martes, 30 de noviembre de 2010

Cristina, Chaplin y los jubilados. Por Gonzalo Neidal


Si Cristina cree que ella lo inventó, está equivocada.
Ya en la película El Pibe, Charles Chaplin se las ingeniaba para lucrar con la reposición del vidrio que el pibe, su cómplice, había destrozado un rato antes.
Por eso, cuando Cristina se empeña en hacer una ceremonia embebida de protocolo y formalidad para anunciar que otra vez el gobierno aparece en defensa de “los que menos tienen”, uno no puede dejar de recordar que, durante las semanas y meses previos, la propia presidenta, con la otra mano le había quitado a los jubilados la cifra que, graciosamente, después les restituye.

Porque la inflación, pese al desdén del ministro Amado Boudou, es una de las visitas más incómodas que ha recuperado la economía argentina de los últimos años. Fingiendo desconocer la historia económica de las últimas cuatro décadas, el gobierno coquetea peligrosamente con otro mito cuarentista, el que enuncia que, después de todo, un poco de inflación resulta benéfica para la economía porque incita a la gente a gastar, beneficia a los deudores y perjudica a los acreedores. La lucha contra la inflación, se piensa, es una obsesión de los financistas, que ven perturbado el rutinario cobro de intereses y presencian cómo una parte de su capital se hace agua.
Si esto fuera lo que piensa Boudou, (ministro afecto al rock y a la guitarra, según se ha visto), no sería grave. El problema es que ésta es también la visión del gobierno. De la propia Cristina.
Y en materia de inflación, ya hemos alcanzado el podio. Estamos segundos en el mundo detrás de Venezuela. Un mérito ciertamente módico. Claro que el gobierno obtiene de ello una serie de dudosos beneficios.
En primer lugar, permite que la presidenta pueda aparecer, en cadena nacional, como una suerte de Mujer Maravilla que restituye los ingresos a los pobres, conculcados por la extrema avidez, avaricia y mezquindad de los ricos, a quienes Cristina mantiene a raya en actitud nacional y popular.
En segundo lugar, hace que el gobierno pueda recaudar por encima de los montos presupuestados y disponer libremente de ese cuantioso excedente, que es mayor mientras mayor sea la tasa de inflación.
Y también le permite a Cristina presentarse como una víctima de los grandes poderes económicos y los monopolios que son los que pueden modificar los precios conforme a sus deseos llevando a la miseria y la indigencia a centenares de miles de argentinos. ¡Menos mal que la presidenta está atenta para utilizar la cadena nacional y defender a los despojados de tan vil ataque!
Claro que con los índices de precios, que ahora el FMI nos explicará cómo debemos calcular, suben también las tensiones económicas en varios puntos neurálgicos de la economía nacional. Los exportadores industriales, por ejemplo, están al borde de sus posibilidades de exportación pues el tipo de cambio –otrora competitivo- se achica cada día amenazando sus utilidades e incluso la posibilidad misma de vender al exterior.
Pero la inflación complica también a las empresas prestadoras de servicios públicos, a los gobiernos provinciales y, sobre todo, a los trabajadores activos y pasivos, cuyos ingresos están expuestos a la merma cotidiana.
Todos lo sabemos: la inflación impregna de conflictos nuestra vida cotidiana. La llena de paros, movilizaciones, tomas de fábrica, cortes de ruta, bloqueos de fábricas y otras fricciones en la lucha por conservar el ingreso que día a día es devorado por la escalada de precios.
Hace pocos días, el titular de la UIA, Eugenio Méndez dijo que la inflación “no le quita el sueño”. Se sumó así, para sorpresa de muchos, a la visión liviana del gobierno.
Pero ya sabemos lo que sucede en estos casos: toda realidad que es ignorada prepara su venganza.
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lunes, 29 de noviembre de 2010

Importantes revelaciones de Wikileaks sobre la diplomacia argentina


(Publicado en El País - Edición On Line - Lunes 29/11/2010)

Inquietud por la personalidad y el modo de trabajo de Kirchner
El Gobierno argentino se ofreció a colaborar discretamente con Estados Unidos en Bolivia y a suavizar las relaciones con Evo Morales
SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ - Madrid - 29/11/2010

La Secretaría de Estado estadounidense ha mostrado una gran curiosidad por conocer la personalidad de la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y la manera de trabajar de lo que en la mayoría de los telegramas de su Embajada en Buenos Aires se denomina "pareja gobernante" (ruling couple) o Primera Pareja (First Couple), es decir, la propia presidenta y su marido, el recientemente fallecido Néstor Kirchner.


Esa curiosidad llevó a la Oficina de Operaciones de Inteligencia del Departamento de Estado (identificada en el documento como INR/OPS) a no darse por satisfecha con las opiniones recogidas durante las múltiples visitas de políticos, tanto gubernamentales como de la oposición, que pasan sistemáticamente por la Embajada estadounidense para explicar su análisis de la situación interna del país, y a pedir un perfil más específico. El 31 de diciembre de 2009, la INR/OPS envía un telegrama (documento 242255, firmado genéricamente por "Clinton") en el que anuncia que está preparando un "perfil" de Cristina Fernández y se solicita información escrita sobre "su estado mental y salud", "su visión política" y "su forma de trabajo".
Un telegrama anterior (22 de marzo de 2009, documento 203636) recoge el agradecimiento de la División de Biografías de la Oficina de Enlace de Inteligencia del mismo Departamento de Estado (INR/B) por los datos que le ha enviado la Embajada en Buenos Aires sobre "la relación de Taiana (Jorge Taiana, entonces ministro de Asuntos Exteriores argentino) con los Montoneros e información adicional sobre su supuesta participación en el atentado con bomba contra un bar en julio de 1975". En el mismo párrafo, los funcionarios de la INR/B muestran su contento por haber recibido datos sobre los "varios nietos de Taiana" y la habilidad del ministro para hacer chistes y aligerar reuniones tensas.
Una visita poco afortunada
La demanda de información sobre la personalidad de Cristina Fernández de Kirchner se produjo poco después de la visita del nuevo secretario de Estado adjunto para América, Arturo Valenzuela, a Buenos Aires (15 de diciembre de 2009), que se desarrolló de forma poco afortunada. Un despacho de la embajada, supervisado por el propio Valenzuela (cable 242241 ), califica en duros términos al Gobierno argentino por "su intolerancia a la hora de recibir críticas". Valenzuela había provocado un gran revuelo en la prensa argentina, y una dura reacción del Gobierno de CFK, al hacer públicas las quejas de la empresas norteamericanas por la falta de seguridad jurídica que percibían en Argentina.
Quince días después, la Oficina de Operaciones de Inteligencia, una de las muchas con que cuenta el Departamento de Estado, envía un telegrama clasificado como "secreto" en el que se explica que la Secretaría de Estado quiere analizar "la dinámica interpersonal en el tándem gubernamental". "Tenemos un conocimiento más sólido sobre el estilo y la personalidad de Néstor Kirchner que sobre Cristina Fernández de Kirchner y nos gustaría ampliar la visión sobre la personalidad de CFK [Cristina Fernández]".
La solicitud de "perfiles" de este tipo es considerado algo muy frecuente dentro de las actividades de la INR/OPS y de la diplomacia norteamericana.
El estado mental de Cristina Fernández
En este caso concreto, se envían tres grupos de preguntas. El primero, bajo el epígrafe "Mental state and health" (Estado mental y salud), dice así: "¿Cómo controla Cristina Fernández de Kirchner sus nervios y su ansiedad? ¿Cómo afecta el estrés a su conducta con sus asesores y/o en su proceso de toma de decisiones? ¿Qué medidas toma CFK o sus asesores para ayudarla a manejar el estrés? ¿Toma alguna medicación? ¿En qué circunstancias controla ella mejor el estrés? ¿Cómo le afectan las emociones en su proceso de toma de decisiones y cómo baja la tensión cuando está angustiada? ¿Qué tal está Néstor Kirchner de su enfermedad gastrointestinal? ¿Le sigue molestando? ¿Toma medicación? Es bien conocido su temperamento, ¿ha demostrado mayor tendencia a oscilar entre extremos emocionales? ¿Cuáles son los objetivos más comunes de la furia de Néstor Kirchner?"
El segundo y tercer grupo de preguntas trata sobre la tendencia de la presidenta argentina a mantener visiones estratégicas o si prefiere las tácticas, si se mueve en términos matizados o prefiere el blanco o negro y si comparte la visión política confrontativa de Néstor Kirchner o si intenta moderar el duro estilo de su marido. Finalmente, la Secretaría de Estado se interesa sobre la manera en la que Cristina Fernández de Kirchner y su esposo se dividen la agenda. "¿En qué materias toma las decisiones y cuáles deja a Néstor Kirchner?", interroga el documento.
Colaboración en Bolivia
Los telegramas intercambiados entre la Embajada en Buenos Aires y la Secretaría de Estado muestran las buenas relaciones que llegaron a mantener el Gobierno argentino y la presidenta Cristina Fernández de Kirchner con la Administración de George Bush y su secretario de Estado adjunto para Asuntos de América, Thomas Shannon, y la difícil comunicación que existió, al menos hasta marzo-abril de este año, con la Administración Obama y, sobre todo, con Arturo Valenzuela.
La confianza con Shannon llegó hasta el punto de que la presidenta aceptó "cooperar con el Gobierno de Estados Unidos en Bolivia" (documento de 2 de septiembre de 2008). "CFK afirma que Argentina cooperará con el USG [Gobierno estadounidense] en Bolivia, pero que tenemos que ser cuidadosos para que no parezca que existe una "operación política" contra el Gobierno, dadas las sospechas de Evo", asegura el telegrama norteamericano. Shannon había ya dado seguridades a la presidenta argentina de que Estados Unidos garantizaba la integridad territorial de Bolivia e intentaba, con muy poco éxito, convencer a Evo Morales de que Washington no tenía nada contra él. "Evo no es una persona fácil, nos confía CFK, haciéndonos notar que Argentina tiene problemas para conseguir que Bolivia le abastezca de gas natural. Todos necesitamos paciencia, nos dijo", relata el entonces embajador Wayne. Poco antes, en junio, un telegrama informa de las gestiones que ha hecho el ministro de Exteriores argentino, Taiana, a solicitud de embajador de Estados Unidos, para bajar la tensión en Bolivia respecto a Washington y garantizar la seguridad de la propia embajada en La Paz. "Taiana nos informa de que ha llamado tres veces al viceministro boliviano, Hugo Fernández Araujo, para insistir en esos dos puntos".
Un despacho enviado por la embajada en Buenos Aires antes de la visita de Shannon en agosto de 2008 (documento 149085) expone claramente cuáles son las demandas de Estados Unidos al Gobierno argentino: "Esperamos que Argentina desempeñe un papel positivo en evitar un conflicto y llevar a buen puerto la democracia en Bolivia; que influya en el presidente ecuatoriano Rafael Correa para que se comporte con más moderación; que tome una posición más constructiva, madura y equilibrada en el conflicto colombiano y que influya positivamente en su contraparte venezolana". El telegrama asegura que creen que CFK recibió ese mismo mensaje de Sarkozy "durante su entrevista personal el pasado 7 de abril".
El importante voto argentino en la IAEA
Ya bajo la Administración Obama, y pese al enfado del Gobierno argentino porque se ha hecho público un documento de la CIA en el que se habla de la "inestabilidad económica" del país, lo que provoca una furiosa carta del ministro Taiana (documento 200763), y a que se han pedido informes sobre Taiana, la colaboración entre los dos países se mantiene razonablemente firme. La presidenta asiste en Viña del Mar (Chile) en marzo de 2009 al Foro de Líderes Progresistas, donde coincide con el vicepresidente norteamericano Joe Biden (a quien ya conoce gracias a un desayuno de trabajo en la Convención Demócrata de Boston en 2004, donde también trató a Hillary Clinton).
Pocos dias después, un telegrama de la embajada norteamericana en Buenos Aires (documento 209147) informa de que ha visitado la capital argentina (sin cobertura de la prensa) el candidato japonés a la presidencia de la Agencia de Energía Atómica (IAEA), Yukiya Amano, y que ha sido recibido por el ministro Taiana. Estado Unidos ha desarrollado una amplia ofensiva diplomática para conseguir que Amano ocupe el cargo y finalmente es la abstención crucial de la delegación argentina la que permite que el japonés acceda a la AIEA, en julio de 2009. El consejero de la embajada en Buenos Aires asegura, en documento 216782, que la propia secretaria de Estado, Hillary Clinton, telefoneó a Taiana para que convenciera la presidenta para que cambiara las instrucciones de voto de la delegación argentina, "lo que permitió el apoyo al japonés y su victoria".
Ineptitud de los Kirchner para la política exterior
Lo ocurrido en la IAEA no impide, sin embargo, que pocas horas más tarde un telegrama de la embajada norteamericana describa, con fuerte enfado, el frustrado viaje de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a Washington y El Salvador "en un intento fallido" para restaurar a Manuel Zelaya en la presidencia de Honduras. (Zelaya había sido depuesto por un golpe militar en 28 de junio de 2009).
La embajada (documento 215335) asegura que la presidenta actuó en contra de los consejos de su Ministerio de Asuntos Exteriores, que no quería que viajara a Centro América antes de que hubiera algún acuerdo "precocinado". "Este episodio", mantiene el informe norteamericano, "es otra muestra de la ineptitud de los Kirchner para la política exterior". De hecho, el documento sugiere que Cristina Fernández de Kirchner tomó la decisión de hacer un "audaz gambito diplomático" para "sacar de la primera página" de los periódicos argentinos la noticia de la derrota electoral de su marido. Néstor Kirchner había sufrido una importante debacle en las elecciones legislativas celebradas el mismo día 28 de junio de 2009.
Intentos de CFK para asociarse con Obama
Los diplomáticos norteamericanos se esfuerzan, sin embargo, en evitar que Washington saque decisiones precipitadas de la derrota electoral de Kirchner. En el mismo telegrama (documento 216782), se analiza lo ocurrido y se pronostica que Argentina "no se volverá más bolivariana" por la pérdida de las elecciones. Primero, opinan, por la influencia de Brasil (una fuente brasileña llega a decirles que "Argentina es tan importante para Brasil como México para Estados Unidos) y segundo, "porque CFK busca claramente cualquier oportunidad para asociarse con el presidente Obama". "La intensidad de ese deseo abre oportunidades para nosotros", se explica. Un documento posterior se queja de los argumentos sobre "la precaria psyque de la "ruling couple", que, para el diplomático que firma el telegrama, son"altamente especulativos y anecdóticos". A su juicio, la "pareja presidencial" no ha cambiado mucho en los dos últimos años: "Siempre han sido ácidos, tan impermeables al consejo ajeno e incluso tan paranoicos con respecto al poder", mantiene. "Ha sido lo mismo durante estos más de seis años de poder, y siguen en la Casa Rosada", concluye.
El peor momento en las relaciones ocurre durante la visita del nuevo secretario de Estado adjunto para América, Arturo Valenzuela, el heredero de Thomas Shannon (que pasa a ser embajador en Brasil). Sus declaraciones respecto al contenido de una reunión con los empresarios nortemericanos provoca una auténtica marejada en la política argentina. La embajada intenta que se vaya suavizando el tono de las críticas y pide ayuda a quien considera uno de sus mejores y más contínuos interlocutores, el jefe de Gabinete, Anibal Fernández (doc 242241).
Fernández se lamenta de que la administración Obama no tenga en cuenta la firme postura de Argentina respecto a Irán, mucho más solida que la brasileña. En otro documento, 242975, que habla también de la visita de Valenzuela y de las entrevistas que mantuvo con altos funcionarios, la embajada recoge la queja de Fernández, que se lamenta de que exista la percepción popular de que la relación de Estados Unidos con sus vecinos, en particular con Chile y Brasil, es mucho más positiva. Es particularmente doloroso, explica Anibal Fernández, según sus interlocutores norteamericanos,"porque la presidenta siempre apoyó a Obama". Valenzuela explica que la decisión de Cristina Fernández de Kirchner de no recibirle, aunque comprensible desde el punto de vista del protocolo, "le impedirá trasladar un mensaje personal de ella a Washington".
Quejas por no recibir el mismo trato que Brasil
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner aprovechó una reunión con un grupo de congresistas norteamericanos, presidida por el demócrata Eliot Engel, para sincerarse y transmitir su malestar por la tensa relación con Estados Unidos. Según el relato de la embajada en Buenos Aires (documento 250579), Cristina Fernández, que dedicó dos horas al encuentro, les explica que, pese a las diferencias políticas que matenían, su marido Néstor Kirchner se entrevistó con el presidente George Bush solo un mes después de ser elegido, mientras que ella no ha conseguido todavía concertar el encuentro con Obama. El presidente nortamericano ha recibido a muchos otros líderes de América Latina y no a ella, se queja. "CFK dice que es dificil entender por qué el presidente Lula ha obtenido una entrevista con el presidente Obama, pese a que Brasil ha votado en contra en la Agencia de Energía Atómica y a la reunión de Lula con Ahmadineyad, mientras que se le niega la entrevista a ella, que mantiene una fuerte posición contra Irán en la IAEA y en la lucha contra el terrorismo.
"Ella y su marido han tenido una excelente relación con el anterior WHA (secretario de Estado Adjunto para América)", añade el despacho. La presidenta les traslada su queja por las declaraciones del nuevo WHA, Arturo Valenzuela. "No puedo ignorar eso", dice explicítamente. Engel se apresuró a agradecerle el voto de Argentina en la Agencia de Energía Atómica en relacion con Irán, "en contra de la decepcionante abstención de Brasil".
Posición norteamericana respecto a Malvinas
Las gestiones de unos y otros para intentar regularizar las relaciones cristalizan durante la visita de Cristina Fernández de Kirchner y de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, a Montevideo (Uruguay) con motivo de la toma de posesión del nuevo presidente José Mujica (28 de febrero de 2010). Las dos políticas mantienen una breve reunión bilateral y sobre la marcha, Hillary Clinton decide cambiar su agenda y no ir directamente a Chile (donde, además ha ocurrido el terremoto) sino hacer una rápida visita a Buenos Aires. El primero de marzo, la Secretaria de Estado acude a la Casa Rosada, donde formalmente la presidenta le pide que aliente el dialogo con el Reino Unido a propósito de las islas Malvinas. (La posición de Estados Unidos, según confirman varios despachos diplomáticos, es reconocer la administración "de facto" del Reino Unido en las islas y no tomar posición respecto a la reclamación de soberanía por ninguna de las partes. Washington bloqueó en alguna ocasión que ese tema fuera incluido en la agenda de las Cumbres de las Américas, como pretendía Argentina).
La reunión entre Clinton y Cristina Fenández fue, según la embajada, "cálida y amplia" y la Secretaría de Estado felicitó a Argentina por su lucha a favor de los derechos humanos. Todo se desarrolló lo suficientemente bien como para que se diera finalmente luz verde al ansiado encuentro con el presidente Obama. El 12 de marzo de este año, Cristina Fernández de Kirchner acude a Washington para participar en la llamada Cumbre de Seguridad Nuclear y el presidente norteamericano aprovecha la ocasión para mantener un encuentro bilateral con la presidenta argentina y elogiar públicamente la posición de su Gobierno respecto a Irán (Buenos Aires exige desde hace años a Irán que entregue a varios ciudadanos iraníes presuntamente implicados en el atentado contra una mutua judía argentina ocurrido en 1994, que provocó 85 muertos).

