domingo, 5 de junio de 2011

"En '6,7,8' engañan a la audiencia. Reportaje a Beatriz Sarlo por Magdalena Ruiz Guiñazú

Pocas veces una entrevista televisiva ha tenido tanta repercusión como la que (hace casi dos semanas) ubicó a Beatriz Sarlo frente a lo que se suponía era casi un pelotón de ejecución y que, en cambio, resultó una lección inteligente de cómo responder a un panel que pretendió ser inquisitorial.
Todavía, una semana más tarde, Ricardo Forster se empeñaba en salvar su pensamiento (el de Forster) en la contratapa de BAE y Horacio Verbitsky dedicaba a Beatriz la tapa y un par de páginas en Página/12.



Por supuesto que una cosa es la percepción de quien observa y lee desde afuera y otra, la del objeto en cuestión.
—¿A qué atribuye este fenómeno que usted protagoniza? –preguntamos a Beatriz mientras una fría mañana de otoño azota Buenos Aires.—Posiblemente a que, como invitada de 6, 7, 8, yo haya sido la primera opositora al kirchnerismo que haya aceptado sentarme frente a ese panel. Han ido a este programa otros opositores o quizá figuras no kirchneristas pero creo que he sido la primera en aceptar quedarme allí durante la hora y media que dura la puesta en el aire. Además, acepté sin condiciones. Lo único que pedí fue que mi libro ya hubiera salido, dado que tiene un capítulo dedicado a 6, 7, 8 y quise ser leal en este aspecto dándoles tiempo para que lo leyeran. No lo leyeron. Pero, bueno, ésa es otra cuestión. Repito, no puse condiciones. En primer término, me dijeron que iba a ser con el panel del programa y, luego, por Twitter me enteré de que iba a ir Ricardo Forster y, también más tarde, que estaría presente Mariotto. Creo que todo esto le dio una repercusión especial a 6, 7, 8 porque, también en el avance, el programa fue difundiendo que nos íbamos a encontrar esa noche. También el anuncio fue por Twitter, que es un medio muy politizado. Naturalmente, no todo el Twitter pero hay una zona importante de gente muy politizada que fue recogiendo el anuncio para convertirlo en un evento que tenía algo de político, algo de irónico-humorístico y otro poco de mediático.—¿Pero usted no cree que la gran repercusión se debió, en primer lugar, a que tuvo el coraje de ir y enfrentarse con un programa de propaganda? Porque, tal como lo define Verbitsky muy claramente, no es un periodístico sino un programa de propaganda. Lo cual ubica correctamente el tema. Además, la serenidad con que usted se manifestó lo hizo doblemente interesante, al punto que, como decíamos, casi a dos semanas de la emisión se sigue hablando del programa, que interesó aun a gente que habitualmente no lo ve…—Mire, para mí, la cuestión pasaba por lo siguiente: no es que yo estuviera esperando ese martes a las 20.30 como el acontecimiento más preciado de mi vida. Simplemente, suelo atenerme a ciertas reglas intelectuales y morales. Creo que los presidentes deben dar conferencias de prensa. Los funcionarios, también. Y en los reportajes creo que es natural que respondan preguntas. Entonces, me parece que los intelectuales debemos hacernos cargo de lo que escribimos o de lo que pensamos e incluso ir, como en este caso, a territorios que pueden no sernos favorables. Dicho esto, la consecuencia de haber ido al programa significa también que, en los próximos meses, no pisaré ningún estudio de televisión, de ningún canal, para no proporcionarle a 6, 7, 8 más archivo de imagen. O sea que la consecuencia está relacionada con la decisión de que, como 6, 7, 8 trabaja cortando, sacando de contexto y repitiendo imágenes o palabras de su entrevistado (no solamente me refiero a los entrevistados por ellos sino a los de todos los programas), para mí queda claro que, en los próximos meses no debo ir a ningún canal. Le diré más: han estado barriendo todo lo que ha aparecido sobre mí y no voy a proporcionarles ni una sola imagen más. Entonces, volviendo a su pregunta, ésta es una consecuencia que viene de un movimiento que es la afirmación de la libertad de prensa. Ni siquiera voy a entrar a discutir si es o no un programa de propaganda o un programa periodístico. Ustedes tienen el programa, yo voy. Y voy porque creo en la libertad de prensa, en la discusión y en el debate. Y ustedes encaran el debate posterior al programa de manera tal que hace imposible mi presencia como imagen durante un tiempo. A la palabra escrita no la puedo medir, claro, porque si yo me borrara de la gráfica me estaría borrando de mi propio trabajo.—¿Usted está invitando al panel de “6, 7, 8” a que reflexione sobre esto?—Es decir que no actúen como una amenaza sobre las opiniones a las que descontextualizan porque, de esta manera, cualquiera que emita su opinión puede sentirse amenazado.—Además, me parece que aquí surge el filtro de la omnipotencia que significa haber creado un aparato estatal de las dimensiones del que posee el Gobierno. No hay más que mirar la lista de medios en manos del Gobierno para advertir su extensión. Entonces, el hecho de que alguien se haya atrevido a sentarse tranquilamente a contestar causa un gran revuelo… a tal punto que nos asombra. Como si hubiéramos perdido la noción de lo que es la libertad de pensamiento.—Sí. De todas maneras, yo pienso que hay intelectuales de Carta Abierta, como puede ser el caso de Forster o de Horacio González, que contestan a cuantas preguntas se les hagan. Incluso, creo que hay intelectuales que pertenecen al universo kirchnerista que, frente a la prensa, tendrían la misma actitud que yo. Estoy casi convencida de esto. El problema son estos aparatos paraperiodísticos. Que no son aparatos intelectuales. Le completo: son aparatos mediáticos y paraperiodísticos. No son periodismo en el sentido puro de la palabra. Además, desde el punto de vista periodístico, son muy malos. En principio porque parecerían no conocer la producción de la noticia. Por ejemplo, la forma en que ellos producen los informes que aparecen allí. Como en el caso del programa en el que me tocó ir a mí, donde mostraron un informe sobre los “indignados” españoles en el que parecería que no hubieran consultado la prensa internacional. Me refiero a prensa en español. Ni siquiera hablo de la que se publica internacionalmente en otros idiomas porque, si usted lo hace, queda como un pedestal cosmopolita. Pero estoy hablando de la prensa española que se encuentra en los portales y que es de acceso gratuito: El País, La Vanguardia, El Mundo… incluso, el ABC. En 6, 7, 8 cubrieron la noticia de un modo radicalmente diferente. O sea que han engañado a su audiencia. La cobertura sobre los “indignados”, repito, es un engaño al que están sometiendo a la su audiencia que, al ver esto, pensará que así se está cubriendo en España una crisis como la que ha producido este movimiento juvenil. Insisto en que esto me parece grave porque fomentar la ignorancia del público no es un acto ni progresista, ni nacionalista, ni redistributivo. Me parece que es un acto que debería ser suprimido del propio modelo… (dado que a ellos les gusta hablar de “modelo”), porque equivale a mantener a su público en una especie de cautiverio ignorante. Además, tengo la impresión de que ellos mismos, al mantenerse dentro de esa especie de cautiverio ignorante...Beatriz reflexiona en silencio y continúa:—No puedo creer que esos periodistas que estaban sentados alrededor de la mesa piensen que, realmente, las manifestaciones de los “indignados” son cubiertas de este modo por la prensa española. Y esto es grave porque ellos hablan todo el tiempo de la crítica de la prensa, de la crítica de la construcción de la noticia y finalmente transmiten una noticia internacional que, por como estaba editada, parecía una película de Michael Moore. Además, había una especie de separadores en los que aparecía Carrió… y la verdad es que no se sabía muy bien qué hacía Carrió en medio de los “indignados” españoles. Separadores que pertenecen, más bien, a la cultura del “clip”; a una prensa que quiere transmitir ciertas ideas y una determinada visión del mundo.—Volviendo a su presencia en “6, 7, 8”, una semana después, desde la contratapa de “BAE”, Ricardo Forster la acusa de “desideologización”. ¿Cómo recibe una acusación de este tipo? Beatriz Sarlo permanece en silencio otra vez y luego, con una semisonrisa, dice:—“Nada...” Le diría que “nada”, como se contesta en la cultura juvenil. No tengo que demostrar que no soy una persona “desideologizada”. Mucho no tengo que demostrarle a Forster. Que yo piense que tanto en el campo de la cultura como en el campo del periodismo no existe sólo la lógica del dinero, del poder o de la ideología significa que también hay lógicas formales. Que, por ejemplo, existe la lógica periodística, por la cual un diario oficialista como Página/12 se vuelve un muy mal diario. Que yo piense eso no me convierte en una persona “desideologizada”. Entonces, no tengo que andar mostrándole papeles a Forster. Ni ahora, ni antes. Ni se los pido. Es más: le conozco sus papeles a Forster y no se los pido. Ni se los voy a andar mostrando a la gente. No tengo nada para decir. Que tomen lo que yo escribo y vean si es “desideologizado”. Que lean lo que yo he escrito sobre todos los actos del kirchnerismo y díganme si no soy una persona capaz de captar una dimensión cultural; que tomen lo que he escrito sobre David Viñas, sobre la propia muerte de Kirchner, que tomen mi nota de La Nación y que lean mi libro. Yo no tengo por qué andar demostrando que tengo una ideología. Directamente me están exigiendo pureza de sangre ¿Qué quieren? ¿Saber de mis abuelos ideológicos? Yo no les pido pureza de sangre a los de Carta Abierta pero tampoco voy a admitir eso. Tengo una historia atrás. Si me quieren tirar un expediente, no lo van a poder encontrar. Creo que es por eso que están desesperados.—También Forster habla de escribir o hablar desde las empresas que, “desde antiguo son la voz doctrinaria de la derecha argentina. Todos prefieren mirar para el costado o con cara de “yo no fui”.—Yo creo, y traté de decirlo también en 6, 7, 8, que el periodismo tiene varias lógicas entrecruzadas. Una lógica es la de los intereses económicos. En algunos casos, del propio grupo periodístico y, en otros, de ese grupo y otras empresas más. Esa es una lógica. Pero no podrían hacer medios “solamente” con esa lógica. Porque está también la lógica periodística. Entonces, hay un entrecruzamiento y un tironeo, un conflicto permanente entre estas dos lógicas. No puede haber un medio exitoso que exprese sólo los intereses económicos del “patrón” de ese medio. Eso no existe. Algo parecido ocurre con algunas de las revistas kirchneristas que muchas veces expresan “sólo” los intereses del patrón. Pero, aun en esas revistas y diarios, usted encuentra notas como las de Horacio Verbitsky o Mario Wainfeld, que no reflejan solamente los intereses “del patrón”. O sea: son dos lógicas entrecruzadas. Sin duda, en el capitalismo, ningún diario va a sacrificar, en última instancia, los intereses económicos de sus dueños o de sus accionistas. Sean éstos familiares o parte de un gran grupo económico, como pueden ser los casos argentinos más emblemáticos. No los va a sacrificar. Pero no sacrificaría por completo la lógica periodística porque la lógica periodística también tiene un valor importante en un diario. Sin ella, el diario o el canal de TV o lo que fuere no existe. Si pierde esa lógica periodística, deja de existir. Entonces, la idea conspirativa de que todos los días llega un radiograma de Magnetto a Radio Mitre (donde trabajo) y que Zlotogwiazda lo lee ante el equipo que está haciendo el programa con él es una idea ridícula. No funciona así. Deberían escuchar y leer algo más. No estoy pidiendo con esto que lean mis notas. Sería absurdo. Un acto de narcisismo y de personalismo. Pero tampoco voy a dejarme atacar después de haber escrito lo que yo he escrito durante años.—Por supuesto.—Entonces, tengo credenciales. A muchos de ellos también les reconozco credenciales. A otros, no. Punto. Y no tengo nada que demostrar. Trabajo donde me dan libertad para decir lo que pienso.En toda la actitud de Sarlo se advierte, claramente, que nadie le va a imponer los temas sobre los que quieren hacerla hablar. Pero, para dar una idea de la resonancia que tuvo la actitud de ella en el programa 6, 7, 8, repetimos con asombro que, una semana después (domingo 29 de mayo) Página/12 le dedica la tapa y las primeras dos páginas que firma Horacio Verbitsky y el martes 31 de mayo en BAE, Ricardo Forster le consagra toda la contratapa.—Me parece, Beatriz, que el Gobierno y sus amigos consideraron ofensiva su actitud (que puede gustar o no pero que es una actitud digna). No creo que si no le hubieran dedicado tanto espacio a su último libro, “La audacia y el cálculo”.—Por supuesto que mi libro no hubiera recibido tapa o primera y segunda en ningún diario sensato de este planeta. Digamos que, dentro de una lógica periodística, una intelectual relativamente minoritaria (aunque eventualmente trabaje en los medios) como yo no puede recibir tapa de un diario. No me imagino a un secretario de redacción pautando en esa forma. Es entonces evidente que se trata de un ataque político fuerte, fundamentalmente destinado a los “propios”. Como decirles: “No se equivoquen. Además, esta mujer escribió un libro lleno de errores”.Piensa, se detiene y luego:—Ese cierre de Página/12 del domingo es muy curioso.—¿Exactamente por qué?—Yo recibo Página/12 en papel y, luego de la nota de Verbitsky, comencé a hojearlo y en Deportes, por ejemplo, hay un título de toda la página sobre el partido que perdió Del Potro con Djokovic que dice: “Conmigo no, Delpo…”. Entonces, yo digo: “Pero ¿quién cerró este diario? ¿O se fueron todos a dormir?”. Usan la frase que yo pronuncio en un momento de 6, 7, 8 para titular Deportes?—Le aviso, Beatriz, que ya hay remeras.—No, no… pero lo que yo quiero subrayar es el caos periodístico que eso significa: tapa, primera y segunda página, contra un libro de alguien, como yo, que es investigador del Conicet y sabe cómo se comprueban las cosas. Por otro lado, en Deportes, se olvidaron de que esa frase es mía y titulan con ella toda la página. Desde el punto de vista de la factura del diario, todo está mal hecho. Por supuesto que si uno lo piensa en cuanto a repercusión, no queda sino decir “ah, qué bien” pero el tema es que yo no busco una ventaja. Que mi libro haya sido inspeccionado como se inspecciona una ficha (es la forma en que inspecciona Verbitsky) me parece poco interesante pero, bueno… así son las cosas. Los ingleses jamás responden a las críticas bibliográficas. Las polémicas se arman sobre ideas. El crítico tiene el derecho de decir todo lo que quiera porque previamente existió el derecho del autor a escribir también todo lo que quiso. Es aquí donde yo pongo un punto. Me atengo a la norma británica.—También Verbitsky dice que usted no conocía, al escribir su libro, el discurso que Kirchner pronuncia, en 1983, en el Ateneo Juan Domingo Perón y en el que juzga duramente a los comandantes de la dictadura. Pero, en 1983 llega la democracia. No entiendo demasiado esta mención que parece una respuesta a la cita que usted también hace de que, justamente en 1983, Kirchner vota al justicialismo, que consideraba legal la autoamnistía que se habían otorgado los militares.—Hace unos cuantos días que las usinas kirchneristas están haciendo circular ese discurso. O sea que yo lo conozco ahora. No cuando escribí el libro. Sin duda, era uno de los discursos que pronunciaban los sectores juveniles en 1983. Pero, además, para mí la cuestión no es qué hizo Kirchner durante los años de la dictadura. Yo tampoco le pido certificados a nadie. Cuando me refiero a esta cuestión de qué hicieron los Kirchner en la Patagonia con el tema derechos humanos, tomo el período de la democracia. Me refiero a la amnesia que tuvo Kirchner, el día que recuperó la ESMA, y dijo que venía a pedir perdón por todo el Estado argentino que, por primera vez, hacía “algo” por los derechos humanos. Me refiero a eso. No juzgaría a nadie por lo que hizo o dejó de hacer durante los años de la dictadura. Por supuesto que, siempre y cuando, no haya colaborado con la dictadura. Que esto quede claro. Algunos se exiliaron, otros fueron al exilio interno, otros a los movimientos de derechos humanos. Algunos intentamos mantener viva alguna posibilidad de trabajo intelectual. Hubo verdaderos héroes culturales, como Boris Spivacov, que mantuvo la editorial cultural Centro Editor a pesar de los allanamientos policiales. Entonces, cuando me refiero a Kirchner y los derechos humanos, hablo del momento en que él ya es intendente y, luego, gobernador. Esto, por otra parte, se aclara muy fácilmente: el aparato cultural kirchnerista no tiene sino que ir a Río Gallegos, consultar la prensa de los 12 años durante los cuales Kirchner fue gobernador y observar cuántas veces se conmemoró el 24 de marzo. Es una investigación muy sencilla.—¿Y a qué atribuye que, en aquellas disculpas que Kirchner pronuncia en la ESMA, omite el juicio a los comandantes, que es un hecho único en la jurisprudencia internacional?—Esta es una cosa de la que yo me ocupo mucho en el libro. Kirchner llega como un héroe que va a poner el punto cero de la Historia. A partir de “El”, la Historia recomienza. Y lo hace sobre dos “olvidos” o tachaduras indispensables para él. La primera y más próxima es la tachadura del período de Duhalde y los años que tuvo a Lavagna de ministro de Economía. Esta es la primera tachadura. Kirchner viene en 2003 como si hubiera llegado, en realidad, en 2001. Tacha esos dos años. El quiere persuadirse de que encuentra el país como lo encontró Duhalde y el que debe ser “tachado” entonces ahí es Duhalde. Político con el que, debo decirle, no simpatizo. Pero una cosa es no simpatizar con un político, y otra reconocer qué ocurrió durante “su” presidencia. La herencia positiva que Duhalde le dejó a Kirchner es a través de Lavagna. Kirchner tuvo dos años para aprender de todo el manejo del aparato económico nacional que él no podía conocer de este modo por haber sido durante 12 años (con posibilidad de perpetuarse para siempre, como les gusta a ellos) gobernador de Santa Cruz. La otra “tachadura” que hace Kirchner es la del juicio a las juntas. Un juicio que marca la originalidad de la transición argentina y la distingue de la chilena, de la uruguaya y de la brasileña. En 6, 7, 8 dije que ese plano de televisión en el que se ve a los comandantes en el momento en el que son condenados no es cancelado por la Ley de Punto Final, ni por la Obediencia Debida ni por los indultos. Ese plano no se puede cancelar porque ya había operado en la sociedad. Entonces todos los juicios que, luego, habilita efectivamente el Congreso en un proyecto de ley cuya iniciadora, creo, fue Elisa Carrió pero que los Kirchner impulsaron e hicieron propio, todos los juicios que estamos viviendo hoy, son juicios a los que hay que poner en un punto de continuidad y ruptura con ese primer juicio que le da a la transición democrática argentina su originalidad y su valor. Es de las pocas cosas de las que podemos enorgullecernos los argentinos. Ahora bien, los peronistas no pudieron vivir esto con orgullo porque no habían podido tragar la derrota electoral. Estaban todavía, en el momento del juicio a los comandantes, envenenados por el hecho de haber sido derrotados electoralmente en una elección sin proscripciones Y sobre esto, durante el programa 6, 7, 8 Mariotto esgrimió un argumento verdaderamente extravagante por lo nuevo: dijo que ellos, los peronistas, habían tenido muy malos candidatos porque los buenos candidatos habían sido liquidados por el terrorismo de Estado. Lo menos que se puede decir de este argumento es, repito, que resulta extravagante. Un argumento que no sería aceptado por ningún tribunal de historiadores.
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El populista fino. Por Tomás Abraham

