martes, 1 de noviembre de 2011

Laclau y los setenta. Por Gonzalo Neidal

Ernesto Laclau es un intelectual argentino residente en Inglaterra desde hace más de 40 años. Cuando vivió en la Argentina militó varios años en el Partido Socialista de la Izquierda Nacional (PSIN) cuyo jefe político y fundador fue Jorge Abelardo Ramos. Desde hace algún tiempo, Laclau y su esposa Chantal Mouffe son señalados como los ideólogos del kirchnerismo.
Días atrás, Laclau declaró que “este gobierno tiene todos los ideales del setentismo, excepto el militarismo”. Asimismo, afirmó que él, como intelectual, valida “el setentismo ideológico pero no el militarista”. Curiosa disección la que realiza Laclau. Realmente, ¿puede separarse el militarismo del ideario setentista?


Aclaremos que aquí, cuando se habla de militarismo, nos referimos a la convicción más profunda que anidaba en los corazones y cerebros de los militantes setentistas: que la Argentina clamaba por una revolución de características socialistas y que ella sólo podía lograrse mediante el uso de la violencia armada. Montoneros y ERP fueron las fuerzas más destacadas que suscribían este pensamiento y, consecuentes con él, protagonizaron toda clase de atentados que incluyeron asesinatos y secuestros de dirigentes sindicales, de políticos, de empresarios, de intelectuales. Y también de personas no vinculadas a actividad política, ni gremial, ni comercial, ni intelectual alguna.

La acción militar era el núcleo mismo de su actividad política. Hasta las elecciones del 11 de marzo de 1973, encontraba una justificación en la falta de elecciones libres durante 18 años, a partir de 1955. Después del restablecimiento de la democracia, la acción terrorista perdió todo sustento. Pero los grupos armados continuaron con sus acciones. Fue entonces que Perón anunció que iba a “exterminarlos uno por uno”.

Una pregunta que cabría hacerse es si los setentistas han renunciado al militarismo y a la violencia armada más allá del disciplinamiento forzoso que les fue impuesto a manos de las Fuerzas Armadas, al derrotarlas en enfrentamientos francos y con acciones ciertamente ilegales. De la mirada que los sobrevivientes tienen de aquellos años de sangre, no se extrae que consideren un error sus acciones pasadas. La otra cara del militarismo era el desprecio a la democracia y sus instituciones.

Si al setentismo se le sustrae la violencia militarista, ¿qué nos queda? Un programa socialista, estatizante, con abundancia de presencia estatal que progresivamente tiende a la ineficiencia y a la eclosión, como toda intervención prolongada en los mercados.

Hoy, esta política puede ser aplicada sin mayores costos inmediatos en razón de que el país vive un momento excepcional en materia de precios internacionales, ventas al exterior y recursos fiscales. Las ineficiencias no afloran o, si lo hacen, son sepultadas por los recursos que llueven y fluyen sin fin.

¿Qué pasará cuando las burlas a las leyes elementales de la economía generen costos y rebeliones? Rebeliones de las variables involucradas, queremos decir. ¿Qué pasará si cesa la abundancia? ¿Qué pasará si esos cambios suponen pérdida de apoyos y de votos?

En ese caso ¿continuará el apego de los setentistas a la democracia y a la república? Todos apostamos a que así será.

¿No?

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