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

El gobierno quiere que el FMI le enseñe a sumar. Por Daniel V. González

En el canon progresista no hay batalla más decisiva que la que debe librarse cotidianamente –y casi siempre en forma verbal- contra el Fondo Monetario Internacional. Un buen progresista debe pronunciar cada día del año una suerte de rezo laico, bajo el modo de una maldición que condena al FMI y lo responsabiliza de todos los males nacionales acaecidos en los últimos cincuenta años. Si no lo hace, no es un buen progresista.

Es por eso que la cancelación anticipada de la deuda que el país sostenía con ese organismo de crédito, unos 10.000 millones de dólares, fue festejada como una jornada de liberación nacional, aunque luego tuviéramos que pedirle plata prestada a Hugo Chávez, que en un gran gesto de solidaridad latinoamericana nos cobró una tasa que era tres veces más cara que la que nos cobraba el vampiro imperialista.
El gobierno sabe que su discurso anti FMI no favorece para nada el acceso a los mercados de capitales por parte de Argentina. Y esto es algo en lo que el gobierno está interesado, por lo cual oscila entre dos posiciones: por un lado, alimenta a su tribuna con declaraciones cotidianas que muestran la independencia del país respecto del Fondo. Pero por el otro lado, como desea ser beneficiada con créditos provenientes de los bancos del mundo imperial, cada vez que puede muestra buena voluntad hacia el FMI, como diciendo: “entiéndanme muchachos, no puedo abrirle los brazos más de lo que lo hago”.
Por eso, después que la presidenta manifestó su voluntad de arreglar la deuda con el Club de París (algo que ya había anunciado hace dos años), aclaró que este arreglo se haría sin la intervención del FMI, como si esto fuera un hecho decisivo, fundamental o, siquiera, importante en ese tema, para el país. Inmediatamente se conoció que el Canciller Héctor Timerman estaba negociando en secreto con el Fondo. Y ahora, ya se hizo público un acercamiento y un pedido de asesoramiento al odiado FMI para que nos diga cómo debemos hacer la suma para que el índice de precios que el INDEC publica todos los meses, sea medianamente creíble y no motivo de risas, como sucede ahora.
El gobierno piensa que una simple consulta “técnica” como ésta no pone en juego la soberanía nacional ni significa una entrega del patrimonio nacional a la rapiña imperialista. Esto es lo que lo preocupa fundamentalmente pues es esa imagen de trinchera antiimperial la que se empeña en cuidar más que nada en el mundo, pues de esa imagen vive y es en esa imagen donde cifra sus mejores chances electorales, según piensa.
Y así llegamos a esta situación ridícula de tener que pedir auxilio al FMI para hacer algo que nuestras Universidades no sólo están en condiciones de realizar por sí mismas sino que ya lo han hecho. En efecto, hace algunos meses el gobierno decidió consultar a un grupo de universidades nacionales acerca del funcionamiento del INDEC y los índices de precios que ese organismo elabora. Las universidades estudiaron el problema y emitieron un severo dictamen, muy crítico hacia el gobierno.
Porque, como se sabe, el gobierno, considera una picardía nacionalista el hecho de calcular índices de precios que redondean la cuarta parte del que, con mayor pericia, calculan organismos provinciales e instituciones privadas. De ese modo, dicen, el país ahorra mucho dinero en intereses de los bonos que debían ajustarse por el índice de precios y que fueron a parar en gran parte a los Fondos de Jubilaciones y Pensiones, hoy en manos del gobierno.
De tal modo que el gobierno ahora se acerca a coquetear con el Fondo con un pretexto infantil: le pide que nos enseñe a sumar. No importa que nuestras universidades ya lo hayan hecho y hayan demostrado cómo se calcula un índice de precios con seriedad. No: el gobierno quiere que sea el FMI el que le diga que dos y dos son cuatro.
Es probable que lo que desee Cristina, en realidad, sea terminar con el bochorno de un organismo oficial que calcula índices de precios que nadie cree y que provocan risa en el país y en el mundo entero. Es probable también que el gobierno desee volver a poder colocar bonos el los mercados financieros internacionales, sobre todo teniendo en cuenta que el año que viene necesitará fondos frescos para la campaña electoral.
Pero, claro, tiene que pasar por la ventanilla del FMI. Y tiene que hacerlo con cierto disimulo. No vaya a ser que el progresismo sufra una decepción.
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Intelectuales, la tierra fértil de kirchnerismo. Por Beatriz Sarlo


Ninguna encuesta los registra. Sin embargo, muchos están preocupados porque existen. No es una adivinanza. Es el kirchnerismo de intelectuales, académicos, profesionales, escritores, artistas, periodistas. Si se piensa la política sólo con los grandes números, se obtiene una "opinión pública" en la que ellos están ausentes porque no pesan como fracción encuestable. Se pierde, así, una zona extraordinariamente activa del mapa ideológico.