En los años setenta, sectores de la burguesía intelectual brindaban por la guerra revolucionaria desde las cátedras, los consultorios, los estudios de arquitectura, los recintos psicoanalíticos, etc. Otros tomaron las armas y murieron en la lucha. Algunos debieron exiliarse y varios fueron secuestrados y asesinados. Pasadas cuatro décadas, recambios generacionales y conmociones políticas que cambiaron radicalmente el panorama mundial, el kirchnerismo ofrece la oportunidad de la emergencia de un simulacro de aquellos protagonistas de una era de gran violencia. En estos tiempos, vemos cómo doctorandos y posdoctorandos conservan la mueca de un doloroso recuerdo y trasmutan la tragedia en un melodrama. Disponen una cara de pensador, profunda preocupación por el destino de la humanidad, compromiso con la verdad, y le ofrecen a la cultura oficial la necesaria espiritualidad que todo poder ansía. Son los populistas finos. Los otros populistas, los de barricada, aquellos que gritaban ni yanquis ni marxistas, han quedado en el olvido. Ahora ya no se grita. Nos acostumbraron a que se rumia, se mastica con parsimonia, en nombre de Gramsci, Benjamin, y se les agrega Scalabrini, Jauretche y Rodolfo Walsh, para que la salsa sea nuestra y universal a la vez. Ni hablar del docto que en nombre de Lacan, Althusser y Derrida, aclara el motivo por el que nos conviene un Chávez argentino. Para no amedrentar a la muchachada con vocablos exóticos, el populista fino sabe que tiene que emplear palabras punzantes para que alguien lo entienda. Dice entonces “neoliberalismo”, porque si no lo hace se queda sin demonio y sin prójimos. Si antes decía nihilismo, Viena y Weimar, sociedad de consumo, el Yo y el Tú, el Rostro y el Otro, vanguardias estéticas, razón instrumental y tantas efigies de una filosofía pastoral y amarga, ahora con el neoliberalismo tiene la nueva partitura para acompañar su miserere moral.



El populista fino nos cuenta, entonces, las lacras del neoliberalismo. Pero como tiene cola de paja como las brujas, debe ponerse la máscara de Savonarola para declamar injusticias, subido al púlpito mediático. Pero en ese rinconcito del corazón en el que duerme con un ojo abierto la lechuza llamada Verdad, se deja oír el llanto del ave encadenada que recuerda que ese movimiento histórico fue el que catapultó a Néstor Kirchner al estrellato, gracias al cual recibió centenas de millones de dólares por la federalización de los recursos naturales y la venta de YPF. Tal dádiva le permitió convertirlos en Bonos que duermen enterrados en Calafate. El populista alta gama puede darle las gracias al amigo Cavallo, gracias al hermano Menem, porque aquellos años fueron felices en especial en el Sur, las imágenes lo muestran, el agradecimiento del gobernador de Santa Cruz era infinito, y la colaboración de la Presidenta en el Pacto de Olivos era lo menos que podía hacer para expresar su gratitud. ¿Cuál es la extraña razón por la que todos los que hoy se persignan cuando se dice “neoliberalismo”, lo adoraban como al Vellocino de Oro mientras devoraban la pizza y brindaban con champagne? Porque era de oro. Cuando el oro se hizo latón, después de la crisis de los mercados emergentes, comenzaron a pelearse por buscar la salida antes de que el barco se hundiera del todo para hacerse sin pérdida de tiempo de billetes con la devaluación.
No es fácil ser un populista fino. Su rostro adusto debe posar al lado de la máscara hilarante y exaltada del jefe perverso. El puritano de las letras debe acomodarse a las intrigas del príncipe político. Para un perverso, el superyo es su socio. Puede decir las más ingentes barbaridades y traicionar a quien fuere sin que se le mueva un pelo. Cada norma, regla, ley, cada aspecto de la realidad, es una oportunidad que tiene para pintarrajearla como se le antoje. Practica el juego “ubuesco” del poder tal como lo definía Michel Foucault. El rey Ubú, el loco de Alfred Jarry, se aloja en el trono de todos los déspotas circenses de la historia. Cuanto más irrisorio es el modo en que ejercen el poder, tanto más desfachatado y menos importancia le dan a lo que se espera de su investidura; cuanto más escupen sobre los fundamentos que los legitiman, cuánto más mienten a viva voz, mejor exhiben la omnipotencia de su dominación. Nosotros disfrutamos con alegría la regencia de este tipo de personajes casi sin respiro hasta el día de hoy. Ejemplos: ¿No era ubuesco el Comité de Etica que formó en su tiempo Carlos Menem? ¿No constituían una demostración de poder ubuesco las candidaturas testimoniales de hace dos años? Este tipo de manifestación arbitraria y jocosa encarna el fenómeno de la soberanía grotesca, subproducto –como lo señala el filósofo francés– del ejercicio arbitrario del poder. Y este fenómeno tiene su efecto de resonancia. Por eso, hoy abundan los periodistas grotescos, los filósofos grotescos, los políticos ídem, sin olvidar que hay populistas finos también.
Gracias a este último agregado cultural, es posible que en tiempos electorales percibamos cierta elegancia de parte de los elencos oficiales. Producción de sonrisas, invocaciones a la diversidad y al pluralismo, tonada conciliadora, invitaciones a compartir tertulias, presentaciones de candidatos con cara de sobrinos preferidos y retoños cumplidores. Elegancia con poco Pérsico, casi nada de D’Elía, nada de Moyano, un Timerman y un De Vido meditando en la cucha, menos palabras dedicadas a la distribución de la riqueza –más aun cuando se quiere atraer a algunos votantes que en parte la poseen–, mucha Camporita juvenil y funcionarios con jopo y viola. Si hubo champagne en los noventa y sushi en el dos mil, los populistas finos y adláteres propondrán lo suyo.
Mientras preparan la mesa para el banquete triunfal, el doctor de los humildes hará uso de mala poesía y con retórica pomposa entonará una pasionaria para gloria de las multitudes, que evoca aquellos espectáculos de la inmortal Berta Singerman recitando la Marsellesa en el Teatro Municipal San Martín. No hay como Adolfo Bécquer y Amado Nervoudú para escribir las elegías kirchneristas. ¿No cumplían la misma función los evangelistas que acompañaban a los colonizadores con el fin de trasmitir un nuevo lenguaje en nombre de la salvación de las almas? Debemos admitir que el populista fino que antes sólo tenía ideas ahora tiene pueblo. Tiene la costumbre de llamar pueblo a los que no viven en Barrio Norte, como las gorilas María Belén y Alejandra, personajes célebres de Juan Carlos Colombres “Landrú”.
Estos nuevos actores de la escena política argentina no son para desdeñar. El populista fino, el economista canchero, las actrices extasiadas por amor al modelo, ah, cómo olvidarnos del periodista militante twitteando desde la trinchera, y el papá que vuelve a la secundaria para hacer la huelga con su hijo, todos estos protagonistas debutan en la escena política. Con la ayuda del dios del tiempo, Cronos, que nos da las lluvias que fertilizan las pampas, del dios Hefaistos que templa los hierros en los suburbios industriales de San Pablo, y de la diosa Métis, hija de Océano y esposa de Zeus –protectora de astutos y ladinos– recibirán, mediante la ayuda divina y la contribución ciudadana, la ansiada bendición de octubre.
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De la juventud rebelde a la del poder. Por Mario Cámpora

En el Parque de la Memoria figuran nombres de queridos compañeros asesinados por la dictadura militar: el de Luis Guagnini, brillante periodista muerto a los 33 años en el campo de tortura de El Banco, y el de Roberto Sinigaglia, que me preanunció “el holocausto de una generación” y fue secuestrado en 1976. Los nombro en representación de esa generación que entró a la vida pública durante la resistencia peronista y que, silenciada, creció bajo las dictaduras. En 1973 ya son profesionales y vertebran la lucha electoral de Héctor Cámpora.


