jueves, 1 de diciembre de 2011

Elogio del protocolo. Por Gonzalo Neidal

Ayer, en uno de sus diarios discursos, Cristina Kirchner hizo algunas bromas en público al vicepresidente electo Amado Boudou. Recordó su lugar de residencia, una de las zonas más caras de Buenos Aires y emblema de los años noventa, y además lo vinculó –a modo de amigable ironía- a “los conchetos de Puerto Madero”.
Boudou, herido en su orgullo nacional y popular, le respondió que el puente que se inauguraba era para miles de porteños y no para una minoría. Enseguida, la presidenta lo tranquilizó aclarándole que ella no tenía nada contra los habitantes de ese selecto barrio, a punto tal que lo había elegido como su vicepresidente.

Sin juzgar su intención hacia el ministro de economía, probablemente la intención de la presidenta sea la de mostrar una imagen descontracturada del poder, ajena a rígidos protocolos que lo alejan del pueblo. Quizá quiso mostrarse como una mujer de carne y hueso, que bromea, que hace chanzas como cualquier hija de vecina.

En esta tarea, debemos reconocer que Boudou le lleva la delantera: mientras la prensa especializada está colmada de noticias poco alentadoras sobre la evolución de la crisis en Occidente, nuestro ministro de economía e inminente vicepresidente se las arregla para dedicar parte de su precioso tiempo a la música que, además, aborda con un look juvenil y ajeno a cualquier tipo de formalidad que uno pudiera reclamarle en consonancia con el cargo que ejerce.

Justamente ayer asumió Carlos Menem un nuevo período. Hace seis años, al momento de su anterior juramento como senador, el entonces presidente Néstor Kirchner, tuvo un gesto informa y jocoso: se tomó los testículos, modo en el que, según la creencia popular, se conjura la “mufa”. Al parecer, aquel gesto un tanto grosero y burlón no le resultó excesivamente exitoso. Pero marcó una tónica que se continúa en el tiempo.

Estos modos que afectan distracción y cierta displicencia, que rozan la disipación, son propios de tiempos festivos, momentos de excedentes, en los que abunda también el aplauso presto y las cortes genuflexas. Aunque probablemente sin intención peyorativa, la presidenta puso a Boudou en un lugar muy preciso: un concheto de Puerto Madero. O sea: un hombre ajeno a las luchas nacionales y populares de cualquier época. El Instituto revisionista recientemente fundado tendrá que esforzarse para hacerlo pasar a la historia como un líder bravío, un luchador incansable por los desposeídos. O, cuanto menos, borrarle de la frente el sello que ayer le estampó la presidenta.

Estamos dando las primeras pisadas en tiempos de sacrificios, de quita de subsidios, de caída de ingresos y de los recursos públicos. Muy probablemente, años de mayor desempleo. De fin de fiesta.

Cabe preguntarse entonces si el tono presidencial no está impregnado todavía por los vapores postreros de una situación ya en retirada. Si no correspondería ahora que sus asesores y consejeros vayan reemplazando esta imagen juguetona y exenta de severidad por una más adusta y grave, que se corresponda con los tiempos exigentes que parecen avecinarse.

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