Cuando se habla de ellos fuera de la discusión política se reconoce la importancia de las capas intelectuales y se reclama que sus ideas sean atendidas. En abstracto, como cuestión de principios, casi todos piensan que los intelectuales y artistas tienen algo que decir sobre la sociedad en la que viven. Incluso en épocas en que la televisión parece definir el mundo y sus alrededores y se ha discutido mucho sobre la crisis del "intelectual tradicional" que le habla a la sociedad y la sociedad escucha; incluso cuando, en verdad, esa figura ya no es la que era en algunos lugares y en otros tiempos, ellos, los miembros de la capa intelectual, han seguido existiendo, pese al vaticinio posmoderno que los daba por muertos.
Afirmar que sus votos no sirven para ganar elecciones es una pobre tautología. Es obvio que, en términos cuantitativos, su número no pesa en los padrones. Pero las cosas no son tan sencillas. De pronto algo, que no es una novedad de las últimas horas, comienza a ser un tema de conversación política. Debería haber ocupado esa conversación antes, porque la experiencia de las últimas décadas indica que grupos minoritarios pero ideológicamente activos, dispuestos a invertir su energía no sólo en las preocupaciones más inmediatas, fueron decisivos en los cambios que finalmente llegaron a la llamada "opinión pública". Ejemplos: quienes rodearon a Raúl Alfonsín cuando, a comienzos de los años 80, marchó para ganar el partido radical; otro ejemplo: las organizaciones de derechos humanos; por si se necesita otro ejemplo: los que primero se ocuparon del medio ambiente y de las cuestiones relacionadas con la igualdad de derechos de las minorías. Ninguno de esos grupos formaba una opinión pública encuestable. Todos, en un determinado momento, lograron anclar en la política.
No tengo idea de qué puede pasar con el kirchnerismo intelectual. Son el resultado de una victoria de Néstor Kirchner que parecía improbable en 2003. Durante el conflicto con el campo, para poner una fecha que, como toda periodización, con el tiempo podrá ser corregida, sucedieron dos movimientos de sentido inverso dentro de las capas medias. Por un lado, las decenas de miles que, sin tener nada que ver con el campo, se movilizaron porque no acordaron con la forma exasperada en que el Gobierno tradujo ese conflicto como un nuevo enfrentamiento de la oligarquía y el pueblo. Por otro lado, quienes interpretaron ese conflicto como el ataque a un gobierno que, después de años de crisis, había restablecido algunos ejes políticos con los que podían identificarse y defendía a los "pobres" contra los "ricos".
Quienes vencieron en el conflicto con el campo se disgregaron; el frente agrario se deshizo, como era muy evidente que sucedería; la súbita popularidad de Cobos ya no entusiasma sino a los cobistas y a las zonas más inertes de la opinión, porque no había nada más allí que el voto de una noche y una pelea entre radicales. Kirchner, que perdió en el conflicto con el campo, ganó a minorías intelectuales activas.
La ley de medios audiovisuales fue el capítulo donde se consolidaron esas adhesiones. Siempre pensé que ganar esas minorías representaba una victoria cultural que no debía subestimarse, porque cualquier gobierno, en cualquier parte del mundo, no prescinde de ellas. Probablemente, hubo un solo momento en la historia argentina en que un gobierno pudo prescindir de (casi todos) los intelectuales: el primer gobierno de Perón, donde la fuerza plebiscitaria era de tal calibre que vencía por fuera de todas las reglas. Pero después de esos años que transcurren hasta el golpe de Estado de 1955, siempre, de Frondizi a Cámpora, los elegidos estuvieron rodeados de una densa trama de discursos producidos por intelectuales. Una de las más patéticas debilidades de Arturo Illia fue precisamente el activismo de una opinión intelectual y periodística golpista y una gran movilización estudiantil en su contra.
El kirchnerismo intervino, creo que sin demasiada conciencia de lo que estaba haciendo, en esa batalla cultural. Néstor Kirchner no era un político interesado en ganarla, hasta que descubrió que esa victoria era importante porque se trataba de gente dispuesta a llevar su línea a los medios, no para convencer al público de los noticieros prime time, sino para consolidar, al costado de los noticieros, una fracción de las capas medias donde ellos, los kirchneristas, hasta ese momento tenían muy poco capital. Visitó las reuniones de Carta Abierta. Habilitó económicamente la utilización de medios públicos para convertirlos en órganos de gobierno. Sobre todo, les dio un reconocimiento material, en términos de salarios y apoyo a la investigación, a los universitarios de todo el país, con una gestión de ciencia y técnica tan buena como fue débil y errática la gestión educativa. Puso dinero y discurso donde había que ponerlos. Nunca los universitarios tuvieron mejores condiciones. Y no fue defraudado. Pero esto no explica la victoria, aunque la refuerce y le dé condiciones materiales. Quizá los grandes nombres de las ciencias sociales estén divididos entre kirchneristas y no kirchneristas; pero, en la segunda línea, la implantación kirchnerista es importante.
El otro rasgo de esta victoria es que ha interesado a gente que antes no había mostrado ni la menor inclinación por la política. No digo esto para señalar un déficit de los recién llegados, sino para subrayar la novedad de esas adhesiones (actrices, celebrities) que amplían el círculo más tradicional de entendidos. Es cierto que la calidad del discurso político no sube con estas incorporaciones. Pero quedarse con este juicio sería mezquino. Los cambios políticos se producen siempre con la llegada de aquellos que antes no estaban. De los dirigentes depende la calidad del ámbito que encuentren.
En un círculo característico, los intelectuales se dieron a sí mismos las razones de su apoyo a Kirchner. Una síntesis de estas razones puede leerse en los documentos de Carta Abierta y sus principales cabezas, que son textos sencillos en los que se desarrollan tres temas: el regreso de la política después de la crisis; el carácter popular de la gestión social de la pobreza; el restablecimiento de una noción de soberanía nacional. Esos tres puntos obviamente no incluyen ni la corrupción institucional, ni las presiones sobre la Justicia, ni los delitos económicos, ni el gerenciamiento clientelístico de la miseria, ni el acuerdo con los representantes más típicos del caudillismo provincial o municipal y el sindicalismo mafioso (los apellidos pueden variar).
La victoria cultural se apoya precisamente en esos olvidos. No es necesario explicar que son significativos porque le dan un orden a lo que se recuerda. Al pasar por alto los rasgos mencionados se establece una jerarquía de valores: lo que importa y lo que no importa. Precisamente, restituir un lugar significativo a la política es discutir esa jerarquía que el kirchnerismo intelectual acepta como límite. Es un gran momento para hacer esa discusión. Están los interlocutores y los temas; no vivimos en una crisis; y, sobre todo, del presente no se sale hacia atrás ni por repetición. No se sale construyendo fetiches historicistas. En algún momento próximo el duelo por Kirchner terminará. Su nombre será el de un gobierno sobre el que es posible hacer balances completamente distintos, criticar o defender. Pero será un nombre que designa el pasado, salvo que la Argentina quiera volver a un escenario poblado por fantasmas y aparecidos. En ese momento, es posible abrir otra discusión.
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domingo, 21 de noviembre de 2010

"Mamma mia". Por Tomás Abraham

Cuando hace treinta años J.F. Lyotard anunciaba el fin de los grandes relatos, no podía imaginar que si bien su diagnóstico era válido para las grandes ideologías del siglo XX, no era aplicable para todo el mundo. En un alejado rincón austral del planeta, en una república sudamericana, los grandes relatos no sólo resistían a “los vientos huracanados de la historia”, sino que se prolongaban como en las Mil y una noches.

No hay duda de que las masas están entusiasmadas. Al menos lo están en algunas asambleas de la Facultad de Ciencias Sociales de Parque Centenario y en la falange que acompaña a los administradores actuales de la Biblioteca Nacional. Lo están los que leen Página/12, también quienes se ofrecen como redactores de periódicos distribuidos gratuitamente, o en folletines bancados por el Gobierno, los televidentes de los programas oficiales y oficialistas, todos ellos tienen derecho a su entusiasmo. Batallar contra Ricardo Alfonsín, Eduardo Duhalde y Mauricio Macri es verdaderamente estimulante. Un par de guantes y a pegarle a la bolsa de arena. Lo que sorprende es que se hayan vuelto tan religiosos, que crean vivir algo inédito, que digan con fervor bíblico que “un flaco y desgarbado muchachito de Santa Cruz vino a catalizar fuerzas visibles y subterráneas de una realidad en estado de intemperie”, y que la presidencia de Cristina inaugura “el espacio del amor generoso materno en el campo patriarcal piadoso”. Desde aquellos cursillos de la cristiandad que arrasaban con los carritos de la costanera, cerraban hoteles alojamiento, perseguían hippies y echaban a los profesores de la universidad que no se ve una avanzada de teología política de esta intensidad.
Es comprensible que en una historia en la que su tercera parte se nutre de un mito inacabable, que tuvo sus momentos de tragedia y otros de farsa, cualquiera que quiera estar a la altura del pasado pretenda al menos llegar a empardarle la inmortalidad a Perón y Evita. Y si como está de moda decirlo: “¡Vamos por más!”, con el corazón inflado la grey aún se proponga ganarle la partida al mito heredado y apostar por más de sesenta y cinco años de kirchnerismo. Que por primera vez en décadas nuestro país viva nuevamente de su campo, que nuestro vecino ahora gigante nos compre autopartes, que la cesación de pagos nos habilite a no pagar deudas por un tiempo, que el dinero fresco de hoy permita realizar política social aunque fuera mínima, son detalles prosaicos, ordinarios, la mera apariencia de una realidad celestial que unos pocos elegidos visitan.
Las Madres y las Abuelas son el símbolo vivo de esta nueva fe. No está bien visto pensar que los torturadores y asesinos deben ser juzgados sin adherir al relato setentista. Es poco compromiso asumir una posición que no parece ser más que un recurso jurídico. No alcanza con esa convicción demasiado laica. La conversión debe ser total, así lo establece la Madre Superiora: “Con las nuevas madres y abuelas argentinas ha vuelto a ocupar la escena política esa primera mujer-madre corporal, gozosa y generosa que todos –hombres y mujeres– hemos tenido para poder llegar a la existencia y ahora a la vida política de la que el terror de Estado nos había distanciado”, dice el filósofo León Rozitchner.
Volvió mamá, y con todo. Los polluelos bajo su sombra. El que se aleja será excomulgado: ¿por quién? Mejor preguntarle a Melanie Klein, que inventó eso de la madre devoradora. Pasa con estos personajes consagrados a la nueva fe que cuando uno se los cruza y afloja tanta tensión condensada, hace un chiste, una bromita, toma un poco de distancia respecto del tabernáculo sagrado, siente que comete un pecado. Nos alertan de que hay cosas con las que no se jode. En seguida salta la recriminación condenatoria en nombre de la muerte, del martirio, de los desaparecidos, de los torturados, y nos vamos al infierno por desacato.
Para quien está acostumbrado a que cada vez que se toma el atrevimiento de criticar la política israelí le arrojen seis millones de cuerpos de las víctimas del Holocausto al grito de “¡traidor!”, este resurgir de la melancólica “idishe mame” ahora fortalecida es un poco preocupante. Tanto amor da espanto. Y si a esta remembranza Rozitchner agrega: “Por eso, tantas mujeres sumisas y ahítas de alta y media clase, tan finas y delicadas ellas, no nos ahorran sus miserias cuando se muestran al desnudo al dirigirle (a Cristina) sus obscenas diatribas: no ven lo que muestran. Son mujeres esclavas del hombre que las ha adquirido –o ellas lo hicieron– y al que se han unido en turbias transacciones, donde el tanto por ciento y las glándulas se han fusionado (…) ¿Y el odio de sus maridos? De esos machos viriles que ven en Cristina, mezclados con sus maduros atractivos femeninos que les hacen cosquillas desde el cerebro hasta sus partes pudendas, a esa mujer que un flaco feo y bizco ha conquistado, no se la tragan”.
Me doy cuenta de que Rozitchner se ha inspirado en la Las viudas de los jueves, pero amigo León: yo te juro que sí me la trago, no pienses mal de mí, nos conocemos hace mucho, yo me la trago y bien doblada, para seguir con tus imágenes místicas. Y mi mujer de clase media te promete borrar de su mente todas las miserias del mundo y no tener más turbias transacciones conmigo. Vivamos en paz. Empujemos el carro para adelante que los melones se acomodan solos, según el refrán de un conocido pensador de onda corta y amplitud modulada. Con un crecimiento chino desconocido en toda nuestra historia, con un porvenir cristilino por años, y tantas bendiciones más, podemos discurrir en armonía. Como lo dice en sus epifanías el doctor Forster: “Kirchner, su nombre, habilitó, bajo nuevas condiciones, de lenguajes emancipatorios extraviados entre las derrotas y los errores; hizo posible una lectura en espejo de otras circunstancias históricas al mismo tiempo que nos desafió a que encontráramos las palabras que pudieran nombrar lo que permanecía sin nombre de este giro de la historia”. El doctor –que no parece distinguir entre “creersela” y creer en algo– las encontró, y son unas cuantas.
Los que tenemos más de un par de años de vida hemos conocido muchos momentos proféticos en la Argentina. Nos han prometido el ingreso al paraíso si éramos católicos sumisos al Escorial Rosado. Tuvimos la posibilidad de tener una patria socialista al grito de Perón o Muerte. Vinieron luego los que nos auguraron la paz, la reconciliación argentina y la liberación de islas sojuzgadas. Disfrutamos de la modernidad democrática en la que se come y se dialoga con tolerancia y espíritu pluralista. Un señor otrora muy querido nos ofreció el salto al progreso, la definitiva estabilidad de precios y la integración al Primer Mundo ante el aplauso de la platea de Davos. Y ahora esta nueva santidad femenina y la imagen del loco del sur, que nos llevan hacia… La verdad es que no sé, no soy escéptico por naturaleza, no quiero tener el destino de Moisés que muere antes de llegar a la tierra prometida, no me resigno a ser un posmoderno relativista burgués, Dios me libre de ser de derecha. Yo también quiero tener una Pachamama de izquierda, seguro que debe haber algo bien grande detrás de la cortina del presente, el Bien de Platón al salir de la caverna, un sol bien amarillo quizás, grabado en un yuan reluciente.
*Filósofo, www.tomasabraham.com.ar.
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miércoles, 17 de noviembre de 2010

