lunes, 8 de noviembre de 2010
Esa palabra. Por Tomás Abraham
Se usa demasiado la palabra “odio” en la Argentina. Muchos se quejan del odio de los otros. Afirman sin descanso que en la oposición hay seres deleznables, hipócritas, degradados, amorales y de derecha, que odian al Gobierno. El odio antiK no ha sido menor en la magnitud de su rencor. Existe una fuerte pasión por denunciar el odio de los otros. El escritor César Aira inventó, en uno de sus relatos, el concepto de “narapoia”. Define con este nuevo vocablo clínico a la compulsión por perseguir al otro. Abundan los narapoicos en nuestro país. Conocemos esa psicopatía que prende en esos seres que corren coléricos detrás del prójimo gritándole al oído que el odio debe acabar. Hay quienes demuelen todo en nombre del amor, de la justicia, de la verdad y de Dios. El daño más grave que le hace al país el kirchnerismo con y sin jefe es su fanatismo y sectarismo.
La retórica revolucionaria ya no se usa para crear un hombre nuevo, generoso y solidario, sino para señalar opositores al “modelo”. Esa es la función del cuidado decorado en el velorio, con la foto del Che sobre el féretro. No se estimula a la juventud a tomar las armas pero se emplea la misma mística que justificó la violencia “maravillosa” de los baños de sangre históricos. En 2004, en el acto de la ESMA, se humilló la figura de Raúl Alfonsín sin tener en cuenta que juzgó a los criminales de Estado con un fusil en la cabeza y no frente a un cuadro en un colegio militar. Se endiosó a la juventud de los años setenta en lugar de guardar silencio en su homenaje y reflexionar sobre la dimensión ética y política del Nunca Más. Años después, se redobló la afrenta cuando el ministro Aníbal Fernández insultó con bajeza al fiscal Strassera. El campo era la fuente de desarrollo tecnológico de nuestro país y la vanguardia en su integración en el mercado mundial que le daba los dólares al Banco Central y llenaba la caja de los Kirchner. Cuando con la 125 la población salió a la calle, todos, tanto los que eran parte de la protesta como los críticos al accionar irresponsable del Gobierno y los que pedían bajar los decibeles, fueron tratados de procesistas, destituyentes y oligarcas. El monopolio, que fue socio del Gobierno y construyó durante años su imagen positiva, se convirtió por decreto de necesidad y conveniencia en el holding manipulador de nuestras conciencias a la vez que enemigo público de la libertad de prensa.
Hacer del fallecimiento de Néstor Kirchner un martirologio, ungirlo en una pira sacrificial en el que un hombre muere para redimir a su pueblo, esta nueva escena de la crucifixión sin duda tiene un rendimiento rápido y fácil. Profundiza el modelo del fanatismo, la intolerancia y la culpabilización hacia quienes se atreven a pensar de otro modo. ¡Pero no hay muertos!, nos dicen –lo que ya no es cierto después de Mariano Ferreyra–. “¡Todavía estás vivo a pesar de lo que pienses!”, nos recuerdan para subrayar nuestra ingratitud. En lugar de abrir la discusión, encontrar un terreno común para reflexionar sobre los problemas no resueltos de la pobreza, el trabajo en negro, la crisis educativa, la desocupación juvenil, la desnutrición infantil, el aborto clandestino, una estrategia de desarrollo integral a mediano plazo, etc., la energía está puesta en una supuesta guerra contra interminables demonios.
Luego de la muerte del ex presidente, si un opositor al Gobierno manifestaba su respeto por el mandatario desaparecido, era un hipócrita. Si señalaba después de su muerte sus deficiencias, era un fabricante de odio. Si guardaba silencio, seguramente se reía como un monstruo en su casa. Los narapoicos insistieron con entusiasmo en denunciar a los que se alegraron con la muerte de Néstor Kirchner. Esta es la cultura política a la que nos acostumbró el kirchnerismo, la que dice poner en la agenda de los argentinos el tema de los derechos humanos, la distribución de la riqueza, la libertad de prensa y la solidaridad con los pueblos latinoamericanos. Así se fabrica el espíritu revolucionario en nuestro país.
Diré algo personal. Viví varias veces al margen de las grandes manifestaciones populares. No me integré a la recepción a Ezeiza en el ’72. No fui a recibir a Perón. A pesar de ser un futbolero nato, no estuve en la calle en la demostraciones de millones personas por el logro de la Copa en el Mundial del ’78. Me quedé en mi casa. En la euforia generalizada por la invasión y la Guerra de Malvinas, tampoco participé de aquel acontecimiento patriótico. No estuve junto a otros millones en el golpe de Estado popular en 2001, ante un gobierno “ineficiente”, luego de diez años de algarabía por la eficiencia del anterior. Por eso no es ésta ni la primera ni la última vez que me encuentro fuera del foco aglutinante.
El kirchnerismo no ha sido víctima de nada. Por el contrario, ha sido agraciado con la bendición de los dioses. Gobernó años junto a un Congreso con quórum propio. Poderes especiales. Presupuestos aprobados ya antes de la votación. Demanda mundial de nuestros productos. Un Consejo de la Magistratura con mayoría y poder de veto. Una prensa “monopólica” adicta. Una sociedad aliviada por la recuperación económica, luego de la debacle de 2001. La integración transversal de partidos como el Frente Grande, el Partido Radical, el ARI. Un peronismo unido con Scioli y Solá en el gobierno, y Duhalde retirado en el Mercosur. La CGT con una dirigencia sobada y protegida. Organizaciones sociales controladas con subsidios y vigilancia política. Gobernadores subordinados por necesidades de caja. Una vida feliz hasta marzo de 2008. Luego, el kirchnerismo decidió que todo era una mentira y que el país está rodeado de confabuladores.
Hay un fascismo sentimental. Lo hemos vivido con el uso del dolor en beneficio del poder y de todo tipo de víctimas propiciatorias para legitimar la dominación de un grupo político. Los pobres, la bandera mancillada, los desaparecidos, los muertos idolatrados, la voluntad de hacer callar al otro persiste.
La democracia es un invento para proteger a las minorías y a los débiles, un dique jurídico y político contra el poder de las armas y el dinero. No es el gobierno de las mayorías. El despotismo más bárbaro puede tener su consenso mayoritario. La democracia se decide por las garantías y los derechos de las minorías, desde la ley antimonopólica en defensa de la pequeña empresa hasta la libertad de las minorías religiosas. De lo contrario, el sistema no es más que una caza de brujas.
No se trata de liberalismo sino de democracia. Y de violencia. No hay que ser un profeta para ver que si en algún momento falla la paz social obtenida con prebendas y sobrantes de recursos, la festejada y frágil paz social se termina. La palabra “militancia” se pretende idealista. Pero no se trata sólo de jugarse por una causa. El compromiso político exige no sólo convicciones sino lucidez y no excluye la honestidad. Más aún en la gente que dice ser parte del mundo de la cultura y de los aparatos educacionales. La “militancia” integrada a una visión del mundo apocalíptica, basada en guerras santas o de clases, arrasa con los cuerpos y degrada las almas. Esa militancia, ahí sí, es una fábrica de odio.
Por eso el cambio de tono y la necesidad de diálogo es vital. Hasta que la cultura política argentina no entienda esto que es básico para una convivencia nacional, las calles podrán estar llenas de gente que la libertad seguirá sola y el coqueteo con la muerte, que tanto atrae, mostrará una vez más su verdadero rostro.
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La retórica revolucionaria ya no se usa para crear un hombre nuevo, generoso y solidario, sino para señalar opositores al “modelo”. Esa es la función del cuidado decorado en el velorio, con la foto del Che sobre el féretro. No se estimula a la juventud a tomar las armas pero se emplea la misma mística que justificó la violencia “maravillosa” de los baños de sangre históricos. En 2004, en el acto de la ESMA, se humilló la figura de Raúl Alfonsín sin tener en cuenta que juzgó a los criminales de Estado con un fusil en la cabeza y no frente a un cuadro en un colegio militar. Se endiosó a la juventud de los años setenta en lugar de guardar silencio en su homenaje y reflexionar sobre la dimensión ética y política del Nunca Más. Años después, se redobló la afrenta cuando el ministro Aníbal Fernández insultó con bajeza al fiscal Strassera. El campo era la fuente de desarrollo tecnológico de nuestro país y la vanguardia en su integración en el mercado mundial que le daba los dólares al Banco Central y llenaba la caja de los Kirchner. Cuando con la 125 la población salió a la calle, todos, tanto los que eran parte de la protesta como los críticos al accionar irresponsable del Gobierno y los que pedían bajar los decibeles, fueron tratados de procesistas, destituyentes y oligarcas. El monopolio, que fue socio del Gobierno y construyó durante años su imagen positiva, se convirtió por decreto de necesidad y conveniencia en el holding manipulador de nuestras conciencias a la vez que enemigo público de la libertad de prensa.
Hacer del fallecimiento de Néstor Kirchner un martirologio, ungirlo en una pira sacrificial en el que un hombre muere para redimir a su pueblo, esta nueva escena de la crucifixión sin duda tiene un rendimiento rápido y fácil. Profundiza el modelo del fanatismo, la intolerancia y la culpabilización hacia quienes se atreven a pensar de otro modo. ¡Pero no hay muertos!, nos dicen –lo que ya no es cierto después de Mariano Ferreyra–. “¡Todavía estás vivo a pesar de lo que pienses!”, nos recuerdan para subrayar nuestra ingratitud. En lugar de abrir la discusión, encontrar un terreno común para reflexionar sobre los problemas no resueltos de la pobreza, el trabajo en negro, la crisis educativa, la desocupación juvenil, la desnutrición infantil, el aborto clandestino, una estrategia de desarrollo integral a mediano plazo, etc., la energía está puesta en una supuesta guerra contra interminables demonios.
Luego de la muerte del ex presidente, si un opositor al Gobierno manifestaba su respeto por el mandatario desaparecido, era un hipócrita. Si señalaba después de su muerte sus deficiencias, era un fabricante de odio. Si guardaba silencio, seguramente se reía como un monstruo en su casa. Los narapoicos insistieron con entusiasmo en denunciar a los que se alegraron con la muerte de Néstor Kirchner. Esta es la cultura política a la que nos acostumbró el kirchnerismo, la que dice poner en la agenda de los argentinos el tema de los derechos humanos, la distribución de la riqueza, la libertad de prensa y la solidaridad con los pueblos latinoamericanos. Así se fabrica el espíritu revolucionario en nuestro país.
Diré algo personal. Viví varias veces al margen de las grandes manifestaciones populares. No me integré a la recepción a Ezeiza en el ’72. No fui a recibir a Perón. A pesar de ser un futbolero nato, no estuve en la calle en la demostraciones de millones personas por el logro de la Copa en el Mundial del ’78. Me quedé en mi casa. En la euforia generalizada por la invasión y la Guerra de Malvinas, tampoco participé de aquel acontecimiento patriótico. No estuve junto a otros millones en el golpe de Estado popular en 2001, ante un gobierno “ineficiente”, luego de diez años de algarabía por la eficiencia del anterior. Por eso no es ésta ni la primera ni la última vez que me encuentro fuera del foco aglutinante.
El kirchnerismo no ha sido víctima de nada. Por el contrario, ha sido agraciado con la bendición de los dioses. Gobernó años junto a un Congreso con quórum propio. Poderes especiales. Presupuestos aprobados ya antes de la votación. Demanda mundial de nuestros productos. Un Consejo de la Magistratura con mayoría y poder de veto. Una prensa “monopólica” adicta. Una sociedad aliviada por la recuperación económica, luego de la debacle de 2001. La integración transversal de partidos como el Frente Grande, el Partido Radical, el ARI. Un peronismo unido con Scioli y Solá en el gobierno, y Duhalde retirado en el Mercosur. La CGT con una dirigencia sobada y protegida. Organizaciones sociales controladas con subsidios y vigilancia política. Gobernadores subordinados por necesidades de caja. Una vida feliz hasta marzo de 2008. Luego, el kirchnerismo decidió que todo era una mentira y que el país está rodeado de confabuladores.
Hay un fascismo sentimental. Lo hemos vivido con el uso del dolor en beneficio del poder y de todo tipo de víctimas propiciatorias para legitimar la dominación de un grupo político. Los pobres, la bandera mancillada, los desaparecidos, los muertos idolatrados, la voluntad de hacer callar al otro persiste.
La democracia es un invento para proteger a las minorías y a los débiles, un dique jurídico y político contra el poder de las armas y el dinero. No es el gobierno de las mayorías. El despotismo más bárbaro puede tener su consenso mayoritario. La democracia se decide por las garantías y los derechos de las minorías, desde la ley antimonopólica en defensa de la pequeña empresa hasta la libertad de las minorías religiosas. De lo contrario, el sistema no es más que una caza de brujas.
No se trata de liberalismo sino de democracia. Y de violencia. No hay que ser un profeta para ver que si en algún momento falla la paz social obtenida con prebendas y sobrantes de recursos, la festejada y frágil paz social se termina. La palabra “militancia” se pretende idealista. Pero no se trata sólo de jugarse por una causa. El compromiso político exige no sólo convicciones sino lucidez y no excluye la honestidad. Más aún en la gente que dice ser parte del mundo de la cultura y de los aparatos educacionales. La “militancia” integrada a una visión del mundo apocalíptica, basada en guerras santas o de clases, arrasa con los cuerpos y degrada las almas. Esa militancia, ahí sí, es una fábrica de odio.
Por eso el cambio de tono y la necesidad de diálogo es vital. Hasta que la cultura política argentina no entienda esto que es básico para una convivencia nacional, las calles podrán estar llenas de gente que la libertad seguirá sola y el coqueteo con la muerte, que tanto atrae, mostrará una vez más su verdadero rostro.
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miércoles, 3 de noviembre de 2010
"Kirchner fue un populista a medias" Entrevista a Ernesto Laclau
Antes de Kirchner, era la noche. Yo recuerdo a la Argentina arrodillada”, dijo el presidente venezolano Hugo Chávez al pisar el país para asistir al sepelio de su amigo, el ex presidente argentino. Uno de los intelectuales que pensó los nuevos liderazgos nacionalistas en la región con un enfoque postmarxista, es decir no liberal, es el argentino Ernesto Laclau. Residente en Essex desde hace décadas, él ha sido el teórico de la esfera internacional cercano a Carta Abierta, el grupo de intelectuales en apoyo oficial, y su paso por el Congreso Internacional de Ciencias Políticas, realizado este año en San Juan, lo tuvo como ponente magistral y visitante mimado junto a su esposa, la politóloga de origen belga Chantal Mouffe. Se espera que en enero grabará una programa de conversaciones para la televisión estatal, en el que participará la presidenta Cristina Fernández.
Sin embargo, Laclau niega que su obra sustente el andamiaje conceptual del matrimonio Kirchner, sobre todo su formulación de las democracias radicales, formas híbridas de gobierno en las que el antagonismo y el rol del adversario juegan un papel dinámico. “Eso fue un invento de Joaquín Morales Solá, Mariano Grondona y Beatriz Sarlo”, rechaza. Aunque en la conversación no se privó de ironías sobre este diario, respondió con gentileza y se mostró apenado por la muerte de Néstor Kirchner, con quien sólo se reunió una vez y a quien llamó “un gran tipo”. “Fue él quien puso fin al ciclo menemista y dio un futuro a Argentina. Kirchner cambió el imaginario político del país, en el sentido de que la gente empezó a ver un futuro con un signo radicalmente diferente. Dio la impronta de la época.”
- ¿Qué diferencias ve usted entre las dos presidencias?
Ninguna. Ambas se engarzaron, de hecho.
- En el primer año de gobierno de Cristina Fernández, algunos veían al ex presidente como un lastre para que ella hiciera un mandato espectacular tras el cierre exultante de Néstor. Se mencionaba la herencia de Julio De Vido, entre otras.
No sé si eso es verdad, no creo que Néstor la opacara o limitara en modo alguno. Tengo mucha confianza en ella.
- ¿Y cómo imagina el futuro, en continuidad o ruptura? No conocemos una presidencia de Cristina Fernández sin su esposo.
Tampoco lo sé yo. Pero indudablemente el país se ha remozado con todo lo que pasó a partir de 2003 y seguirá avanzando en esa dirección.
- Algunos de los mayores méritos de la gestión de Kirchner fueron corroídos por el paso del tiempo. Pensemos en uno muy propio: reconfiguró el Poder Judicial tras la corruptela menemista pero este año sostuvo una fuerte confrontación con la Corte Suprema.
Sí, no sabemos cómo continuará esa confrontación. Pero convengamos que es en los medios donde está planteado uno de los principales dilemas de poder, me refiero a la política de medios. Ocupa un lugar central en la dinámica argentina actual.
- ¿Qué hace que, a su juicio, resulte prioritario, anterior a deudas mucho más acuciantes, tan luego, demandas insatisfechas urgentes de grandes grupos mayoritarios? Hasta podemos ironizar que la apertura de medios oficialistas y la promoción del fútbol son la obra pública que Kirchner lega a la nación.
El deporte gratuito ha representado un cambio en la forma en que se viven ciertas cosas. Creo que el tema de los medios está en el centro de la discusión política actual. Qué pasará con el grupo Clarín en términos de la ley de medios tiene que ver en profundidad con las opciones políticas de Argentina en el futuro. Estas discusiones van a ligarse a otros temas y jugarán a fondo el año próximo.
- Es sabida la influencia que ejercieron sus postulados sobre el populismo en el matrimonio Kirchner.
Ellos nunca dijeron nada de eso; eso son invenciones de Joaquín Morales Solá, Mariano Grondona y Beatriz Sarlo. Por cierto, yo tuve varias conversaciones con Cristina Fernández de tipo muy general, hablamos de la situación argentina, problemas del país y de América latina. Pero ellos nunca trataron de obtener de mí un esquema conceptual que sirviera a su política.
- Usted pensó el populismo en nuevos términos, lo desdemonizó y leyó como consustancial a la política. Esos criterios no terminan de ajustarse a lo que han sido estas dos presidencias.
Hay populismo cuando encontramos una serie de demandas insatisfechas que un régimen es incapaz de abarcar en su mediación institucional. Estas demandas necesitan ser expresadas por algún otro mecanismo no institucional del Estado. Tome el sistema tradicional de los punteros: allí había demandas y su satisfacción era controlada por el Estado. Pero cuando éstas ya no pueden ser absorbidas, aparece alguien por fuera del Estado que empieza a interpelar a esas fuerzas y las aglutina. Se puede tener populismo de derecha o de izquierda, pero siempre hay una interrupción del sistema institucional del poder.
- ¿Cómo se ubican las prácticas clientelistas en este modelo?
El clientelismo es por definición antipopulista, por ser gestionado dentro mismo del sistema de poder. El populismo es una identificación masiva con alguien fuera de él. Perón es el caso más clásico; o Chávez.
- Entonces, Kirchner no guarda relación con el líder populista en absoluto. Carecía de esa exterioridad.
Al comienzo de la era kirchnerista creo que comenzó a funcionar pero no llegó a plasmarse. No sé si se daba la situación para un populismo maduro; pensémoslo como un populista a medias.
¿No era suficientemente exterior o carecía del carisma necesario?
