 "nos vinimos abajo". Con un poco de suerte (la magia de la suerte lo abandonó, ¿el otro Dios estaba en su contra?) el partido se hubiera ganado. Culpa por el desastre no aceptó ninguna.
En cuanto a la victoria argentina 4-1 el mes pasado contra el campeón del mundo, España, bajo el mando de un nuevo seleccionador, confesó que prefirió no ver el partido. Claro. Porque ver aquel partido hubiera significado chocarse con la realidad y arriesgar salir del autoengaño enfermizo que le permitió afirmar en la misma entrevista que -avalado por el ex presidente Néstor Kirchner, que en una reunión la semana pasada le "felicitó" por el Mundial- él seguía siendo el candidato idóneo para dirigir la selección. "Daría la vida", dijo, "daría un brazo" por recuperar el puesto.
El fracaso de Maradona en el Mundial fue el espejo del fracaso de Argentina como país. Por un lado, una falta de rigor y humildad en la planificación; por otro, un derroche de los recursos disponibles. Talento sobraba, salvo que por amiguismo, ceguera, populismo patriotero o sencilla idiotez Maradona decidió no convocar a la mitad de los mejores; no solo no explotó los recursos que tenía, no los quiso ni ver. El nuevo seleccionador, Sergio Batista, puso en el campo contra España a cuatro jugadores básicos que Maradona ni siquiera había convocado para Sudáfrica y lo que se vio fue un equipo sólido que hubiera sabido competir contra Alemania, como contra cualquiera en el Mundial. Es decir, el sentido común existe en Argentina; solo que demasiadas veces, obliterado por la luz maradoniana, brilla por su ausencia.
En el sistema maradoniano solamente brilla la ilusión. Dentro de este sistema de pensamiento las cosas terminan no teniendo ni pies ni cabeza. Resultado: fracaso en la vida y arrastrando en el fracaso, en este caso, a la selección argentina, pero también se puede arrastrar a toda una nación. Recorriendo la historia del siglo XX sabemos la potencia destructiva de la ilusión cuando no es contrabalanceada por la realidad terrenal, nunca tan agradable ella como los espejismos de la ficción.
Cuando llevados por la fantasía se eligen directores técnicos o presidentes o sistemas de características populistas, autoritarios y antidemocráticos, con pocos pies sobre la tierra, el resultado inevitable es el fracaso. Un director técnico que no tiene ni ha tenido capacidad para manejar su vida, que además no es director técnico (por preparación) y por lo tanto al titularse así toma las características de un impostor, tuvo como resultado el descalabro de la selección argentina. Puede ocurrir nuevamente algo similar con la Argentina misma si los directores técnicos, léase la pareja que lleva siete años en el poder, siguen el camino compulsivamente repetitivo de la tergiversación permanente de la realidad. El endiosamiento de seres Ídolos-Dioses a los que no se debe criticar, como a Perón, Evita, Maradona, Cristina Fernández o Néstor Kirchner, intocables seres sin errores, lleva al fracaso reiterativo y doloroso que arrastra a millones de argentinos al sufrimiento. El granero del mundo se va convirtiendo en un país lleno además de granos de pústulas creadas por el sistema: fracaso, pobreza, desnutrición, inseguridad, criminalidad, destrucción de las instituciones, ataque permanente a la prensa opositora, ataque a la ley, destrucción de la educación (eso también) y llegamos entonces a que la fantasía de ser un pueblo "protegido" por los Dioses cae en una triste y ridícula realidad.