Al lado de ellos emergieron los jóvenes, la juventud maravillosa, rebelde, que como sus mayores creció en la violencia del Estado autoritario. También ellos pagaron su militancia con la vida: en esas listas figura mi sobrina Alicia María Hobbs, asesinada a los 22 años. Desde fuera del poder, sin recursos ni cargos públicos, pretendimos cambiar un orden fundamentalmente injusto, antidemocrático, elitista y represor. El testimonio de esta lucha está reflejado en El Presidente que no fue de Miguel Bonasso.
En 1973, el país necesitaba reinstaurar las instituciones de la democracia que se encontraban totalmente sumergidas por el imperio de la fuerza militar. Ello suponía un desafío que Perón desde el exilio enfrentaba con grandes dificultades, aun cuando contaba con un aliado de gran lealtad, que era el pueblo argentino. Restaurar la democracia –vencer al régimen militar– era el objetivo que debíamos alcanzar y que se logró el 11 de marzo. Poco tiempo después, el país perdió el rumbo y volvió a imperar una feroz dictadura que lo ensangrentó.
Lo fundamental de la primavera del ’73 fue su vocación por cuestionar un poder sustancialmente injusto.
Hoy aparecen los jóvenes de La Cámpora que venturosamente levantan nuestras consignas. A diferencia nuestra, tienen la fortuna de militar en democracia. Ellos, también a diferencia nuestra, son el poder: ocupan altos cargos en la administración pública, administran empresas del Estado, se sientan en los directorios de las empresas privadas y logran lugares en las listas electorales.
Manejan por ello enormes recursos estatales y tienen, se dice, un líder en el corazón del poder: Máximo Kirchner.
Si levantan las banderas del ’73, se puede esperar entonces que –provocadores– disparen debates de singular relevancia para el futuro de la patria: denunciar el escándalo de la pobreza, la corrupción, la inseguridad, la violencia y el creciente descontrol del narcotráfico. Más allá del cotillón ideológico de izquierda o derecha, es evidente que el Estado se ha vuelto impotente para encarar de manera estructurada y sostenida los problemas que asuelan a los argentinos. El Estado impotente: que perdió el control de áreas urbanas y que ya no está en condiciones operativas de defender el territorio nacional.
También podrían cuestionar la matriz del modelo que produce efectos opuestos a la esencia de nuestro proyecto nacional y popular: mayor concentración de la riqueza en pocas manos, acelerada extranjerización de las empresas argentinas, manejo inconsulto de los recursos mineros e hidrocarburíferos, expansión irresponsable de la frontera agropecuaria a costa del bienestar de las generaciones futuras.
Frente a estos desafíos, la estrategia no puede consistir en transformar a Héctor Cámpora en una figura muda y abstracta, que sólo se invoca para ser funcional a las batallas circunstanciales del kirchnerismo. Mucho más útil resultaría retomar sus banderas y contextualizar sus luchas frente a los desafíos del presente. No parece cuestionable que la Presidenta –que también empezó a militar en democracia– considere que ser profesional y tener menos de 35 años sea un valor en sí mismo. Pero sí cabría recordarle que esos dos atributos no son una condición suficiente para manejar los bienes del Estado, los cuales, aunque últimamente haya tendido a olvidarlo, son de todos los argentinos.
*Diplomático y sobrino del ex presidente Héctor J. Cámpora.
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Militar, callar, matar. Por Yoani Sánchez

Apenas pude dormir la madrugada pasada. Un libro me dejó dando vueltas en la cama, mirando el techo cuadriculado de mi habitación. “El hombre que amaba los perros”, la novela de Leonardo Padura, estremece por su sinceridad, por el ácido corrosivo que lanza sobre la evasiva utopía que quisieron imponernos. No hay quien conserve la calma después de leer los horrores de aquella Unión Soviética que nos hicieron venerar cuando niños. Las intrigas, las purgas, los asesinatos, el exilio forzado, aunque se lean en tercera persona le quitan el sueño a cualquiera. Y si, encima de eso, uno vio a sus padres creer que el Kremlin era el guía del proletariado mundial y supo que el presidente de su país tenía –hasta hace poco– una foto de Stalin en su propio despacho, entonces el insomnio se torna más persistente.


De todos los libros publicados en esta Isla, me atrevo a decir que ninguno, cómo éste, ha sido tan devastador con los pilares del sistema. Quizás por eso, en la feria del libro de La Habana sólo se distribuyeron 300 ejemplares, de los cuales apenas 100 llegaron a manos del público. Es difícil –a estas alturas– censurar una obra que ya ha visto la luz en una editorial extranjera y cuyo autor sigue viviendo en su Mantilla de carretera polvorienta. Por la visibilidad que alcanzó fuera de la Isla y porque resulta casi imposible seguir restando nombres a la cultura nacional sin que esta se quede despoblada, fue que los lectores tuvimos la suerte de asomarnos a sus páginas. El asesino de Troski se nos revela en ellas como un hombre atrapado por la obediencia del militante, que cree todo lo que dicen sus superiores. Una historia que nos toca muy de cerca y no sólo porque nuestro país sirvió de refugio a Ramón Mercader en sus últimos años de vida.
Padura pone en boca del narrador que la suya fue la generación “de los crédulos, la de los que románticamente aceptaron y justificaron todo con la vista puesta en el futuro”. A la nuestra, sin embargo, le tocó amamantarse de la frustración de sus padres, mirar lo poco que habían alcanzado quienes una vez fueron a alfabetizar, entregaron sus mejores años, proyectaron para sus hijos una sociedad con oportunidades para todos. No hay quien salga indemne de eso, no hay quimera social que se sostenga ante tan obstinada realidad. La larga madrugada dando vueltas en la cama me dio tiempo para pensar no sólo en la basura escondida debajo de la alfombra de una doctrina, sino también en cuántos de esos métodos se aplican todavía sobre nosotros y cuán profundamente el estalinismo se instaló en nuestras vidas.
Hay libros –se los advierto– que nos abren tanto los ojos que ya no podremos volver a dormir en paz.
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martes, 17 de mayo de 2011

La izquierda neurótica y el gobierno. Por Abel Posse

Las izquierdas argentinas se atomizan por compromisos electorales, por dependencia interesada y venal del poder de turno y, sobre todo, por carencia de autocrítica y de un balance adecuado del fin mundial de las izquierdas no capitalistas. Carecen de respuestas estratégicas y repiten una agresividad sin destino, sin comprender que China garantizó los bonos de Estados Unidos y que de alguna manera ejercita un callado Plan Marshall con los países europeos y africanos en crisis. Invierte en los emergentes y en el grupo Brics, ese motor nuevo de a economía mundial (que ahora agrega la S de Sudáfrica que ocupa el lugar ese que la Argentina no supo aprovechar).

Para alegría de la izquierda barrial antimperialista, la Argentina está en mala posición en el grupo de los veinte. La tontería del Gobierno y de las izquierdas es no comprender que la Argentina forma parte de los países ricos del inmediato futuro. Es el emergente que se prefiere entre paréntesis y sin recibir las enormes inversiones que se le destinaría. Estaría a la cabeza de los exportadores agroalimentarios, tiene agua, la mejor tecnología agraria y agroindustrial, y el cheque en blanco de los mercados orientales y, sin embargo, se sienta ante el grupo de los veinte, con críticas o reservas de chico díscolo. Con prejuicios y puritanismo pequeñoburgués, como se decía.
En realidad, la izquierda desde el Partido Obrero hasta Pino Solanas, la Cámpora o el trotzkismo callejero de Quebracho, pasó de la política al folclorismo nostálgico de la boina derrotada del gran Guevara y del rencor al capitalismo, sin advertir que los dos imperios marxistas-leninistas no fueron derrotados en alguna atroz guerra mundial, sino que implosionaron con sus partidos marxistas-leninistas en el poder, precisamente por haber fracasado en el centro de todo el edificio materialista-dialéctico, cuyo ladrillo fundamental era la economía como sostén de todas las superestructuras.
Las izquierdas ya no pueden hacer la revolución, sino jugar a la revolución. El progresismo es la sustitución de la revolución por modificaciones cosméticas que no cambian el extremo rigor de la estructura capitalista mundial, en actual superación de la crisis financiera mundial de 2008 y con voluntad de extender la anonadadora globalización.
Se dice que muchos sectores que presionan las decisiones de nuestra Presidenta descubrieron a Carl Schmitt, pero lo leyeron mal. Se quedaron con la famosa confrontación de amigo-enemigo, pero olvidaron un aparte fundamental, que es su realismo ante la etapa de tremendo desarrollo industrial-tecnológico y la necesidad de no negar el ingreso de los países al juego del poder real del mundo. Escribió: “No hay que cegarse ante las necesidades objetivas del desarrollo económico, pero tampoco debemos cegarnos ante ellas como los mexicanos que creyeron en los ‘dioses’ blancos que vinieron del mar”. Aceptar el signo del enriquecimiento y el equilibrio de los grandes espacios. “Entonces se verá qué naciones y pueblos perdieron su faz, su idiosincrasia por haber sacrificado su individualidad nacional, su cultura, al ídolo de una tierra tecnificada.” Schmitt, con Ernst y Fiedrich Jünger, con el economista social Niekisch, comprendió ya en 1920 que sólo con riqueza y aprovechamiento táctico de las posibilidades de la realidad económica de cada tiempo se podrá acumular capital para construir desde el enriquecimiento la preservación cultural y la justicia social. Arrancar desde la noción de justicia, frenando el enriquecimiento nacional, era para Schmitt un gravísimo error, cuyo ejemplo sería Cuba: miseria con dignidad.
Los jóvenes de la Cámpora, el Gobierno y esa izquierda que parece despreciar el capitalismo internacional deberían comprender que están en un error puritano sin aprovechar entregadamente el camino de China o Brasil, que ingresando en el juego económico mundial lograron absorber marginalidad y miseria (hambre cero, escolaridad, el reciclado social del campesinado chino).Sólo desde el poder económico podremos desalienarnos de la subcultura mundializada. El capitalismo es una etapa y el mercantilismo actual, su crisis posiblemente terminal. Una nueva socialidad debe ser pensada en relación con la particularidad nacional.
La Argentina tiene la oportunidad de no anularse, de no quedarse al margen con el garrote en mano de Quebracho, ni con el socialismo nacional, rosado y sentimental.Parafraseando a los sabios jesuitas: “Hoy hay que entrar por la de ellos para salir con la nuestra”.
*Escritor y diplomático.
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sábado, 7 de mayo de 2011

"El mejor barómetro de la libertad de un país es leer sus periódicos". Por Mario Vargas Llosa

(Discurso del premio Nobel de Literatura en la entrega de los premios Ortega y Gasset)
Señor presidente del Gobierno, jefe de la oposición. Señoras, señores, queridos amigos. Comencé a trabajar en un periódico cuando tenía apenas 15 años, en el diario La Crónica, de Lima. Y creo que desde entonces siempre he hecho periodismo hasta ahora. Tal vez por eso soy un adicto a los periódicos y no puedo comenzar el día sin dedicar por lo menos una hora a leerlos y vivir, a través de ellos, la actualidad.