Mire, honestamente, la idea de carisma, ya imagina usted por donde... No se trata de carisma sino de poder integrar las demandas de las masas.
¿Le parece un detalle el personalismo en los casos de Perón y Chávez, le negaría toda incidencia en esa capacidad de absorción?
El carisma es una forma exterior de expresión de un proceso que debemos definir en otros términos. Si se piensa en el carisma de Chávez, muy bien, pero éste se construye a partir de toda una proliferación de luchas individuales que van creando la posibilidad de una representación distinta. Eso se evidencia en un todo que algunos llaman carisma. Pero no creo que ese factor defina nada.
Trataba de pensar en aquellas características que justificarían su “populismo a medias”.
Kirchner estaba al borde de ese carisma que usted menciona. Y a Cristina la veo como una líder potencialmente muy fuerte.
¿Cómo cree que jugará, en el contexto cultural latinoamericano, el hecho de que sea mujer? Deberá cursar presiones y acechanzas de sectores tan distintos como el PJ bonaerense, el poder sindical, el apremio de los gobernadores, todos ellos con una tradición fuerte de marca sexista.
No creo que eso influya. Cristina tiene una polenta que pocos varones tienen. La conozco bastante y creo en su capacidad de llevar las cosas adelante. Los factores que usted señala tienen que ver con las formas en que la política se define. Pero tiene toda la fuerza para ser una líder de envergadura. Leer más...
Sin embargo, Laclau niega que su obra sustente el andamiaje conceptual del matrimonio Kirchner, sobre todo su formulación de las democracias radicales, formas híbridas de gobierno en las que el antagonismo y el rol del adversario juegan un papel dinámico. “Eso fue un invento de Joaquín Morales Solá, Mariano Grondona y Beatriz Sarlo”, rechaza. Aunque en la conversación no se privó de ironías sobre este diario, respondió con gentileza y se mostró apenado por la muerte de Néstor Kirchner, con quien sólo se reunió una vez y a quien llamó “un gran tipo”. “Fue él quien puso fin al ciclo menemista y dio un futuro a Argentina. Kirchner cambió el imaginario político del país, en el sentido de que la gente empezó a ver un futuro con un signo radicalmente diferente. Dio la impronta de la época.”
- ¿Qué diferencias ve usted entre las dos presidencias?
Ninguna. Ambas se engarzaron, de hecho.
- En el primer año de gobierno de Cristina Fernández, algunos veían al ex presidente como un lastre para que ella hiciera un mandato espectacular tras el cierre exultante de Néstor. Se mencionaba la herencia de Julio De Vido, entre otras.
No sé si eso es verdad, no creo que Néstor la opacara o limitara en modo alguno. Tengo mucha confianza en ella.
- ¿Y cómo imagina el futuro, en continuidad o ruptura? No conocemos una presidencia de Cristina Fernández sin su esposo.
Tampoco lo sé yo. Pero indudablemente el país se ha remozado con todo lo que pasó a partir de 2003 y seguirá avanzando en esa dirección.
- Algunos de los mayores méritos de la gestión de Kirchner fueron corroídos por el paso del tiempo. Pensemos en uno muy propio: reconfiguró el Poder Judicial tras la corruptela menemista pero este año sostuvo una fuerte confrontación con la Corte Suprema.
Sí, no sabemos cómo continuará esa confrontación. Pero convengamos que es en los medios donde está planteado uno de los principales dilemas de poder, me refiero a la política de medios. Ocupa un lugar central en la dinámica argentina actual.
- ¿Qué hace que, a su juicio, resulte prioritario, anterior a deudas mucho más acuciantes, tan luego, demandas insatisfechas urgentes de grandes grupos mayoritarios? Hasta podemos ironizar que la apertura de medios oficialistas y la promoción del fútbol son la obra pública que Kirchner lega a la nación.
El deporte gratuito ha representado un cambio en la forma en que se viven ciertas cosas. Creo que el tema de los medios está en el centro de la discusión política actual. Qué pasará con el grupo Clarín en términos de la ley de medios tiene que ver en profundidad con las opciones políticas de Argentina en el futuro. Estas discusiones van a ligarse a otros temas y jugarán a fondo el año próximo.
- Es sabida la influencia que ejercieron sus postulados sobre el populismo en el matrimonio Kirchner.
Ellos nunca dijeron nada de eso; eso son invenciones de Joaquín Morales Solá, Mariano Grondona y Beatriz Sarlo. Por cierto, yo tuve varias conversaciones con Cristina Fernández de tipo muy general, hablamos de la situación argentina, problemas del país y de América latina. Pero ellos nunca trataron de obtener de mí un esquema conceptual que sirviera a su política.
- Usted pensó el populismo en nuevos términos, lo desdemonizó y leyó como consustancial a la política. Esos criterios no terminan de ajustarse a lo que han sido estas dos presidencias.
Hay populismo cuando encontramos una serie de demandas insatisfechas que un régimen es incapaz de abarcar en su mediación institucional. Estas demandas necesitan ser expresadas por algún otro mecanismo no institucional del Estado. Tome el sistema tradicional de los punteros: allí había demandas y su satisfacción era controlada por el Estado. Pero cuando éstas ya no pueden ser absorbidas, aparece alguien por fuera del Estado que empieza a interpelar a esas fuerzas y las aglutina. Se puede tener populismo de derecha o de izquierda, pero siempre hay una interrupción del sistema institucional del poder.
- ¿Cómo se ubican las prácticas clientelistas en este modelo?
El clientelismo es por definición antipopulista, por ser gestionado dentro mismo del sistema de poder. El populismo es una identificación masiva con alguien fuera de él. Perón es el caso más clásico; o Chávez.
- Entonces, Kirchner no guarda relación con el líder populista en absoluto. Carecía de esa exterioridad.
Al comienzo de la era kirchnerista creo que comenzó a funcionar pero no llegó a plasmarse. No sé si se daba la situación para un populismo maduro; pensémoslo como un populista a medias.
¿No era suficientemente exterior o carecía del carisma necesario?
Mire, honestamente, la idea de carisma, ya imagina usted por donde... No se trata de carisma sino de poder integrar las demandas de las masas.
¿Le parece un detalle el personalismo en los casos de Perón y Chávez, le negaría toda incidencia en esa capacidad de absorción?
El carisma es una forma exterior de expresión de un proceso que debemos definir en otros términos. Si se piensa en el carisma de Chávez, muy bien, pero éste se construye a partir de toda una proliferación de luchas individuales que van creando la posibilidad de una representación distinta. Eso se evidencia en un todo que algunos llaman carisma. Pero no creo que ese factor defina nada.
Trataba de pensar en aquellas características que justificarían su “populismo a medias”.
Kirchner estaba al borde de ese carisma que usted menciona. Y a Cristina la veo como una líder potencialmente muy fuerte.
¿Cómo cree que jugará, en el contexto cultural latinoamericano, el hecho de que sea mujer? Deberá cursar presiones y acechanzas de sectores tan distintos como el PJ bonaerense, el poder sindical, el apremio de los gobernadores, todos ellos con una tradición fuerte de marca sexista.
No creo que eso influya. Cristina tiene una polenta que pocos varones tienen. La conozco bastante y creo en su capacidad de llevar las cosas adelante. Los factores que usted señala tienen que ver con las formas en que la política se define. Pero tiene toda la fuerza para ser una líder de envergadura. Leer más...
lunes, 1 de noviembre de 2010
La construcción del mito político. Por Vicente Palermo
Creo que hay un aspecto posible de la política poskirchnerista que está siendo inadvertido; me refiero a la constitución de la figura del ex presidente como mito político. En efecto, las condiciones para que Kirchner se convierta en mito están presentes. En primer lugar, un mito requiere de una épica: el héroe entregado a una confrontación de dimensiones sobrehumanas, que lo pone a prueba y que puede ser inscripta en un relato de lucha sempiterna, más general y abarcadora. En este caso, la épica está presente: la batalla del héroe contra fuerzas externas (el FMI) e internas (los "medios concentrados"), que fue capaz de vencer, puede ser percibida como formando parte de una guerra (v.g., del pueblo contra el "antipueblo").
En segundo lugar, el mito precisa que la épica sea mucho más que un relato intelectual, artístico o periodístico, para alimentar sus raíces en sentidos y sentimientos de grupos sociales, por tener sus configuraciones analogía con las configuraciones de esos sentidos y sentimientos (v.g., en este caso, las nociones dominantes en torno al FMI). En tercer lugar, es necesario que la biografía del héroe sea percibida como una vida de dedicación y entrega totales a esa confrontación épica. Sin duda el caso de Kirchner califica bien al respecto. Por fin, la muerte "joven" y sobre todo en lucha, es decir, en un momento de plenitud, es indispensable, y confirma la entrega, puesto que el héroe consuma la mayor ofrenda: triunfa, nos dice el mito, pagando el triunfo con su propia vida.
La nitidez que puede adquirir, por lo dicho, la figura de Kirchner como mito político, puede llegar a ser muy marcada; en otros términos, que su potencial político y cultural puede ser relevante. Personalmente no veo el menor motivo para celebrar esta eventualidad. Pero un mito no es ni verdadero ni falso. ¿Qué importancia tiene señalar que la mitificación de Kirchner es posible? Si el fenómeno tiene lugar, tendremos que aprender a coexistir con él. Poco sentido tendrá oponernos frontalmente. La pretensión de hacer tierra arrasada con fenómenos políticos que nos disgustan es demasiado argentina. Pero es una forma más de contribuir a los desastres. Si Kirchner se constituye en otro mito político argentino, aquellos que, como será mi caso, no nos dejaremos capturar por su encanto, deberíamos defender la diferencia, la que nos habilita a expresar nuestra opinión sobre el tema, en lugar de tratar de aplastarla.
De que se verifique o no la mitificación de Kirchner se siguen consecuencias de historia política y de política práctica. Porque el futuro del kirchnerismo dependerá mucho más de que el mito se condense, o no, que de la voluntad del manojo de alfiles, torres y caballos que hoy rodea a la reina. Leer más...
En segundo lugar, el mito precisa que la épica sea mucho más que un relato intelectual, artístico o periodístico, para alimentar sus raíces en sentidos y sentimientos de grupos sociales, por tener sus configuraciones analogía con las configuraciones de esos sentidos y sentimientos (v.g., en este caso, las nociones dominantes en torno al FMI). En tercer lugar, es necesario que la biografía del héroe sea percibida como una vida de dedicación y entrega totales a esa confrontación épica. Sin duda el caso de Kirchner califica bien al respecto. Por fin, la muerte "joven" y sobre todo en lucha, es decir, en un momento de plenitud, es indispensable, y confirma la entrega, puesto que el héroe consuma la mayor ofrenda: triunfa, nos dice el mito, pagando el triunfo con su propia vida.
La nitidez que puede adquirir, por lo dicho, la figura de Kirchner como mito político, puede llegar a ser muy marcada; en otros términos, que su potencial político y cultural puede ser relevante. Personalmente no veo el menor motivo para celebrar esta eventualidad. Pero un mito no es ni verdadero ni falso. ¿Qué importancia tiene señalar que la mitificación de Kirchner es posible? Si el fenómeno tiene lugar, tendremos que aprender a coexistir con él. Poco sentido tendrá oponernos frontalmente. La pretensión de hacer tierra arrasada con fenómenos políticos que nos disgustan es demasiado argentina. Pero es una forma más de contribuir a los desastres. Si Kirchner se constituye en otro mito político argentino, aquellos que, como será mi caso, no nos dejaremos capturar por su encanto, deberíamos defender la diferencia, la que nos habilita a expresar nuestra opinión sobre el tema, en lugar de tratar de aplastarla.
De que se verifique o no la mitificación de Kirchner se siguen consecuencias de historia política y de política práctica. Porque el futuro del kirchnerismo dependerá mucho más de que el mito se condense, o no, que de la voluntad del manojo de alfiles, torres y caballos que hoy rodea a la reina. Leer más...
El riesgo de fabricar otro mito mal curado. Por Adrián Simioni
(Publicado en La Voz del Interior el jueves 28 de octubre de 2010)
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¿Qué determina la historia y va moldeando la sociedad en que vivimos? ¿Los hombres –individuales o colectivos– o fuerzas más amplias que los superan (otros países, la naturaleza, la tecnología, fuerzas sociales que trascienden a las personas concretas)? El debate es eterno e inconcluso por definición.
Pero hay casos en que la importancia de un individuo queda patente. La muerte de Néstor Kirchner es uno de esos casos. Fue la piedra angular sobre la que se estructuró la política argentina de los últimos siete años. Él tenía el teléfono rojo que podía determinar la quiebra de una empresa o el ahogo de un gobernador. Y encarnó la voluntad de poder que condujo al país en estos años. Todos esos puestos buscan un candidato.
Pero hay casos en que la importancia de un individuo queda patente. La muerte de Néstor Kirchner es uno de esos casos. Fue la piedra angular sobre la que se estructuró la política argentina de los últimos siete años. Él tenía el teléfono rojo que podía determinar la quiebra de una empresa o el ahogo de un gobernador. Y encarnó la voluntad de poder que condujo al país en estos años. Todos esos puestos buscan un candidato.
Sin esa figura, todas las demás piezas se reacomodarán o se desmoronarán. Y esas piezas no son sólo los demás actores políticos: Julio Cobos, Daniel Scioli, Ricardo Alfonsín, Mauricio Macri y un largo etcétera. Involucran claramente a las alianzas sociales y políticas (el gremialismo sindical y empresario, el universo de los organismos de derechos humanos) y a las propias políticas públicas.
La muerte de Kirchner llega en un momento en que se balanceaban fuertes dudas sobre sus políticas. Por dar sólo un ejemplo: ¿es sustentable mantener uno de los niveles de inflación más altos entre todos los países del mundo, negarlo y disimularlo con subsidios fiscales crecientes al transporte, la energía y los servicios públicos, que además se distribuyen con total discrecionalidad según la concentración del voto y los aliados políticos y tienen serias consecuencias fiscales que no se ven en lo inmediato?
El dueño de ese modelo (también el del fuerte crecimiento, obedezca a las razones que obedezca) era Kirchner. Y ahora el debate sobre ese esquema queda obturado, cercenado. Todos pueden patear la pelota afuera.
Para seguir con el ejemplo, si la inflación se acelerara en este fin de año, como ya lo venían previendo muchos analistas, ¿cuántos segundos demoraría el kirchnerismo en culpar de ello a un “golpe de mercado” motorizado por “sectores empresarios” interesados en desestabilizar a un gobierno shockeado? Y si la Presidenta se viera obligada a cambiar algunas de sus políticas, ¿la oposición admitirá que es una mujer inteligente y capaz o se limitaría a mortificarla diciendo que eso constituye la prueba de que quien gobernaba antes era Néstor y no ella?
La muerte del ex presidente nos arroja en el limbo de “lo que hubiese pasado si Kirchner estuviera vivo”. Por eso, Kirchner y sus políticas tienen todas las chances, ahora, de convertirse en un mito. Parecido al del primer Perón.
Cuando el gobierno iniciado en 1945 empezaba a pagar los platos rotos de sus políticas (que por otro lado tuvieron muchas consecuencias positivas) por la vía de una inflación perenne y creciente que señalaba los límites de ese esquema, la derecha antidemocrática cometió el peor error de su historia: lo volteó. Ignorantes y golpistas, libraron a Perón de culpas y cargos. Ese mito, así gestado, vertebró la política argentina durante más de 18 años. Hasta hundirla en una decadencia que estalló a toda orquesta con la hiperinflación de fines de la década de 1980.
Con Kirchner, puede pasar lo mismo. Él también partió a la sociedad en dos, fue el eje indiscutido del poder y desaparece de la escena en un punto culminante. Sólo Kirchner y Perón compartieron esas características. Sería el segundo caso en la historia argentina de los últimos 70 años. Hebe de Bonafini dijo ayer a periodistas de radio Mitre que intentaban entrevistarla: “Lo mataron ustedes”. La construcción del mito ya empezó.
La muerte de Kirchner es lamentable por tratarse de un semejante y de alguien que encarnó un liderazgo para cientos de miles de personas que confiaron en él. Pero también es lamentable por el riesgo de que Argentina construya uno más de sus mitos mal curados. De esos que no somos capaces de evaluar sin apasionamiento y que nos llevan a escribir tan mal nuestra historia.
La muerte de Kirchner llega en un momento en que se balanceaban fuertes dudas sobre sus políticas. Por dar sólo un ejemplo: ¿es sustentable mantener uno de los niveles de inflación más altos entre todos los países del mundo, negarlo y disimularlo con subsidios fiscales crecientes al transporte, la energía y los servicios públicos, que además se distribuyen con total discrecionalidad según la concentración del voto y los aliados políticos y tienen serias consecuencias fiscales que no se ven en lo inmediato?
El dueño de ese modelo (también el del fuerte crecimiento, obedezca a las razones que obedezca) era Kirchner. Y ahora el debate sobre ese esquema queda obturado, cercenado. Todos pueden patear la pelota afuera.
Para seguir con el ejemplo, si la inflación se acelerara en este fin de año, como ya lo venían previendo muchos analistas, ¿cuántos segundos demoraría el kirchnerismo en culpar de ello a un “golpe de mercado” motorizado por “sectores empresarios” interesados en desestabilizar a un gobierno shockeado? Y si la Presidenta se viera obligada a cambiar algunas de sus políticas, ¿la oposición admitirá que es una mujer inteligente y capaz o se limitaría a mortificarla diciendo que eso constituye la prueba de que quien gobernaba antes era Néstor y no ella?
La muerte del ex presidente nos arroja en el limbo de “lo que hubiese pasado si Kirchner estuviera vivo”. Por eso, Kirchner y sus políticas tienen todas las chances, ahora, de convertirse en un mito. Parecido al del primer Perón.
Cuando el gobierno iniciado en 1945 empezaba a pagar los platos rotos de sus políticas (que por otro lado tuvieron muchas consecuencias positivas) por la vía de una inflación perenne y creciente que señalaba los límites de ese esquema, la derecha antidemocrática cometió el peor error de su historia: lo volteó. Ignorantes y golpistas, libraron a Perón de culpas y cargos. Ese mito, así gestado, vertebró la política argentina durante más de 18 años. Hasta hundirla en una decadencia que estalló a toda orquesta con la hiperinflación de fines de la década de 1980.
Con Kirchner, puede pasar lo mismo. Él también partió a la sociedad en dos, fue el eje indiscutido del poder y desaparece de la escena en un punto culminante. Sólo Kirchner y Perón compartieron esas características. Sería el segundo caso en la historia argentina de los últimos 70 años. Hebe de Bonafini dijo ayer a periodistas de radio Mitre que intentaban entrevistarla: “Lo mataron ustedes”. La construcción del mito ya empezó.
La muerte de Kirchner es lamentable por tratarse de un semejante y de alguien que encarnó un liderazgo para cientos de miles de personas que confiaron en él. Pero también es lamentable por el riesgo de que Argentina construya uno más de sus mitos mal curados. De esos que no somos capaces de evaluar sin apasionamiento y que nos llevan a escribir tan mal nuestra historia.
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viernes, 29 de octubre de 2010
La muerte de Néstor Kirchner: el corazón y la política. Por Daniel V. González

Probablemente haya que buscar más en la política que en la Ciencia Médica las razones de la muerte súbita del ex presidente Néstor Kirchner.