El drama de un país desigual. Por Juan José Llach


La reciente aparición del Informe de Desarrollo Humano 2010 de las Naciones Unidas, en su vigésimo aniversario, es una buena ocasión para reflexionar sobre la pobreza y la desigualdad en el país en perspectiva comparada y de largo plazo, y sobre las políticas para darles solución. Tradicionalmente centrado en el ingreso por habitante y unos pocos indicadores de educación y salud, el índice de desarrollo humano (IDH) no sólo ha ampliado esos rubros, sino que incluye medidas de desigualdad, de disparidades de género, de pobreza subjetiva y de privación extrema.
La Argentina aparece hoy en el rango 46 entre 169 países. Pese a haber recuperado tres puestos desde el informe anterior y a haber mejorado el nivel absoluto de nuestro desarrollo humano, el mayor progreso de otros nos ha llevado a perder 14 puestos desde el rango 32 de 1990 y a ser relegados al segundo lugar en América latina, detrás de Chile.


Extendiendo la mirada hasta 1980, se observa que la década de menor aumento del desarrollo humano de la Argentina ha sido la actual y que hubo 70 países con mejor desempeño que la Argentina. Esto último sería hasta cierto punto lógico en relación con países más pobres, que afortunadamente tienden a mejorar más que los más ricos por su bajo punto de partida. Pero son muchos los países con alto o muy alto desarrollo humano con mejor desempeño que nosotros desde 1980. Tal es el caso de Australia, Bahrein, Chile, Chipre, Corea, España, Francia, Grecia, Italia, Noruega o Portugal.
La Argentina se ubica mejor en los indicadores propiamente sociales (rango 40) que en el ingreso por habitante (rango 52), que es hoy de 14.603 dólares de poder adquisitivo comparable. Nuestra esperanza de vida llega a los 75,7 años y nos ubica en un rango análogo al del IDH general (49). Un fuerte contraste se observa en materia de educación, porque mientras la población de 25 años y más ha completado sólo 9,3 años de estudio (rango 60), en la esperanza de escolaridad a los 6 años de edad logramos el rango 26, con 15 años y medio, lo que da en principio alguna esperanza a futuro al indicar que el alumno promedio argentino de 6 años permanecerá hasta los 21 años y medio en el sistema educativo. Dado que ninguno de los bienes y servicios considerados por el índice de desarrollo humano se distribuye igualitariamente, cuando el mismo se ajusta por esta desigualdad de acceso todos los países muestran un peor nivel respecto del que tendrían con una distribución más igualitaria. Pero el caso de la Argentina es el peor después de Perú, ya que su IDH se reduce un 27.5% y retrocede nada menos que 21 puestos en el ranking global.
Esto no significa que la Argentina sea el país más desigual, pero sí que es el segundo de mayores contrastes entre un desarrollo humano relativamente alto y una inequidad que también lo es.
En otra desigualdad, la de género, la Argentina aparece también muy mal parada en el rango 60, bastante peor que el rango 46 que ostentaba en el año 2009 con una definición más restringida de esta variable. No nos va mejor con el nuevo indicador multidimensional de pobreza que presenta el informe y que incluye no sólo la cantidad de personas en tal situación y en riesgo de estarlo, sino también la intensidad de las privaciones, el riesgo de tener al menos una carencia grave en educación, salud o nivel de vida (vivienda y bienes del hogar) y la proporción de personas por debajo de las líneas de pobreza nacional e internacional (esta última, de 1,25 dólares de paridad por día, equivalentes aquí y ahora a 290 pesos por mes o 1160 pesos para una familia tipo). Pues bien, en este indicador tan completo de las variadas carencias asociadas a la pobreza, la Argentina ocupa el rango 60 en el mundo.
En fin, tampoco nos va bien en materia de seguridad, tantas veces considerada como una preocupación conservadora pero que perjudica proporcionalmente más a los pobres, ya que hay al menos 91 países con menor tasa de homicidios que la Argentina (5,2 por 100.000 habitantes) y al menos 88 países con menos incidencia de robos que el nuestro (859 por 100.000 habitantes).
Tal vez la mayoría de las lecturas del informe que nos ocupa se concentren en una lógica político-partidaria tendiente a identificar a los responsables de una situación tan preocupante. Esto no sería de mayor ayuda para alumbrar caminos de salida. El panorama ofrecido por el IDH a lo largo de estos veinte o treinta años no es totalmente negativo para el país, pero sí revela un deterioro social de larga data, cuyo análisis de corazón caliente pero cabeza fría es imprescindible para acertar en las mejores soluciones.
Sus principales causas han sido, a mi juicio, un pobre y muy volátil desempeño macroeconómico con tres grandes impactos negativos. Negar alguno de ellos conducirá a nuevos errores. Primero, la alta inflación desde 1975 que derivó en hiperinflación a fines de los ochenta; luego, el altísimo desempleo originado en parte en algunas de las políticas implementadas para abatir la inflación en los noventa; por último, el final innecesariamente violento de la convertibilidad.
Cada uno de estos golpes resultó en tremendos recortes de los ingresos y del nivel de empleo, sobre todo de los más vulnerables, que en muchos casos actuaron de manera acumulativa, generando situaciones de privación y exclusión permanentes en amplios grupos sociales. A ello se añadió una insuficiente inversión pública en educación, salud, vivienda y promoción y asistencia social.
Para revertir de manera sostenida este largo y penoso deterioro social hay que acordar más políticas de Estado entre gobierno, oposición y sociedad civil, y evitar cometer los mismos errores macro del pasado. Lo primero no es fácil, como se vio este año al no poder acordarse las excelentes propuestas del Foro de Habitantes a Ciudadanos liderado por la Comisión de Justicia y Paz ("La pobreza, un problema de todos"). No se parte desde cero, ya que en lo que va de esta década ha habido avances que, de persistir, tendrán efectos positivos duraderos en nuestro desarrollo humano. Los más importantes han sido el rápido crecimiento de la economía y del empleo, el cumplimiento de la ley de financiamiento educativo que llevará a invertir este año 6% del PIB en educación, ciencia y tecnología, el programa de seguro de capacitación y empleo, y, de modo especial, la asignación por hijo. Sin embargo, los resultados positivos de estas políticas enfrentan hoy obstáculos importantes para sostenerse. El más corrosivo es la inflación y por eso preocupan afirmaciones recientes del ministro de Economía y otros funcionarios al decir que ella "no es un tema" en grandes porciones de la sociedad, aunque sí lo es para la clase media alta. Todos sabemos que es exactamente al revés. La inflación ha hecho perder parte de los logros alcanzados previamente en la reducción de la pobreza y también está carcomiendo un instrumento vital como la asignación por hijo. También se siguen acumulando peligrosas distorsiones de precios relativos, que no son amenazas inminentes pero sí de mucho cuidado.
Por eso, lo más importante que puede hacerse ya por los pobres es un programa de estabilización que, bien realizado, no reducirá sino que fortalecerá el crecimiento. A ello deberían agregarse otras claves de la agenda, como la universalización plena de la asignación por hijo; programas mucho más vastos de educación, capacitación e inserción laboral dirigidos a los jóvenes que no trabajan ni estudian -un "plan Marshall" como lo llamó el citado foro- y una nueva ley de metas y financiamiento educativo, un debate pendiente que, ya en las puertas de 2011, año en que vence parte de la ley vigente, es realmente inexplicable.
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Diez diferencias entre civilizados y progresistas

1. Una persona civilizada no cuestiona la militancia en favor de los derechos humanos ni de las libertades individuales cuando éstos se violan en las dictaduras, sean de derecha o de izquierda. Un progresista sólo los cuestiona en las dictaduras de derecha o en el caso de que tenga el guiño de algún líder de la progresía.2. Una persona civilizada puede ser ateo con discreción y respeto; un progresista debe ejercer su ateísmo a los gritos.3. Una persona civilizada no cree ni deja de creer en las teorías conspirativas, pero tiende a pensar que son simples montajes ideológicos. Un progresista adhiere de forma automática a cualquier teoría conspirativa que encuadre dentro del imaginario progre.

4. Una persona civilizada aborrece del terrorismo de Estado, pero eso no lo convierte en un simpatizante de los crímenes perpetrados por la guerrilla armada.5. Una persona civilizada cree que la educación es importante para brindar iguales oportunidades a todos los ciudadanos. Un progre cree que la educación es un excelente método de adoctrinamiento en las Grandes Verdades Progresistas.6. Una persona civilizada no descarta que a un país latinoamericano le vaya bien, independientemente de la tendencia política de quien lo gobierne. Para un progresista, un presidente latinoamericano "de derecha" y exitoso es un oxímoron.7. Una persona civilizada puede leer con imparcial voracidad a García Márquez y Vargas Llosa. Un progresista jamás admitirá que el Premio Nobel peruano escribe como los Dioses.8. Una persona civilizada no necesariamente se opone al matrimonio gay o a la despenalización del consumo de drogas; un progresista debe estar a favor de ambas políticas, so pena de ser rotulado como "de derecha".9. Una persona progresista se atreve a leer historia argentina con independencia de las opiniones de Felipe Pigna. Un progresista leal debería citarlo cada vez que haga referencia a algún hecho histórico.10. Una persona civilizada no se alarma ante la prosperidad de su vecino; un progresista sospecha detrás de ella la estafa, la explotación o el peculado. Leer más...

martes, 16 de noviembre de 2010

Estados Unidos persiste en el error. Por Juan Gabriel Tokatlian

Las derrotas, particularmente las militares, generan dos procesos, uno dramático y el otro promisorio: frustración y reflexión. Aunque Estados Unidos no se ha ido definitivamente de Irak, su revés ha sido contundente. Ahora, las filtraciones recientes de WikiLeaks le agregan deshonra. La historia será inclemente con George W. Bush y su "guerra de elección" y no habrá que descartar juicios internacionales a su administración en el futuro.
Pero Estados Unidos tampoco planea, en el corto plazo, abandonar Afganistán, y su revés allí, junto con la OTAN, será elocuente. Estos dos anunciados fracasos político-militares vienen generando una polémica interesante que se incrementará en intensidad y alcance.