Celebrar 35 años de la vida de un periódico, que ha tenido un papel principalísimo en uno de los hechos históricos más importantes de la vida contemporánea, como ha sido la Transición española de la dictadura a la democracia, es un acontecimiento del que debemos alegrarnos no solo todos los lectores de periódicos sino todos los que creemos que el periodismo es uno de los pilares centrales de la cultura democrática.
Aunque ya se ha dicho, quisiera recordarlo una vez más: No existe barómetro mejor para la libertad de un país que leer sus periódicos. Así sabremos si de verdad la libertad existe y se refleja con un pluralismo informativo y político, o si la libertad se ha eclipsado. Nada refleja mejor la pérdida de libertad de un país que esa prensa monocorde que repite como una simple correa de transmisión las consignas del poder oficial.
Llegué como estudiante a España en el año 58 y recuerdo la extraordinaria explosión que significó en la Transición la aparición de periódicos que reflejaran un sistema de pensamiento que no tenían ni una sola opinión, sino un abanico de opiniones. Competían entre ellos, monopolizaban y discutían dentro de un denominador común de cordialidad y de esperanza por un futuro que se abría para España.
En esa circunstancia nació EL PAÍS. Es verdad que contribuyó de una manera decisiva a la democratización de España: ofreciendo unas tribunas, unas columnas, aumentando un espectro importante de la vida política española que hasta entonces había permanecido en la sombra... Pero el aporte de EL PAÍS a la Transición española fue mucho más importante que dar columna a un espectro político amplio de centro, de centro-izquierda o de izquierda. Contribuyó a la democratización del periodismo y luego a la democratización política de España. Fue un periódico que introdujo la modernidad en la diagramación, en la presentación de las noticias y, también, en la manera de encarar la actualidad. Fue marcando el ejercicio del periodismo en España. Es uno de los aspectos por el que, sin ninguna exageración, se puede decir que España anda muy bien.
No ha hecho del escándalo de la noticia espectacular el motivo principal de atención de sus lectores. Creo que todos los periódicos importantes de España guardan un mínimo de decoro, sobriedad y tienen un sentido agudo de la importancia de las noticias. Eso es siempre una extraordinaria garantía para la institucionalidad y la democracia. Creo que en esto EL PAÍS ha sido pionero y es una de las razones por las que uno debe enorgullecerse. España es un país de referencia en el escenario internacional gracias a esa forma de hacer periodismo.
He escuchado con cierta tristeza las palabras finales de [Juan Luis] Cebrián, en las que traspira un pesimismo sobre el estado de la democracia en España y en el resto del mundo occidental. Yo no soy tan pesimista como él. Creo que con todos los defectos que tiene, que son muchos, la democracia sigue siendo en Occidente la forma de sociedad más avanzada que tiene el mundo de hoy. Más avanzada en el sentido de haber difundido más las dolencias, los infortunios, los abusos a los derechos humanos fundamentales, que constituyen la vida de millones y millones de personas en todo el mundo.
La crisis económica ha golpeado con ferocidad a muchos hogares de España y de países europeos. Basta mirar atrás y hacia otros lados para darse cuenta que comparativamente la democracia en España sigue siendo una realidad. Y esa realidad ha liberado a España y a Europa de tragedias infinitamente peores que viven democracias más débiles o países que todavía no conocen la cultura de la libertad.
Yo creo que, como ha dicho Javier Moreno, la democracia es una realidad irreversible en España y eso es uno de los grandes logros de la Transición española. En muy poco tiempo la sociedad española hizo suya la cultura de la libertad y creó un país que estaba todavía profundamente dividido. Una sociedad de colaboración, cooperación y coexistencia en la diversidad.
Yo no creo como Juan Luis [Cebrián] que ese sentimiento, ese denominador común, se haya empobrecido y mucho menos desaparecido. Creo que siempre está allí, debajo de la vivencia y de la beligerancia, del debate político, debajo de los excesos de la palabra de turno que muchas veces acompaña este debate. Sobre las cuestiones fundamentales hay en España esos consensos extraordinarios que los hay en Inglaterra, en Francia, en los países nórdicos, Estados Unidos, y que son el sustento más firme de la democracia. Esa es la más extraordinaria realización política que me ha tocado vivir. Cómo un país que salía de 40 años de dictadura, de 40 años de falta de experiencia democrática y de falta de experiencia de coexistencia en libertad, hizo suya y se impregnó de esa cultura y la convirtió en una forma de vivir y convivir.
Eso ha traído a España un desarrollo extraordinario que la crisis terrible de estos días no puede hacernos olvidar. Y ha dotado a España de los instrumentos necesarios para poder superar crisis tan graves como las del momento presente. En todo esto, yo diría que el periodismo, y muy especialmente EL PAIS, ha cumplido un papel principalísimo.
Soy colaborador de El PAIS desde hace 21 años y me siento muy orgulloso de escribir en sus páginas. Muchas veces he discrepado y discrepo con la línea editorial de EL PAIS. EL PAIS, periódico liberal. Le he dicho a Juan Luis Cebrián que hay liberales... y liberales... [dice, alejando el brazo cada vez más hacia la derecha] y liberales, que creo que aquí [brazo apartado más a la derecha aún] estoy yo. [Risas del público].
Pero esas discrepancias he podido expresarlas siempre, con la más absoluta libertad, en las columnas que escribo en el diario sin haber recibido jamás por ello la menor amonestación. Creo que eso que ocurre en EL PAÍS es uno de los mejores síntomas de la manera cómo en España la cultura de la libertad ha impregnado la vida de los españoles. Y ese es para mí el mejor escudo que tiene España contra cualquier aventura retrograda.
Tiene razones EL PAÍS de sentirse orgulloso por haber contribuido a esta extraordinaria proeza democrática que es la España de nuestros días. Por eso hay que alegrarse de estos 35 años. Felicitar, agradecidos, a todos quienes han hecho posible y siguen haciendo posible la realidad diaria de EL PAÍS. Y desearles que cumplan muchos otros cumpleaños en el futuro para el bien de España, para el bien de Europa y para la felicidad de esos adictos a la lectura de periódicos como el que les habla. Muchas gracias.
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sábado, 23 de abril de 2011

Vargas Llosa, la Feria del Libro y los "progres" argentinos. Por Daniel V. González

Finalmente Mario Vargas Llosa pasó por la feria del libro y lo hizo con un discurso y una entrevista brillantes y llenos de matices para los que gustamos de su literatura y también disfrutamos al verlo defender sus ideas políticas.
Se permitió el homenaje a Borges y Cortázar, el humor, el relato gesticulado y incluso la suave e inteligente ironía para con el gobierno nacional. Sus relatos, instigados en un diálogo posterior a la conferencia, por Jorge Fernández Díaz, acerca del origen de algunas de sus obras más importantes, alcanzaron momentos gloriosos. En especial, cuando nos contó acerca de Pedro Camacho, el escribidor que compartió libro con la Tía Julia. Fue un placer verlo, escucharlo y leerlo.


Muy importante fue que finalmente el gobierno ordenó frenar todos los escraches que se estaban organizando, con la única y sintomática excepción del pensador Aníbal Fernández, que logró publicar un libro justo antes que comenzara la Feria lo cual parece haberle otorgado la valentía como para polemizar, ya entre colegas, con el escritor peruano y con el filósofo Fernando Savater. En esta etapa de su vida, todos sabemos, Aníbal siente encarnar a Jauretche. Y carece de amigos que tengan la valentía de sugerirle lo confundido que está.
Pasado el discurso y la ceremonia oficial de la Feria, los intelectuales kirchneristas, con la sangre en el ojo tras haber sido reconvenidos por la presidenta, que tuvo el buen tino de evitar el veto que había propuesto el titular de la Biblioteca Nacional, destilaron su disconformidad, objeciones y críticas. Resulta interesante repasarlas.
La nota de Horacio González en Página 12 es bastante reveladora de un hecho incuestionable: al progresismo argentino le cuesta encontrar algún costado fácil sobre el cual descargar su crítica a Vargas Llosa. El peruano se les planta como un liberal consecuente y sin fisuras, alguien que combate las dictaduras de derecha tanto como las de izquierda, que defiende la democracia, que está a favor del aborto y de la libre circulación de drogas. Y para colmo es un escritor brillante y un intelectual agudo, ilustrado y valiente.
Ya la noche anterior, en el programa A dos voces, en TN, González había intentado desmerecer a Vargas Llosa comparándolo con Borges, exhumado del Index peronista por un rato, al sólo efecto de embromar a Don Mario. “Borges fue muy superior a Vargas Llosa”, se animó a decir, como si fuera pertinente un cotejo entre dos artistas (¿Era mejor Monet que Renoir? ¿Messi que Maradona?). En punto a literatura, puede decirse que Vargas Llosa seguramente es incapaz de escribir algún cuento de infinitos, laberintos o cuchilleros con la maestría que lo hizo Borges pero éste tampoco podría lograr ninguna novela de las que nos va dejando el escritor peruano.
De esta comparación impropia entre ambas producciones literarias, González se ve obligado a deducir –después de todo es uno de los principales pensadores kirchneristas; es su trabajo- que “eso demuestra la decadencia” del Nobel como premio literario. Es decir, para González Vargas Llosa no merecía el premio y, si lo obtuvo, no es un mérito suyo como escritor sino una simple expresión de decadencia del lauro. Probablemente, en próximas ediciones, Horacio González se atreva –en TN no lo hizo- a sugerir nombres alternativos, como José Pablo Feinmann o Juan Gelman cuya literatura podrá ver con mejores ojos a la luz de sus ideas políticas progresistas que exhiben esos autores.
En realidad, Vargas Llosa no molesta por su literatura (aunque ésta, de paso, reciba críticas o indiferencia) sino por sus opiniones políticas que, además, el peruano tiene la mala costumbre de plasmar en papel casi todas las semanas. Y en este sentido, tampoco puede ser comparado con Borges, que era un literato puro que apenas si disfrutaba, de tanto en tanto, de tirar alguna estocada de dura ironía contra el poder y, muy especialmente, contra el peronismo. Por eso, hasta esta reivindicación que hace ahora González, el peronismo prefería al autor de El Aleph en algún lugar del Mercado Central.
En punto a su vocación, atención, estudio, seguimiento y participación en la política, lo de Vargas Llosa no puede ser comparado con Borges pues el escritor peruano incluso participó de una elección presidencial, como candidato de un movimiento formado por él mismo que fue a balotaje y finalmente perdió con Fujimori.
Efectivamente, lo que molesta de Vargas Llosa son sus opiniones políticas y, aunque sus críticos se confiesen grandes lectores de su obra, en realidad desdeñan su literatura porque Vargas Llosa es un liberal. Y el progresismo argentino maneja un canon literario similar al de la Casa de las Américas, con apologías y rechazos fundados en la distancia que los autores deparen de las ideas socialistas, de Cuba y, ahora, del populismo.
Pero aún así, Vargas Llosa se les torna escurridizo y esquivo; difícil de atacar. En efecto, su literatura, sus escenarios, sus fantasías, los personajes, su enfoque, las preferencias que pueden extraerse de los textos, la temática elegida, nada de ello deja fisuras para un fácil ataque “progre” a un presunto ogro reaccionario.
Desde Conversación en la Catedral hasta La fiesta del chivo, el escritor ha descrito de modo punzante y sin concesiones las dictaduras latinoamericanas. El novelista y el ensayista no son Jekyll y Hyde sino uno y único que usa el filo y el contrafilo según convenga. Para padecimiento de sus detractores, su reciente novela, El sueño del celta es una formidable denuncia de los abusos y crueldades del colonialismo inglés y francés en las plantaciones de caucho.
El ataque de Horacio González también recayó en el hecho de que “la marca Vargas Llosa” sería representante del “mercado mundial de las novelas”. Una objeción curiosa pero, como todo lo que expresa HG, confusa.
(González tiene la costumbre de hablar y escribir de un modo críptico, con ideas expresadas a medias, que las tira como salpicando, sin mirar a los ojos, sin desarrollarlas a fondo. Esta forma expresiva induce a pensar que quien la utiliza carece de la convicción o el valor para llevarlas hasta el final o bien que se expresa de un modo confuso y cerrado para escamotear un debate que de otro modo le resultaría desventajoso.)
Pero volvamos a eso de que Vargas Llosa forma parte del “mercado mundial de la novela”. ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Que el escritor laureado es una suerte de invento del mercado, un escribidor sin talento que ha contado con los favores de una publicidad que lo ha instalado inmerecidamente en un sitial que le queda grande? ¿Qué sus novelas son “comerciales”, esto es de baja calidad literaria, nutridas de golpes bajos e impregnadas de los tics que demanda un mercado de lectores descuidados y poco exigentes? No lo sabemos porque González no lo aclara. Según su estilo, tira la frase y deja allí la insinuación picando, en forma insidiosa y sibilina, sin animarse a profundizar la idea.
Complicado para atacar a Vargas Llosa en tanto su ideario liberal muchas veces lo deja a la derecha, González prefiere abordarlo por el lado moral. Entonces lo compara con Raúl Scalabrini Ortiz, que no era literato sino un pensador agudo pero que apenas se asomó más allá del tema de su preferencia casi exclusiva: los ferrocarriles argentinos. González contrasta la luz que irradia Vargas Llosa, el boato que lo rodea, su éxito, su condición de figura mundial de las letras y el ensayo, con la modestia y los padecimientos de Scalabrini, cuya devoción por el destino nacional argentino nadie puede discutir; una suerte de chantaje moral claramente demagógico.
También le reprocha al escritor peruano que el protocolo lo haya llevado a reunirse con Mauricio Macri, a quien supone tosco e iletrado. Como HG es afecto a los juegos de palabras, fuerza uno que resulta absolutamente insustancial: le señala a Vargas Llosa su preferencia por el “bovarysmo” (por Madame Bovary, el personaje de Flaubert) antes que el “bolivarismo”. Una muestra de insustancialidad reveladora.
Página 12 bombardea a Vargas Llosa con otras notas y un reportaje. Mario Wainfeld equivoca manifiestamente el tono de su nota. Trata a Vargas Llosa con de manera burlona y sobradora (“Varguitas”) lo que resulta absolutamente inapropiado si tenemos en cuenta la diferencia de estaturas. Pero no hay ánimo auténtico de debate sino simplemente de denuesto. Nadie quiere discutir las ideas de Vargas Llosa sino, con prejuicios, atacarlo en defensa de “lo nacional y popular”. Wainfeld le reclama, por ejemplo, no haber leído el informe que Bialet Massé hizo sobre el estado de la clase obrera en la Argentina de la segunda presidencia de Roca y llega a insinuar que el escritor “arrugó” pues no atacó al gobierno.
El reportaje de tapa, es de antología: inquiere al Premio Nobel de Literatura… ¡sobre temas económicos! que, obviamente, no son de su especialidad aunque, claro está, el novelista cuenta con conocimientos sólidos aunque necesariamente generales y no técnicos. Ahí lo tratan de arrinconar con un tema elemental: si el estado sí, o si el estado no. Lo remontan a Adam Smith y le arrojan a la cara a Paul Krugman, Nobel en Economía, para hacerle ver lo equivocado que está al ser liberal. Un verdadero espanto.
¿Qué es lo que lleva a los “progresistas” argentinos a librar esta verdadera cruzada contra el pensador y literato peruano? Claro que sus ideas políticas y, probablemente más que ellas, sus ideas económicas. De hecho, el reportaje de Página 12 está anunciado en tapa con una frase del escritor: “La intervención del estado genera injusticia”. Frase que, obviamente, el diario juzga horripilante y casi genocida.
Sin embargo, no es Vargas Llosa sino nuestros intelectuales “progres” los que están en deuda. El escritor recorrió el camino completo: se ilusionó con el socialismo en los sesenta pero mantuvo en alto su espíritu crítico. Percibió que las promesas de libertad de la revolución cubana no se verificaron y que el paraíso soñado degeneró rápidamente en una sociedad injusta, dictatorial, sin libertades. Que, además, la economía dependía del aporte soviético y que, librada a sus propias fuerzas, caminaba rumbo al desastre categórico, como efectivamente ocurrió.
Vargas Llosa tuvo la valentía de revisar sus puntos de vista ante ese fracaso evidente. Su ruptura con el socialismo lo llevó hacia el pensamiento liberal, al que considera único e indivisible: democracia y mercado. Pasados los años, el derrumbe estruendoso de la Unión Soviética y Europa del Este y, además, los cambios de China hacia la economía de mercado, parecen haber dado la razón al pensador y novelista. En estos temas, Vargas Llosa no está solo sino que lo acompañan muchos intelectuales de todo el mundo que de ningún modo aceptan la opresión y la conculcación de las libertades más elementales en nombre del socialismo.
Son nuestros “progres” los que no se han dado por enterados de los cambios en la política y la economía mundial de las últimas décadas. Prefieren no hablar del tema. No han reelaborado sus puntos de vista. Por cobardía, pereza intelectual o simple conveniencia alimentaria, sostienen puntos de vista que cada vez más resultan indefendibles con los antiguos argumentos. Temen, probablemente, ser acusados de traidores y claudicantes si se atreven a decir lo que a esta altura ya resulta evidente: que el rey está desnudo, es decir, que el socialismo ha fracasado, que apenas sobreviven restos dispersos. Ven en el “populismo” algunos rasgos que, si bien no tienen la intensidad ni la nitidez del socialismo, al menos les permiten ilusionarse con la vigencia de aquellas ideas de hace cincuenta o sesenta años y que hoy, tal como estaban formuladas, resultan impresentables.
Pero aún teniendo a la vista los fracasos más estruendosos en relación con la economía planificada al estilo soviético, aún cuando los decrépitos hermanos Castro han decidido dar lugar a la iniciativa privada, como una clara aceptación del fracaso de su régimen político y económico, nuestros “progres” no dicen una palabra, hacen silencio, y sostienen a brazo partido que la panacea es, simplemente, la ampliación de la intervención estatal y la supresión creciente del mercado. O sea, un rumbo probado que ha fracasado en todo el mundo y que en la Argentina sólo es posible por los vientos que soplan desde China… gracias a que su dirigencia, aún sin abdicar del socialismo, ha cedido espacios crecientes al mercado y la iniciativa privada, cuyo impacto benéfico nos llega gracias a la denostada globalización.
Vargas Llosa se les presenta a nuestros intelectuales “progres” como un espejo en el cual no desean mirarse: un intelectual valiente, crítico que no ha temido abandonar antiguas ideas en las que creyó para abrazar otras distintas. Un intelectual que expresa sus puntos de vista con transparencia y sin medias palabras, y que –como si todo eso fuera poco- escribe novelas como sólo lo hacen los dioses de la Literatura Universal.
Por eso Mario Vargas Llosa resulta inasible a esta franja de los intelectuales argentinos: porque un gigante siempre es difícil de horadar. Sobre todo cuando cuenta con la virtud de la transparencia.