Hombre de temperamento atrabiliario, Kirchner entendía el poder como un ejercicio personal, indelegable y cotidiano. Lejos de descansar en la delegación de funciones, distante de reposar y confiar en los juegos naturales de las instituciones democráticas, Kirchner vivía el poder como algo personal y, en consecuencia, de dimensiones absolutas. Intensidad y obsesión eran dos presencias cotidianas en su modo de ejercer el poder.
Hombre de temperamento atrabiliario, Kirchner entendía el poder como un ejercicio personal, indelegable y cotidiano. Lejos de descansar en la delegación de funciones, distante de reposar y confiar en los juegos naturales de las instituciones democráticas, Kirchner vivía el poder como algo personal y, en consecuencia, de dimensiones absolutas. Intensidad y obsesión eran dos presencias cotidianas en su modo de ejercer el poder.
Ese modo de entender la política –y la vida- lo llevó a la muerte prematura.
Pero fue la propia dinámica de sus actos la que, además, fue construyendo un contexto que con el paso del tiempo se le había tornado hostil. Cada batalla –grande o pequeña- era una apuesta a todo o nada. Cada debate, una lucha a muerte. Cada diferencia de opinión, un intento de golpe de estado.
Asumió el poder en condiciones excepcionalmente favorables para el país y, en general, para el mundo emergente. Los formidables precios de los commodities, gracias al aumento de la demanda promovido por China e India, hizo que la Argentina gozara de una ventaja estimable, basada en su producción agropecuaria, potenciada tras el silencioso proceso de transformación del agro nacional durante las últimas décadas.
Los precios excepcionales permitían mantener un alto nivel del gasto público, a la vez que un superávit comercial desacostumbrado. Vivíamos en un mundo perfecto. Todo comenzó a complicarse hacia marzo de 2008, con la crisis del campo. Las razones de la crisis hay que buscarlas más en la política que en la economía. Una discusión por el volumen de las retenciones derivó en un duro enfrentamiento con un sector integrado por muchos de sus propios votantes.
Y a partir de ahí, todo su gobierno entró en una pendiente de la que nunca pudo recuperarse pese a los datos que reflejaban las encuestas que cada día le acercaban sus consultores amigos. Las elecciones de 2009, imprevistamente, lo tuvieron como perdedor aunque su apuesta había sido la máxima posible: él mismo había encabezado la lista de diputados nacionales para la Provincia de Buenos Aires. Pero fue derrotado.
Desde ese día abrigaba una sola obsesión: destruir al Grupo Clarín, al que responsabilizó por su derrota electoral. Era su máxima ambición al momento de morir. Pensaba que su destino político estaba atado a esa batalla previa. Por esa ley, pero no sólo por ella, comenzó a enfrentarse con la Justicia, incluso en sus máximas instancias. Su concepto del poder no se detenía ni ante una resolución de la Corte Suprema. Todo aquél que no estaba de su lado era descalificado, maldecido y demonizado.
Pero ya todo había comenzado a complicársele inexorablemente. Su visión acerca de la naturaleza de las dificultades que enfrentaba su gobierno era de una elemental y engañosa simpleza. Los tiempos del crecimiento amable y sencillo habían pasado. Se avecinaban tormentas y esta situación era percibida con claridad por todas las encuestas de opinión que le anunciaban con claridad el final de su ciclo. Y esos problemas también eran registrados por el propio cuerpo de Néstor Kirchner.
Lentamente pero con una velocidad que iría creciendo, comenzó a desarticularse su frente interno. Varios intendentes del conurbano bonaerense, sumamente prácticos y acomodaticios, comenzaron a buscar nuevos horizontes ante la perspectiva cierta de que Kirchner fuera derrotado en las elecciones de octubre de 2011. Pensaba que Daniel Scioli estaba detrás de esa fuga y lo increpó duramente en público un mes atrás.
Su enfermedad coronaria no es ajena a este horizonte de dificultades crecientes. Todas las observaciones realizadas por la prensa y los políticos opositores acerca de la fragilidad de su salud, fueron tomadas como una ofensa que buscaba pintar con trazos de debilidad la personalidad del hombre fuerte de la Argentina. La realidad inmediata demostró que, otra vez, Kirchner estaba equivocado.
Lo que puede venir
¿Sobrevivirá el kirchnerismo a la muerte de Néstor Kirchner? No está escrito. El kirchnerismo ha sido, en cierto modo, un revival de los años setenta, una extensión en el tiempo de los días en que Cámpora, con los votos de Perón, habitó brevemente la Casa Rosada. El núcleo duro del kirchnerismo eran los hombres de aquel tiempo, con el discurso de aquel tiempo, con las obsesiones y odios de esos años pero en un mundo que ya había cambiado en lo sustancial.
Kirchner chocó con las dificultades propias de su estilo confrontativo y visceral, colisionó con los enemigos que él mismo, prolijamente, había decidido construir. Pero –y quizá esto sea lo más importante- Kirchner se desmoronó en su empeño de leer y vivir como en los setenta un mundo en el que ya no quedan casi rastros de ese tiempo también incierto. O, dicho de otro modo, lo que queda de él es una supervivencia ideológica cada vez más divorciada de una realidad que se desplaza en un sentido distinto y que demanda, también, ideas distintas.
Es cierto que el partido del poder recibirá un impacto inmediato con la desaparición de su máximo líder, el hombre que concentraba todo el poder real y que lo ejercía cada día. Se abre para su esposa, nuestra Presidenta, un tiempo cuya incertidumbre dependerá de sus propios actos, de lo que Cristina Fernández haga de ahora en adelante.
El kirchnerismo se había transformado, con la vestimenta del peronismo y el uso de la sigla partidaria, en un gran partido de izquierda. Ahí confluyeron distintos sectores de la izquierda tradicional (socialistas, comunistas), sectores del peronismo de izquierda que reivindican a las organizaciones armadas y el terrorismo y sectores del nacionalismo popular de izquierda. Coexisten con ellos, franjas moderadas de las clases medias urbanas y de los trabajadores sindicalizados.
De este polo político se habían desprendido personajes tales como Pino Solanas (que sin embargo apoyó parlamentariamente a Kirchner en temas fundamentales), Sabatella y otros menores, distanciados, sobre todo, por cuestiones de estilo y de espacios de poder, más que por diferencias ideológicas o políticas.
¿Podrá mantener Cristina Fernández el liderazgo de este polo del progresismo y la izquierda? No lo sabemos. Lo cierto es que desde la crisis entre los Kirchner y el campo se está abriendo paso en la política argentina, más allá de los partidos, la demanda de un nuevo estilo político en el que la crispación y los enfrentamientos cotidianos cedan el paso a la elaboración de un programa de objetivos concretos de coincidencias que subordinen las acciones de los próximos gobernantes a una grilla de prioridades nacionales consensuada entre las fuerzas de una nueva dirigencia y una nueva mayoría.
El nuevo tiempo político supone también tomar nota de un contexto mundial en el que no tienen cabida políticas locales que han probado reiteradamente su fracaso. Es país debe actualizar sus puntos de vista y sus políticas respecto de los principales problemas de la economía mundial. De este modo podrá aprovechar mejor estos años dorados en los que nuestros productos son demandados y pagados a precios sin precedentes.
La muerte de Kirchner acelera, probablemente, la llegada de un nuevo tiempo, que demandará nuevas ideas.
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Pero fue la propia dinámica de sus actos la que, además, fue construyendo un contexto que con el paso del tiempo se le había tornado hostil. Cada batalla –grande o pequeña- era una apuesta a todo o nada. Cada debate, una lucha a muerte. Cada diferencia de opinión, un intento de golpe de estado.
Asumió el poder en condiciones excepcionalmente favorables para el país y, en general, para el mundo emergente. Los formidables precios de los commodities, gracias al aumento de la demanda promovido por China e India, hizo que la Argentina gozara de una ventaja estimable, basada en su producción agropecuaria, potenciada tras el silencioso proceso de transformación del agro nacional durante las últimas décadas.
Los precios excepcionales permitían mantener un alto nivel del gasto público, a la vez que un superávit comercial desacostumbrado. Vivíamos en un mundo perfecto. Todo comenzó a complicarse hacia marzo de 2008, con la crisis del campo. Las razones de la crisis hay que buscarlas más en la política que en la economía. Una discusión por el volumen de las retenciones derivó en un duro enfrentamiento con un sector integrado por muchos de sus propios votantes.
Y a partir de ahí, todo su gobierno entró en una pendiente de la que nunca pudo recuperarse pese a los datos que reflejaban las encuestas que cada día le acercaban sus consultores amigos. Las elecciones de 2009, imprevistamente, lo tuvieron como perdedor aunque su apuesta había sido la máxima posible: él mismo había encabezado la lista de diputados nacionales para la Provincia de Buenos Aires. Pero fue derrotado.
Desde ese día abrigaba una sola obsesión: destruir al Grupo Clarín, al que responsabilizó por su derrota electoral. Era su máxima ambición al momento de morir. Pensaba que su destino político estaba atado a esa batalla previa. Por esa ley, pero no sólo por ella, comenzó a enfrentarse con la Justicia, incluso en sus máximas instancias. Su concepto del poder no se detenía ni ante una resolución de la Corte Suprema. Todo aquél que no estaba de su lado era descalificado, maldecido y demonizado.
Pero ya todo había comenzado a complicársele inexorablemente. Su visión acerca de la naturaleza de las dificultades que enfrentaba su gobierno era de una elemental y engañosa simpleza. Los tiempos del crecimiento amable y sencillo habían pasado. Se avecinaban tormentas y esta situación era percibida con claridad por todas las encuestas de opinión que le anunciaban con claridad el final de su ciclo. Y esos problemas también eran registrados por el propio cuerpo de Néstor Kirchner.
Lentamente pero con una velocidad que iría creciendo, comenzó a desarticularse su frente interno. Varios intendentes del conurbano bonaerense, sumamente prácticos y acomodaticios, comenzaron a buscar nuevos horizontes ante la perspectiva cierta de que Kirchner fuera derrotado en las elecciones de octubre de 2011. Pensaba que Daniel Scioli estaba detrás de esa fuga y lo increpó duramente en público un mes atrás.
Su enfermedad coronaria no es ajena a este horizonte de dificultades crecientes. Todas las observaciones realizadas por la prensa y los políticos opositores acerca de la fragilidad de su salud, fueron tomadas como una ofensa que buscaba pintar con trazos de debilidad la personalidad del hombre fuerte de la Argentina. La realidad inmediata demostró que, otra vez, Kirchner estaba equivocado.
Lo que puede venir
¿Sobrevivirá el kirchnerismo a la muerte de Néstor Kirchner? No está escrito. El kirchnerismo ha sido, en cierto modo, un revival de los años setenta, una extensión en el tiempo de los días en que Cámpora, con los votos de Perón, habitó brevemente la Casa Rosada. El núcleo duro del kirchnerismo eran los hombres de aquel tiempo, con el discurso de aquel tiempo, con las obsesiones y odios de esos años pero en un mundo que ya había cambiado en lo sustancial.
Kirchner chocó con las dificultades propias de su estilo confrontativo y visceral, colisionó con los enemigos que él mismo, prolijamente, había decidido construir. Pero –y quizá esto sea lo más importante- Kirchner se desmoronó en su empeño de leer y vivir como en los setenta un mundo en el que ya no quedan casi rastros de ese tiempo también incierto. O, dicho de otro modo, lo que queda de él es una supervivencia ideológica cada vez más divorciada de una realidad que se desplaza en un sentido distinto y que demanda, también, ideas distintas.
Es cierto que el partido del poder recibirá un impacto inmediato con la desaparición de su máximo líder, el hombre que concentraba todo el poder real y que lo ejercía cada día. Se abre para su esposa, nuestra Presidenta, un tiempo cuya incertidumbre dependerá de sus propios actos, de lo que Cristina Fernández haga de ahora en adelante.
El kirchnerismo se había transformado, con la vestimenta del peronismo y el uso de la sigla partidaria, en un gran partido de izquierda. Ahí confluyeron distintos sectores de la izquierda tradicional (socialistas, comunistas), sectores del peronismo de izquierda que reivindican a las organizaciones armadas y el terrorismo y sectores del nacionalismo popular de izquierda. Coexisten con ellos, franjas moderadas de las clases medias urbanas y de los trabajadores sindicalizados.
De este polo político se habían desprendido personajes tales como Pino Solanas (que sin embargo apoyó parlamentariamente a Kirchner en temas fundamentales), Sabatella y otros menores, distanciados, sobre todo, por cuestiones de estilo y de espacios de poder, más que por diferencias ideológicas o políticas.
¿Podrá mantener Cristina Fernández el liderazgo de este polo del progresismo y la izquierda? No lo sabemos. Lo cierto es que desde la crisis entre los Kirchner y el campo se está abriendo paso en la política argentina, más allá de los partidos, la demanda de un nuevo estilo político en el que la crispación y los enfrentamientos cotidianos cedan el paso a la elaboración de un programa de objetivos concretos de coincidencias que subordinen las acciones de los próximos gobernantes a una grilla de prioridades nacionales consensuada entre las fuerzas de una nueva dirigencia y una nueva mayoría.
El nuevo tiempo político supone también tomar nota de un contexto mundial en el que no tienen cabida políticas locales que han probado reiteradamente su fracaso. Es país debe actualizar sus puntos de vista y sus políticas respecto de los principales problemas de la economía mundial. De este modo podrá aprovechar mejor estos años dorados en los que nuestros productos son demandados y pagados a precios sin precedentes.
La muerte de Kirchner acelera, probablemente, la llegada de un nuevo tiempo, que demandará nuevas ideas.
miércoles, 27 de octubre de 2010
La muerte de Kirchner priva al gobierno de su viga maestra. Por Jorge Raventos
El síncope que abatió a Néstor Kirchner provocó en simultáneo, si se quiere, una implosión política.Aunque él a veces jugueteaba con la denominación de “primer caballero”, la desaparición de Kirchner tiene una significación que excede largamente ese rol protocolar, el de diputado nacional o el de secretario general de Unasur. Con su muerte se disuelve abruptamente el eje ordenador y conductor del sistema de poder vigente. Ese sistema de poder estuvo siempre concentrado, centralizado y articulado por Néstor Kirchner, tanto mientras ejerció personalmente la presidencia como durante el tiempo en el que ese cargo ha estado ocupado por su esposa. Como señaló Rosendo Fraga en La Nación: “ La falta de Kirchner deja la sensación política de que falta el Presidente”.
Su desaparición corta de un tajo los hilos de todas las redes –políticas, partidarias, sindicales, empresariales- que llegaban a esa terminal única que Kirchner representaba.Un cortocircuito de semejante magnitud no puede sino someter a grave riesgo la gobernabilidad y sobre este punto reflexionan e intercambian ideas por estas horas, atravesando las jornadas de duelo, hombres de la política, la economía y las empresas.Es que en la Argentina la dinámica política prevalece sobre lo institucional y lo que colapsó esta mañana en Calafate con el corazón de Kirchner fue el motor central del poder político. Un motor que ya se observaba averiado pero que seguía funcionando y todavía contenía, aunque cada vez con mayor esfuerzo, las fuerzas centrífugas de su sistema.Las instituciones, por otra parte, venían ofreciendo un cuadro de anemia y una suerte de empatre en la inmovilidad. Ya era una anomalía que la figura central del ordenamiento constitucional, el Poder Ejecutivo, se viera empalidecida por la fuerza real del poder de Kirchner, a quien se atribuía –con cierto realismo- capacidad para hacer y deshacer. En cualquier caso, el poder del Ejecutivo venía debilitándose, hasta el punto que, a un año de haber impuesto una ley que estima vital para sus intereses, como la Ley de Medio, no ha conseguido aún ponerla en ejecución. El Congreso, cuando consigue aprobar leyes, choca con el veto del ejecutivo, como ocurrió con la del 82 por ciento para los jubilados. En cuanto a la Corte Suprema, puede dictar un fallo como el de la reposición del Procurador de Santa Cruz para resignarse luego ante la resistencia del gobierno provincial a darle cumplimiento.Si la dinámica política es la que prevalece, es de allí de donde deberían surgir las respuestas al riesgo que se cierne sobre la gobernabilidad.La historia argentina muestra que en situaciones críticas, las provincias-anteriores y constituyentes de la Nación- son los pilares que pueden sostener el proceso político democrático y la gobernabilidad. Los gobernadores unidos (incluyendo, obvio, al jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), más allá de su pertenencia partidaria, encarnan poderes territoriales efectivos y un valor institucional fundante, como es el federalismo. La súbita desaparición de Néstor Kirchner, al retirar de improviso la viga principal que sostenía la administración de su esposa y dejar al país en peligro de ingobernabilidad, impulsa al centro de la escena a los jefes territoriales.Las circunstancias distinguen particularmente la figura del gobernador bonaerense: no sólo porque está al frente de la provincia más grande (en población, en capacidad productiva), sino porque se ha caracterizado por una actitud de respeto y diálogo que el contexto ayuda a valorizar. A esos atributos se suma ahora, desde la muerte de Kirchner, la presidencia del Partido Justicialista. Los partidos pueden aportar al espíritu de concordia y pacificación de los espíritus que requiere la empresa de la gobernabilidad.El escenario por un instante está en penumbras pero se intuyen los ajetreo que preceden el inicio del próximo acto. Leer más...
Su desaparición corta de un tajo los hilos de todas las redes –políticas, partidarias, sindicales, empresariales- que llegaban a esa terminal única que Kirchner representaba.Un cortocircuito de semejante magnitud no puede sino someter a grave riesgo la gobernabilidad y sobre este punto reflexionan e intercambian ideas por estas horas, atravesando las jornadas de duelo, hombres de la política, la economía y las empresas.Es que en la Argentina la dinámica política prevalece sobre lo institucional y lo que colapsó esta mañana en Calafate con el corazón de Kirchner fue el motor central del poder político. Un motor que ya se observaba averiado pero que seguía funcionando y todavía contenía, aunque cada vez con mayor esfuerzo, las fuerzas centrífugas de su sistema.Las instituciones, por otra parte, venían ofreciendo un cuadro de anemia y una suerte de empatre en la inmovilidad. Ya era una anomalía que la figura central del ordenamiento constitucional, el Poder Ejecutivo, se viera empalidecida por la fuerza real del poder de Kirchner, a quien se atribuía –con cierto realismo- capacidad para hacer y deshacer. En cualquier caso, el poder del Ejecutivo venía debilitándose, hasta el punto que, a un año de haber impuesto una ley que estima vital para sus intereses, como la Ley de Medio, no ha conseguido aún ponerla en ejecución. El Congreso, cuando consigue aprobar leyes, choca con el veto del ejecutivo, como ocurrió con la del 82 por ciento para los jubilados. En cuanto a la Corte Suprema, puede dictar un fallo como el de la reposición del Procurador de Santa Cruz para resignarse luego ante la resistencia del gobierno provincial a darle cumplimiento.Si la dinámica política es la que prevalece, es de allí de donde deberían surgir las respuestas al riesgo que se cierne sobre la gobernabilidad.La historia argentina muestra que en situaciones críticas, las provincias-anteriores y constituyentes de la Nación- son los pilares que pueden sostener el proceso político democrático y la gobernabilidad. Los gobernadores unidos (incluyendo, obvio, al jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), más allá de su pertenencia partidaria, encarnan poderes territoriales efectivos y un valor institucional fundante, como es el federalismo. La súbita desaparición de Néstor Kirchner, al retirar de improviso la viga principal que sostenía la administración de su esposa y dejar al país en peligro de ingobernabilidad, impulsa al centro de la escena a los jefes territoriales.Las circunstancias distinguen particularmente la figura del gobernador bonaerense: no sólo porque está al frente de la provincia más grande (en población, en capacidad productiva), sino porque se ha caracterizado por una actitud de respeto y diálogo que el contexto ayuda a valorizar. A esos atributos se suma ahora, desde la muerte de Kirchner, la presidencia del Partido Justicialista. Los partidos pueden aportar al espíritu de concordia y pacificación de los espíritus que requiere la empresa de la gobernabilidad.El escenario por un instante está en penumbras pero se intuyen los ajetreo que preceden el inicio del próximo acto. Leer más...