En el debate entre militares y expertos cercanos al ámbito castrense que reflejan las principales revistas de las fuerzas armadas y medios especializados predominan la ortodoxia convencional y sus variantes formales, lo que no ha llevado a que el poder político en Washington reaccionara. La administración del presidente Barack Obama y las voces más ponderadas y progresistas, dentro y fuera del gobierno, están a la defensiva. El avance del músculo militar sobre el tacto diplomático ha sido tan revelador (y preocupante) en las últimas dos décadas que se han debilitado el efectivo control civil y el comando político de las fuerzas armadas.
Un ejemplo es que la estrategia de primacía de Estados Unidos, que se esbozó tenuemente después de la Guerra Fría y se desplegó con mayor vigor después del 11 de septiembre de 2001, no se ha alterado de modo significativo. Esa estrategia tiene un diktat específico: Estados Unidos no tolera ni tolerará el surgimiento de un poder de igual talla, sea éste un viejo enemigo, un nuevo adversario o un tradicional aliado. Lo que varió de Bush a Obama es el estilo de la primacía, no la sustancia: se pasó de una estrategia agresiva a una calibrada. En esa dirección, lo más probable es que hacia el futuro inmediato predomine lo que ya está sucediendo: la principal lección que militares y civiles han sacado de los desatinos en Medio Oriente y Asia Central, así como de fenómenos terroristas en otras latitudes, es que Estados Unidos debe revitalizar la contrainsurgencia y prepararse para contiendas planetarias y prolongadas.
Habrá que ver cuál es el efecto de este ajuste táctico en América latina. La región ya conoce lo que sucedió en su propia geografía después de que, entre mediados de los años 50 y principios de los 70, se produjeran los conflictos de Corea y Vietnam y el mundo viviera la hora de la descolonización. Hay indicadores -el auge de un neogolpismo (Honduras, Ecuador), el aumento de gastos militares (Colombia, Venezuela, Chile, Brasil), más fuerzas armadas involucradas en la lucha antidrogas (México y América Central), el resurgimiento de tensiones bilaterales (Colombia-Venezuela, Perú-Chile, Nicaragua-Costa Rica), entre otros- que exigen contemplar que el militarismo sigue latente en la región.
Mientras tanto, es crucial seguir de cerca el desarrollo estratégico en Estados Unidos. Una opción hoy poco contemplada en ese país es lo que Eric Nordlingler (1939-1994), el último gran experto en la materia, llamaba aislacionismo reconfigurado ( isolationism reconfigured ). Esta estrategia es minimalista en lo militar, moderadamente activa en el terreno de los valores (derechos humanos, democracia, pluralismo) y muy intensa y amplia en la diplomacia económica.
En su criterio, las políticas de defensa debían ceñirse a las capacidades (propias y ajenas) y no a las intenciones (de los otros). En ese sentido, los intereses de seguridad del país debían limitarse a un núcleo básico definido en términos empíricos y no dogmáticos. Además, había que reducir los presupuestos de defensa e incrementar la inversión productiva. Cabe recordar que en la actualidad el presupuesto anual de defensa de Estados Unidos equivale a los de la totalidad de los otros 191 miembros de la ONU y no se ha modificado con la llegada a Washington del presidente Obama. Esa equivalencia es, estrictamente hablando, errada, pues sólo contempla el presupuesto militar que corresponde al Departamento de Defensa. Si se agregan gastos adicionales de seguridad contemplados, entre otros, en los Departamentos de Estado, Energía, Tesoro y Homeland Security, la cifra efectiva del presupuesto militar anual de Estados Unidos es superior. Así, los gastos del Departamento de Defensa para el año fiscal 2009 fueron de US$ 636.500 millones, pero si se agregan los ítems vinculados a la seguridad de otras agencias el total fue de US$ 1.027.500 millones.
Por otro lado, como advirtió Nordlinger, independientemente de la nobleza de la causa, la intervención en los asuntos de otros países era, en general y para Estados Unidos, ineficaz, contraproducente y costosa. Señala el autor que tanto el idealismo de unos como el internacionalismo de otros, en sus versiones contendiente o conciliadora, habían conducido, y siguen conduciendo, a errores políticos importantes y a equívocos morales inaceptables. Asimismo, un despliegue económico dinámico resultaba fundamental para la prosperidad de los estadounidenses: más empleos, más industrias, más educación, más tecnología, más productos eran una genuina garantía para preservar y acrecentar el poder del país.
El aislacionismo reconfigurado se insertaba en un contexto determinado. La realidad histórica demostró que esa estrategia fue positiva en especial en los años en que se produjo una fenomenal ola globalizadora. En efecto, entre el cuarto final del siglo XIX y los primeros tres lustros del siglo XX, una globalización expansiva coincidió con una política aislacionista que le permitió a Estados Unidos beneficiarse de los avances de un sistema cada vez más integrado y eludir los costos en que incurrían las tradicionales potencias imperiales europeas con sus recurrentes pugnas geopolíticas y sus ambiciosas proyecciones de poder. Paralelamente, esa estrategia tenía adhesiones en un amplio arco político: republicanos, demócratas, progresistas del este y del centro del país, así como populistas del Sur compartían los supuestos y alcances de aquella opción estratégica.
Pero una dualidad en política exterior y en otros ámbitos fue ganando terreno después de la Segunda Guerra Mundial. Nordlinger la singulariza, retomando las reflexiones de Michael Kammen, de este modo: los "internistas" (concentrados en lo que sólo pasa adentro) y los internacionalistas (casi siempre expansionistas); el realismo y el idealismo; el puritanismo y el hedonismo; los amantes de la paz y los guerreristas; los pro consenso y los inclinados por el conflicto, constituyen las dos caras simultáneas de una cultura que fue arraigándose. Esto condujo, en el campo diplomático y el militar, a "la ilusión de la omnipotencia a bajo precio", lo que, a su vez, provocó un desproporcionado recurso a la fuerza en la política internacional. La sobrerreacción y la imprudencia impulsaron aventuras externas desacertadas y fallidas. Las presiones y los castigos a los otros -muchos de ellos desmesurados- se convirtieron en un parámetro recurrente que no sólo dañó la credibilidad de Estados Unidos, sino que fue socavando su política doméstica.
Como indica Eric Nordlinger, esa inflación en materia de seguridad afectó la salud fiscal del país y el estado de sus libertades civiles. El experto vislumbraba cómo se iría erosionando la democracia estadounidense de continuar las tendencias mencionadas; algo que actualmente es palpable. De allí su llamada a una estrategia moderada, focalizada y pragmática.
La invocación póstuma de Nordlinger a favor de una suerte de neoaislacionismo no es una consigna que hoy resulte tan atractiva, a pesar de tener un historial exitoso. Pero no se trata de una cuestión de moda o gusto; Estados Unidos y el mundo necesitan que ese país mejore sensiblemente el nivel de debate público en materia estratégica. Un neoaislacionismo adaptado a las actuales circunstancias no debiera descartarse sin explorar su actual razón de ser.
La estrategia de primacía imperante -una especie de vía prusiana en aras de una preponderancia plena- conducirá a Washington a nuevos y mayores errores, tanto internos como externos, al tiempo que la comunidad internacional sufrirá, sin duda, sus consecuencias.
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lunes, 15 de noviembre de 2010

Progresistas... ¿somos todos? Por Daniel V. González


Que Cristina Kirchner haya necesitado la muerte de su marido para subir en las encuestas es un hecho duro de asumir y molesto para explicar por parte del oficialismo. Pero sus implicancias políticas y la vinculación entre la muerte y la mejora en el pronóstico de los oráculos también resultan incómodos de analizar para la oposición.
Más allá de la natural conmiseración que casi todo el país siente hacia la reciente viudez de la presidenta, la convicción del gobierno acerca de que esta simpatía se extenderá en el tiempo y abarcará también los aspectos políticos de su gestión, no tiene fundamentos demasiado alocados.
Era la figura de Néstor Kirchner la que se alzaba como un colosal obstáculo –por su estilo, por su autoritarismo, por su humor, por las claras señales de su corrupción- para acercar al gobierno a aquellos sectores partidarios de varios colores que, algunos más y otros menos, tienen profundas y esenciales coincidencias generales con la idea que los Kirchner tienen del país y de lo que un gobernante debe hacer con él en este momento.
En otras palabras: ha sido la torpeza política de los Kirchner, uno de cuyos aspectos más decisivos es el monocorde estilo confrontativo, lo que le ha impedido al gobierno capitalizar políticamente el ancho consenso que su concepto sobre la economía y la política tiene en vastas franjas de los partidos políticos tradicionales y, por ende, en la misma sociedad argentina.
El gobierno no estuvo solo cuando se aprobó en el parlamento la disolución del sistema de AFJP (hecho que no había logrado el apoyo de los afiliados) y la estatización de Aerolíneas Argentinas y de la ex fábrica de aviones. Tampoco el consumo desaforado de las reservas de gas y petróleo –sin la debida exploración para reponer- ha recibido un rechazo unánime desde la oposición. Ni el sistema de subsidios generalizados, de gran endeblez en el largo plazo. Ni mucho menos la revisión tuerta del terrorismo de los años setenta.
Sólo la tosquedad brutal de los Kirchner ha hecho que, en una situación económica con impulsos extraordinarios para el país, les haya sido imposible capitalizar en su beneficio el apoyo explícito y tácito que tienen –especialmente en una situación de holgura y viento a favor como la que se vive- las políticas que ellos impulsan, que eluden las tareas de acumulación, planificación y estímulo a la producción que han realizado todos los países que han logrado quebrar el atraso de un modo decisivo.
Desaparecido Néstor se ha disuelto, por un lado, el mayor obstáculo para un deslizamiento hacia el gobierno de algunas franjas que encontraban en el ex presidente la razón básica para no sumarse a políticas con las que tienen fuertes puntos de coincidencia. Por otro lado, ha quitado a la oposición un elemento unificador esencial e insustituible.
Los efectos más notables en el poco tiempo transcurrido han sido la ratificación de fidelidad por parte de Daniel Scioli, la deserción de Reutemann de la mesa del Peronismo Federal, que se suma a las cavilaciones de Felipe Solá y Mario Das Neves y el natural desdibujamiento de Eduardo Duhalde, que había centrado su programa en la figura de Néstor Kirchner. Es el caso también de las dudas de Eduardo Buzzi, el dirigente rural de la FAA, a quien se le adjudican presiones hacia los diputados ruralistas para que éstos respalden la posición del gobierno nacional en relación con el presupuesto.
En otras palabras: el discurso oficial acerca de la necesidad de dar batalla contra los monopolios, los grandes empresarios nacionales, las empresas de capital extranjero, los prósperos ruralistas, y a favor de la recuperación del rol empresario del estado, tiene una ancha base de consenso en la sociedad argentina, más allá de los Kirchner. Y ha sido, en todo caso, la torpeza de ellos lo que ha hecho que, hasta la muerte de Néstor Kirchner, el gobierno se desplazara firme pero inexorablemente hacia una derrota electoral.
El “viento de cola”, es decir el rol protagónico de la demanda China en la economía mundial durante los últimos años, es una gran oportunidad para el país sólo si sabemos aprovecharla.
Y puede ser una gran ocasión perdida si, como está ocurriendo, se adjudica al “modelo productivo” los beneficios que en realidad provienen de una beneficiosa situación internacional cuya permanencia en el tiempo no podemos prever.
Esta holgura probablemente transitoria crea en nosotros la ficción de que el esfuerzo de acumulación, la inversión y, en general, todo sacrificio productivo no son más que exigencias de un capitalismo salvaje centrado en la avaricia de las corporaciones de poderosos. El discurso oficial construye la ilusión de que las leyes de la economía pueden burlarse sine die, sin mayores consecuencias para la economía nacional y que podemos ahorrarnos la tediosa tarea del esfuerzo educativo, la investigación y todas las tareas que llevan décadas como la exploración petrolera o la colaboración permanente con el sector privado en el desarrollo de grandes proyectos nacionales.
En esa política subyace el concepto juvenil setentista de que nuestros padecimientos económicos provienen de una conspiración internacional de vastos alcances, del saqueo imperial más que de nuestros errores e insuficiencias.
Y si bien esta idea directriz tiene por propagandista esencial al gobierno nacional también tiene cultores diseminados en todos los partidos políticos. Casi podría decirse que es uno de los componentes más persistentes de eso que llamamos el alma argentina, el ser nacional.