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viernes, 22 de abril de 2011

La libertad y los libros. Por Mario Vargas Llosa



"La libertad y los libros", por Mario Vargas Llosa
Texto completo del discurso de Mario Vargas Llosa en la 37º Feria del Libro de Buenos Aires
Señoras, señores, queridos amigos:
Agradezco a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires por honrarme con la invitación a ocupar esta tribuna el día de la inauguración. He tenido ya ocasión de participar en ella hace algunos años y me alegra saber que ha ido creciendo y atrayendo cada vez más a editores, libreros y lectores, del mundo entero, hasta convertirse en una de las ferias de libro más importante mes en todo el ámbito de nuestra lengua.

No me extraña nada que haya ocurrido así.
Desde la primera vez que pisé Buenos Aires, hace de esto cerca de medio siglo, advertí que esta ciudad y los libros tenían una afinidad recóndita, comparable a la que sólo había advertido antes en París, y que, al igual que esta última, Buenos Aires era una ciudad de librerías -modernas y anticuarias-, de cafés literarios, de escribidores y lectores, donde todo letraherido se sentía inmediatamente en su casa. No es por eso nada raro que uno de los más grandes creadores de nuestro tiempo, Jorge Luis Borges, fuera un porteño y que se pueda decir de su extraordinaria obra que toda ella es como la exhalación imaginaria emanada de una biblioteca, institución en la que Borges, recordemos, en uno de sus más bellos textos, materializó el Paraíso.
Tampoco es raro, por eso, que la UNESCO haya declarado a Buenos Aires Capital Mundial del Libro para el año 2012, decisión que celebro con alegría. (Aplausos)
Agradezco también a los organizadores de este certamen haber resistido las presiones de algunos colegas y adversarios de mis ideas políticas, para desinvitarme. Y extiendo mi agradecimiento a la Presidenta, señora Cristina Fernández de Kirchner (aplausos), cuya oportuna intervención atajó aquel intento de veto. Ojalá esta toma de posición en favor de la libertad de expresión de la mandataria argentina se contagie a todos sus partidarios y guíe su propia conducta como gobernante .
Este episodio, me parece, más allá de lo anecdótico, plantea un asunto interesante y actual al que no me parece inadecuado abordar en el marco de este certamen con una breve exposición que se podría titular: "La libertad y los libros".
Manuscritos, impresos y, ahora, digitales, los libros representan la diversidad humana (mientras no sean expurgados, claro está). A condición de que puedan participar en ella sin discriminación, cortes, sin censura, los libros de una Feria del Libro son, en pequeño formato, la humanidad viviente, con lo mejor y lo peor que ella tiene: sus creencias, sus fantasías, sus conocimientos, sus sueños, sus contradicciones, sus amores y sus odios, sus prejuicios, sus pequeñeces y grandezas. Ningún espejo retrata mejor a esa colectividad de hombres y mujeres que conforman las diversas tradiciones, culturas, etnias, lenguajes, mitos, costumbres, modos y modas del fenómeno humano. Porque esa extraordinaria variedad desaparece cuando, abandonando la superficie, gracias a los libros nos sumergimos en lo profundo hasta llegar a aquellas raíces o denominadores comunes de la especie, pues allí descubrimos lo que hay de solidario y semejante por debajo de aquella frondosa variedad: una condición, unos sentimientos, unos anhelos, unas alegrías y unos miedos que establecen una identidad recóndita sobre las diferencias y distancias que la historia ha ido forjando entre razas, pueblos y culturas a lo largo de los siglos.
Los libros nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos, religiosos e ideológicos entre los pueblos y las personas y a descubrir que, por encima o por debajo de las fronteras regionales y
nacionales, somos iguales en el fondo, que los "otros" somos en verdad "nosotros" mismos.
Gracias a los libros viajamos en el espacio y en el tiempo, como hizo Julio Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos sin salir de su biblioteca, y comprobamos que, con todos sus matices y
variantes, la humanidad es una sola y compartida.
Podemos comparar el mundo de los libros que en estos momentos nos rodea en esta Feria con un bosque encantado. Ellos están allí, quietos, inertes, silenciosos, como los árboles y las plantas de las fantásticas historias infantiles, esperando la varita mágica que los anime: la lectura. Basta que los abramos y celebremos con sus páginas esa operación mágica que es la lectura para que la vida estalle en ellos convocada por la hechicería de sus letras y palabras, y un surtidor de ideas, imágenes y sugestiones se eleve del papel hacia nosotros nos impregne, arrebate y traslade a otra vida, a menudo más rica, coherente, intensa y entretenida que la vida verdadera, en la que a menudo las rutinas embrutecedoras cotidianas nos dejan apenas resquicios para la exaltación y la felicidad.
La vida de los libros nos enriquece y nos transforma. Nos hace más sensibles, más imaginativos y, sobre todo, más libres. Más críticos del mundo tal como es y más empeñados en que cambie también él y se vaya acercando a los mundos que inventamos a imagen y semejanza de nuestros deseos y sueños.
Por eso, los libros son un testimonio inapelable de las carencias y deficiencias de la vida, aquellas que incitan a los seres humanos a crear un mundo de fantasía y a volcarlos en ficciones para poder tener aquello que la vida que vivimos no nos da.
El viaje al corazón de ese bosque encantado de los libros no es gratuito, un paseo divertido y sin secuelas. Es un viaje que deja huellas en el sentimiento y la inteligencia del lector, la comprobación de que el mundo real está mal hecho pues no basta para colmar nuestros anhelos.
¿Para qué inventaríamos otros mundos si con éste nos bastara? Es imposible no salir de un buen libro sin la extraña insatisfacción de estar abandonando algo perfecto para volver a lo imperfecto y empezar a mirar el entorno con cierto desánimo y frustración. Nada ha hecho que el mundo progrese tanto desde los tiempos de la caverna primitiva hasta la era de la globalización como ese viaje a lo imaginario que acompaña a hombres y mujeres desde su más remoto pasado y del que da testimonio inequívoco el mundo vertiginoso y laberíntico de los libros.
No es sorprendente, por ello, que los libros hayan despertado, a lo largo de la historia, la desconfianza, el recelo y el temor de los enemigos de la libertad, de quienes se creen dueños de las verdades absolutas, de todos los dogmáticos y fanáticos (aplausos) que han sembrado de odio y violencia zigzagueante el curso de la civilización.
La Inquisición lo vio clarísimo: los libros deben ser examinados y purgados por censores estrictos para asegurar que sus contenidos se ajusten a la ortodoxia y no se deslicen en ellos apostasías y desviaciones de la doctrina verdadera. Dejarlos prosperar sin esa camisa de fuerza de la censura previa sería poblar el mundo de heterodoxias, teorías subversivas, tentaciones peligrosas y desafíos múltiples a las verdades canónicas. (Aplausos) Esta mentalidad llevó a decidir que todo un género literario -la novela- fuera prohibida durante los tres siglos que duró la colonia en todas las posesiones españolas de América.
Durante trescientos años no se pudo editar ni importar ficciones en las colonias americanas. El contrabando se encargó de que muchas novelas circularan en nuestras tierras, felizmente. Pero una de las perversas -o tal vez felices- consecuencias de esta prohibición fue que, en América Latina, como la ficción fue reprimida en el género que la expresaba mejor -las novelas-, y como los seres humanos no podemos vivir sin ficciones, éstas se la arreglaron para contaminarlo todo -la religión, desde luego, pero también las instituciones laicas, el derecho, la ciencia, la filosofía y, y por supuesto, la política-, con el previsible resultado de que, todavía en nuestros días, los latinoamericanos tengamos grandes dificultades para discernir entre lo que es ficción y lo que es la realidad. Eso ha sido muy beneficioso en los dominios del arte y la literatura, pero bastante catastrófico en otros, en los que sin una buena dosis de pragmatismo y de realismo -saber diferenciar el suelo firme de las nubes- un país puede estancarse o irse a pique.
Los comisarios políticos han reemplazado en la vida moderna a los inquisidores de antaño. Vez que se ha apoderado de un gobierno un fanático religioso, ideológico o un caudillo megalómano que se cree dueño de la verdad absoluta, los libros se han visto sometidos a purgas, recortes y vejaciones para tratar de evitar que lo que ellos encarnan mejor que nadie –la diversidad humana, la variedad de ideas, creencias, puntos de vista, costumbres y tradiciones- se divulgue y contradiga la visión dogmática, excluyente y autoritaria entronizada.
Nazis, fascistas, comunistas, caudillos militares o civiles enceguecidos por los espejismos de las verdades absolutas han tratado a lo largo de toda la historia y en todas las geografías del planeta de domesticar y embridar el espíritu creativo, insumiso y crítico -que ha sido siempre el motor del cambio-, pero, por fortuna, siempre han fracasado. Dejando, eso sí, en el camino una miríada de víctimas -torturados, encarcelados y asesinados- que, pese a la represión y a las persecuciones, mantuvieron siempre viva aquella llama de libertad que anida, como un alma secreta, en el corazón de los libros.
Leer nos hace libres, a condición, claro está, de que podamos elegir los libros que queremos leer, y que los libros puedan escribirse e imprimirse sin inquisidores ni comisarios que los mutilen para que encajen dentro de las estrechas orejeras con que ellos aprisionan la vida. Defender el derecho de los libros a ser libres es defender nuestra libertad de ciudadanos, el precioso fuego que la atiza, mantiene y renueva.
Una de las mejores tradiciones de la Argentina ha sido ser un país de libros, escritores y lectores. Yo lo recuerdo muy bien, pues en mi infancia y mi adolescencia se nutrieron de revistas y libros (y, añadiré, películas y canciones) que se producían y editaban en este país y se difundían desde aquí por todos los rincones de América. Por ejemplo, llegaban puntualmente a Cochabamba, la ciudad boliviana donde viví hasta los diez años. Recuerdo muy bien la llegada periódica de Leoplán para el abuelo, el Para ti que leían mi madre y m abuela y en Billiken que yo esperaba como maná del cielo.
Más tarde, de universitario en San Marcos, en Lima, conocí la literatura más renovadora y moderna, (de Thomas Mann a Williams Faulkner a Thomas Mann, de Joyce a Sartre, de Camus a Forster, de Eliot a Hemingway, gracias a las traducciones que editoriales como Losada, Sudamericana, Emecé, Sur y otras (aplausos) que publicaban y distribuían por todo el continente. (Aplausos)
La revista Sur, de Victoria Ocampo y José Bianco era la ventana que mostraba al mundo entero la buena literatura.
Como innumerables jóvenes latinoamericanos de mi generación puedo decir por eso que debo buena parte de mi formación literaria a esa pasión por los libros que anida en el corazón de la cultura argentina.
Hago votos porque esa hermosa tradición se renueve y fortalezca y que sea la mejor expresión de ello esta Feria del Libro de Buenos Aires.
Muchas gracias.
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domingo, 10 de abril de 2011