Primeros apuntes sobre la muerte de N.K. Por Javier Marín
Muchos argentinos estarán hoy devastados, hundidos en la mayor desolación; no serán tantos quizás como los que rogaron, fantasearon y desearon que este día llegara; hoy queda ver hasta qué punto esta muerte puede beneficiar o perjudicar a quienes quisieron que esto sucediera. Los efectos sobre el futuro del país no serán neutros; al contrario, podríamos decir que a partir de hoy nace un nuevo mapa político que por ahora se asemeja a un rompecabezas de dibujo incierto. Personalmente no me gusta que el azar intervenga en los procesos políticos, no al menos de manera tan determinante. Preferiría que la misma democracia hubiera sido la que le marcara al ex presidente su destino político. Con certeza hoy acabó el sueño o la pesadilla de quienes imaginaban que habría una larga alternancia en el poder entre Néstor y Cristina. Pero no puedo olvidarme de esa frase de Santa Teresa citada con dolor por Truman Capote: "Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desoídas"
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martes, 26 de octubre de 2010
Vargas LLosa y el error de la izquierda. Por Javier Cercas (El País)

Ahora que han pasado unos días desde la concesión del Nobel a Mario Vargas Llosa, ya podemos decir lo obvio: el premio tiene la importancia que tiene, pero nada más. Nada más, claro está, para la obra de Vargas Llosa, a la que ni quita ni añade una coma, no quizá para sus lectores ni para la Academia Sueca, que a juicio de muchos lo necesitaba con urgencia: al fin y al cabo, desde el punto de vista estrictamente literario este premio sólo es, como ha dicho Rodrigo Fresán, un retorno a la cordura.
Así que, aunque el Nobel no cambie en nada lo esencial, al menos hay que celebrar ese retorno; un retorno que, además, ha provocado interesantes efectos secundarios. Por ejemplo, la alegría indisimulable de los lectores corrientes de Vargas Llosa, muchos de los cuales parecían recién salidos del armario tras un largo encierro: de hecho, a ratos daba la impresión de que a todos les hubieran dado el premio, y de que para ellos sí era importante. No es algo tan frecuente, desde luego; no es algo que yo notara, por ejemplo, cuando se le concedió el Nobel a Cela, cosa que puede deberse sólo a que los méritos literarios de Cela no son equiparables a los de Vargas Llosa, y no necesariamente a que esos lectores sintieran que Cela era un hombre opuesto a Vargas Llosa en casi todo, pero sobre todo en esto: aunque casi siempre pareció nadar contra la corriente, Cela siempre o casi siempre nadó a favor de la corriente. Ese es otro de los efectos secundarios que ha tenido el premio: ha mostrado de nuevo que, aunque a algunos les parezca que nada a favor de la corriente, Vargas Llosa siempre o casi siempre ha nadado contra la corriente.
Uno de los comentarios que más hemos leído hasta estos días en los periódicos a propósito del nuevo Nobel ha sido el siguiente: "Admiro sus obras, pero no siempre comparto sus ideas". Dicha así, la frase es extraña, o a mí me lo parece: si ni siquiera comparto siempre mis propias ideas, ¿cómo voy a compartir siempre las de otra persona? Pero en el fondo todos sabemos que la salvedad alude a algo distinto: al hecho de que Vargas Llosa es considerado, en tanto que intelectual -es decir, en tanto que escritor que interviene con sus escritos en la cosa pública-, un conservador, un hombre de derecha, si no un reaccionario o un autoritario. La prueba es que los matices a su premio siempre los ha puesto la izquierda, mientras que la derecha lo ha recibido como un premio a uno de los suyos; mejor prueba aún es el hecho de que esa reputación es la causa más probable de que la Academia Sueca sólo le haya dado este año un premio que merecía desde hace 30.
Pues bien, lo que habría que decir de entrada sobre este asunto es que, sea o no un intelectual de derecha, Vargas Llosa es un intelectual singular. Primero, porque siempre ha servido a las causas que defiende y nunca se ha servido de ellas. Segundo, porque siempre está dispuesto a contrastar sus ideas con la realidad y, si la realidad lo exige, a rectificarlas. Tercero, porque en su evolución política desde las simpatías revolucionarias de su juventud hasta el liberalismo actual hay una coherencia profunda, como comprobará quien se dé el gusto de leer los volúmenes sucesivos de Contra viento y marea , donde entre otras cosas hallará una descripción razonada de esa trayectoria y, por ahí, un instrumento indispensable para entender la vida intelectual de los últimos años. Y cuarto -esto es un corolario de lo anterior y quizá también lo más importante-, por una cuestión, digamos, de estilo. Como pensador, como polemista, Vargas Llosa es un liberal de verdad: nunca confunde, según diría Alejandro Rossi, un error intelectual con un error moral; es decir, nunca ataca a las personas, sino las ideas de las personas (nunca considera que un hombre equivocado es un hombre inmoral). Y cuando ataca las ideas, nunca lo hace caricaturizándolas, es decir, debilitándolas, lo que en un pensador es síntoma de intolerancia y de impotencia, cuando no de vileza, sino exponiéndolas con la máxima fuerza, rigor y nitidez para luego lanzarse a refutarlas en buena lid y en campo abierto. Esto no es de derecha ni de izquierda, ni reaccionario ni progresista: esto es algo que está mucho antes que todo eso y se llama honestidad y coraje.
Pero hay más. El mejor artículo sobre Vargas Llosa que he leído tras la concesión del Nobel apareció en el diario El País y lo firmó Juan Gabriel Vásquez, que no en vano es un heredero legítimo de Vargas Llosa (háganse un favor y compruébenlo leyendo su novela Los informantes ). El artículo se titula "El malentendido Vargas Llosa" y, como corre el riesgo de haber quedado enterrado entre la hojarasca que hemos publicado otros, me permitiré recordar su contenido.
Vásquez sostiene que sólo quien no ha leído a Vargas Llosa o lo ha leído con anteojeras puede afirmar que es un intelectual de derecha o conservador, no digamos reaccionario o autoritario, porque la verdad es que "pocos como Vargas Llosa han defendido las ideas que la mejor izquierda ha reclamado tradicionalmente para sí". No sólo lo ha hecho en sus novelas, furiosos alegatos contra el fanatismo, contra el autoritarismo, contra el militarismo, sobre todo contra los abusos del poder; también lo ha hecho en sus ensayos y artículos, donde ha defendido la libertad individual, el derecho al aborto, la igualdad para los homosexuales, la legalización de la droga y donde ha atacado el nacionalismo de cualquier especie.
Por supuesto, no todas las ideas de Vargas Llosa -y en particular su liberalismo económico, por cierto menos radical y desde luego mucho menos ingenuo y más elaborado que como lo pintan sus detractores- parecen inmediatamente útiles o aceptables para la izquierda; pero lo que me parece seguro es que es imposible que la izquierda salga del atasco ideológico y la consiguiente parálisis práctica en que lleva mucho tiempo metida si no es capaz de discutir con seriedad ideas como las de Vargas Llosa, si no deja de demonizarlas sin esforzarse en entenderlas, si no olvida sus nostalgias autoritarias y su complacencia con tiranías y nacionalismos, si no acepta sin resignación que no hay justicia sin libertad y no entiende con entusiasmo que la democracia debe conseguir que libertad y justicia, esas dos verdades contradictorias -por usar la expresión de Isaiah Berlin que aprendimos en Vargas Llosa-, acaben conviviendo con armonía.
Regalar a Vargas Llosa a la derecha es un pésimo negocio para la izquierda, igual que fue un pésimo negocio regalar a Orwell y a Camus, que nunca quisieron saber nada de la derecha. De ahí, me parece, vienen muchos de los males del pensamiento de la izquierda: de su sectarismo, de su rigidez, de su miedo a salirse del camino trillado, de su miedo a afrontar la realidad como es para cambiarla, de su miedo a la izquierda autoritaria, obsoleta, fracasada y cerril que parece la mala conciencia de la mejor izquierda.
En cuanto a mí, sólo diré que si la izquierda no es capaz de atender las razones de Vargas Llosa y hacer suyo lo que tiene de izquierdista -igual que si no es capaz de hacer suyo lo que tienen de izquierdistas Orwell y Camus-, que empiece a pensar en borrarme de la lista.
El autor, español, es escritor. Su última novela es Anatomista de un instante
Uno de los comentarios que más hemos leído hasta estos días en los periódicos a propósito del nuevo Nobel ha sido el siguiente: "Admiro sus obras, pero no siempre comparto sus ideas". Dicha así, la frase es extraña, o a mí me lo parece: si ni siquiera comparto siempre mis propias ideas, ¿cómo voy a compartir siempre las de otra persona? Pero en el fondo todos sabemos que la salvedad alude a algo distinto: al hecho de que Vargas Llosa es considerado, en tanto que intelectual -es decir, en tanto que escritor que interviene con sus escritos en la cosa pública-, un conservador, un hombre de derecha, si no un reaccionario o un autoritario. La prueba es que los matices a su premio siempre los ha puesto la izquierda, mientras que la derecha lo ha recibido como un premio a uno de los suyos; mejor prueba aún es el hecho de que esa reputación es la causa más probable de que la Academia Sueca sólo le haya dado este año un premio que merecía desde hace 30.
Pues bien, lo que habría que decir de entrada sobre este asunto es que, sea o no un intelectual de derecha, Vargas Llosa es un intelectual singular. Primero, porque siempre ha servido a las causas que defiende y nunca se ha servido de ellas. Segundo, porque siempre está dispuesto a contrastar sus ideas con la realidad y, si la realidad lo exige, a rectificarlas. Tercero, porque en su evolución política desde las simpatías revolucionarias de su juventud hasta el liberalismo actual hay una coherencia profunda, como comprobará quien se dé el gusto de leer los volúmenes sucesivos de Contra viento y marea , donde entre otras cosas hallará una descripción razonada de esa trayectoria y, por ahí, un instrumento indispensable para entender la vida intelectual de los últimos años. Y cuarto -esto es un corolario de lo anterior y quizá también lo más importante-, por una cuestión, digamos, de estilo. Como pensador, como polemista, Vargas Llosa es un liberal de verdad: nunca confunde, según diría Alejandro Rossi, un error intelectual con un error moral; es decir, nunca ataca a las personas, sino las ideas de las personas (nunca considera que un hombre equivocado es un hombre inmoral). Y cuando ataca las ideas, nunca lo hace caricaturizándolas, es decir, debilitándolas, lo que en un pensador es síntoma de intolerancia y de impotencia, cuando no de vileza, sino exponiéndolas con la máxima fuerza, rigor y nitidez para luego lanzarse a refutarlas en buena lid y en campo abierto. Esto no es de derecha ni de izquierda, ni reaccionario ni progresista: esto es algo que está mucho antes que todo eso y se llama honestidad y coraje.
Pero hay más. El mejor artículo sobre Vargas Llosa que he leído tras la concesión del Nobel apareció en el diario El País y lo firmó Juan Gabriel Vásquez, que no en vano es un heredero legítimo de Vargas Llosa (háganse un favor y compruébenlo leyendo su novela Los informantes ). El artículo se titula "El malentendido Vargas Llosa" y, como corre el riesgo de haber quedado enterrado entre la hojarasca que hemos publicado otros, me permitiré recordar su contenido.
Vásquez sostiene que sólo quien no ha leído a Vargas Llosa o lo ha leído con anteojeras puede afirmar que es un intelectual de derecha o conservador, no digamos reaccionario o autoritario, porque la verdad es que "pocos como Vargas Llosa han defendido las ideas que la mejor izquierda ha reclamado tradicionalmente para sí". No sólo lo ha hecho en sus novelas, furiosos alegatos contra el fanatismo, contra el autoritarismo, contra el militarismo, sobre todo contra los abusos del poder; también lo ha hecho en sus ensayos y artículos, donde ha defendido la libertad individual, el derecho al aborto, la igualdad para los homosexuales, la legalización de la droga y donde ha atacado el nacionalismo de cualquier especie.
Por supuesto, no todas las ideas de Vargas Llosa -y en particular su liberalismo económico, por cierto menos radical y desde luego mucho menos ingenuo y más elaborado que como lo pintan sus detractores- parecen inmediatamente útiles o aceptables para la izquierda; pero lo que me parece seguro es que es imposible que la izquierda salga del atasco ideológico y la consiguiente parálisis práctica en que lleva mucho tiempo metida si no es capaz de discutir con seriedad ideas como las de Vargas Llosa, si no deja de demonizarlas sin esforzarse en entenderlas, si no olvida sus nostalgias autoritarias y su complacencia con tiranías y nacionalismos, si no acepta sin resignación que no hay justicia sin libertad y no entiende con entusiasmo que la democracia debe conseguir que libertad y justicia, esas dos verdades contradictorias -por usar la expresión de Isaiah Berlin que aprendimos en Vargas Llosa-, acaben conviviendo con armonía.
Regalar a Vargas Llosa a la derecha es un pésimo negocio para la izquierda, igual que fue un pésimo negocio regalar a Orwell y a Camus, que nunca quisieron saber nada de la derecha. De ahí, me parece, vienen muchos de los males del pensamiento de la izquierda: de su sectarismo, de su rigidez, de su miedo a salirse del camino trillado, de su miedo a afrontar la realidad como es para cambiarla, de su miedo a la izquierda autoritaria, obsoleta, fracasada y cerril que parece la mala conciencia de la mejor izquierda.
En cuanto a mí, sólo diré que si la izquierda no es capaz de atender las razones de Vargas Llosa y hacer suyo lo que tiene de izquierdista -igual que si no es capaz de hacer suyo lo que tienen de izquierdistas Orwell y Camus-, que empiece a pensar en borrarme de la lista.
El autor, español, es escritor. Su última novela es Anatomista de un instante
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lunes, 18 de octubre de 2010
El riesgo de la abundancia. Por Juan J. LLach

El nuevo siglo llegó a América del Sur con las alforjas llenas. El veloz crecimiento de los países emergentes liderados por Asia desató una creciente demanda de los productos básicos de la región, que irá alcanzando también a otros rubros con mayor valor agregado a las materias primas. Hay analogías con la gran oportunidad que Europa le abrió al continente hace más de un siglo y, como entonces, lo más probable es que el fenómeno persista varios lustros. El tamaño de los mercados potenciales es ahora mucho mayor, porque hay 5000 millones de personas que están mejorando sus niveles de vida, una de cuyas consecuencias es una impresionante valorización de las tierras sudamericanas. Todas ellas, las del petróleo y del gas, las mineras, las agropecuarias, las pesqueras y las forestales, y también las urbanas.
Se observan también mayores diferencias que en el pasado en los caminos elegidos por los distintos países para aprovechar la oportunidad. Al caleidoscopio de proyectos de integración comercial se agregan el rompecabezas de respuestas políticas, analizado aquí por Natalio Botana, y también marcadas diferencias en las políticas económicas y sociales. Concentrándonos en las dos últimas y mirando a América latina en su conjunto, encontramos cuatro respuestas distintas.
La mayoría de los países ha optado por economías mixtas con fuerte participación privada y políticas macro y microeconómicas amigables con el crecimiento sostenido, la baja inflación y el logro gradual de una mayor integración social, las mismas políticas que están permitiendo a la mayoría de los países emergentes transformarse en las estrellas del siglo. Vemos en este grupo a Brasil, Chile, Colombia, Perú, Uruguay, quizás Paraguay, México y varios países de América Central y el Caribe. Un segundo conjunto lo integran Bolivia, Ecuador y Nicaragua -países pobrísimos y con marcada exclusión social-, con una macroeconomía similar a la anterior, pero con clara prioridad de la propiedad pública de las empresas por sobre la privada. La tercera opción muestra en soledad a Venezuela, que a un avance más marcado de la propiedad estatal agrega políticas macroeconómicas insostenibles, la inflación más alta del mundo, gruesas distorsiones de precios y desabastecimiento. Una cuarta y borrosa opción es la de la Argentina, hasta hace unos años ubicada en el primer grupo, aun con matices, pero sumida ahora en la segunda inflación más alta del mundo, fuertes distorsiones de precios relativos y desaliento de la inversión privada.
Estos distintos rumbos marcarán diferencias importantes en la capacidad de aprovechar sostenidamente la inigualable oportunidad que se nos ofrece. Por muchas razones, pero, sobre todo, porque la abundancia de recursos naturales puede terminar siendo una maldición si no se la maneja bien. La Argentina y Venezuela son los países de mayor contraste entre las grandezas pasadas que se añoran y el retraso posterior. El caso venezolano es el más impresionante porque en 1950 tenía el séptimo producto (PIB) por habitante del mundo y hoy muestra exactamente el mismo nivel de vida que hace ¡cincuenta años! Comparte esta desventura con algunos países petroleros y, por ello, se la considera un ejemplo de la teoría de la maldición de los recursos naturales, que sostiene que los países que los poseen en abundancia, sobre todo los mineros o petroleros, tienden a despreocuparse por el futuro, generando malas instituciones políticas y sociales, mucha corrupción y un fuerte desaliento a actividades alternativas como las manufacturas.
La recuperación de Venezuela durante la presidencia de Hugo Chávez ha sido magra, ya que el crecimiento de su PIB por habitante, 1% anual, superó sólo al de Haití entre los países latinoamericanos. Un rasgo notorio de su baja calidad institucional es la carencia de un genuino sistema impositivo. Fiscalmente, depende en un 50% de la renta petrolera. El país todo, no sólo su economía, sino también su sociedad y su política, seguirá flameando así al ritmo casquivano del precio del petróleo. Venezuela es también, paradójicamente, uno de los países de la región que más invierte, pero lo hace con tal ineficiencia que debe insumir casi un 24% del producto anual para lograr un aumento de sólo 1% en el PIB por habitante, un cociente mucho mayor que el que necesitan América latina (9,5%) o la Argentina (5,8%).
La "maldición de los recursos" está lejos de ser universal. Países muy dotados como Australia, Canadá o Noruega supieron transformarla en bendición y ostentan hoy los primeros puestos en desarrollo humano ( http:/blogs.lanacion.com.ar/ciencia-maldita/ ).