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domingo, 14 de noviembre de 2010

El país no necesita una persona providencial. Rodolfo Terragno


En su Tratado Político, Baruch Spinoza recomendó: “No reír, no llorar, no odiar. Comprender”. El holandés lo tenía claro: las “razones del corazón” -a las que aludía su contemporáneo Blaise Pascal- oscurecen el análisis político. No dejan ver por qué una sociedad avanza o retrocede. El “corazón” hace sentir que el progreso depende de la voluntad o capacidad de una persona. No hay, en realidad, líder capaz de empujar un tren.Un conductor político es apenas un emergente de fenómenos sociales o condiciones económicas que lo preceden.Si las circunstancias son propicias, el conductor podrá contribuir a aprovechar (o a desperdiciar) la oportunidad. Si son desfavorables, podrá contribuir a atenuar (o a agravar) sus efectos. Sólo contribuir. Quienes creen que un individuo es portador de dicha, ríen cuando lo tienen y lloran cuando lo pierden.


Quienes creen que un individuo acarrea infortunios colectivos aprenden a odiarlo.Para unos es un redentor. Para otros, una suerte de Caribdis, el monstruo que todo lo devoraba. Ambas imágenes son, por supuesto, inadecuadas.Analicemos -no reparando en las personalidades de los gobernantes sino en factores subyacentes- lo que ocurrió en Latinoamérica las últimas décadas.Deuda, híper y estancamiento. El precio del petróleo (a valores constantes) se había mantenido fijo durante un siglo. Tras la guerra de Yom Kippur, el derrotado mundo árabe se vengó de Estados Unidos, aliado de Israel, dejando de venderle crudo. Con esa gigantesca demanda insatisfecha, el precio se disparó, sumiendo a las naciones industriales en la recesión y achicando la demanda global de materias primas. Todo eso golpeó a las balanzas de pagos en Latinoamérica, poniendo a la región en un dilema: endeudarse o estallar. A la vez, con el precio del crudo multiplicado “n” veces, los árabes -pese a exportar menos barriles- se empacharon de dólares. No sabiendo qué hacer con tanto dinero, lo pusieron a plazo fijo en bancos internacionales que -para pagar los intereses de semejantes depósitos- corrieron a buscar países necesitados. Latinoamérica, con tal de resolver sus problemas de corto plazo, tomó préstamos y se obligó a pagar colosales tasas más adelante.Los “petrodólares” dieron lugar a una dramática inflación: en los Estados Unidos, la prime rate, que hoy está a 3.25, llegó a 23; y el servicio de la deuda latinoamericana se tornó de cumplimiento imposible.La región se encontró hipotecada, presa de la híper y con exportaciones devaluadas. No había hombre providencial que contrarrestara semejantes factores. Dieron prueba de ello Raúl Alfonsín, Alan García o Carlos Andrés Pérez (a quien no le bastó siquiera el abundante petróleo de su país).Divisas, estabilidad y crecimiento. Desde que Deng Xiaoping impulsó el “comunismo de mercado”, China comenzó a crecer a razón de 10% anual y el mundo cambió por completo. Ese país tiene mano de obra barata, pero necesita alimentar más de 1.300 millones de bocas. Hoy China azota a las industrias occidentales y traga materias primas que llegan del tercer mundo. En esta situación, no hay país latinoamericano que no progrese: aun Haití, el más pobre del hemisferio, creció 2,9 por ciento el año pasado (antes del terremoto). Las arcas latinoamericanas se han llenado, los déficits se han desvanecido y el desempleo ha bajado varios peldaños. Los gobernantes parecen émulos criollos de Midas. Ha sido la fortuna de Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner o Alan García (el mismo que hace diez años era símbolo de ineptitud).Sin duda, unos gobernantes pueden conducir las crisis mejor que otros; y en tiempos de holgura, no todos sacan el mismo provecho. Los más aptos reducirán el costo marginal (o incrementarán el beneficio marginal), pero nada más que eso. Los tiempos que vienen serán bien distintos de los pasados. Habrá vientos cambiantes, que -cuando vengan de frente- obligarán a navegar en zigzag, con las velas perpendiculares y la quilla baja. De momento, hay viento de popa. China seguirá comprando soja. La Argentina, por otra parte, tiene una prudente relación deuda/PIB y un apreciable nivel de reservas.No obstante, una guerra mundial de divisas o una nueva ola proteccionista golpearían a la economía nacional.Beijing no parece dispuesto a rendirse ante Occidente, que querría un yuan más fuerte para que China exportara menos, importase más y creciera más lentamente. A falta de un yuan fuerte, Estados Unidos devaluará el dólar: la Reserva Federal ha de “inventar” 600.000 millones que debilitarán al dólar, frenando la importación y alentando la exportación. Lo mismo podría ocurrir en otros países que acompasan al dólar, como la Argentina. Sin embargo, el resto del mundo no se quedará de brazos cruzados. El Banco de Japón ya está comprando dólares, para limitar la cantidad de yen circulante y disminuir el valor de su moneda. La Unión Europea no dejará que la robustez del euro impida la recuperación de su economía. En medio de esta guerra, los capitales financieros buscarán los mercados que ofrezcan mejor rendimiento, provocando un exceso de liquidez y, por lo tanto, inflación. Es una amenaza para la Argentina, que ya tendría -según una estimación de consultores privados- la tercera inflación más alta del mundo. El país no necesita una persona providencial. Necesita un gobierno que vigile los cambios de una economía mundial voluble y tome, con inteligencia y presteza, las medidas para valerse de las ventajas o sortear los peligros.

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El peronismo de Córdoba y el neokirchnerismo. Por Daniel V. González


José Manuel de la Sota la tenía muy complicada. Sus aspiraciones a gobernador de Córdoba chocaban con un problema de difícil solución. Por un lado, Córdoba es una provincia donde el kirchnerismo nunca ha obtenido buenos resultados electorales. De tal modo, De la Sota se ha cuidado muy bien de manifestar su preferencia hacia el gobierno nacional, gobernara Néstor o Cristina. Al momento de la crisis con el campo se permitió, incluso, alguna que otra expresión a favor de los chacareros pero nada muy entusiasta, conforme a su estilo un tanto indefinido y especulador.


Como se sabe, a De la Sota no le va bien con los votantes de la capital cordobesa. Durante su gobierno había logrado echar raíces en el interior provincial, base del triunfo electoral de Schiaretti en 2007. El mundo rural durante décadas había sido hostil al peronismo y claramente favorable a la UCR pero esa situación cambió durante los noventa.Su acceso al poder en las elecciones de fines de 1998 estuvo signado por la rebaja del 30% en los impuestos provinciales, medida de fuerte impacto electoral y que resultó apoyada por amplias franjas de contribuyentes. Pasado el tiempo, sin embargo, la rebaja no resultó favorable –como se había pronosticado- a un aumento de la recaudación provincial. La Caja de Jubilaciones de la Provincia de Córdoba tampoco fue beneficiada por la gestión de DLS. Su déficit creció en razón de la gran cantidad de jubilaciones anticipadas otorgadas por la provincia y esta situación afectó el endeudamiento provincial a la vez que hizo mucho más vulnerable a la provincia por lo cual la volvió sumamente dependiente de la buena voluntad del gobierno nacional.La elección de junio de 2009 fue deplorable para el PJ de Córdoba. Por primera vez en toda su historia obtuvo el tercer puesto en la grilla de los votos, detrás del radicalismo y de Luis Juez. Conforme a la matemáticas del PJ provincial, esta circunstancia se debió al hecho de que el peronismo local fue dividido en tres: el PJ oficial, por un lado, el PJ kirchnerista, que obtuvo el 9% de los votos y el justicialismo de Rodríguez Saá, que obtuvo una mínima cantidad de votos pero que, si se hubieran sumado a los del PJ oficial, hubiera permitido, por ejemplo, que el justicialismo llegara a conseguir un senador provincial, algo que no ocurrió por primera vez desde 1946.El cálculo que hace DLS es sencillo: la suma de las dos fracciones peronistas le asegurarían el triunfo en la provincia. Ahí nace su posición en procura de la unidad del peronismo provincial.La muerte de NéstorDe tal modo, antes de la muerte de NK, el dilema de De la Sota era de difícil solución. Con la sola fuerza del PJ no-kirchnerista, no alcanzaba los votos suficientes para ganar las elecciones a gobernador del año que viene. Pero si intentaba sumar al sector kirchnerista del intendente Eduardo Accastello, matemáticamente los votos alcanzarían pero se encontraría con un nuevo problema: perdería votos entre los no-kirchneristas y esto le vedaría el triunfo. Algunas versiones daban cuenta de que, teniendo en cuenta esta situación, DLS tenía pensado desistir de presentarse como candidato a las elecciones de 2011.Pero ocurrió algo impensado: murió Néstor Kirchner y la imagen de Cristina, según miden las encuestas, ha tenido un repunte en la consideración pública. Esta situación ha refrescado los bríos del ex gobernador que ahora ve una nueva posibilidad de unificación del peronismo provincial. La actual situación le hace pensar que ahora el kirchnerismo ya no es “piantavotos” y que, al contrario, le podría sumar a él una cantidad de votos que, de otro modo, no podría conseguir.De la Sota sabe que el beneficio en materia de repunte en las encuestas, que ha significado para Cristina su inesperado estado de viudez, quizá no se prolongue en el tiempo. Pero no tiene otra chance que sumarse y promover la unidad del peronismo, en nombre de las nuevas circunstancias y de la natural prescripción de rivalidades que supone toda muerte.En tal sentido, la dualidad de DLS, su ambigüedad e indefinición, que muchos ven como oportunismo y especulación, parecen cesar ante el nuevo escenario provocado por el deceso del ex presidente. Si hasta ayer el PJ de Córdoba tenía muy claro que las elecciones locales debían realizarse en una fecha distante de los comicios nacionales, para no contaminar la lucha local con las opciones nacionales, hoy por hoy seguramente se estará evaluando la unificación a fines de beneficiar el PJ cordobés con el aporte nacional que pueda arrimar, según estos cálculos, Cristina Kirchner.Claro que las cosas no son tan fáciles. El grupo liderado por Accastello reclama para sí un protagonismo mayor que el puede ofrecerle el ex gobernador. Y este sector aumentará su influencia a medida que pueda consolidarse la imagen de Cristina Kirchner a nivel nacional.El perfil¿Cuál es el perfil político que De la Sota desea mostrar a sus potenciales votantes? Ninguno predeterminado. El ex gobernador es un político a la nueva usanza, de esos que se manejan con las encuestas en la mano y van midiendo sus pasos en función de su percepción cotidiana de la realidad.Se rodea de asesores de imagen que le acercan sus ideas acerca de qué es lo que conviene decir, cómo decirlo y hacia dónde hay que ir para colectar votos que le permitan llegar al poder.No queremos decir que el ex gobernador sea incapaz de moverse por sus propios medios. No, nada de eso. Al contrario, se trata de un político muy inteligente y perceptivo. Pero no es de los que pongan en un primer plano su concepto sobre el rumbo que debe tomar el país y la provincia y, a partir de ahí, intente convencer a las ciudadanía, con argumentos, sobre la necesidad de adoptar un determinado camino.Al igual que la inmensa mayoría de los políticos actuales, da la impresión que DLS actúa al revés, siguiendo las mediciones que realizan los encuestadores y diciendo aquello que dicen los encuestadores que la gente quiere escuchar.Y ahora, conmovida por la muerte de Néstor Kirchner, la opinión pública se muestra muy sensible respecto de Cristina. Una parte de los que hasta hace poco la censuraban, ahora parecen compadecerse de su situación y la apoyan aunque ésta dé muestras suficientes de ratificar y aún endurecer los puntos de vista y actitudes de los tiempos en que su marido vivía.Esta voltereta de la opinión pública parece haber hecho torcer el rumbo al ex gobernador. Todo hacía pensar que se encaminaba hacia un enfrentamiento con un desprestigiado gobierno nacional que apenas concentraba un tercio de los votos nacionales. Ahora, con este repunte (que nadie sabe si se sostendrá en el tiempo), De la Sota se sube al avión presidencial, concurre al acto en Renault y, aunque rechazado por los kirchneristas más puros, comienza a pensar en ser el candidato de una probable unidad del peronismo de Córdoba. Esto supone también repensar la conveniencia de unificar las fechas electorales porque, como van las cosas, Cristina no resta sino que, al contrario, puede sumarle votos para su sueño de volver a la gobernación de Córdoba.