A veinte años del Plan de Convertibilidad. Por Daniel V. González


Hace pocos días se cumplieron 20 años del lanzamiento, durante el gobierno de Carlos Menem, del plan de convertibilidad diseñado por Domingo Cavallo. En estos tiempos de abundancia de recursos generados por el precio de las materias primas en el mercado internacional, resulta difícil recordar cuál era la situación y cuáles eran los problemas de la economía argentina veinte años atrás. En los días que corren han proliferado los maestros ciruela que, con ligereza y liviandad y muchas veces con desconocimiento o mala fe, rotulan el plan de convertibilidad como una negra etapa de la economía nacional que llevó al país a “la peor crisis de toda la historia” cuando, hacia fines de 2001, estalló en una gran devaluación y reacomodamiento de las variables económicas y los precios relativos.


Los años de la convertibilidad están siendo instalados, por la cultura oficial y el pensamiento único, como un tiempo en que se destruyó la economía nacional, especialmente la industria, se entregó el patrimonio argentino al capital extranjero, se endeudó al país hasta niveles incompatibles con la existencia misma de la nación. Esta visión de la convertibilidad se corresponde con la defensa de la estrategia económica actual, si puede decirse que existe alguna, que se desarrolla en una situación completamente favorable y, en consecuencia, completamente distinta a la existente hace 20 años. Al asumir Menem su gobierno, la situación económica de Argentina era desesperante. El gobierno de Alfonsín no había logrado encarrilar la economía y en los últimos meses de su gestión se había desencadenado una hiperinflación que concluyó con masivos asaltos a los supermercados, enfrentamientos armados, muertos y heridos en todo el país. La situación de la economía era deplorable y lo había sido en los años anteriores. El país no encontraba respuesta y cada día que pasaba se hundía un poco más. Al comienzo del gobierno de Menem, una nueva hiperfinflación auguraba un panorama complejo para el nuevo gobierno. El horizonte económico era confuso y desalentador. Había fracasado ya Raúl Alfonsín y, en abril de 1991, estaba fracasando Menem que había asumido el poder anticipadamente en julio de 1989. En diciembre de 1990 el gobierno había apelado al recurso extremo de incautar los plazos fijos de los ahorristas y reemplazarlos por bonos del estado que se cotizaban a la mitad de su valor en el mercado secundario, lo que configuraba una virtual expropiación. El economista Juan José Llach describe en estos términos la evolución del sector industrial argentino durante los años previos a la convertibilidad: “El periodo 1975/1990 se caracteriza: 1) por el estancamiento de las actividades manufactureras, perdiendo más del 5% de su participación en el PBI, 2) no generación de nuevos empleos en un contexto de serias dificultades estructurales en el mercado de trabajo, y 3) los niveles de inversión son menores a la amortización del capital, produciéndose la descapitalización del sector”. Es en esa circunstancia compleja y declinante que Menem lanza el Plan de Convertibilidad. Sin rumbo En realidad, el país no encontraba un rumbo económico desde el derrocamiento de Perón en 1955. Pero, además, los últimos años de Perón en el poder previos a su caída, ya habían significado, de su propio puño, una rectificación de su política económica fundacional de la posguerra. Desde mediados del siglo veinte el país se movía a los tumbos, al ritmo de los sucesivos cambios de gobierno y los breves espasmos que cada cuatro o cinco años significaban nuevos y definitivos rumbos que apenas duraban un par de años. El plan económico de Carlos Menem, del cual el régimen de convertibilidad constituía apenas un aspecto, significó un replanteo drástico en relación con algunos problemas fundamentales de la economía a los que a lo largo de varias décadas ningún gobierno, ni civil ni militar, había logrado darle solución. Uno de ellos era la inflación. El otro, estrechamente vinculado, era el de las empresas públicas y la dimensión y funcionamiento del estado. La convertibilidad, el establecimiento de una paridad fija entre la moneda nacional y la principal moneda extranjera, fue un recurso dramático para generar confianza en el nuevo programa económico y detener la inflación que amenazaba con hacer caer al gobierno y continuar deteriorando aún más la situación política y social del país. El mes anterior al lanzamiento de la Convertibilidad y aún con Domingo Cavallo como canciller, se había firmado el Acuerdo de Asunción, que dejaba constituido el MERCOSUR, bloque económico integrado por Brasil, Paraguay y Uruguay, además de Argentina. Se trató de una decisión estratégica de la que pocos hoy se acuerdan. Podría decirse de paso que ambas medidas de política económica constituyeron un abierto desafío al odiado liberalismo. En el caso del MERCOSUR, en razón de establecer condiciones comerciales especiales para un grupo de países en el mercado global. En el caso de la convertibilidad, por fijar un tipo de cambio inmodificable cuando lo que aconseja la doctrina liberal es la libre flotación, que era lo que hasta ese momento había promovido Cavallo desde la Fundación Mediterránea. Digamos también de paso que antes de 1991, varias veces el gobierno de Alfonsín intentó detener la inflación, sin éxito. Su esfuerzo más serio fue el Plan Austral, que también establecía un tipo de cambio fijo entre la moneda nacional (el austral) y el dólar: un dólar era equivalente a 80 centavos de austral. Lo que sucedió fue que el programa fracasó y esa relación duró pocos meses. Pero está claro que todo programa de estabilidad que se intentara debía contemplar entre sus propuestas una relación estable entre el peso y el dólar. El impacto del nuevo programa sobre la economía fue inmediato y claramente benéfico. Hasta podría decirse que, a partir de él hay un antes y un después en la economía argentina. La inflación desapareció y ello permitió una serie de cambios importantes en las transacciones. La moneda nacional recuperó su estabilidad, renació el crédito a largo plazo (incluso el hipotecario, hoy desaparecido), el consumo aumentó en forma notable, se recuperó el presupuesto como herramienta de política económica en manos del estado y éste logró controlar la evolución de la economía y sus principales variables, que era algo que el paquidérmico estado anterior a la reforma de Menem-Cavallo no lograba hacer. Los números de la convertibilidad Todos los números importantes que puedan analizarse de los años de la convertibilidad, son concluyentes: el PBI creció el 50% entre puntas y la industria lo hizo otro tanto. La producción agraria también aumentó en forma espectacular, las exportaciones pasaron de 9.000 a 27.000 millones de dólares, la inversión se recuperó y la capacidad de generación eléctrica aumentó en forma notable, situación de la cual se beneficia claramente el gobierno actual. Todos los críticos del programa económico de esos años omiten hablar de estas cifras fundamentales. Y evitan decir también que la economía posterior a Menem transita por carriles que, en lo esencial, no se han modificado pues la estabilidad se ha transformado en un concepto valorado por el conjunto de la sociedad, el presupuesto nacional continúa siendo una ley fundamental para el estado y los cambios tecnológicos introducidos en el agro han permitido que Argentina se eleve a la cúspide de la producción primaria a escala global, con los beneficios que esto significa. Los críticos de la convertibilidad (ya hemos dicho que esta es una denominación simplificada del programa económico que rigió entre 1991 y 1999) omiten señalar también la situación en la que se encontraba el país al momento del lanzamiento del plan. Tampoco se aclara que el plan de reforma del estado y privatizaciones fue apoyado explícitamente por la mayoría del pueblo argentino, que respaldó a Carlos Menem con su voto en 1989, 1991, 1993, 1994 y 1995, para no dejar lugar a dudas sobre qué era lo que quería la sociedad argentina de ese momento. Incluso sus rivales políticos tuvieron que aceptar que la convertibilidad había logrado resultados formidables durante su vigencia. Todos recordamos la confesión de Carlos Chacho Álvarez en relación a su arrepentimiento por no haber votado, como legislador, las leyes que sustentaban la convertibilidad. A tal punto había consenso en la sociedad argentina sobre este programa económico que en 1999 las elecciones presidenciales mostraban a los candidatos de la oposición (la fórmula era De la Rúa – Álvarez) prometiendo “un peso, un dólar” como muestra certera de que la convertibilidad no sería atacada ni abolida. Pero luego, tras el estallido ocurrido dos años después de que Menem abandonara el poder, todos aprovechan para, con manifiesto anacronismo, sindicar en la convertibilidad y en las reformas económicas de “los noventa”, la eclosión y sus consecuencias sociales inmediatas. Los críticos Quienes critican a la convertibilidad refuerzan los aspectos ideológicos por encima de los técnico-económicos. Y, sobre todo, omiten tomar en cuenta los resultados del programa de reformas, que fueron importantes. Todos los sabios de hoy, todos los que hoy critican el programa de los noventa, fueron absolutamente incapaces de parar la inflación y reformular el estado. Esto también vale para el peronismo, que tampoco pudo hacerlo en los setenta y que, además, cuando en el gobierno de Alfonsín, Rodolfo Terragno intentaba de algún modo sacarle al estado el peso insostenible de las empresas públicas, era el peronismo (incluso el cercano a Menem) el que se oponía a cualquier forma de privatización en nombre de la defensa de la soberanía y el patrimonio nacional. La pretensión de que las reformas al estado realizadas en la Argentina y en muchos otros países del mundo durante los noventa constituyeron un acatamiento a las recomendaciones realizadas por el economista norteamericano John Williamson en lo que se conoció como el Consenso de Washington, carece de seriedad y es una simplificación ideologista que supone que las fuerzas económicas pueden manipularse con facilidad y que la adopción de una u otra estrategia es una elección sin condicionamiento ni contexto alguno. El mundo de comienzos de los años noventa estaba impregnado del formidable fracaso de un sistema que hizo de la intervención del estado, de la existencia extendida de empresas públicas y de la planificación económica, su estrategia esencial. En efecto, la caída del muro de Berlín y las reformas propuestas por Gorbachov para la Unión Soviética nos abrían un panorama en el que eran las fuerzas del mercado y no el estado el nuevo elemento dinamizador de la economía y la sociedad. Fue por eso que el recetario de Williamson tiene impacto mediático y es tomado como referencia. En realidad, desde siempre los países más desarrollados procuran un clima de libertad sin restricciones en el comercio internacional, en lo que atañe a sus exportaciones de mercancías y capitales, aunque se cuidan muy bien de ofrecer sus mercados sin restricciones a las exportaciones de otros países. Como fuere, en el caso de la Argentina había motivos propios, locales, para encarar reformas de fondo en el estado nacional y en los provinciales y municipales cuyos recursos ya no alcanzaban a sostener un aparato ineficiente, voluminoso y sumamente costoso. Esa reforma fue la que encaró Carlos Menem con el apoyo de la mayoría del pueblo argentino. Y sus resultados fueron notables y permitieron que gobiernos posteriores pudieran moverse en un clima económico mucho más favorable al que encontró el propio Menem al momento de asumir el poder. Recordemos, por ejemplo, que Alfonsín dejó 120 millones de dólares de reservas y que, al retirarse Menem, esa cifra había crecido a 25.000 millones de dólares. Desde la cúspide de la bonanza internacional que hoy favorece a la economía argentina, la convertibilidad es mirada por desdén aún por quienes fueron sus más fervorosos partidarios, como muchos de los que hoy integran el gobierno kirchnerista. Sin embargo, se están revirtiendo peligrosamente algunos de logros de aquellos años. La inflación, por ejemplo, ha retornado. La holgura actual promueve la frivolidad e incluso la estupidez: el ministro de economía ha dicho que la inflación es un problema para la clase media alta, no para los argentinos de menores recursos. Asimismo, el gasto público se ha expandido hasta niveles incompatibles con equilibrios macroeconómicos que resultan insoslayables en toda economía que pretenda crecer con bases sólidas. Los elevados subsidios, muchos de ellos irracionales y regresivos en materia de distribución del ingreso, la inflación y el retraso cambiario significan una acumulación de tensiones que, en algún momento no muy lejano, demandará un ajuste en forma inevitable. Probablemente será ese momento en que la estabilidad lograda por la convertibilidad sea recordada con nostalgia.