Coincide la literatura en señalar que hay dos claves para aprovechar la abundancia de recursos naturales. Una es desarrollar buenas instituciones de distribución de la renta, como impuestos efectivos a las ganancias de las personas y las empresas y clara prioridad de las políticas de creación de empleos formales de calidad, educación y capacitación laboral, desarrollo infantil y salud. Ellas no sólo mejoran efectivamente la distribución, sino que permiten lograr la otra clave, la de desarrollar otros sectores productivos. América del Sur también debería aprender las lecciones de lo ocurrido hace un siglo, cuando la interrupción del crecimiento orientado hacia fuera a partir de 1930 dio inicio a un largo ciclo de decadencia por no haberse desarrollado en la medida necesaria políticas como las mencionadas. Una de las consecuencias de esta omisión fue afianzar al continente como el de mayor desigualdad en el mundo, rasgo que sigue vigente pese a la mejora observada en lo que va del siglo y que invita una y otra vez a tomar el atajo del populismo que tantas veces fracasó en el pasado.
La mejora de las políticas económicas y sociales observada en el primer grupo de países, que frecuentemente son políticas de Estado, les facilitará acceder gradualmente a las claves mencionadas, aunque todavía se esté lejos del objetivo. Por ejemplo, no hay aún respuestas claras para evitar, moderar o compensar la tendencia a la excesiva apreciación de las monedas nacionales resultante de la abundancia de divisas por la valorización de los recursos naturales, tendencia que se observa ya en varios países de la región y se acentúa en el presente contexto de "guerras cambiarias" en las que casi todo el mundo quiere devaluar sus monedas.
Para el segundo grupo de países, pero sobre todo para la Argentina y Venezuela, el desafío es aún mayor. No sólo sus políticas económicas muestran mayores deficiencias, sino que están acompañadas desde el poder por la lógica de la confrontación como eje de la construcción de poder. Estas políticas divisivas, tantas veces eficaces para sentar a todos los comensales a la mesa, rarísima vez han logrado mejorar sostenidamente la vida de los más necesitados, o lo han hecho nivelando fuerte hacia abajo. Ello ocurre porque la escasez o inexistencia de políticas de Estado da lugar a bruscos cambios de rumbo que restan eficacia y desalientan la inversión, y porque su frecuente reemplazo por el clientelismo deja de lado o reduce el impacto de las políticas estructuralmente capaces de reducir la pobreza y mejorar la distribución del ingreso. Todo indica que, explícitamente o no, las principales opciones que ejercerá la ciudadanía argentina en 2011 serán la de elegir hacia cuál de los cuadrantes sudamericanos se orientará el país y si se lo hará mediante los acuerdos o la confrontación.
La mayoría de los países ha optado por economías mixtas con fuerte participación privada y políticas macro y microeconómicas amigables con el crecimiento sostenido, la baja inflación y el logro gradual de una mayor integración social, las mismas políticas que están permitiendo a la mayoría de los países emergentes transformarse en las estrellas del siglo. Vemos en este grupo a Brasil, Chile, Colombia, Perú, Uruguay, quizás Paraguay, México y varios países de América Central y el Caribe. Un segundo conjunto lo integran Bolivia, Ecuador y Nicaragua -países pobrísimos y con marcada exclusión social-, con una macroeconomía similar a la anterior, pero con clara prioridad de la propiedad pública de las empresas por sobre la privada. La tercera opción muestra en soledad a Venezuela, que a un avance más marcado de la propiedad estatal agrega políticas macroeconómicas insostenibles, la inflación más alta del mundo, gruesas distorsiones de precios y desabastecimiento. Una cuarta y borrosa opción es la de la Argentina, hasta hace unos años ubicada en el primer grupo, aun con matices, pero sumida ahora en la segunda inflación más alta del mundo, fuertes distorsiones de precios relativos y desaliento de la inversión privada.
Estos distintos rumbos marcarán diferencias importantes en la capacidad de aprovechar sostenidamente la inigualable oportunidad que se nos ofrece. Por muchas razones, pero, sobre todo, porque la abundancia de recursos naturales puede terminar siendo una maldición si no se la maneja bien. La Argentina y Venezuela son los países de mayor contraste entre las grandezas pasadas que se añoran y el retraso posterior. El caso venezolano es el más impresionante porque en 1950 tenía el séptimo producto (PIB) por habitante del mundo y hoy muestra exactamente el mismo nivel de vida que hace ¡cincuenta años! Comparte esta desventura con algunos países petroleros y, por ello, se la considera un ejemplo de la teoría de la maldición de los recursos naturales, que sostiene que los países que los poseen en abundancia, sobre todo los mineros o petroleros, tienden a despreocuparse por el futuro, generando malas instituciones políticas y sociales, mucha corrupción y un fuerte desaliento a actividades alternativas como las manufacturas.
La recuperación de Venezuela durante la presidencia de Hugo Chávez ha sido magra, ya que el crecimiento de su PIB por habitante, 1% anual, superó sólo al de Haití entre los países latinoamericanos. Un rasgo notorio de su baja calidad institucional es la carencia de un genuino sistema impositivo. Fiscalmente, depende en un 50% de la renta petrolera. El país todo, no sólo su economía, sino también su sociedad y su política, seguirá flameando así al ritmo casquivano del precio del petróleo. Venezuela es también, paradójicamente, uno de los países de la región que más invierte, pero lo hace con tal ineficiencia que debe insumir casi un 24% del producto anual para lograr un aumento de sólo 1% en el PIB por habitante, un cociente mucho mayor que el que necesitan América latina (9,5%) o la Argentina (5,8%).
La "maldición de los recursos" está lejos de ser universal. Países muy dotados como Australia, Canadá o Noruega supieron transformarla en bendición y ostentan hoy los primeros puestos en desarrollo humano ( http:/blogs.lanacion.com.ar/ciencia-maldita/ ).
Coincide la literatura en señalar que hay dos claves para aprovechar la abundancia de recursos naturales. Una es desarrollar buenas instituciones de distribución de la renta, como impuestos efectivos a las ganancias de las personas y las empresas y clara prioridad de las políticas de creación de empleos formales de calidad, educación y capacitación laboral, desarrollo infantil y salud. Ellas no sólo mejoran efectivamente la distribución, sino que permiten lograr la otra clave, la de desarrollar otros sectores productivos. América del Sur también debería aprender las lecciones de lo ocurrido hace un siglo, cuando la interrupción del crecimiento orientado hacia fuera a partir de 1930 dio inicio a un largo ciclo de decadencia por no haberse desarrollado en la medida necesaria políticas como las mencionadas. Una de las consecuencias de esta omisión fue afianzar al continente como el de mayor desigualdad en el mundo, rasgo que sigue vigente pese a la mejora observada en lo que va del siglo y que invita una y otra vez a tomar el atajo del populismo que tantas veces fracasó en el pasado.
La mejora de las políticas económicas y sociales observada en el primer grupo de países, que frecuentemente son políticas de Estado, les facilitará acceder gradualmente a las claves mencionadas, aunque todavía se esté lejos del objetivo. Por ejemplo, no hay aún respuestas claras para evitar, moderar o compensar la tendencia a la excesiva apreciación de las monedas nacionales resultante de la abundancia de divisas por la valorización de los recursos naturales, tendencia que se observa ya en varios países de la región y se acentúa en el presente contexto de "guerras cambiarias" en las que casi todo el mundo quiere devaluar sus monedas.
Para el segundo grupo de países, pero sobre todo para la Argentina y Venezuela, el desafío es aún mayor. No sólo sus políticas económicas muestran mayores deficiencias, sino que están acompañadas desde el poder por la lógica de la confrontación como eje de la construcción de poder. Estas políticas divisivas, tantas veces eficaces para sentar a todos los comensales a la mesa, rarísima vez han logrado mejorar sostenidamente la vida de los más necesitados, o lo han hecho nivelando fuerte hacia abajo. Ello ocurre porque la escasez o inexistencia de políticas de Estado da lugar a bruscos cambios de rumbo que restan eficacia y desalientan la inversión, y porque su frecuente reemplazo por el clientelismo deja de lado o reduce el impacto de las políticas estructuralmente capaces de reducir la pobreza y mejorar la distribución del ingreso. Todo indica que, explícitamente o no, las principales opciones que ejercerá la ciudadanía argentina en 2011 serán la de elegir hacia cuál de los cuadrantes sudamericanos se orientará el país y si se lo hará mediante los acuerdos o la confrontación.
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domingo, 17 de octubre de 2010
Sobrevivir a la Argentina. Por Abel Posse

Chabacanería, politiquería cobarde, personalismo electoral, patanería de Estado, torpeza internacional; todos los días algo. El silente desgaste del miedo. La vida reducida, achicada, por el miedo. Asesinatos impunes, carencias de registro actuante de reincidentes, violadores irredentos y la pesadilla de la mujer sin que de la inseguridad específica de la mujer hablen los profesionales de la defensa de género. Y las páginas de corrupción impune. La humillación de ser un país en la cola de los más corruptos. Y de vez en cuando un maradonazo o la arenga esencialmente jurídica aunque insultiva y sediciosa de la Bonafini en la escalinata del Palacio de Tribunales.
Vivíamos ya sin esperar nada del Gobierno, bastan sus voceros, pero lo sorprendente es la conducta de esa heteróclita (llamada) oposición que la gente votó en junio de 2009 con esperanza de una básica unidad y coherencia y sintiendo que superar la enfermedad de la Argentina era el sentimiento básico unánime y no las ambiciones personales de los políticos, hoy en entusiasta dispersión centrífuga. De modo que todo el sector político, Gobierno y los otros, se mueven al margen de lo que sufre y desea la ciudadanía, aunque la palabra democracia no se les caiga de la boca. Declaman por un Estado de Derecho. Sin embargo, lo único que nos queda de sus cotidianas violencias es esa especie de ejercicio notarial de registrar cada día horrores que en dos o tres días cubrirán nuevas violencias y exacciones. Los que afirman la vida como los padres de familia, los estudiantes, los profesionales, los trabajadores carecen de voz y voto efectivo en esta democracia cobarde. En suma: la dirigencia argentina no se hace cargo del dolor argentino en esta mala hora nacional con tenues esperanzas de transición a partir de 2011. Sólo el mal gobierno está en la calle. ¡El Estado es inexistente después de décadas de estatismo! Luego de un largo año desde la última ilusión electoral, el centro del ring lo conservan los K, que mantienen sus pasiones de poder, aunque con magulladuras. Esta es la realidad, a los otros les queda la esperanza y la televisión por cable (por ahora). No toman posiciones dramáticas, de acción, pese al alentador momento en el espacio parlamentario. Pero no van al pueblo, “a las cosas”, como les repetiría Ortega.
Dos temas sacados del cajón de calamidades reiteradas: en la reciente toma de colegios de la Capital, delito al que se fueron plegando otras instituciones nacionales y provinciales, nuestra politiquería no se asoció para enfrentar un problema gravísimo que el país tendrá que superar inexorablemente. Fingieron que era un problema de Macri. Todos saben que hay una minoría actuante que se impone con prepotencia y que cuarenta alumnos pueden impedir asistir y educarse a trescientos. Ante el trabajo práctico de violación del derecho en los edificios tomados y la insolencia de discutirle al ministro las prioridades de reparaciones y arreglos, todos disimulan que permitir eso a los “chicos” podría no repararse ni con años de educación cívica y constitucional. Los políticos, con poder, y la docena de alegres presidenciables callan junto con los “papas”, “mamás”, “abuelos” y “chicos” condenados a ver la atroz televisión en vez de ir a clases. No vimos en las puertas de los colegios a los políticos distinguiendo entre derecho y desmán. Tampoco los vemos en las casas enlutadas de nuestros asesinados de cada día. Ni los jueces de la Corte se acercan al hogar de los fusilados. Esta es nuestra lamentable realidad. Tanto el Gobierno cínico como la oposición hipócrita se alejan de la mirada del “otro”, que para una democracia es todo el pueblo. Volvió a la Argentina después de cinco años mi amigo J.W. Kilkenny, que vivió esta maravillosa ciudad de Buenos Aires en tiempos mejores. Después del largo diálogo me pregunta: —¿Cómo se soporta esta Argentina? ¿Qué esperanza queda? Le digo: —La esperanza sería una dimensión psicológica. Todo se soporta porque todo se superará. Estamos en una desgracia surreal en la que hasta destruimos nuestra riqueza desde el Gobierno. Este país tiene la potencia de un tigre enjaulado por un idiota. Sólo espera saltar y correr, libre, fuerte, más allá de la runfla política.
Dos temas sacados del cajón de calamidades reiteradas: en la reciente toma de colegios de la Capital, delito al que se fueron plegando otras instituciones nacionales y provinciales, nuestra politiquería no se asoció para enfrentar un problema gravísimo que el país tendrá que superar inexorablemente. Fingieron que era un problema de Macri. Todos saben que hay una minoría actuante que se impone con prepotencia y que cuarenta alumnos pueden impedir asistir y educarse a trescientos. Ante el trabajo práctico de violación del derecho en los edificios tomados y la insolencia de discutirle al ministro las prioridades de reparaciones y arreglos, todos disimulan que permitir eso a los “chicos” podría no repararse ni con años de educación cívica y constitucional. Los políticos, con poder, y la docena de alegres presidenciables callan junto con los “papas”, “mamás”, “abuelos” y “chicos” condenados a ver la atroz televisión en vez de ir a clases. No vimos en las puertas de los colegios a los políticos distinguiendo entre derecho y desmán. Tampoco los vemos en las casas enlutadas de nuestros asesinados de cada día. Ni los jueces de la Corte se acercan al hogar de los fusilados. Esta es nuestra lamentable realidad. Tanto el Gobierno cínico como la oposición hipócrita se alejan de la mirada del “otro”, que para una democracia es todo el pueblo. Volvió a la Argentina después de cinco años mi amigo J.W. Kilkenny, que vivió esta maravillosa ciudad de Buenos Aires en tiempos mejores. Después del largo diálogo me pregunta: —¿Cómo se soporta esta Argentina? ¿Qué esperanza queda? Le digo: —La esperanza sería una dimensión psicológica. Todo se soporta porque todo se superará. Estamos en una desgracia surreal en la que hasta destruimos nuestra riqueza desde el Gobierno. Este país tiene la potencia de un tigre enjaulado por un idiota. Sólo espera saltar y correr, libre, fuerte, más allá de la runfla política.
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El gran desafío de América Latina. Por Marcos Aguinis

Una investigación prolija y seria desnuda el mayor reto de nuestro continente. Fue elaborada durante años con viajes, reportajes, estadísticas, debates, confesiones, estudios comparativos, hasta llegar a objetivas conclusiones. Esta investigación es ofrecida en un libro que debería leerse y releerse con mucha atención, llamado ¡Basta d e historias!. Su autor, Andrés Oppenheimer, asesta un golpe de luz.
En efecto, demuestra que se debe girar la mirada desde el pasado hacia el futuro. Y el futuro, a partir de nuestro siglo, juega sus piezas decisivas en el campo de la educación. Hace tiempo que insisto en la paradoja de que la educación es "un tema cacareado pero marginal", tanto para argentinos como para muchos latinoamericanos. Pero, por ejemplo, una serie de economistas ya llegan a la convicción de que el crecimiento económico por sí solo nunca va a erradicar la pobreza, a menos que marche acompañado por una sustancial mejora en la calidad educativa. Tampoco habrá desarrollo ni bienestar sin este ingrediente. Tanto se ha devaluado la educación que suele ser un tema aburrido, limitado a consignas inoperantes o reivindicaciones de bajo vuelo. No se tiene conciencia de que es el motor esencial del progreso. Ni se sabe cómo hacerlo rendir.
Los contrastes de América latina con Singapur, China, la India, Israel, Corea del Sur y otros países de crecimiento acelerado son abismales. La mayoría de esos países estaban al final de la cola y en pocas décadas, mediante la revolución educativa, alcanzaron y sobrepasaron a los demás. Son ejemplos que marean. Una pintura ecuánime sobre éxitos y fracasos, experimentos y consistencias, funciona como un catálogo del que pueden obtenerse conocimiento e inspiración. América latina va quedándose muy atrás. Algunos países como Chile, Brasil, Colombia y Uruguay empezaron a dar pasos importantes. Pero no suficientes. La Argentina es la muestra más dolorosa, porque revela una monstruosa degradación desde la cúspide que había alcanzado en la primera mitad del siglo XX. Y los más atrasados son ahora Venezuela, Bolivia y Nicaragua. Algunos, como México, sufren el bloqueo de un sindicalismo enorme y fósil.
Oppenheimer reivindica el impulso que en esta materia genera la paranoia. Bill Gates asegura que "lo mejor que le pasó a los Estados Unidos fue que, en los años 80, todos creían que los japoneses nos iban a superar. Era una idea estúpida, errónea, una tontería. Pero fue ese sentimiento de humildad lo que hizo al país ponerse las pilas". En la Argentina, en cambio, creemos que nuestro aplazo en los rankings internacionales se debe a defectos de los rankings. Confundimos calidad educativa con buenos edificios o un trato amistoso de los docentes, más algunos pobres ajustes en los salarios.
En contraste con los países que se han instalado a la cabeza del mundo, en las universidades latinoamericanas predominan las carreras humanísticas con poca salida laboral y divorciadas de la explosión científica y económica del siglo XXI. Es un atraso cultural que debería ser revertido. Para sólo dar un ejemplo, en China ingresan cada año en la universidad un millón doscientos mil estudiantes a ingeniería y sólo unos pocos miles a historia y filosofía. En la India ocurre lo mismo. América latina y Africa comparten el estigma de ser las regiones del planeta con menos investigación, desarrollo de nuevos productos y carencia de patentes. Sólo el dos por ciento de la inversión mundial en investigación y desarrollo tiene lugar en América latina. No hay suficientes incentivos económicos y de prestigio para que profesores e investigadores se apliquen a concebir nuevos productos, y esto genera el escándalo de las diferencias.
Oppenheimer ofrece cataratas de datos, imposibles de comprimir en un artículo. Algunos son elocuentes y a ellos me limito. Aquí van.
En América latina tenemos las vacaciones más largas del mundo. En la Argentina, a duras penas se quiere llegar a los 180 días de clase. En Japón, el año escolar se extiende a 243 días; en Corea del Sur, a 220; en Israel, a 216; en Holanda, a 200, y lo mismo en Tailandia. Además, ¡los cumplen a rajatabla! En China, los niños estudian 12 horas por día, y no mucho menos los niños de los demás países en pleno ascenso.
Otro factor que se destaca en el mundo desarrollado es que toda la familia se involucra en los esfuerzos del estudiante, tanto para pagar sus gastos como para brindarle apoyos de tutoría cuando flaquean en alguna materia. No conciben quedarse al margen de esa responsabilidad. Ni pedir menos exigencias. En esas sociedades se ha fortalecido un consenso sobre la importancia ineludible de una eficaz educación. Los argentinos que tienen el privilegio de contar con abuelos y bisabuelos que narran su infancia pueden enterarse de que también en esta patria hubo décadas en que las familias de todos los niveles se afanaban por brindar buena educación a sus hijos: no sólo garantizaban su futuro, sino que lo elevaban en el estatus social. Y convirtieron a la Argentina en un país pujante, al que llegaban millones de inmigrantes esperanzados.