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Ser joven. Por Tomás Abraham


Yo también fui joven. Me echaron de la Facultad a los diecinueve años con bastones largos. En esos años, militaba en una agrupación de izquierda y gritaba “Illia-Perette, viejos amarretes”. En París participé del Mayo Francés con adoquín en mano. En el ’73, voté por la lista de Abelardo Ramos. Con el tiempo dejé de ser joven. Ser joven no es lo mismo que tener razón. En estos días, muchos se gratifican con las recientes escenas de jóvenes en la Plaza de Mayo. En realidad, la juventud es un invento de los viejos. Ningún joven se siente joven, sólo los que ya no lo son se sienten jóvenes. El día del velatorio de Néstor Kirchner, la televisión mostró rostros jóvenes. De veinticinco, treinta, no sé. Sorpresa y media para todos los que creían que la juventud se había alejado de la política, según el refrán acostumbrado. De todos modos, ir a una despedida no es lo mismo que presenciar un acto político.


No fue noticia –hasta el otro día al menos– que fueran jóvenes los que asistían a las manifestaciones públicas del ex presidente en sus giras por el país.
Me preguntaba qué época es la que vivió quien vino al mundo en 1990. La primaria con Menem. La secundaria con los Kirchner. A los once años, fue testigo de 2001. No participó del acontecimiento pero por lo que sucedía en las calles, escuchó a sus padres y los vio angustiados, preocupados o indignados. Durante su adolescencia se convierte en un sujeto comunicacional. Portador de celular, se acompaña con Facebook y Twitter. La PlaySation y el mp3 completan la serie. El contexto político le habla del juicio a genocidas, de las madres y de las abuelas. Sabe lo que son los derechos humanos. Es posible que tenga noticia de la asignación por hijo. No hablo de un militante, sino de un joven cualquiera.
El otro día, di una clase frente a un centenar de jóvenes de veinte años en el CBC. Lo hago habitualmente, pero cada curso y charla son distintos unos de otros. El profesor de la comisión de filosofía intentaba que entendieran un texto de Nietzsche. En su mayoría eran alumnos de Arquitectura y Diseño. Después de un rato, pedí al encargado del curso hablar con los “chicos”. Les dije que el filósofo alemán también había tenido veinte años y que no nació filósofo. Su época lo instigó a optar por una carrera universitaria desde la que podía pensar su tiempo. Cuando vio que la disciplina elegida no le servía, cambió de rumbo. Desesperaba por la mediocridad de la cultura alemana, por su hipocresía, la falta de estímulos. Luego se la agarró con el cristianismo, el platonismo y Dios y María santísima. Entendía que les resultara difícil comprender a Nietzsche si nada sabían de su forma de vida, de los lenguajes de su época y qué lo motivaba para llevar a cabo un acto tan poco espontáneo como dedicarse a la filosofía. Pero también, suponía que no nos entendían a nosotros, docentes argentinos, y que nosotros tampoco mucho a ellos. Agregué que nos era algo difícil darles clase porque nos faltaba un mundo en común. Eso sucede normalmente en el ambiente educativo. Al menos, si el objetivo del docente es despertar la curiosidad por el mundo y provocar el deseo de estudiar, el espacio cultural compartido si no es necesario al menos es de una valiosa ayuda.
Les conté que yo también había sido joven. Pero que mi juventud y la de mi generación habían sido distintas a la de ellos. Nosotros nacíamos en un casillero. Un padre no sólo nos daba consejos sino que nos obligaba a cumplir con una tarea. Un maestro nos retaba y amonestaba. Un pastor nos culpaba. Un militar nos gobernaba. La policía nos sospechaba. Se nos castigaba. Hablo de la vida normal de un joven de clase media. Nuestro deseo era rajar. Irnos. Salir de casa, ser libres, tener sexo, poder estar en otro lugar, inventar lo nuestro. Golpeábamos las paredes del muro que nos fueron asignadas y soñábamos con un boquete. No estábamos presos, pero casi. Luchábamos contra la autoridad. La militancia, la contracultura fueron nuestra expresión liberadora. Ustedes, les dije, no parecen haber nacido en el interior de un casillero. Más bien los veo a la intemperie. Así como mi generación se movía en un espacio estriado, el que ahora veo es liso. Es muy difícil construirse por voluntad propia un casillero contra el cual golpear la cabeza para endurecerla y templar la voluntad. Desear. Transgredir.
Por otra parte, un joven hace el amor en casa. La madre divorciada le hace un lugar para que se sienta cómodo y no se vaya. Compu, celu y cama. La vieja no quiere quedarse sola. Si está casada, los cónyuges tampoco se desesperan por quedarse solos y mirarse la cara en la cena. La tele no alcanza. Además para los jóvenes vivir solos implica alquiler, garantía, depósito, y un trabajo por encima de los mil quinientos o dos mil pesos para compartir un lugar. Comprar vivienda es de otra época. Laburo no sobra. Hay datos duros. La deserción escolar es muy grande. La desocupación juvenil también. Los trabajos son temporarios casi por definición. En nuestro país no hay seguros para el “paro” y billetes de avión de veinte euros para irse a cualquier lado. La aventura no se mide por viajes. El paco. El sida. El aborto. La violencia familiar aliada a la miseria que hace que muchos pibes también sueñen con rajar y no saben adónde, o padres que los quieren echar sin saber tampoco cómo ni adónde. Todo eso no es de viejos. No digo que ser joven es feo sino que no es fácil.
Los que gobiernan un país, los que dirigen instituciones, los que están al frente de empresas no son jóvenes. De treinta y cinco para arriba, a veces bien arriba. La gente se conmueve por todo lo que hacen los jóvenes porque son el futuro. Nosotros, los grandes, nos acostumbramos a ver en ellos, los chicos, a posibles asesinos o pobrecitos abandonados por la sociedad, o profetas inclementes con dedos acusadores. Y cuando nos dan la espalda y hablan de temas que no entendemos, cuando se ríen entre ellos y nos dejan afuera, nos cae mal, pésimo. Y cuando nos integran a su mundo, cuando nos escuchan con atención, si opinan como nosotros, sentimos que el destino nos regaló un gramo de inmortalidad.
El otro día la Presidenta, en su primera alocución luego de la muerte de su esposo, dijo que los jóvenes de hoy tienen suerte porque se los cuida, se los protege y se les da un país prometedor. No deben pasar por lo que padeció su marido, el ex presidente; se refería a la persecución y la represión de otras épocas, y que veía en ellos la cara de Néstor Kirchner. Brindo para que sea cierto. Pero no sólo en la Argentina sino en el mundo; en Francia, Grecia, entre otros países, parece ocurrir algo distinto. Viejos costosos y jóvenes desocupados son protagonistas de un conflicto de difícil resolución. En la medida en que el desarrollo de las fuerzas productivas se acelera, el proceso de exclusión laboral y déficit fiscal se agudiza. El nudo no se desata sino que se aprieta aún más. Pero la queja debilita. La juventud debe prepararse. No se “es” joven. Se transita por la juventud, y por poco tiempo. No basta la militancia, hay que agregarle el conocimiento, la pasión por el estudio, no sólo académico, sino la preocupación por la excelencia en el oficio. Es una apuesta, no tiene resultado garantizado, vale por su vitalidad y optimismo.
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En la hora inquietante. Por Abel Posse


La muerte de Néstor Kirchner acelera los tiempos de nuestra carreta política. Todos se preparaban para un verano casi escolar antes de las definiciones de candidatos y programas a partir de marzo o abril. El kirchnerismo necesita el tiempo para consolidar posiciones económicas y políticas con su pool de amigos, y la oposición para sacudirse su melancolía de tribu sin cacique, perdida en el desierto. La Presidenta quedó abocada sorpresivamente a tener que asumir la suprema investidura cuyo comando estaba en manos de su cónyuge. La realidad del poder hace que todos se sientan viudos, o viudas, en la soledad de la decisión. Y seguramente en el espíritu de Cristina Fernández se libra la gran batalla de este país enfermo.


País enfermo que deprime a sus ciudadanos y lleva a la sonrisa a los extranjeros que no pueden comprender nuestra autodemolición (Me pasaron esta frase de un periodista inglés: “Veo a la Argentina como un enorme hotel en donde todos sus huéspedes se quejan del servicio, sin darse cuenta de que son los dueños del hotel”.).
Le toca ahora a la administradora del hotel decidir el camino decisivo: o repetir las efusiones de nostalgias perdidas, o conciliarse con la realidad del mundo que ubica a la Argentina entre los privilegiados de la Tierra; de hecho, por las sinuosidades de los ciclos económicos, esta vez absolutamente favorables. Los términos de intercambio mundial, los precios, nos ponen en lo alto de la ola. Muchos estiman que por más de una década flotaremos en petróleo verde, en el mar de proteínas que podríamos asegurar a un mundo que las reclama, al punto que China nos ubica entre los cinco países más importantes para su estrategia alimentaria (Tenemos un horizonte productivo como para doblar las exportaciones, gozamos del privilegio del agua, de la tecnología y la capacidad humana mayor en la materia, nuestra especialidad y tradición de granero mundial.). ¿Aprovechamos este ciclo como todos los países de nuestra América? ¿O seremos como el chico que no quiere ser rico y rompe a pedradas los cristales de la mansión paterna?
Los argentinos hemos alentado una curiosa insubordinación estéril (opuesta a la idea de “insubordinación fundante” del profesor Marcelo Gullo). Nos hemos plegado a formas negativas y fracasadas, contrariando la voluntad de afirmación nacional, de hedonismo, de consumismo y productividad. Resultamos como un Kindergarten de gorditos revoltosos que no quieren ser lo que quieren ser. Nos fabricamos una mitología revolucionaria de pega, que en realidad termina en desplantes de violencia gestual sin asomo alguno de revolución. Desde el punto de vista nacional, sin adherirse a las ideas o filosofías que pueden sostener el sistema económico y político mundializado, debemos reconocer nuestra posibilidad de mecernos en la onda que hoy pone a Brasil como una potencia mundial, cuando hace pocas décadas nuestro producto bruto era tres veces mayor que el brasileño.
Aprovechar la realidad externa para solventar nuestra increíble deuda interna acumulada es lo revolucionario, seguir empleando el lenguaje de los vencidos de la historia es lo reaccionario. Es dejar que prevalezca el adolescente interior que tantos argentinos confunden con progresismo, sin comprender la esencia del resentimiento que padecen. El progresismo es forma anémica, consuelo costumbrista de una sociedad que no sabe adaptarse a la realidad. En 1970, cuando la Presidenta era una adolescente que se iniciaba en las ideas políticas, Mao era el jefe absoluto de la destrucción de Occidente y su cultura; la URSS estaba gobernada por Brezhnev, último estalinista y Cuba disimulaba su fracaso económico con propaganda ideológica. Los socialismos, para horror de los huesos de Marx en su cementerio de Londres, perdieron la batalla justamente en lo económico. En 2010, la dictadura del proletariado chino se asocia y sostiene la crisis del sistema occidental. Rusia es potencia capitalista y Cuba languidece.
Ojala la Presidenta comprenda lo realmente revolucionario de esta Argentina que puede ser reencaminada económica e institucionalmente hacia su mayor hora de éxito. La construcción de una nueva y justa socialidad la crearán los que producen riquezas en tal cantidad como para absorber el lastre de pobreza y marginalidad y fundar una nueva forma de convivencia y espiritualidad. La voluntad nacional espera la respuesta y la libertad creadora, tanto del Gobierno como de toda la dirigencia. La decisión de la Presidenta tiene el significado, personal y nacional, de un verdadero ser o no ser. A veces pasa en eso que llamamos historia.
*Escritor y diplomático.