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jueves, 7 de abril de 2011

La superficialidad del mal. Por Beatriz Sarlo


La violencia de los años 70 expresó la "revuelta de una generación" que, en Europa y América, podía reconocerse en Mayo de 1968, una insurgencia no solamente francesa. En Estados Unidos estaban los Black Panthers, cuyo líder, Stokely Carmichael, pronunció en febrero de ese año su declaración de guerra sostenida en la unidad racial de los negros, pero inspirada también en lo que sucedía en Vietnam, en Africa y en América latina.


En Alemania, se escuchó el llamado a la lucha extraparlamentaria, que declaraba ilusorias las batallas institucionales y sostenía que sólo la "acción directa puede crear la conciencia de que la sociedad tardocapitalista debe ser reemplazada por una socialista". Las diversas líneas del marxismo prochino denunciaban a la Unión Soviética como "revisionista", porque allí se había abandonado la idea de que sólo la derrota armada de las clases dominantes les abriría el camino al poder a la clase obrera y sus aliados. En Francia, Jean-Paul Sartre se encontró con los militantes maoístas de la Izquierda Proletaria y les dijo: "Gente como ustedes representa al hombre nuevo" (del cual había hablado Guevara). En 1970, Sartre aceptó la dirección del periódico La Cause du Peuple y lo vendió por las calles junto a Simone de Beauvoir y Michel Foucault, mientras la policía trataba de impedirlo. Hay grupos terroristas en Italia y Alemania. En ese mismo año, 1970, la primera acción de los Montoneros fue el secuestro del general Aramburu; buscaban el cadáver de Eva Perón; de paso, lo juzgaron culpable de los fusilamientos de junio de 1956 y lo mataron. La visión de una sociedad futura nacida de la violencia revolucionaria y el surgimiento de una contracultura que cambió radicalmente la vida cotidiana son afluentes del mismo río. Como afirma Jean-Pierre Le Goff, "no pareció necesario esperar el «gran día» para comenzar a vivir de otro modo: la transformación de la sociedad y del mundo empieza con la realización práctica, aquí y ahora, de los deseos y los sueños". Es el gran cambio en las costumbres bajo cuyo signo, afortunadamente, todavía vivimos. Lo que se llamó el "pensamiento 68" hoy forma parte del currículo académico: Foucault en primer lugar. Entre otras certidumbres figuraba el autogobierno de la clase obrera, que pondría fin a la explotación, como tempranamente se lee en el manifiesto de "Socialismo o barbarie", redactado por quienes luego fueron grandes pensadores de la subjetividad y la política, como Cornelius Castoriadis y Claude Lefort, y Guy Debord, teórico de lo que se llamó, con una fórmula exitosísima, "sociedad del espectáculo". En esos años 60 y la primera mitad de los 70, la filosofía de la violencia recibió el aporte teológico y el apoyo activo del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (la revista local fue Cristianismo y Revolución : cristiana, guevarista). Era una "Epoca" en el sentido más fuerte de identidad histórica: las cosas pasaban por ese meridiano, júzguese como se lo juzgue. No se trataba del capricho o la conveniencia de un puñado de dirigentes empleados por el Estado, sino de un viento que soplaba por todas partes. Era posible oponerse y muchos lo hicieron, pero lo que estaba claro es que no se trataba de un juego menor. La historia seguía cauces que no por equivocados, e incluso maléficos, dejaron de tener un eco grandioso. Por eso el juego "Péguele al gorila", ya comentado en Perfil por Tomás Abraham, es una pobre miniatura. Y es singularmente asqueroso el cartel con imágenes para escupir que colgó La Poderosa. Algunas fotos muestran impecables niños de capas medias, con buen corte de pelo y buenas remeras, muy publicitarios, en la primorosa instantánea de la escupida, que festejan sus padres embobados como en un acto de fin de curso del Taller de Ideología. El juego de quién escupe más lejos o con mejor puntería tiene una larga historia entre los desafíos infantiles; el de tirarle pelotas a un muñeco estuvo en todos los parques de diversiones. Hoy, en muchos lugares, se lo consideraría políticamente incorrecto. Me apresuro a añadir la respuesta peronista: nosotros siempre somos políticamente incorrectos. Se podrá alegar, entonces, que la luminosa idea fue inspirada por la tradición. La Poderosa es, hasta nuevo aviso, una página web guevarista, nacionalista y muy virulenta (estilo Quebracho). Pero el Palais de Glace depende de la Secretaría de Cultura de la Nación, a cargo de Jorge Coscia, que se paseó ante las cámaras en la inauguración de la muestra Homenaje al Pensamiento y al Compromiso Nacional, de la que forma parte el juego de tirarle pelotas al gorila. En realidad, no hay que dejar solo a Coscia: el responsable de la muestra es Enrique Albistur, quien recibió el inestimable consejo del trío integrado para esta ocasión por el secretario de Cultura, Norberto Galasso, y Pacho O'Donnell. Su concepción historiográfica ya fue suficientemente criticada por Hilda Sábato. La fractura insalvable entre la violencia política y tirarle pelotas a un gorila parece inscripta en el aire de los tiempos: época sin aristas, a la que hay que inventarle alegorías propias de videogames de primera generación. Si no podemos hacer la revolución, podemos macanear un rato. Sin duda, es preferible que los responsables culturales kirchneristas elijan este elemental camino simbólico: una especie de versión inmaterial de la violencia; una pedagogía por el camino del juego. Hernández Arregui, que era de una solemnidad mortalmente aburrida, seguramente no estará sonriendo desde el parnaso nacional antiimperialista, pero Jorge Abelardo Ramos, hombre mordaz, debe de estar muriéndose de risa. Eva, que por su origen popular tomaba las cosas serias en serio, probablemente no estaría entre las más entusiastas del invento. Pero además de la violencia implícita en ambos juegos, hay dos rasgos que sobresalen. Por una parte, es evidente el desplazamiento de una violencia a otra. No es necesario ser un experto en la subjetividad política para concluir que el juego de escupir a personas o tirarles pelotas es una declaración de hostilidad. Nadie se animaría a montar un jueguito de "tírenle pelotas al asesino o al estafador", porque se sabe que los linchamientos, incluso los simbólicos, están mal vistos. El "gorila" queda fuera de esa protección legal (incluso es imprecisa la categoría a la que, en fila india, pertenecemos todos los no peronistas, según el talante de quien califica). Sin embargo, decenas de intelectuales y de funcionarios se mostraron impávidos o risueños frente al juego del gorila. ¿Son soberbios que nos toman por idiotas? ¿Se sienten tan seguros que nos subestiman? Por otra parte, hay algo más grave, porque no depende de la desmesura de un funcionario que puede estar hoy y no mañana (desde los trágicos griegos, la desmesura hizo caer a muchos). El hecho es repudiable, pero los ejecutantes, los que tiran las pelotas o escupen, son gente del común que a priori no tiene nada de malvado. Sucede lo que ha sucedido muchas veces: frente a una imagen se ausenta el pensamiento reflexivo. El helado páramo del lugar común donde vibra la palabra "gorila" oculta una realidad: en vez de revelar grupos verdaderamente antidemocráticos que existieron a lo largo de la historia argentina, nos coloca a todos en ese lugar impreciso, sin límites semánticos o ideológicos. Con un gesto burocrático, que sólo puede hacerse desde una secretaría de Estado, no sólo se cuenta la historia argentina como epopeya de un único pensamiento nacional, sino que se banaliza el Mal que se quiere combatir. Hannah Arendt dijo que el Mal es un hongo que invade todas las superficies, no algo que transcurre subterráneamente, en las profundidades. Es lo visible trivial, tan trivial que casi estamos a punto de pasarlo por alto porque, además, alguien del montón, ajeno a la excepcionalidad, puede realizar actos malignos o viles. El juego del gorila, se dirá, es un chiste; la escupida es como realizar un sueño imposible. Nada más significativo.

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miércoles, 6 de abril de 2011

Un mundo feliz. Por Daniel V. González


El gobierno nacional vive una situación perfecta. Un mundo feliz. Aunque los militantes kirchneristas se enojan mucho cuando uno se los recuerda, este gobierno –y también el anterior, el de Néstor Kirchner- ha tenido la fortuna de coexistir con una situación económica internacional sumamente particular y extremadamente beneficiosa para la Argentina. La gran novedad de la economía mundial de las últimas dos décadas es el feroz crecimiento económico desencadenado en China y la India, que los ha transformado en fuertes demandantes de materias primas, combustibles y alimentos.