En cuanto al ayer, en las sociedades avanzadas lo estudian, por supuesto, pero no lo convierten en el centro de las preocupaciones o de los debates. En América latina circulan actitudes que pretenden volver a lo que ya no existe. Un dirigente boliviano voceó el absurdo de que "¡nuestro futuro es el pasado!". Los libros de texto en China comunista, inversamente, enfatizan el crecimiento, la innovación y la temida globalización, no el pasado. En los nuevos textos escolares de Shanghai la historia del comunismo chino antes de las reformas capitalistas de 1978 se reduce a un párrafo. Mao Tsé-tung es mencionado sólo una vez. Además, los latinoamericanos ya tenemos suficientes pruebas sobre la utilización distorsionada del pasado, que hace una buena cosecha gracias a la baja cultura general. Chávez invoca las porciones de los discursos pronunciados por Bolívar que les son favorables y excluye las que significarían una condena. Bolívar, en su alocución de Angostura el 15 de febrero de 1819 -citado a menudo por el jefe populista-, afirmó algo que calla: "La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos? Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo, de donde se origina la usurpación y la tiranía". Pero Bolívar mismo luego se contradijo en los hechos. Por esta razón conviene dejarlo descansar en paz.
Otra diferencia con los países exitosos en calidad educativa reside en la ruptura del aislamiento. Los dos colosos asiáticos invitan a las universidades más destacadas de Occidente para que abran sucursales en sus territorios y compitan -¡sí, compitan!- con las locales. Los países latinoamericanos manifiestan un miedo cerval a esa competencia y ponen trabas de cualquier orden para impedirlo. China comunista, que hasta hace unas décadas era un país cerrado, tiene más de mil programas de intercambio universitario; ¡170 universidades extranjeras han radicado sucursales en varias ciudades y extienden diplomas tan válidos como las casas chinas! Esta internacionalización, además de incentivar el esfuerzo para destacarse, tiene el objetivo de obtener una inserción más eficiente en la economía global. En América latina, por el contrario, se desea mantener el aislamiento académico, como un modo de ocultar los trapos sucios y no afrontar las descalificaciones. Es notable la diferencia, porque el contacto con el exterior se ha tornado obsesivo en las sociedades de punta; una manifestación extrema la ofrece Singapur, donde las escuelas primarias deben conseguir que un tercio de sus alumnos realice por lo menos una visita guiada al extranjero.
Por otra parte, el aprendizaje del inglés tiene carácter obligatorio desde el comienzo de la etapa escolar, y debe no sólo ser enseñado como idioma, sino que en ese idioma se imparten varias materias, en especial las técnicas. En la Argentina, el inglés no es obligatorio ni siquiera en la universidad.
El grave problema de la inseguridad está ligado de modo profundo a la ignorancia. La ignorancia genera impotencia, frustración y resentimiento. Nunca alcanzarán las medidas represivas, ni las cárceles, ni los encierros de la ciudadanía en guetos que también son atacados. La solución de fondo va ligada con la buena educación, que es responsabilidad de los gobiernos y de toda la sociedad. Es obligación del Estado que ningún niño deje de asistir a la escuela, y si no concurre, es su deber ir a buscarlo donde se refugie.
El libroconcluye con doce claves para el progreso. Forman un programa sensato y plausible. Pero conviene no quedarse sólo con ellas, sino enterarse de la información que las precede. Allí se encontrarán problemas serios y ejemplares soluciones en varios países desarrollados y algunos de América latina. Esas claves ayudarán a tomar conciencia de que la calidad educativa no es un asunto aburrido ni marginal.
Los contrastes de América latina con Singapur, China, la India, Israel, Corea del Sur y otros países de crecimiento acelerado son abismales. La mayoría de esos países estaban al final de la cola y en pocas décadas, mediante la revolución educativa, alcanzaron y sobrepasaron a los demás. Son ejemplos que marean. Una pintura ecuánime sobre éxitos y fracasos, experimentos y consistencias, funciona como un catálogo del que pueden obtenerse conocimiento e inspiración. América latina va quedándose muy atrás. Algunos países como Chile, Brasil, Colombia y Uruguay empezaron a dar pasos importantes. Pero no suficientes. La Argentina es la muestra más dolorosa, porque revela una monstruosa degradación desde la cúspide que había alcanzado en la primera mitad del siglo XX. Y los más atrasados son ahora Venezuela, Bolivia y Nicaragua. Algunos, como México, sufren el bloqueo de un sindicalismo enorme y fósil.
Oppenheimer reivindica el impulso que en esta materia genera la paranoia. Bill Gates asegura que "lo mejor que le pasó a los Estados Unidos fue que, en los años 80, todos creían que los japoneses nos iban a superar. Era una idea estúpida, errónea, una tontería. Pero fue ese sentimiento de humildad lo que hizo al país ponerse las pilas". En la Argentina, en cambio, creemos que nuestro aplazo en los rankings internacionales se debe a defectos de los rankings. Confundimos calidad educativa con buenos edificios o un trato amistoso de los docentes, más algunos pobres ajustes en los salarios.
En contraste con los países que se han instalado a la cabeza del mundo, en las universidades latinoamericanas predominan las carreras humanísticas con poca salida laboral y divorciadas de la explosión científica y económica del siglo XXI. Es un atraso cultural que debería ser revertido. Para sólo dar un ejemplo, en China ingresan cada año en la universidad un millón doscientos mil estudiantes a ingeniería y sólo unos pocos miles a historia y filosofía. En la India ocurre lo mismo. América latina y Africa comparten el estigma de ser las regiones del planeta con menos investigación, desarrollo de nuevos productos y carencia de patentes. Sólo el dos por ciento de la inversión mundial en investigación y desarrollo tiene lugar en América latina. No hay suficientes incentivos económicos y de prestigio para que profesores e investigadores se apliquen a concebir nuevos productos, y esto genera el escándalo de las diferencias.
Oppenheimer ofrece cataratas de datos, imposibles de comprimir en un artículo. Algunos son elocuentes y a ellos me limito. Aquí van.
En América latina tenemos las vacaciones más largas del mundo. En la Argentina, a duras penas se quiere llegar a los 180 días de clase. En Japón, el año escolar se extiende a 243 días; en Corea del Sur, a 220; en Israel, a 216; en Holanda, a 200, y lo mismo en Tailandia. Además, ¡los cumplen a rajatabla! En China, los niños estudian 12 horas por día, y no mucho menos los niños de los demás países en pleno ascenso.
Otro factor que se destaca en el mundo desarrollado es que toda la familia se involucra en los esfuerzos del estudiante, tanto para pagar sus gastos como para brindarle apoyos de tutoría cuando flaquean en alguna materia. No conciben quedarse al margen de esa responsabilidad. Ni pedir menos exigencias. En esas sociedades se ha fortalecido un consenso sobre la importancia ineludible de una eficaz educación. Los argentinos que tienen el privilegio de contar con abuelos y bisabuelos que narran su infancia pueden enterarse de que también en esta patria hubo décadas en que las familias de todos los niveles se afanaban por brindar buena educación a sus hijos: no sólo garantizaban su futuro, sino que lo elevaban en el estatus social. Y convirtieron a la Argentina en un país pujante, al que llegaban millones de inmigrantes esperanzados.
En cuanto al ayer, en las sociedades avanzadas lo estudian, por supuesto, pero no lo convierten en el centro de las preocupaciones o de los debates. En América latina circulan actitudes que pretenden volver a lo que ya no existe. Un dirigente boliviano voceó el absurdo de que "¡nuestro futuro es el pasado!". Los libros de texto en China comunista, inversamente, enfatizan el crecimiento, la innovación y la temida globalización, no el pasado. En los nuevos textos escolares de Shanghai la historia del comunismo chino antes de las reformas capitalistas de 1978 se reduce a un párrafo. Mao Tsé-tung es mencionado sólo una vez. Además, los latinoamericanos ya tenemos suficientes pruebas sobre la utilización distorsionada del pasado, que hace una buena cosecha gracias a la baja cultura general. Chávez invoca las porciones de los discursos pronunciados por Bolívar que les son favorables y excluye las que significarían una condena. Bolívar, en su alocución de Angostura el 15 de febrero de 1819 -citado a menudo por el jefe populista-, afirmó algo que calla: "La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos? Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo, de donde se origina la usurpación y la tiranía". Pero Bolívar mismo luego se contradijo en los hechos. Por esta razón conviene dejarlo descansar en paz.
Otra diferencia con los países exitosos en calidad educativa reside en la ruptura del aislamiento. Los dos colosos asiáticos invitan a las universidades más destacadas de Occidente para que abran sucursales en sus territorios y compitan -¡sí, compitan!- con las locales. Los países latinoamericanos manifiestan un miedo cerval a esa competencia y ponen trabas de cualquier orden para impedirlo. China comunista, que hasta hace unas décadas era un país cerrado, tiene más de mil programas de intercambio universitario; ¡170 universidades extranjeras han radicado sucursales en varias ciudades y extienden diplomas tan válidos como las casas chinas! Esta internacionalización, además de incentivar el esfuerzo para destacarse, tiene el objetivo de obtener una inserción más eficiente en la economía global. En América latina, por el contrario, se desea mantener el aislamiento académico, como un modo de ocultar los trapos sucios y no afrontar las descalificaciones. Es notable la diferencia, porque el contacto con el exterior se ha tornado obsesivo en las sociedades de punta; una manifestación extrema la ofrece Singapur, donde las escuelas primarias deben conseguir que un tercio de sus alumnos realice por lo menos una visita guiada al extranjero.
Por otra parte, el aprendizaje del inglés tiene carácter obligatorio desde el comienzo de la etapa escolar, y debe no sólo ser enseñado como idioma, sino que en ese idioma se imparten varias materias, en especial las técnicas. En la Argentina, el inglés no es obligatorio ni siquiera en la universidad.
El grave problema de la inseguridad está ligado de modo profundo a la ignorancia. La ignorancia genera impotencia, frustración y resentimiento. Nunca alcanzarán las medidas represivas, ni las cárceles, ni los encierros de la ciudadanía en guetos que también son atacados. La solución de fondo va ligada con la buena educación, que es responsabilidad de los gobiernos y de toda la sociedad. Es obligación del Estado que ningún niño deje de asistir a la escuela, y si no concurre, es su deber ir a buscarlo donde se refugie.
El libroconcluye con doce claves para el progreso. Forman un programa sensato y plausible. Pero conviene no quedarse sólo con ellas, sino enterarse de la información que las precede. Allí se encontrarán problemas serios y ejemplares soluciones en varios países desarrollados y algunos de América latina. Esas claves ayudarán a tomar conciencia de que la calidad educativa no es un asunto aburrido ni marginal.
martes, 12 de octubre de 2010
Las muchas caras del peronismo. Por Beatriz Sarlo

En aquella época lejana, algunas fracciones del peronismo, ruidosas en las manifestaciones y muchas veces inclinadas a la violencia, gritaban: "Ni yankis ni marxistas, peronistas". Puedo recordar la noche del 19 de junio de 1973, víspera del regreso de Perón; como una descarga, la tensión electrizaba los bosques alrededor de Ezeiza. Desdibujadas por la niebla, avanzaban las columnas FAR-Montoneros y las de la Juventud Trabajadora Peronista, que se pechaban para ganar espacio con el Comando de Organización y la Juventud Sindical de remeras verdes, cuyos contingentes odiaban a los peronistas revolucionarios porque, fueran o no marxistas, eran "bichos colorados" o infiltrados
Todo el mundo sabe que esa llegada de Perón terminó con un enfrentamiento armado y una masacre. Desde el palco, encabezados por el siniestro Osinde, secuaz de López Rega, disparaba una facción que se reivindicaba verdaderamente peronista y que, como las columnas de la Juventud Sindical, no deseaba bichos colorados en el movimiento. El "zurdaje" siempre fue un insulto ortodoxo. Eva lo había odiado.
En aquel entonces, a la izquierda del peronismo radicalizado no estaba la pared (como hoy pretende el kirchnerismo), sino una franja muy variada de organizaciones marxistas, leninistas, trotskistas, guevaristas, maoístas, clasistas. Por programas, por tácticas y por ideología, esas organizaciones discutían entre ellas y criticaban a las muy distintas fracciones del peronismo, tan distintas que terminaron a los tiros. A lo sumo, el peronismo radicalizado competía con esos izquierdistas. Pero no quería confundirse ni fundirse con ellos. La identidad peronista, cuando era nacionalista revolucionaria, no se autodesignaba con la palabra "izquierda". En Ezeiza, mientras se esperaba a Perón en los fogones y las guitarreadas de esa noche premonitoria, los "bichos colorados" eran el objeto de un común apriete por parte de las organizaciones allí presentes, aunque los sindicales pensaran que los montoneros eran "bichos colorados" con camuflaje. Horacio Verbitsky ha dicho que el 20 de junio estallaron treinta años de contradicciones del peronismo.
No sé si los Kirchner llegaron con la columna Sur de FAR-Montoneros a Ezeiza. Yo estuve allí y cuando empezaron los tiros me saqué de un manotazo la boina roja con escarapela argentina que hasta ese momento había sido una especie de juvenil desafío, pero en la balacera me convertía en un blanco fácil.
Esa noche también volaba por los aires una nueva puesta en escena de un mito político convertido en tradición ideológica. La versión era la siguiente: la izquierda no había entendido al peronismo histórico (es decir, el del primer gobierno) por varias razones: era una elite intelectual extranjerizante e incapaz de captar la naturaleza misma de la cuestión nacional; su ideología era un reflejo de otras condiciones sociales e históricas; su origen de clase era culturalmente ajeno al pueblo y, sobre todo, extraño a las experiencias de esas oleadas que, desde la década del treinta, llegaban desde el interior a Buenos Aires.
Miembros de esa izquierda marxista, como Roberto Quieto o Marcos Osatinsky, cuando comprendieron su error abandonaron el Partido Comunista para confluir con las masas que, en cualquier momento, podían transformarse en revolucionarias. Los nacionalistas que provenían de la derecha no necesitaban exorcizar ningún pasado: simplemente se trataba de entender que el nacionalismo revolucionario peronista era la forma argentina de las revoluciones tercermundistas.
Esa noche en Ezeiza nadie podía adivinar el futuro. Nadie tampoco podía prever ni a Menem ni a los Kirchner. El menemismo habría sido descartado como una broma siniestra: ¿acaso un justicialista carismático podía convertirse en el jefe de una revolución reaccionaria que iba a mandar al tacho las conquistas del peronismo histórico y revocar su ideología? En esa noche de 1973, los problemas del peronismo eran cómo radicalizar a su líder, borrar a López Rega y sus siniestras extravagancias y hacer de Cámpora, apoyado por la "juventud maravillosa", el sucesor. Por su parte, la izquierda revolucionaria tenía otros problemas: evitar que el peronismo sedujera otra vez a las masas que, en algunos lugares, como Córdoba, había logrado dirigir en luchas obreras y movilizaciones.
Más de treinta años después sucedió lo que no se esperaba. El peronismo tiene dirigentes que arreglan un nuevo tablero. Aunque Aníbal Fernández diga en las tertulias organizadas por el ministro Boudou que él no es un progresista sino un peronista y la muchachada numerosa aplauda, el justicialismo alla Kirchner puede ser definido sin causar escándalo como "una suerte de peronismo socialdemócrata, una renovación peronista sucediendo". Lo afirma un distinguido sociólogo. Como tomo la cita del anticipo publicado en Internet de un libro que aparecerá en estos días, me excuso de citarlo y el lector disculpará mi precaución.
En 1983, Italo Luder, el candidato justicialista a presidente, aceptó la autoamnistía de los militares. Y todos los peronistas que conozco votaron a ese candidato. Después, el peronismo debió examinar y desinfectar las heridas de su derrota electoral ante Raúl Alfonsín. Si hubo una palabra maldita en el vocabulario peronista de los años 80 esa fue "socialdemócrata". A Alfonsín se lo acusaba de socialdemócrata. La revista Unidos (escrita por intelectuales que hoy militan en Carta Abierta, como Horacio González; políticos reaproximados al peronismo por la vía K, como Chacho Alvarez; periodistas de Página 12 como Mario Weinfeld) consideraba que la socialdemocracia era una maldición o una inepcia del reformismo pequeñoburgués. Cafiero, en ese entonces el dirigente máximo de la renovación peronista, no es un socialdemócrata sino un social cristiano o, en todo caso, un peronista instruido por la doctrina social de la Iglesia.
Evidentemente, en treinta años han pasado muchas cosas con nuestro vocabulario. Pero no tantas como para equivocarse y pensar que, por primera vez, el peronismo atrae a sectores salidos de la tradición progresista. Eso también sucedió en 1973, cuando esos sectores progresistas, por lo menos en parte, votaron por Cámpora. La Plaza de Mayo de 1973, el día en que Cámpora asumió el gobierno, estaba llena de ellos, gente muy parecida a la que hoy confluye en Carta Abierta, ilusionados entonces en la vía morganática al socialismo.
Hoy, el escenario muestra otra disputa por la palabra. En una importante plataforma televisiva del kirchnerismo (el programa 6, 7, 8, que se emite por Canal 7), el hiperoficialismo monta un mecanismo para cortar el campo ideológico entre derecha e izquierda. Es una laboriosa tarea de "desmitificación" que presupone que todo enunciado político oculta su verdad y transmite una distorsión. Esto, naturalmente, no vale para los enunciados del Gobierno, cuya verdad, en cambio, estaría distorsionada por conspiraciones interpretativas opositoras. El sujeto político de izquierda debe entrenarse en esta tarea desmitificadora por la cual caen los velos del encubrimiento y reluce lo que está debajo: intereses materiales inconfesables. Para eso está la pedagogía de 6, 7, 8 , cuyo teorema enseña que se es de "izquierda" porque se es kirchnerista y se es kirchnerista porque allí está la izquierda: un impecable círculo de autolegitimación. Así, las cosas son fáciles.
Como sea, se reabrió un debate que, durante dos décadas, transcurrió en sordina o fue desacreditado. No sé cuánto trasciende ese debate más allá de sectores movilizados de capas medias. Quienes quisimos mantenerlo abierto durante el menemismo no encontramos interlocutores peronistas excepto cuando esos peronistas dejaban de serlo y se separaban del movimiento. No eran muchos. No recuerdo a los peronistas discutiendo el libro de Norberto Bobbio Derecha e izquierda . No parecía un problema que les importara. Bueno, nunca es tarde.
Hoy, los voceros ideológicos del Gobierno administran el matasellos de la izquierda y colocan inexorablemente a cualquier opositor en la derecha. Absorben a gente como Sabbatella y tratan de destruir la competencia de base, sindical o parlamentaria. Para el Gobierno, derecha e izquierda son lugares respecto de sí mismo.
En aquel entonces, a la izquierda del peronismo radicalizado no estaba la pared (como hoy pretende el kirchnerismo), sino una franja muy variada de organizaciones marxistas, leninistas, trotskistas, guevaristas, maoístas, clasistas. Por programas, por tácticas y por ideología, esas organizaciones discutían entre ellas y criticaban a las muy distintas fracciones del peronismo, tan distintas que terminaron a los tiros. A lo sumo, el peronismo radicalizado competía con esos izquierdistas. Pero no quería confundirse ni fundirse con ellos. La identidad peronista, cuando era nacionalista revolucionaria, no se autodesignaba con la palabra "izquierda". En Ezeiza, mientras se esperaba a Perón en los fogones y las guitarreadas de esa noche premonitoria, los "bichos colorados" eran el objeto de un común apriete por parte de las organizaciones allí presentes, aunque los sindicales pensaran que los montoneros eran "bichos colorados" con camuflaje. Horacio Verbitsky ha dicho que el 20 de junio estallaron treinta años de contradicciones del peronismo.