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jueves, 11 de noviembre de 2010

Obama y el fin de la hiperpotencia. Por Rosendo Fraga

La derrota de Obama en las elecciones de medio mandato y las críticas que recibe su país en la Cumbre del G20 por la política monetaria son las dos caras de un mismo fenómeno: el fin de los Estados Unidos como hiperpotencia.
Este término fue acuñado por politólogos franceses para definir el escenario posterior a la disolución de la Unión Soviética. Este hecho generó una situación por la cual quedó una sola potencia en el mundo, sin que existiera otro país u otra coalición de países capaz de condicionar o contrabalancear su poder.
Es la situación que ha existido en el mundo durante la última década del siglo XX y la primera del XXI, es decir los últimos veinte años.

En términos históricos, así como la caída del muro y el fracaso del comunismo generaron la hiperpotencia, posiblemente serán la crisis financiera que se inicia en 2008, con la caída del mercado hipotecario estadounidense, y el fracaso en Irak y Afganistán los hechos que marcarán el final de este excepcional periodo.
Estados Unidos vivió la condición de hiperpotencia durante cinco periodos presidenciales: el de Bush padre, los dos de Clinton y los de Bush hijo. En estas dos décadas, tanto el poder económico como el militar de Washington parecían no tener límites.
Si bien el final de este ciclo ya podía avizorarse al final del segundo mandato de Bush hijo, ha sido a Obama a quien le ha tocado asumirlo y no es algo fácil.
El triunfo republicano y el crecimiento del Tea Party son una evidencia elocuente.
La economía norteamericana es algo más de un quinto del PBI mundial, pero sigue representando el 40% del gasto militar total. Esta situación es insostenible no sólo en el largo plazo, sino probablemente en el mediano, dada la necesidad de limitar el déficit.
Los militantes del Tea Party ante todo quieren pagar menos impuestos y esto implica que aunque no lo asuman -no piden reducción del gasto militar sino de los gastos sociales- no están dispuestos a seguir financiando los costos que implica seguir manteniendo su país como hiperpotencia.
Paradójicamente, la derecha norteamericana evoluciona hacia el aislacionismo como en el periodo de entreguerrras y el progresismo en cambio intenta mantener cierto grado de compromiso con el internacionalismo.
Al mismo tiempo, Estados Unidos ya no solo ha dejado de ser el único centro de la economía mundial por el crecimiento de Asia y el rol de China, sino que al mismo tiempo el rol de dólar como moneda de reserva mundial está en discusión y el mundo ya no parece aceptar, como en el pasado, que la emisión de dolares ilimitada financie los desajustes norteamericanos. La llamada guerra de monedas es una evidencia de esta situación.
Fue el presidente del Banco Mundial, que a su vez fue un funcionario importante en la administración de Bush hijo, Bob Zoellick, quien ha propuesto que el oro vuelva a ser un valor de referencia, combinándose con una canasta de monedas. Si bien esta propuesta ha generado muchas críticas, revela hasta dónde está en discusión el rol mundial del dólar, como se hace evidente en la Cumbre del G20 que se realiza en Seúl.
Devaluar la moneda para ganar competitividad mundial es exactamente lo contrario de lo que hace una hiperpotencia. Cuando el Imperio Británico dejó de ser la primera potencia mundial, la Libra perdió su valor como moneda de reserva.
Obama busca mantener el prestigio y la influencia mundial de los EEUU. Su gira asiática es elocuente. Elude a China y visita a los dos aliados militares más importantes que tiene en Asia: Japón y Corea del Sur, donde se mantienen bases militares y flotas muy importantes norteamericanas. Agrega India, el segundo país en población del continente, avanzando en acuerdos militares. También va a Indonesia, el tercero, donde firma tratados centrados más en lo económico
Pero el final de Estados Unidos como hiperpotencia en mi opinión no implica su final como potencia, sino que volvemos a una situación estratégica con el poder más repartido, como el existente antes del fracaso de comunismo o en el período de entre guerras.
El país que preside Obama sigue teniendo una gran ventaja en materia científica y tecnológica y a lo largo de la historia ha mostrado gran capacidad de reacción frente al cambio de circunstancias.
En conclusión: a él le toca el costo de ajustar el rol de Estados Unidos de hiperpotencia a potencia y ello es el fenómeno central que se encuentra tanto detrás de su derrota en las elecciones de medio turno, como debajo de las críticas en la Cumbre del G20.
El autor es director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría
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lunes, 8 de noviembre de 2010

Esa palabra. Por Tomás Abraham

Se usa demasiado la palabra “odio” en la Argentina. Muchos se quejan del odio de los otros. Afirman sin descanso que en la oposición hay seres deleznables, hipócritas, degradados, amorales y de derecha, que odian al Gobierno. El odio antiK no ha sido menor en la magnitud de su rencor. Existe una fuerte pasión por denunciar el odio de los otros. El escritor César Aira inventó, en uno de sus relatos, el concepto de “narapoia”. Define con este nuevo vocablo clínico a la compulsión por perseguir al otro. Abundan los narapoicos en nuestro país. Conocemos esa psicopatía que prende en esos seres que corren coléricos detrás del prójimo gritándole al oído que el odio debe acabar. Hay quienes demuelen todo en nombre del amor, de la justicia, de la verdad y de Dios. El daño más grave que le hace al país el kirchnerismo con y sin jefe es su fanatismo y sectarismo.

La retórica revolucionaria ya no se usa para crear un hombre nuevo, generoso y solidario, sino para señalar opositores al “modelo”. Esa es la función del cuidado decorado en el velorio, con la foto del Che sobre el féretro. No se estimula a la juventud a tomar las armas pero se emplea la misma mística que justificó la violencia “maravillosa” de los baños de sangre históricos. En 2004, en el acto de la ESMA, se humilló la figura de Raúl Alfonsín sin tener en cuenta que juzgó a los criminales de Estado con un fusil en la cabeza y no frente a un cuadro en un colegio militar. Se endiosó a la juventud de los años setenta en lugar de guardar silencio en su homenaje y reflexionar sobre la dimensión ética y política del Nunca Más. Años después, se redobló la afrenta cuando el ministro Aníbal Fernández insultó con bajeza al fiscal Strassera. El campo era la fuente de desarrollo tecnológico de nuestro país y la vanguardia en su integración en el mercado mundial que le daba los dólares al Banco Central y llenaba la caja de los Kirchner. Cuando con la 125 la población salió a la calle, todos, tanto los que eran parte de la protesta como los críticos al accionar irresponsable del Gobierno y los que pedían bajar los decibeles, fueron tratados de procesistas, destituyentes y oligarcas. El monopolio, que fue socio del Gobierno y construyó durante años su imagen positiva, se convirtió por decreto de necesidad y conveniencia en el holding manipulador de nuestras conciencias a la vez que enemigo público de la libertad de prensa.
Hacer del fallecimiento de Néstor Kirchner un martirologio, ungirlo en una pira sacrificial en el que un hombre muere para redimir a su pueblo, esta nueva escena de la crucifixión sin duda tiene un rendimiento rápido y fácil. Profundiza el modelo del fanatismo, la intolerancia y la culpabilización hacia quienes se atreven a pensar de otro modo. ¡Pero no hay muertos!, nos dicen –lo que ya no es cierto después de Mariano Ferreyra–. “¡Todavía estás vivo a pesar de lo que pienses!”, nos recuerdan para subrayar nuestra ingratitud. En lugar de abrir la discusión, encontrar un terreno común para reflexionar sobre los problemas no resueltos de la pobreza, el trabajo en negro, la crisis educativa, la desocupación juvenil, la desnutrición infantil, el aborto clandestino, una estrategia de desarrollo integral a mediano plazo, etc., la energía está puesta en una supuesta guerra contra interminables demonios.
Luego de la muerte del ex presidente, si un opositor al Gobierno manifestaba su respeto por el mandatario desaparecido, era un hipócrita. Si señalaba después de su muerte sus deficiencias, era un fabricante de odio. Si guardaba silencio, seguramente se reía como un monstruo en su casa. Los narapoicos insistieron con entusiasmo en denunciar a los que se alegraron con la muerte de Néstor Kirchner. Esta es la cultura política a la que nos acostumbró el kirchnerismo, la que dice poner en la agenda de los argentinos el tema de los derechos humanos, la distribución de la riqueza, la libertad de prensa y la solidaridad con los pueblos latinoamericanos. Así se fabrica el espíritu revolucionario en nuestro país.
Diré algo personal. Viví varias veces al margen de las grandes manifestaciones populares. No me integré a la recepción a Ezeiza en el ’72. No fui a recibir a Perón. A pesar de ser un futbolero nato, no estuve en la calle en la demostraciones de millones personas por el logro de la Copa en el Mundial del ’78. Me quedé en mi casa. En la euforia generalizada por la invasión y la Guerra de Malvinas, tampoco participé de aquel acontecimiento patriótico. No estuve junto a otros millones en el golpe de Estado popular en 2001, ante un gobierno “ineficiente”, luego de diez años de algarabía por la eficiencia del anterior. Por eso no es ésta ni la primera ni la última vez que me encuentro fuera del foco aglutinante.
El kirchnerismo no ha sido víctima de nada. Por el contrario, ha sido agraciado con la bendición de los dioses. Gobernó años junto a un Congreso con quórum propio. Poderes especiales. Presupuestos aprobados ya antes de la votación. Demanda mundial de nuestros productos. Un Consejo de la Magistratura con mayoría y poder de veto. Una prensa “monopólica” adicta. Una sociedad aliviada por la recuperación económica, luego de la debacle de 2001. La integración transversal de partidos como el Frente Grande, el Partido Radical, el ARI. Un peronismo unido con Scioli y Solá en el gobierno, y Duhalde retirado en el Mercosur. La CGT con una dirigencia sobada y protegida. Organizaciones sociales controladas con subsidios y vigilancia política. Gobernadores subordinados por necesidades de caja. Una vida feliz hasta marzo de 2008. Luego, el kirchnerismo decidió que todo era una mentira y que el país está rodeado de confabuladores.
Hay un fascismo sentimental. Lo hemos vivido con el uso del dolor en beneficio del poder y de todo tipo de víctimas propiciatorias para legitimar la dominación de un grupo político. Los pobres, la bandera mancillada, los desaparecidos, los muertos idolatrados, la voluntad de hacer callar al otro persiste.
La democracia es un invento para proteger a las minorías y a los débiles, un dique jurídico y político contra el poder de las armas y el dinero. No es el gobierno de las mayorías. El despotismo más bárbaro puede tener su consenso mayoritario. La democracia se decide por las garantías y los derechos de las minorías, desde la ley antimonopólica en defensa de la pequeña empresa hasta la libertad de las minorías religiosas. De lo contrario, el sistema no es más que una caza de brujas.
No se trata de liberalismo sino de democracia. Y de violencia. No hay que ser un profeta para ver que si en algún momento falla la paz social obtenida con prebendas y sobrantes de recursos, la festejada y frágil paz social se termina. La palabra “militancia” se pretende idealista. Pero no se trata sólo de jugarse por una causa. El compromiso político exige no sólo convicciones sino lucidez y no excluye la honestidad. Más aún en la gente que dice ser parte del mundo de la cultura y de los aparatos educacionales. La “militancia” integrada a una visión del mundo apocalíptica, basada en guerras santas o de clases, arrasa con los cuerpos y degrada las almas. Esa militancia, ahí sí, es una fábrica de odio.
Por eso el cambio de tono y la necesidad de diálogo es vital. Hasta que la cultura política argentina no entienda esto que es básico para una convivencia nacional, las calles podrán estar llenas de gente que la libertad seguirá sola y el coqueteo con la muerte, que tanto atrae, mostrará una vez más su verdadero rostro.
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