Esta situación ha elevado a niveles inéditos e imprevistos el precio de los minerales, del petróleo y de los cereales y oleaginosas. A partir de 2002, cuando comienza a manifestarse con fuerza este fenómeno, Argentina ha visto multiplicar sus ingresos por exportaciones a niveles insospechados. Esta mejora en el comercio exterior también permitió afrontar con nuevos recursos el crónico déficit fiscal, transformándolo en superávit. El estado nacional ha vivido en los últimos años una situación de holgura fiscal como hacía muchos años no existía en nuestro país. La crónica tendencia al deterioro de los términos del intercambio de nuestros productos, que desvelaba a la CEPAL desde la década del 50, parece haberse derogado para siempre. En efecto, desde 1993 la relación entre los precios de nuestras exportaciones e importaciones ha variado en un 50% a nuestro favor. Y si tomamos como referencia el año 1986, la variación es casi del doble. El precio de los cereales y oleaginosos, importante exportación argentina, se ha duplicado desde 1993 y casi se ha triplicado desde 1999, cuando dejó el gobierno Carlos Menem. Largos años de crecimiento económico y de expansión del gasto público han permitido una mejora indudable en la situación económica a partir de la crisis de 2001. La viga maestra del florecimiento económico de los últimos años ha sido, indudablemente, la situación del mercado mundial, que nos ha beneficiado y nos sigue favoreciendo fuertemente. Sin esta situación favorable, la economía de nuestro país habría sufrido los padecimientos habituales por sus déficits crónicos. La adjudicación al “modelo productivista” de este impulso registrado en la economía era, por supuesto, inevitable. Desde el gobierno se propaló a los cuatro vientos las presuntas ventajas de una concepción económica que, cuanto menos, era inexistente. Curiosamente, el gobierno nacional, que ha sido y sigue siendo beneficiado en forma directa por el fenómeno global, denuesta de él. En efecto, el renovado vigor económico de China e India provino de medidas económicas –en esos países- que generaron un importante y creciente espacio a la iniciativa privada y retiraron al estado de aquellos lugares en que su ineficiencia era probada e inmovilizante. El fortalecimiento del capitalismo en esos países, asentado en la iniciativa privada, los arrojó al mercado globalizado en demanda de insumos para una economía en fuerte crecimiento. Y el gobierno, beneficiado por este combo de creciente ausencia del estado, fortalecimiento de la iniciativa privada y globalización, ha intentado adjudicar a su perspicacia económica estratégica el crecimiento registrado en la Argentina a partir de esta excepcional coyuntura mundial. Ha dicho que su éxito no es una gracia del mundo global sino la consecuencia de la recuperación de algunos principios económicos olvidados pero pertenecientes al peronismo desde sus orígenes. Un gasto público formidable, asentado en los nuevos ingresos extraordinarios y en una presión fiscal sin antecedentes, permitieron hablar de lo decisivo que resulta el “mercado interno”, justamente en un momento en que la gran novedad económica proviene de las exportaciones y el mercado mundial. Un tipo de cambio subvaluado como consecuencia de la crisis de 2001, hicieron descubrir lo sencillo que resulta proteger a la industria nacional encareciendo las importaciones, robusteciendo el precio de los exportadores y reduciendo los salarios locales medidos en dólares. Dólar caro y precios formidables en nuestros tradicionales productos de exportación fueron la clave de la economía de estos años. Ambos hechos engrosaron los ingresos de los productores agrarios y permitieron al gobierno imponer elevados impuestos a las exportaciones (retenciones) lo que significó ingresos extraordinarios para el fisco y la reversión de la crónica situación de déficit del presupuesto nacional. La situación económica era ideal. Vivíamos en un mundo perfecto. Superávits “mellizos” (en el balance comercial y en el presupuesto nacional). Ingresos abundantes, movimiento económico, crecimiento de las principales variables y, como consecuencia, desgranamiento de la oposición política cuyas críticas caían al vacío ante tanta prosperidad derivada de la situación mundial. Todo ataque al gobierno caía en saco roto pues el país crecía, caía la desocupación y el ingreso aumentaba. Muchos economistas y políticos han definido a esta situación internacional favorable como “viento de cola”, algo que empuja a un barco que va en la dirección correcta, algo que simplemente acelera su velocidad en una ruta ya determinada y que conduce al puerto correcto y deseado. No: la situación internacional, que se traduce en ingresos formidables para el país y para el estado equivale, como ya hemos señalado, en una viga maestra sin la cual toda la estructura económica se derrumbaría sin remedio. En consecuencia, la superación de las dificultades externas (superávit comercial) y de las restricciones presupuestarias (superávit fiscal) no han sido la consecuencia del hallazgo de una política económica genial e inédita, como pretende el kirchnerismo, sino la consecuencia de los dos hechos ya señalados: la devaluación del 200% al momento de la quiebra de la convertibilidad y la suba de los precios internacionales de los productos que Argentina exporta. La abundancia de recursos es lo que ha permitido al gobierno recuperarse tras la crisis del campo en 2008 y la derrota electoral de junio de 2009. Adicionalmente, la captación de los fondos de la AFJP y la utilización de las reservas del Banco Central han expandido el consumo fuertemente, hecho que hace vivir a los argentinos una sensación de prosperidad, (apelamos a la imagen del filósofo Aníbal Fernández) que no encuentra sustento sólido en la tendencia de algunas variables económicas asociadas al crecimiento a mediano y largo plazo. Así, pese a la situación económica favorable que se prolonga a lo largo de casi una década, la economía argentina ya ha acumulado suficientes tensiones que nos hacen prever algunos cimbronazos importantes si el rumbo no se corrige a tiempo. Los índices económicos favorables que la economía y el gobierno exhiben durante los últimos años le han permitido absorber las críticas a algunas políticas desatinadas que, pese a su gravedad, han quedado disimuladas en medio del torrente de ingresos provocado por la situación económica favorable y la holgura de recursos que genera. La bonanza es de tal magnitud que el país ha podido desenvolverse sin ministros de economía desde la renuncia de Roberto Lavagna en adelante. ¿Cuál es la crítica que puede hacerse ante tal desempeño exitoso? ¿Qué puede decirse de la economía si los índices muestran una mejoría sin pausa en la producción? Lo que señalamos es que Argentina está despilfarrando una situación favorable, está perdiendo una oportunidad extraordinaria para dar un salto económico que lo instale en el concierto de los países más desarrollados del mundo y está descuidando algunos equilibrios macroeconómicos esenciales cuya inobservancia, más tarde o más temprano, tendrán un impacto en la economía y en el nivel de vida de los argentinos. Uno de estos problemas es la inflación. Con gran irresponsabilidad, el gobierno subestima el problema. Inicialmente el ministro de economía dijo que “la inflación es un problema de la clase media alta”, luego difundió la creencia de que “es bueno que la economía tenga un poco de inflación” ya que, de ese modo, todos se sienten estimulados a consumir rápidamente sus ingresos y eso activa la demanda y mueve la economía. Para este año la inflación se estima en un 35/37%, con gran impacto sobre los ingresos de los argentinos con menores recursos. Asimismo, la inflación acumula tensiones insostenibles en el comercio exterior. En efecto, uno de los pilares del “modelo”, el tipo de cambio subvaluada (dólar caro) ha sucumbido hace tiempo ante los embates de una inflación que es la más alta del mundo excepto la de Venezuela. El retraso cambiario es evidente y la economía sólo puede sostenerse gracias a la formidable ventaja comparativa (que es natural pero también tecnológica) que Argentina tiene en el campo. Hace pocos días el ex director de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) durante los gobiernos de Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner (hasta marzo de 2008) afirmó que la actual situación fiscal es insostenible en razón del crecimiento de los subsidios implementados por el gobierno. Según cifras del ex funcionario, en 2007 alcanzaba con el 72% de las retenciones para pagar todos los subsidios de la economía nacional. Al año siguiente los subsidios consumían el 86 y, a partir de 2010, la recaudación por retenciones es menor que el gasto en subsidios. Un par de semanas atrás, un grupo de ex secretarios de energía de todos los gobiernos posteriores a 1983 produjo un importante documento en el cual advierte sobre el deterioro de la situación energética en el país. La falta de inversión en el sector durante los últimos años está generando una situación de precariedad energética que afectará inexorablemente la economía nacional de los próximos años como así también el nivel de vida de los argentinos. Allí se demuestra que en el período 2003/2010 la producción de hidrocarburos ha caído un 18% y las reservas comprobadas el 11%. Asimismo, la exploración para la ubicación de nuevas reservas, se ha reducido a la mitad. Algo parecido ha sucedido con el gas natural: la demanda ha crecido el 23% pero, al disminuir las reservas, se ha debido aumentar la importación, que ha crecido el 3.500%. Mientras la demanda de energía aumentó el 41%, la potencia instalada sólo lo hizo el 21%, lo que demuestra un deterioro de la situación general del sector energético. Argentina ha sido el único país de la región en el cual la producción de energía primaria ha disminuido (7%) entre 2003 y 2009. Brasil registra un aumento del 21%, Chile del 14%, Uruguay del 13%, Perú el 68%, Colombia el 34%. La dinámica de la economía kirchnerista apunta a un fuerte sesgo consumista, con una gran cuota de irracionalidad y con una clara despreocupación por la sustentabilidad de algunas variables importantes en el futuro próximo. Inflación, tipo de cambio, equilibrio fiscal, energía, son grandes temas cuyo deterioro es innegable y que tendrán impactos negativos en el futuro más o menos inmediato. Al ser derrotado en las elecciones de 1995 por Carlos Menem, Chacho Álvarez adjudicó su derrota, con cierto desdén, al “voto cuota”. Con esto quería significar que los argentinos habían valorado de un modo prioritario el exitoso combate contra la inflación que había librado el gobierno nacional. Actualmente el gobierno se esfuerza por sostener en el tiempo niveles de consumo y de gasto público que no podrán mantenerse en el largo plazo porque se están descuidando variables importantes que inevitablemente estallarán en un plazo mediano. Mientras esto no ocurra, vivimos en un mundo feliz.
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Posible retroceso de la energía nuclear. Por Alieto Aldo Guadagni


La nucleoelectricidad comenzó a extenderse como fuente de suministro energético a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, constituyéndose rápidamente en un ejemplo de la utilización "pacífica" de los grandes avances en los conocimientos de la actividad atómica. Pero, en 1979, la confianza pública sobre la seguridad de esta nueva fuente energética sufrió un duro golpe por el accidente en la central nuclear de Three Mile Island (Estados Unidos); menos de una década después, se registró en Ucrania, en 1986, otro accidente aún más grave, el de Chernobyl.


a respuesta de los gobiernos fue rápida y en muchas naciones europeas y también en Estados Unidos se establecieron normas de seguridad más estrictas o directamente se decretaron moratorias nucleares (Italia y Suecia). Esos accidentes fueron quedando atrás y, desde hace más de una década, el mundo vive una era de pujante "renacimiento nuclear", estimulada por los mayores precios de los hidrocarburos y por la creciente lejanía de Chernobyl en la memoria colectiva. Lideraron este renacimiento Estados Unidos, Francia y Japón: la mitad de los 450 reactores nucleares hoy existentes en el mundo están en alguno de estos tres países. Este renacimiento nuclear significó no sólo más centrales, sino también avances tecnológicos y mejores normas para minimizar los riesgos de accidentes. Más del 70% de la energía eléctrica en Francia es de origen nuclear; en Japón, casi la tercera parte; y en Estados Unidos, el 20%. Se trata de cifras altas en estos países si se tiene en cuenta que la electricidad generada por vía nuclear representa apenas el 15% del total mundial. Antes del reciente accidente de la planta Fukushima existían iniciativas para construir 60 plantas nuevas, 40 de ellas en Asia y diez en Rusia. China tenía una meta ambiciosa, ya que añadirían 27 plantas nuevas a las 13 allí existentes. En América latina, el desarrollo nuclear es aún modesto: tres plantas en Brasil, tres en México y dos en la Argentina (en los próximos meses se habilitará una tercera, denominada Atucha 2). Si bien la Argentina tiene una larga tradición nuclear de más de medio siglo, la generación nucleoeléctrica es reducida: 7% del total de energía eléctrica, mientras la hidroelectricidad satisface casi el 40% del consumo total, y los combustibles fósiles, más de la mitad. La evaluación final del reciente accidente en la central Fukushima no ha concluido aún, pero es previsible anticipar que, por el peso de la opinión pública, se establezcan normas más rigurosas y se reduzca, por lo menos en el futuro inmediato, el actual ritmo de expansión de la energía nuclear. No todos los países afrontarán este nuevo escenario de la misma manera. Rusia podrá recurrir a su abundante gas, Estados Unidos tiene carbón y ahora también mucho más gas; China posee grandes reservas de carbón. Pero grandes consumidores como Europa y Japón no poseen recursos fósiles, y es razonable pensar que en el futuro crecerán sus costos por importar energía. Lo mismo ocurrirá en nuestro país, donde por vez primera en toda su historia cae sin pausa, mes tras mes, la producción de hidrocarburos, debido a que la exploración cayó hoy a la tercera parte de su nivel histórico. Los mayores precios previsibles para las energías de origen fósil tenderán así a estimular, vía mayor competitividad relativa, diversas formas de energía renovable, pero no parece que el balance neto vaya a ser el necesario para controlar eficazmente la grave amenaza del cambio climático. La importante cuestión por definir es si el previsible aunque temporario retroceso nuclear -que, recordemos, es una energía limpia en términos de emisiones de dióxido de carbono (CO2)- será cubierto por otras energías limpias o por más consumo de carbón, petróleo y gas, que son fósiles contaminantes. Mientras las energías fósiles sigan como hasta ahora, sin incorporar como costo financiero adicional la contaminación que generan, será difícil que sean desplazadas por las energías limpias, que en general tienen costos financieros mayores, pero no contaminan. Es oportuno recordar que el gobierno nacional está construyendo, en Río Turbio, una costosa central eléctrica altamente contaminante con una inversión que es el doble de la normal en centrales similares. Como señala Greenpeace, "se podría obtener el doble de la energía eléctrica mediante molinos eólicos con la misma inversión que requiere la usina de Río Turbio". El Departamento de Energía de Estados Unidos estimó recientemente que si seguimos como hasta ahora, sin compromisos mundiales y efectivos de reducción de la contaminación global, las actuales emisiones anuales de CO2, de alrededor de 30.000 millones de toneladas, treparán a 43.000 millones hacia el año 2035. Estas emisiones anuales, lamentablemente, serían muy superiores al nivel máximo de emisiones coincidente con un incremento de la temperatura global que no supere los 2 grados centígrados. Por su parte, la Agencia Internacional de Energía informa que para preservar el planeta de los riesgos climáticos asociados con estas emisiones, éstas no deberían superar anualmente los 22.000 millones de toneladas. En este escenario, límite crítico a la concentración de gases en la atmósfera, y diseñado previamente a este grave accidente en la central de Fukushima, la energía nuclear jugaba un importante papel, ya que, según las estimaciones, se esperaba que duplicara hacia 2035 su importancia relativa en el consumo de energía mundial, junto con un crecimiento de las renovables y una caída de las fósiles. Todas estas estimaciones deberán ahora probablemente ser revisadas, pero esperemos que la previsible pausa nuclear no signifique agravar el cambio climático. Lo más sensato sería sustituir la merma previsible en la energía nuclear no sólo con energías limpias, sino, principalmente, con una mayor conservación y eficiencia en el consumo de todas las formas de energía; aquí hay aún mucho por hacer.
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