No sé si los Kirchner llegaron con la columna Sur de FAR-Montoneros a Ezeiza. Yo estuve allí y cuando empezaron los tiros me saqué de un manotazo la boina roja con escarapela argentina que hasta ese momento había sido una especie de juvenil desafío, pero en la balacera me convertía en un blanco fácil.
Esa noche también volaba por los aires una nueva puesta en escena de un mito político convertido en tradición ideológica. La versión era la siguiente: la izquierda no había entendido al peronismo histórico (es decir, el del primer gobierno) por varias razones: era una elite intelectual extranjerizante e incapaz de captar la naturaleza misma de la cuestión nacional; su ideología era un reflejo de otras condiciones sociales e históricas; su origen de clase era culturalmente ajeno al pueblo y, sobre todo, extraño a las experiencias de esas oleadas que, desde la década del treinta, llegaban desde el interior a Buenos Aires.
Miembros de esa izquierda marxista, como Roberto Quieto o Marcos Osatinsky, cuando comprendieron su error abandonaron el Partido Comunista para confluir con las masas que, en cualquier momento, podían transformarse en revolucionarias. Los nacionalistas que provenían de la derecha no necesitaban exorcizar ningún pasado: simplemente se trataba de entender que el nacionalismo revolucionario peronista era la forma argentina de las revoluciones tercermundistas.
Esa noche en Ezeiza nadie podía adivinar el futuro. Nadie tampoco podía prever ni a Menem ni a los Kirchner. El menemismo habría sido descartado como una broma siniestra: ¿acaso un justicialista carismático podía convertirse en el jefe de una revolución reaccionaria que iba a mandar al tacho las conquistas del peronismo histórico y revocar su ideología? En esa noche de 1973, los problemas del peronismo eran cómo radicalizar a su líder, borrar a López Rega y sus siniestras extravagancias y hacer de Cámpora, apoyado por la "juventud maravillosa", el sucesor. Por su parte, la izquierda revolucionaria tenía otros problemas: evitar que el peronismo sedujera otra vez a las masas que, en algunos lugares, como Córdoba, había logrado dirigir en luchas obreras y movilizaciones.
Más de treinta años después sucedió lo que no se esperaba. El peronismo tiene dirigentes que arreglan un nuevo tablero. Aunque Aníbal Fernández diga en las tertulias organizadas por el ministro Boudou que él no es un progresista sino un peronista y la muchachada numerosa aplauda, el justicialismo alla Kirchner puede ser definido sin causar escándalo como "una suerte de peronismo socialdemócrata, una renovación peronista sucediendo". Lo afirma un distinguido sociólogo. Como tomo la cita del anticipo publicado en Internet de un libro que aparecerá en estos días, me excuso de citarlo y el lector disculpará mi precaución.
En 1983, Italo Luder, el candidato justicialista a presidente, aceptó la autoamnistía de los militares. Y todos los peronistas que conozco votaron a ese candidato. Después, el peronismo debió examinar y desinfectar las heridas de su derrota electoral ante Raúl Alfonsín. Si hubo una palabra maldita en el vocabulario peronista de los años 80 esa fue "socialdemócrata". A Alfonsín se lo acusaba de socialdemócrata. La revista Unidos (escrita por intelectuales que hoy militan en Carta Abierta, como Horacio González; políticos reaproximados al peronismo por la vía K, como Chacho Alvarez; periodistas de Página 12 como Mario Weinfeld) consideraba que la socialdemocracia era una maldición o una inepcia del reformismo pequeñoburgués. Cafiero, en ese entonces el dirigente máximo de la renovación peronista, no es un socialdemócrata sino un social cristiano o, en todo caso, un peronista instruido por la doctrina social de la Iglesia.
Evidentemente, en treinta años han pasado muchas cosas con nuestro vocabulario. Pero no tantas como para equivocarse y pensar que, por primera vez, el peronismo atrae a sectores salidos de la tradición progresista. Eso también sucedió en 1973, cuando esos sectores progresistas, por lo menos en parte, votaron por Cámpora. La Plaza de Mayo de 1973, el día en que Cámpora asumió el gobierno, estaba llena de ellos, gente muy parecida a la que hoy confluye en Carta Abierta, ilusionados entonces en la vía morganática al socialismo.
Hoy, el escenario muestra otra disputa por la palabra. En una importante plataforma televisiva del kirchnerismo (el programa 6, 7, 8, que se emite por Canal 7), el hiperoficialismo monta un mecanismo para cortar el campo ideológico entre derecha e izquierda. Es una laboriosa tarea de "desmitificación" que presupone que todo enunciado político oculta su verdad y transmite una distorsión. Esto, naturalmente, no vale para los enunciados del Gobierno, cuya verdad, en cambio, estaría distorsionada por conspiraciones interpretativas opositoras. El sujeto político de izquierda debe entrenarse en esta tarea desmitificadora por la cual caen los velos del encubrimiento y reluce lo que está debajo: intereses materiales inconfesables. Para eso está la pedagogía de 6, 7, 8 , cuyo teorema enseña que se es de "izquierda" porque se es kirchnerista y se es kirchnerista porque allí está la izquierda: un impecable círculo de autolegitimación. Así, las cosas son fáciles.
Como sea, se reabrió un debate que, durante dos décadas, transcurrió en sordina o fue desacreditado. No sé cuánto trasciende ese debate más allá de sectores movilizados de capas medias. Quienes quisimos mantenerlo abierto durante el menemismo no encontramos interlocutores peronistas excepto cuando esos peronistas dejaban de serlo y se separaban del movimiento. No eran muchos. No recuerdo a los peronistas discutiendo el libro de Norberto Bobbio Derecha e izquierda . No parecía un problema que les importara. Bueno, nunca es tarde.
Hoy, los voceros ideológicos del Gobierno administran el matasellos de la izquierda y colocan inexorablemente a cualquier opositor en la derecha. Absorben a gente como Sabbatella y tratan de destruir la competencia de base, sindical o parlamentaria. Para el Gobierno, derecha e izquierda son lugares respecto de sí mismo.
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lunes, 11 de octubre de 2010
Algo personal. Por David Trueba

Soñé que Mario Vargas Llosa soñaba que al recoger el Premio Nobel de Literatura descubría que el ganador era Alberto Fujimori. Vargas Llosa ya perdió las elecciones de Perú frente a Fujimori. Una vez más la inteligencia y el prestigio fueron factores sospechosos, virtudes que descuentan. La experiencia traumática, que llevó a Vargas Llosa desde los mítines masivos a la soledad de la mesa de escritura, fue contada por él en un libro amargo y clarividente. Y pasado el exorcismo, pudimos recuperar al escritor, en lo que ha resultado ser para la historia de la literatura en castellano una dulcísima derrota.
Hace poco comentábamos la sencilla manera que tiene la derrota de transformarse en victoria, y viceversa. La Academia Sueca proporcionó un ejemplo delicioso. Los esfuerzos de estos días por tirar del premiado hacia una orilla o la otra eran divertidos. Para los medios conservadores era casi la consagración del thatcherismo y la guerra preventiva. Para el progresismo era la demostración de que aún hay vida inteligente al margen del sectarismo ideológico, donde todo es de derechas o de izquierdas antes de ser cualquier otra cosa.
Hay que celebrar que el mundo creativo e intelectual escapa al delirio de la democratización de todos los aspectos humanos. La literatura y el pensamiento no se juzgan en referéndum. Como creer en Dios no se decide por mayoría o el nombre de tus hijos no se escoge en votación de la escalera de vecinos. Necesitábamos una urgente reivindicación de la independencia. Que el criterio, la exigencia, el riesgo puedan enfrentarse a los designios mayoritarios sin rubor. Deben hacerlo. Que la mejor manera que hemos inventado para elegir un Gobierno sea la votación popular no significa que las ventas o la audiencia o la unanimidad prescriban lo fundamental. Vargas Llosa representa la discordia con talento, el criterio individual bien escrito. Me temo que su premio es suyo, y lo sano es que la alegría colectiva celebre el mérito personal.
Hay que celebrar que el mundo creativo e intelectual escapa al delirio de la democratización de todos los aspectos humanos. La literatura y el pensamiento no se juzgan en referéndum. Como creer en Dios no se decide por mayoría o el nombre de tus hijos no se escoge en votación de la escalera de vecinos. Necesitábamos una urgente reivindicación de la independencia. Que el criterio, la exigencia, el riesgo puedan enfrentarse a los designios mayoritarios sin rubor. Deben hacerlo. Que la mejor manera que hemos inventado para elegir un Gobierno sea la votación popular no significa que las ventas o la audiencia o la unanimidad prescriban lo fundamental. Vargas Llosa representa la discordia con talento, el criterio individual bien escrito. Me temo que su premio es suyo, y lo sano es que la alegría colectiva celebre el mérito personal.
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Un premio. Por Almudena Grandes

Recuerdo perfectamente mi primera vez. Ya no me acuerdo del primer pitillo que me fumé, de la primera copa que me bebí, de la cara de mi primer novio. Pero recuerdo, igual que si los hubiera visto ayer, unos pies blancos y dorados, mullidos, ondulantes, que se movían como peces desnudos ante los ojos desarmados, enamorados, absortos, de un adolescente peruano. Recuerdo mi propio asombro desarmado, enamorado, adolescente, y la idea fija, obsesiva, que instaló entre mis cejas. Si yo pudiera, si yo supiera, si algún día yo fuera capaz de escribir algo parecido al inmortal baile de estos pies dorados que jamás se marchitarán... Nunca me atrevía a concluir esa frase.
La literatura es vida y tiene que ver con la vida. La mía habría sido distinta, y peor, sin unas cuantas docenas de libros inolvidables y, después de La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa siguió escribiendo, como si lo hiciera solo para mí, novelas sólidas como rocas, Conversación en La Catedral, sutiles como pétalos, ¿Quién mató a Palomino Molero?, luminosas, La Fiesta del Chivo, como el destello de un faro en una noche de tormenta. También artículos radicalmente opuestos a los que yo suelo escribir, aunque hasta en ellos se adivinan las virtudes que le han hecho tan grande, la exigencia, el rigor, la búsqueda permanente de la perfección. Y el fervor de la juventud, porque Mario es el escritor más joven que conozco, el único de su tamaño capaz de arriesgarlo todo, de inventarse de nuevo en cada libro.
Los maestros son las personas que dan lecciones. Las que yo he recibido de Vargas Llosa son tantas, y tan buenas, que el Nobel me parece poco para él. Lo celebro, sin embargo, porque dará a los adolescentes de hoy la oportunidad de descubrir unos pies blancos, dorados, capaces de nadar ante sus ojos como peces desnudos. Y eso sí que será un premio.
Los maestros son las personas que dan lecciones. Las que yo he recibido de Vargas Llosa son tantas, y tan buenas, que el Nobel me parece poco para él. Lo celebro, sin embargo, porque dará a los adolescentes de hoy la oportunidad de descubrir unos pies blancos, dorados, capaces de nadar ante sus ojos como peces desnudos. Y eso sí que será un premio.
domingo, 10 de octubre de 2010
Catorce minutos de reflexión. Por Mario Vargas LLosa

Ese día, como todos los días desde que, hace tres semanas, llegamos a Nueva York, me levanté a las cinco de la mañana y, procurando no despertar a Patricia, me fui a la salita a leer. Era noche cerrada todavía y las luces de los rascacielos del contorno tenían la apariencia inquietante de una gigantesca bandada de cocuyos invadiendo la ciudad. Dentro de una hora más o menos comenzaría a amanecer y, si estaba despejado el cielo, las primeras luces irían iluminando el río Hudson y la esquina de Central Park con sus árboles que el otoño comienza a dorar, un lindo espectáculo que me regalan cada mañana las ventanas del departamento (vivimos en el piso cuarenta y seis).
Tenía el día planificado con toda precisión. Trabajaría un par de horas preparando la clase del próximo lunes en Princeton, en la que ilustraría el tema del punto de vista con ejemplos tomados de El reino de este mundo de Alejo Carpentier, media hora de ejercicios para la espalda, una hora de caminata en Central Park, periódicos, desayuno, ducha, y a la Public Library de New York, donde escribiría mi Piedra de Toque para EL PAÍS sobre el suicidio, tirándose del puente George Washington, en la Universidad de Rutgers, de Tylor Clementi, violinista y joven estudiante al que dos compañeros homófobos habían denunciado como gay, difundiendo en la Red un vídeo en el que aparecía besándose con un hombre.
Inmediatamente fui absorbido por la magia de El reino de este mundo y la transfiguración mítica que la prosa de Carpentier hace de los primeros intentos independentistas en Haití. El narrador omnisciente de la historia es una astuta ausencia erudita, libresca, barroca y rebuscada que narra desde muy cerca de la sensibilidad del esclavo Ti Noel, quien cree en los Grandes Loas del vodú y que los hechiceros del culto, como Mackandal, gozan del don de la licantropía, es decir, pueden transformarse en animales a voluntad. Hacía por lo menos veinte años que no la releía y su poder de persuasión seguía siendo irresistible.
De pronto advertí la presencia de Patricia en la salita. Se acercaba con el teléfono en la mano y una cara que me asustó. "Una tragedia en la familia", pensé. Cogí el aparato y escuché, entre silbidos, ecos y eructos eléctricos, una voz que hablaba en inglés. En el instante en que alcancé a distinguir las palabras Swedish Academy la comunicación se cortó. Estuvimos callados, mirándonos sin decir nada, hasta que el teléfono repicó otra vez. Ahora sí se oía bien. El caballero me dijo que era el secretario de la Academia Sueca, que me habían concedido el Premio Nobel de Literatura y que la noticia se haría pública dentro de catorce minutos. Que podía escucharla en la televisión, la radio y el Internet.
-Hay que avisar a Álvaro, Gonzalo y Morgana -dijo Patricia.
-Mejor esperemos que sea oficial -le contesté.
Y le recordé que, hacía muchos años, en Roma, nos habían contado la broma pesada que le jugaron unos amigos (o más bien enemigos) a Alberto Moravia, haciéndose pasar por funcionarios de la Academia Sueca y felicitándolo por el galardón. Él alertó a la prensa y la noticia resultó un embrollo de mal gusto.
-Si es cierto, esta casa se va a volver un loquerío -dijo Patricia-. Mejor dúchate de una vez.
Pero, en vez de hacerlo, me quedé en la salita, viendo asomar entre los rascacielos las primeras luces de la mañana neoyorquina. Pensé en la casa de la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba, donde pasé mi infancia, y en el libro de Neruda Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que mi madre me había prohibido leer y que tenía escondido en su velador (el primer libro prohibido que leí). Pensé en lo mucho que le hubiera alegrado la noticia, si era cierta. Pensé en la gran nariz y la calva reluciente del abuelo Pedro, que escribía versos festivos y explicaba a la familia, cuando yo me negaba a comer: "Para el poeta la comida es prosa". Pensé en el tío Lucho, que, en ese año feliz que pasé en su casa de Piura, el último del colegio, escribiendo artículos, cuentecitos y poemas que publicaba a veces en La Industria, me animaba incansablemente a perseverar y ser un escritor, porque, acaso hablando de sí mismo, me aseguraba que no seguir la propia vocación es traicionarse y condenarse a la infelicidad. Pensé en el estreno, ese mismo año, en el Teatro Variedades de Piura, de mi obrita La huida del Inca, que mi amigo Javier Silva publicitaba a voz en cuello por las calles con una gran bocina, desde el techo de un camión, y en la bella Ruth Rojas, la Vestal de la obra, de la que yo estaba enamorado en secreto.
-Es una tontería pensar que esto puede ser una broma -dijo Patricia-. Llamemos a Álvaro, Gonzalo y Morgana de una vez.
Llamamos a Álvaro a Washington, a Gonzalo a Santo Domingo y a Morgana a Lima, y todavía faltaban siete u ocho minutos para la hora señalada. Yo pensé en Lucho Loayza y Abelardo Oquendo, los amigos de adolescencia y en la revista Literatura, de la que sacamos apenas tres números, de nuestro manifiesto contra la pena de muerte, del homenaje a César Moro, y de las feroces discusiones que a veces teníamos sobre si Borges era más importante que Sartre o éste que aquél. Yo sostenía lo último y ellos lo primero y eran ellos, por supuesto, quienes llevaban la razón. Fue entonces cuando me pusieron el apodo (que a mí me encantaba): "El sartrecillo valiente".
Pensé en el concurso de La Revue Francaise que gané el año 1957, con mi cuento El desafío, que me deparó un viaje a París, donde pasé un mes de total felicidad, viviendo en el Hotel Napoleón, en las cuatro palabras que cambié con Albert Camus y María Casares en las puertas de un teatro de los Grandes Bulevares, y mis desesperados y estériles esfuerzos para ser recibido por Sartre aunque fuera sólo un minuto para verle la cara y estrecharle la mano. Recordé mi primer año en Madrid y las dudas que tuve antes de decidirme a enviar los cuentos de Los jefes al Premio Leopoldo Alas, creado por un grupo de médicos de Barcelona, encabezado por el doctor Rocas y asesorado por el poeta Enrique Badosa, gracias a los cuales tuve la enorme alegría de ver mi primer libro impreso.
Pensé que, si la noticia era cierta, tenía que agradecer públicamente a España lo mucho que le debía, pues, sin el extraordinario apoyo de personas como Carlos Barral, Carmen Balcells y tantas otras, editores, críticos, lectores, jamás hubieran alcanzado mis libros la difusión que han tenido.
Y pensé lo increíblemente afortunado que yo he sido en la vida por seguir el consejo del tío Lucho y haber decidido, a mis veintidós años, en aquella pensión madrileña de la calle del Doctor Castelo, en algún momento de agosto de 1958, que no sería abogado sino escritor, y que, desde entonces, aunque tuviera que vivir a tres dobles y un repique, organizaría mi vida de tal manera que la mayor parte de mi tiempo y energía se volcaran en la literatura, y que sólo buscaría trabajos que me dejaran tiempo libre para escribir. Fue una decisión algo quimérica, pero me ayudó mucho, por lo menos psicológicamente, y creo que, en sus grandes rasgos, la cumplí en mis años de París, pues los trabajos en la Escuela Berlitz, la Agence France Presse y la Radio Televisión Francesa, me dejaron siempre algunas horitas del día para leer y escribir.
Y pensé en la extraña paradoja de haber recibido tantos reconocimientos, como éste (si la noticia no era una broma de mal gusto), por dedicar mi vida a un quehacer que me ha hecho gozar infinitamente, en la que cada libro ha sido una aventura llena de sorpresas, de descubrimientos, de ilusiones y de exaltación, que compensaban siempre con creces las dificultades, dolores de cabeza, depresiones y estreñimientos. Y pensé en lo maravillosa que es la vida que los hombres y las mujeres inventamos, cuando todavía andábamos en taparrabos y comiéndonos los unos a los otros, para romper las fronteras tan estrechas de la vida verdadera, y trasladarnos a otra, más rica, más intensa, más libre, a través de la ficción.