Las sociedades propensas a alimentar estas ilusiones, caen en la seducción hipnótica de líderes de estas características. Son sociedades cerradas, como dice Karl Popper, con un fuerte carácter autoritario, convicciones inamovibles y preponderancia al pensamiento mágico. En estos casos el horizonte de expectativas está absolutamente distorsionado por las ilusiones y las consecuencias se traducen en un sinnúmero de fracasos compulsivamente repetitivos. Decía Albert Einstein que la locura era repetir lo mismo una y otra vez, esperando diferentes resultados. Eso es lo que propone Maradona al reafirmar su derecho a dirigir la selección de fútbol. Al apoyar su estrambótica candidatura, los Kirchner, eso sí, están siendo consecuentes. Ellos también piden, pese al fracaso mundialista de su gestión, como el de los regímenes peronistas que los precedieron, que se prolongue su dinastía en las elecciones generales del año que viene. Es probable que lo consigan. Sería la victoria del pensamiento mágico maradoniano, sobre el que el sol de la bandera argentina nunca se pone.
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Apablaza: un conflicto innecesario; un agravio inmerecido. Por Andrés Cisneros


En política exterior, cualquier decisión puede gustarnos o no, según gratifique a nuestro color ideológico. Pero es objetivamente buena o mala según beneficie o perjudique al interés nacional argentino.
En esa perspectiva, aún los más convencidos de que la negativa de extraditar a Apablaza estuvo bien, deben igualmente tomar en cuenta los costos que por tal decisión vamos a terminar pagando.

En los Ochenta, cuando recuperamos nuestra democracia, afrontábamos un balance sumamente negativo. Cien años de controversias limítrofes, en 1978 invadimos Chile, al borde de un conflicto armado que habría resultado siniestro, veníamos de desconocer el laudo por el Beagle, el régimen de Pinochet había apoyado a Gran Bretaña en la guerra de Malvinas y se acentuaba un sentimiento de antagonismo claramente pernicioso para los tiempos por venir.
En los siguientes veinte años invertimos completamente la actitud.
Cambiamos hostilidad por cooperación, solucionamos la totalidad de los conflictos limítrofes, Chile pasó a apoyarnos militantemente en el reclamo por Malvinas, se convirtió en el tercer inversor extranjero directo en Argentina y miles de millones de dólares trasandinos se inyectaron en nuestro sistema económico, al tiempo que concertábamos innumerables acuerdos públicos y privados de progreso asociado.
Nada de eso va a revertirse a causa de nuestra negativa respecto de Apablaza, pero ciertamente va a perjudicar a ese proceso, ese sí verdaderamente progresista, y se inscribe en el ya muy poblado museo de las acciones políticas que, a contramano del avance regional, introducen palos en la rueda del entendimiento.
En términos jurídicos, la Corte argentina ya se había pronunciado. Y en términos políticos, no tiene importancia si Apablaza es culpable o más inocente que la Madre Teresa: esa es una decisión que corresponde a la Justicia chilena.
Esa habría sido nuestra correcta respuesta política. Siempre y cuando, por supuesto, pensemos que Chile es una verdadera democracia y allí funciona un sistema judicial respetable y que garantiza los derechos humanos.
A partir de ahora, el mensaje que estamos enviando al mundo entero es que nosotros, los argentinos, los socios, amigos y vecinos estratégicos de Chile, quienes más los conocemos, creemos que eso no es cierto, que la democracia y la Justicia chilenas no son de fiar, que no ofrece las garantías suficientes del debido proceso.
Pavada de ofensa y pavada de costo que deberemos afrontar, en una nueva disminución de nuestra ya módica credibilidad en el mundo. Un agravio inmerecido a quienes siempre hemos considerado como hermanos, una verdadera cruzada contra nosotros mismos, un conflicto completamente innecesario, sorprendiendo a los desprevenidos chilenos con la inevitable sospecha de que, para determinadas formas de entender la política, cuando talla la ideología tambalea el estado de derecho.
Para cerrar, es de lamentar que los fundamentos de la CONARE (Comisión Nacional para los Refugiados) no se den a la luz pública. Una pena, pero cualquier interesado puede conseguir unas argumentaciones de resultado semejante: son las que esgrime Irán para no acceder al pedido de extradiciones que le reclama la Argentina.
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