A las seis en punto de la mañana las radios, la televisión y el Internet confirmaron que la noticia era cierta. Como predijo Patricia, la casa se volvió un loquerío y desde entonces yo dejé de pensar y, casi casi, hasta de respirar.
New York, octubre de 2010
Inmediatamente fui absorbido por la magia de El reino de este mundo y la transfiguración mítica que la prosa de Carpentier hace de los primeros intentos independentistas en Haití. El narrador omnisciente de la historia es una astuta ausencia erudita, libresca, barroca y rebuscada que narra desde muy cerca de la sensibilidad del esclavo Ti Noel, quien cree en los Grandes Loas del vodú y que los hechiceros del culto, como Mackandal, gozan del don de la licantropía, es decir, pueden transformarse en animales a voluntad. Hacía por lo menos veinte años que no la releía y su poder de persuasión seguía siendo irresistible.
De pronto advertí la presencia de Patricia en la salita. Se acercaba con el teléfono en la mano y una cara que me asustó. "Una tragedia en la familia", pensé. Cogí el aparato y escuché, entre silbidos, ecos y eructos eléctricos, una voz que hablaba en inglés. En el instante en que alcancé a distinguir las palabras Swedish Academy la comunicación se cortó. Estuvimos callados, mirándonos sin decir nada, hasta que el teléfono repicó otra vez. Ahora sí se oía bien. El caballero me dijo que era el secretario de la Academia Sueca, que me habían concedido el Premio Nobel de Literatura y que la noticia se haría pública dentro de catorce minutos. Que podía escucharla en la televisión, la radio y el Internet.
-Hay que avisar a Álvaro, Gonzalo y Morgana -dijo Patricia.
-Mejor esperemos que sea oficial -le contesté.
Y le recordé que, hacía muchos años, en Roma, nos habían contado la broma pesada que le jugaron unos amigos (o más bien enemigos) a Alberto Moravia, haciéndose pasar por funcionarios de la Academia Sueca y felicitándolo por el galardón. Él alertó a la prensa y la noticia resultó un embrollo de mal gusto.
-Si es cierto, esta casa se va a volver un loquerío -dijo Patricia-. Mejor dúchate de una vez.
Pero, en vez de hacerlo, me quedé en la salita, viendo asomar entre los rascacielos las primeras luces de la mañana neoyorquina. Pensé en la casa de la calle Ladislao Cabrera, en Cochabamba, donde pasé mi infancia, y en el libro de Neruda Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que mi madre me había prohibido leer y que tenía escondido en su velador (el primer libro prohibido que leí). Pensé en lo mucho que le hubiera alegrado la noticia, si era cierta. Pensé en la gran nariz y la calva reluciente del abuelo Pedro, que escribía versos festivos y explicaba a la familia, cuando yo me negaba a comer: "Para el poeta la comida es prosa". Pensé en el tío Lucho, que, en ese año feliz que pasé en su casa de Piura, el último del colegio, escribiendo artículos, cuentecitos y poemas que publicaba a veces en La Industria, me animaba incansablemente a perseverar y ser un escritor, porque, acaso hablando de sí mismo, me aseguraba que no seguir la propia vocación es traicionarse y condenarse a la infelicidad. Pensé en el estreno, ese mismo año, en el Teatro Variedades de Piura, de mi obrita La huida del Inca, que mi amigo Javier Silva publicitaba a voz en cuello por las calles con una gran bocina, desde el techo de un camión, y en la bella Ruth Rojas, la Vestal de la obra, de la que yo estaba enamorado en secreto.
-Es una tontería pensar que esto puede ser una broma -dijo Patricia-. Llamemos a Álvaro, Gonzalo y Morgana de una vez.
Llamamos a Álvaro a Washington, a Gonzalo a Santo Domingo y a Morgana a Lima, y todavía faltaban siete u ocho minutos para la hora señalada. Yo pensé en Lucho Loayza y Abelardo Oquendo, los amigos de adolescencia y en la revista Literatura, de la que sacamos apenas tres números, de nuestro manifiesto contra la pena de muerte, del homenaje a César Moro, y de las feroces discusiones que a veces teníamos sobre si Borges era más importante que Sartre o éste que aquél. Yo sostenía lo último y ellos lo primero y eran ellos, por supuesto, quienes llevaban la razón. Fue entonces cuando me pusieron el apodo (que a mí me encantaba): "El sartrecillo valiente".
Pensé en el concurso de La Revue Francaise que gané el año 1957, con mi cuento El desafío, que me deparó un viaje a París, donde pasé un mes de total felicidad, viviendo en el Hotel Napoleón, en las cuatro palabras que cambié con Albert Camus y María Casares en las puertas de un teatro de los Grandes Bulevares, y mis desesperados y estériles esfuerzos para ser recibido por Sartre aunque fuera sólo un minuto para verle la cara y estrecharle la mano. Recordé mi primer año en Madrid y las dudas que tuve antes de decidirme a enviar los cuentos de Los jefes al Premio Leopoldo Alas, creado por un grupo de médicos de Barcelona, encabezado por el doctor Rocas y asesorado por el poeta Enrique Badosa, gracias a los cuales tuve la enorme alegría de ver mi primer libro impreso.
Pensé que, si la noticia era cierta, tenía que agradecer públicamente a España lo mucho que le debía, pues, sin el extraordinario apoyo de personas como Carlos Barral, Carmen Balcells y tantas otras, editores, críticos, lectores, jamás hubieran alcanzado mis libros la difusión que han tenido.
Y pensé lo increíblemente afortunado que yo he sido en la vida por seguir el consejo del tío Lucho y haber decidido, a mis veintidós años, en aquella pensión madrileña de la calle del Doctor Castelo, en algún momento de agosto de 1958, que no sería abogado sino escritor, y que, desde entonces, aunque tuviera que vivir a tres dobles y un repique, organizaría mi vida de tal manera que la mayor parte de mi tiempo y energía se volcaran en la literatura, y que sólo buscaría trabajos que me dejaran tiempo libre para escribir. Fue una decisión algo quimérica, pero me ayudó mucho, por lo menos psicológicamente, y creo que, en sus grandes rasgos, la cumplí en mis años de París, pues los trabajos en la Escuela Berlitz, la Agence France Presse y la Radio Televisión Francesa, me dejaron siempre algunas horitas del día para leer y escribir.
Y pensé en la extraña paradoja de haber recibido tantos reconocimientos, como éste (si la noticia no era una broma de mal gusto), por dedicar mi vida a un quehacer que me ha hecho gozar infinitamente, en la que cada libro ha sido una aventura llena de sorpresas, de descubrimientos, de ilusiones y de exaltación, que compensaban siempre con creces las dificultades, dolores de cabeza, depresiones y estreñimientos. Y pensé en lo maravillosa que es la vida que los hombres y las mujeres inventamos, cuando todavía andábamos en taparrabos y comiéndonos los unos a los otros, para romper las fronteras tan estrechas de la vida verdadera, y trasladarnos a otra, más rica, más intensa, más libre, a través de la ficción.
A las seis en punto de la mañana las radios, la televisión y el Internet confirmaron que la noticia era cierta. Como predijo Patricia, la casa se volvió un loquerío y desde entonces yo dejé de pensar y, casi casi, hasta de respirar.
New York, octubre de 2010
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viernes, 8 de octubre de 2010
Vargas LLosa: un Nobel largamente postergado. Por Yoani Sánchez

La literatura de Mario Vargas Llosa ha causado varios giros esenciales en mi vida. El primero fue hace 17 años, en un verano con apagones y crisis económica. Bajo el pretexto de conseguir “La guerra del fin del mundo”, me acerqué a un periodista expulsado de su profesión por problemas ideológicos con el que todavía comparto mis días. Conservo aquel ejemplar de carátula deshecha y páginas amarillentas, pues decenas de lectores descubrieron con él a ese autor peruano censurado en las librerías oficiales.
Después vino la universidad y mientras preparaba mi tesis sobre la literatura de la dictadura en Latinoamérica, apareció su novela “La fiesta del chivo”. La inclusión en mi análisis de aquel texto sobre Trujillo no fue del agrado del tribunal que me evaluaba. Tampoco les gustó que entre las características de los caudillos americanos yo resaltara justo aquellas que también ostentaba “nuestro” Máximo Líder. De ahí que por segunda vez un libro del hoy Premio Nobel de Literatura marcó mi existencia, pues me hizo darme cuenta de lo frustrante que resultaba ser filóloga en Cuba. Para qué necesito un título –me dije– donde se anuncia que soy una especialista en el idioma y las palabras, cuando ni siquiera puedo unir frases libremente.
Así que Vargas Llosa y su literatura son responsables, de una manera directa y “alevosa”, de mucho de lo que soy ahora: de mi felicidad matrimonial y de mi aversión a los totalitarismos, de haber renegado de la filología y de acercarme al periodismo.
Me estoy preparando desde ahora, pues temo que la próxima vez que un libro suyo caiga en mis manos su efecto durará otros 17 años o volverá a significar el portazo a una profesión.
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Así que Vargas Llosa y su literatura son responsables, de una manera directa y “alevosa”, de mucho de lo que soy ahora: de mi felicidad matrimonial y de mi aversión a los totalitarismos, de haber renegado de la filología y de acercarme al periodismo.
Me estoy preparando desde ahora, pues temo que la próxima vez que un libro suyo caiga en mis manos su efecto durará otros 17 años o volverá a significar el portazo a una profesión.
"Morochos" y clase media. Por Vicente Palermo

Un comentario de la presidenta argentina, Fernández de Kirchner, me resulta útil para comenzar a desarrollar el tema del ensayo. Refiriéndose a la clase media, deslizó la idea de que ésta “cree que separándose de los laburantes, de los morochos” mantiene su estatus social. ¿La clase media no trabaja, no labura? Este comentario es más llamativo porque parte de alguien que en su práctica gubernamental mantiene una relación bastante aceitada con los trabajadores organizados y propone la revalorización del trabajo argentino. Sin embargo, la cita dicha al pasar revela un inconsciente colectivo sobre el trabajo y sobre los trabajadores confuso que predomina en el progresismo de las más diversas fuerzas políticas y que parece encontrar algún sentido en pasados ya superados por el paso implacable del tiempo y de los cambios históricos que lo acompañaron. Este mismo relato evoca una situación cultural con relación al trabajo y a los trabajadores, común al progresismo occidental que une complejamente relaciones de poder encontradas y contradictorias nunca resueltas. Los progresistas occidentales somos, por un lado, burgueses e individualistas hasta los tuétanos, y por el otro, anticapitalistas.
Por lo menos decimos desear, o esperar, la “superación del capitalismo”, en la lógica de la dialéctica histórica diseñada de Hegel a Marx. En ese enfoque se da la perspectiva extrema que enfrenta al capital con el trabajo, dándole el nombre de trabajador casi exclusivamente al obrero, entendido en el siglo XIX como la clase baja, el proletariado, que era la que realizaba el auténtico esfuerzo, el sector verdaderamente laburante. Ha pasado mucho tiempo y las transformaciones de esa inicial relación paradigmática entre el capital y el trabajo han suscitado mutaciones, proliferaciones, cambios. Las cuales se han ido extendiendo por todos los países y por todas las culturas de la tierra, mundializándose o globalizándose, según el término que cada cual quiera elegir. En su extensa y documentada biografía de Karl Marx, Jacques Attali anota, por ejemplo, lo siguiente: “Ya no es posible hoy definir las clases sociales” en compartimientos fijos. Igualmente agrega: “Burguesía y proletariado no son ya dos grupos sociales en oposición absoluta. Los propios asalariados están divididos en grupos cada vez más matizados; algunos de ellos son ahora accionistas; los cuadros profesionales administran empresas sin ser sus propietarios y se apropian de una parte de las ganancias; los innovadores, los artistas y los deportistas adquieren importancia financiera”. La complejidad ha invadido el mundo y las culturas del trabajo. Attali agrega en la citada obra que “al lado del dinero, el saber (y sus también laboriosos trabajadores) se convierte en un capital determinante del mundo global; una parte importante de las ganancias pasa por él y es imposible medir el costo de producción de un objeto por las horas de trabajo necesarias para producirlo”.Dos polémicos textos nos ayudan a profundizar en esta complejidad que une a la antigua noción de trabajo con las casi infinitas formas de trabajar actuales. Uno es La sociedad poscapitalista, de Peter Drucker; el otro, El trabajo de las naciones, de Robert Reich. El primero advierte los cambios que se han producido hacia fines del siglo XX y que han ido mutando a los factores de la producción de la economía clásica o inglesa. Fondos de pensiones privados o públicos abastecen y controlan en parte la provisión y la asignación del dinero. Los recursos aquí provienen de anónimos y desconocidos asalariados. El capital ha dejado de ser el factor predominante de la producción. El “giro hacia la sociedad del saber y la información” lo ha desplazado. Si es necesario hablar de clases, dice Drucker, la dupla burgueses y proletarios ha sido reemplazada por la de “trabajadores del saber y trabajadores de los servicios”. Robert Reich, a su vez, estudia en forma conjunta los cambios organizacionales y las estratificaciones que éstos ofrecen a la figura del trabajador universal. Contrapone los modelos clásicos del Estado y de las empresas nacionales, de carácter piramidal, con sedes fijas y burocracias estables, con el avance de los modelos globales hoy en auge en el mundo multipolar. “En lugar de una pirámide –escribe–, la estructura de una empresa de alto valor global se parece más a una telaraña. Los intermediarios estratégicos están en el centro de la misma, pero existe todo tipo de conexiones que no los incluyen directamente, y además nada es fijo y se van formando nuevos nexos todo el tiempo.” Reich, que ha sido ministro de Trabajo del gobierno de Bill Clinton, utiliza el nombre del libro de manera analógica con el clásico de Adam Smith La riqueza de las naciones. La forma en que una nación pueda organizar la inteligencia, la educación, la libertad creativa y la laboriosidad de sus ciudadanos en los parámetros de la nueva sociedad global le dará un mayor protagonismo histórico, y ello, posiblemente, otorgue una mayor felicidad a sus habitantes. Se retrasarán los países que sigan atrapados por nociones ya envejecidas, aunque míticas, del pasado industrial nacional, cuyo eje conceptual fue el enfrentamiento entre el capital y el trabajo. (En juego aparecen aquí también las concepciones tradicionales y burocráticas de la educación. Se vuelve necesario intentar nuevas formas de enseñanza abarcativas de todos los núcleos diferentes que conforman hoy una verdadera cultura del trabajo.)La oposición maniquea entre capital y trabajo comienza a ceder después de la Segunda Guerra Mundial. En el primer gobierno peronista, donde alguno de estos inconscientes colectivos de tipo más ideológico que estratégico se nutren, Perón tuvo en claro que esta oposición sólo tenía sentido cuando el “capital pretende erigirse en un instrumento de dominación” (discurso de septiembre de 1944), pero el capítulo “Los fundamentos de la economía” de la Doctrina Peronista está presidido por esta frase del líder justicialista: “La riqueza nacional nace de la producción; y el desenvolvimiento de la producción siente la influencia de los capitales disponibles, de ahí que para la prosperidad de un país sea de vital importancia desarrollar la formación de capitales con una utilización juiciosa por parte tanto de los particulares como de los poderes públicos. Juzgo, en consecuencia, que debe estimularse el capital privado, por cuanto constituye un elemento activo de la producción y contribuye al bienestar general”. Ya en los discursos tempranos de Perón encontramos conceptos que semejan a los planteados por Reich acerca de la adecuada organización de los diversos trabajos, productivamente referidos a una época, como la de aquellos años, dominada todavía por el desarrollo industrialista nacional. El 18 de enero de 1945 dice: “La organización de la riqueza argentina es el imperativo de la hora. No hablamos de economía dirigida; hablamos de organización de la riqueza, que no es lo mismo. Hay que empezar por organizar al propio Estado [para esta tarea], y hay que organizar el trabajo para evitar la lucha que destruye valores pero que jamás los crea”. Un discurso del 23 de julio de 1947 resulta hasta risueño, porque refleja las dificultades que el líder político encontraba para organizar productivamente las distintas esferas públicas y privadas del trabajo. Decía: “Para consolidar la independencia necesitamos que el país produzca más (...) Pero, desgraciadamente, de los dieciséis millones de argentinos hay diez que gastan y consumen sin producir, como los zánganos de la colmena, y solamente hay seis millones que fabrican la miel. Estamos empeñados en que esos diez millones de perezosos comiencen a producir”. (Aclaramos que esa producción no puede ser vista como exclusivamente material. La producción de educación, por ejemplo, es psíquico-ético-espiritual, como el arte mismo.) En los discursos del Día del Trabajo también hallamos, de distintas maneras, una lógica distinta a la de la economía inglesa, sobre los factores de la producción. En la de 1948 dice, por ejemplo, “brazos, cerebros, capitales”. Brazos: trabajadores que ayuden a fabricar manufacturas, que construyan edificios y caminos; cerebros, inteligencias que sirvan para educar técnico-prácticamente a los brazos, que sirvan para organizar la gestión del Estado y para coordinarla con las inteligencias de las empresas privadas y con las de las proveedoras de capital. Los distintos trabajos y los distintos trabajadores adquieren mayor valor cuando se los utiliza coordinada y orgánicamente. Para una comunidad organizada, el trabajo del pueblo es siempre uno, aun cuando se muestre de las formas más matizadas y diversas. La cultura del trabajo peronista es una cultura que no terminó de hacer escuela a veces por incomprensibles contingencias histórico-políticas a las que el mismo Perón no fue ajeno, y que dejaron, a mi juicio, inconscientes colectivos y pseudoideologías más cercanas a un progresismo occidental de cuño marxista, hoy poco prácticas (no las practican ni siquiera las que aún se presentan como naciones socialistas o comunistas). Pero la época, accionada por un nuevo orden multipolar todavía en formación, ofrece posibilidades nuevas a nuestro país, como a todas las naciones del Cono Sur, en particular las que pueden producir alimentos y productos industriales y minerales para las nuevas potencias emergentes. The Economist ha reconocido recientemente que para la América del Sur ha terminado la época de ser identificada como “el patio trasero” de los Estados Unidos. Los términos de intercambio vuelven a favorecer desenvolvimientos estratégicos propios, como ocurriera para la Argentina y para el Brasil al final de la Segunda Guerra Mundial en los primeros años posteriores. Una época así llama de nuevo a revalorizar el Estado, pero no con conceptos totalitarios anticuados y antiglobales, y a reorganizar lo industrial propio –incluso tecnológicamente– pero sin chauvinismos anacrónicos que nos podrían hacer perder todas nuestras ventajas comparativas, manteniendo en exceso empresas no competitivas con ingresos básicamente fiscales. Una situación temporalmente tan favorable requerirá audacia estratégica para adquirir una nueva cultura del trabajo que vuelva a dar sentido a este aspecto esencial de la vida humana. Hay que avanzar en este requerimiento de la época, aun reconociendo que la tarea no es fácil ni pequeña y que va más allá de un gobierno, de un partido e, incluso, de una generación.
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